Por Ludwig
von Mises (Publicado el 31 de agosto de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5579.
[Liberty & Property (2009)]
El sistema precapitalista de
producción era restrictivo. Su base histórica era la conquista militar. Los
reyes victoriosos habían dado el territorio a sus paladines. Estos aristócratas
eran señores en el sentido literal del término, ya que no dependían del apoyo
de consumidores comprando o absteniéndose de comprar en un mercado.
Por otro lado, ellos mismos eran
los principales clientes de las industrias de procesado, que, bajo el sistema
de gremios, se organizaban bajo un esquema corporativo. Este esquema era
opuesto a la innovación. Prohibía desviarse de los métodos tradicionales de
producción. El número de personas para las que había trabajo incluso en la
agricultura o en las artes y artesanías estaba limitado. Bajo estas
condiciones, muchos hombres, por usar las palabras de Malthus, tenían que
descubrir que “en la asombrosa fiesta de la naturaleza no había plaza vacante
para ellos” y que “ésta les decía que se fueran”. Pero
algunos de estos marginados se las arreglaban para sobrevivir, tener hijos y
hacer que el número de indigentes creciera sin esperanzas cada vez más.
Pero luego llegó el capitalismo. Es
habitual ver las innovaciones radicales que trajo el capitalismo en la
sustitución de los métodos más primitivos y menos eficientes de las tiendas
artesanas por las fábricas mecánicas. Es una visión superficial. La
característica propia del capitalismo que le distingue de los métodos
precapitalistas de producción fue su nuevo principio de marketing.
El capitalismo no meramente
producción en masa, sino producción en masa para satisfacer las necesidades de
las masas. Las artesanías de los buenos viejos tiempos habían atendido casi
exclusivamente los deseos de la gente acomodada. Pero las fábricas producían
bienes baratos para la mayoría. Todas las primeras fábricas creadas se
diseñaron para servir a las masas, los mismos estratos sociales que trabajaban
en las fábricas. Les servían o bien
suministrándoles directamente o bien indirectamente exportando y ofreciéndoles
alimentos y material extranjeros. Este principio de marketing fue la señal del
capitalismo temprano, como lo es del capitalismo actual.
Los propios empleados son los
clientes que consumen la mayor parte de todos los bienes producidos. Son consumidores
soberanos que “tienen siempre la razón”. Su compra o abstención de compra
determina qué ha de producirse, en qué cantidad y de qué calidad. Al comprar lo
que les va mejor hacen que algunas empresas obtengan beneficios y se expandan y
otras pierdan dinero y se encojan. Por tanto están continuamente cambiando el
control de los factores de producción a las manos de aquellos hombres de
negocio que tengan más éxito en atender sus deseos.
Bajo el capitalismo, la propiedad
privada de los factores de producción es una función social. Empresarios,
capitalistas y terratenientes son los mandatarios, por decirlo así, de los
consumidores y su mandato es revocable. Para ser rico, no basta haber ahorrado
y acumulado capital una vez. Es necesario invertirlo una y otra vez en aquellas
líneas que mejor atiendan los deseos de los consumidores. El proceso de mercado
es un plebiscito repetido diariamente y expulsa inevitable de las filas de la
gente rentable a quienes no empleen su propiedad de acuerdo con las órdenes
dadas por el público. Pero las empresas, objeto de odios fanáticos por parte de
todos los gobiernos contemporáneos y los autocalificados como intelectuales,
adquieren y mantienen su grandeza solo porque trabajan para las masas. Las
fábricas que atienden a los lujos de unos pocos nunca alcanzan a tener un gran
tamaño.
El defecto de historiadores y
políticos del siglo XIX fue que no se dieron cuenta de que los trabajadores
eran los principales consumidores de los productos de la industria. En su
opinión, el asalariado era un hombre que trabajaba duramente para el único
beneficio de una clase ociosa parásita. Trabajaban bajo el engaño de que las
fábricas habían dañado al bloque de los trabajadores manuales. Si hubieran
prestado alguna atención a las estadísticas habrían descubierto fácilmente las
mentiras de sus opiniones. La mortalidad infantil cayó, la esperanza media de
vida se prolongó, la población se multiplicó y el hombre medio común disfrutó
de comodidades que ni siquiera los ricos de épocas anteriores habían soñado.
Sin embargo, este enriquecimiento
sin precedentes de las masas era meramente un derivado de la Revolución
Industrial. Su principal logro fue la transferencia de la supremacía económica
de los propietarios de tierras a la totalidad de la población. El hombre común
ya no sería un esclavo que tuviera que contentarse con las migajas que caen de
las mesas de los ricos. Desparecieron las tres castas de parias que eran
características de las eras precapitalistas (los esclavos, los siervos y esa gente
a la que se referían como los pobres los autores patriotas y escolásticos, así
como la legislación británica de los siglos que van del XVI al XIX). Sus
vástagos se convirtieron, en esta nueva disposición de los negocios, no solo en
trabajadores libres, sino también en consumidores.
El cambio radical se reflejó en el
énfasis puesto en los mercados por parte de los negocios. Lo que necesitan en
primer lugar los negocios son mercados y más mercados. Era la palabra clave de
la empresa capitalista. Mercados, lo que significa clientes, compradores,
consumidores. Bajo el capitalismo hay una vía para la riqueza: servir a los
consumidores mejor y más barato que otra gente.
Dentro de la tienda y la fábrica el
propietario (en las corporaciones, el representante de los accionistas, el
presidente) es el jefe. Pero esta jefatura es meramente aparente y condicional.
Está sujeta a la supremacía de los consumidores. El consumidor es el rey, el
jefe real y el fabricante esta listo si no supera a sus competidores en servir
mejor a los consumidores.
Fue esta gran transformación
económica la que cambió la faz del mundo. Muy pronto transfirió el poder
político de las manos de una minoría privilegiada a la del pueblo. El voto
adulto se siguió al voto industrial. El hombre común, a quien el proceso de
mercado había dado el poder de elegir el empresario y los capitalistas,
adquirió el poder análogo en el campo del gobierno. Se convirtió en votante.
Muchos eminentes economistas, creo
que el primero fue el último Frank A. Fetter, han observado que el mercado es
una democracia en la que cada penique da un derecho de voto. Sería más correcto
decir que el gobierno representativo por el pueblo es un intento de disponer
los asuntos constitucionales de acuerdo con el modelo del mercado, pero este
diseño no puede conseguirse nunca completamente. En el campo político siempre
prevalece la voluntad de la mayoría y las minorías deben someterse a él. Sirve
asimismo a las minorías, siempre que no sean tan insignificantes en número como
para ser insignificantes. La industria del
vestido produce ropa no solo para gente normal, sino también para la gente
corpulenta y los editores no publican solo novelas del oeste y de detectives
para las masas, sino asimismo libros para lectores refinados.
Hay una segunda diferencia
importante. En la esfera política, no hay medio para que un individuo o un
pequeño grupo de individuos desobedezcan la voluntad de la mayoría. Pero en el
campo intelectual la propiedad privada hace posible la rebelión. El rebelde
tiene que pagar un precio por su independencia: no hay en este universo premios
que puedan obtenerse sin sacrificios. Pero si un hombre está dispuesto a pagar
el precio, es libre de desviarse de la ortodoxia o neo-ortodoxia gobernante.
¿Cuáles habrían sido las condiciones
en la sociedad socialista para herejes como Kierkegaard, Schopenauer, Veblen o
Freud? ¿O para Monet, Courbet,
Walt Whitman, Rilke o Kafka? En todas las épocas, los pioneros de nuevas
formas de pensar y actuar solo podían actuar porque la propiedad privada hacía
posible el desprecio de las formas de la mayoría. Solo unos pocos de estos
separatistas eran económicamente suficientemente independientes como para
desafiar al gobierno en las opiniones de la mayoría. Pero encontraron en el
clima de la economía libre a gente pública lista para ayudarles y apoyarles.
¿Qué habría hecho Marx sin su patrocinador, el fabricante Friedrich Engels?
Ludwig von Mises es reconocido como
el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de
teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises
abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía
política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes
aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo
económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica
general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede
resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en
reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción
humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de Liberty & Property, parte 2 (2009).