Uno de
los grandes enigmas en la historia del pensamiento económico, como hemos
indicado en el Volumen 1, es por qué Adam Smith fue capaz de barrer el terreno
y disfrutar de la reputación como “fundador de la ciencia económica” cuando
Cantillon y Turgot habían sido muy superiores, tanto como analistas técnicos
económicos como como defensores del laissez faire. El misterio se ve
especialmente agudizado en Francia, ya que en Gran Bretaña las únicas escuelas
que cometían con la de Smith eran los mercantilistas y los aritméticos
políticos.
Le
misterio se hace más profundo cuando nos damos cuenta de que el gran líder de
la economía francesa tras Smith, Jean-Baptiste Say (1767–1832), seguía en realidad la tradición de
Cantillon-Turgot en lugar de la de Smith aunque olvidara a los primeros y
proclamara que la economía empezaba con Adam Smith. Se suponía que Say solo
sistematizaba las maravillosas pero rudimentarias verdades que aparecían en La riqueza de las naciones. Veremos más
adelante la naturaleza concreta del pensamiento de Say y sus contribuciones,
así como claridad lógica decididamente “francesa”, no smithiana y
“preaustriaca” y su énfasis en el método praxeológico axiomático-deductivo, en
la utilidad como única fuente de valor económico, en el emprendedor, en la
productividad de los factores de producción y en el individualismo.
En
concreto, en su breve tratado de la historia del pensamiento en su gran Tratado de economía política, Say no
hace mención alguna a Cantillon. A pesar de la considerable influencia de
Turgot en su doctrina, rechaza con brusquedad a Turgot como sensato en política
pero sin sentido en economía y afirma que la economía política comenzó en
efecto con La riqueza de las naciones
de Smith. Este curioso y voluntario olvido a sus antecesores se oscurece con el
hecho escandaloso de que no hay una sola biografía de Say en inglés y
poquísimas incluso en francés.
Tal vez
podamos entender esta evolución a partir de lo siguiente. En Francia, la
economía se había venido asociando desde hacía tiempo a los fisiócratas, les économistes. La expulsión de la
controladuría general del gran Turgot en 1776 y el consiguiente rechazo de sus
reformas liberales sirvieron para desacreditar todo el movimiento fisiócrata.
Pues desgraciadamente Turgot fue considerado a los ojos del público como
sencillamente un compañero de viaje de la fisiocracia y sus seguidor más
influyente en el gobierno.
Después
de su pérdida de influencia política, los philosophes
franceses y la principal inteligencia se sintió libre para burlarse y
ridiculizar a los fisiócratas. Algunos de los aspectos del culto fanático de la
fisiocracia le dejaron vulnerable ante burlas y los enciclopedistas, aunque
generalmente a favor del laissez
faire, lideraron el ataque.
La
llegada de la Revolución Francesa aceleró el abandono de la fisiocracia. En
primer lugar, la Revolución era en sí misma demasiado intensamente política
como para permitir mucho interés sostenido en teoría económica. Segundo, la
devoción estratégica de los fisiócratas por la monarquía absoluta tendía a desacreditarlos
en una época en que el monarca había sido derrocado y destruido.
Además,
los fisiócratas, con su énfasis en la productividad exclusiva de la tierra, se
asociaban a la devoción al interés del la aristocracia terrateniente. La
Revolución Francesa, contra el gobierno aristocrático y con la posesión feudal
de las tierras, no fue paciente con la fisiocracia. La impaciencia se vio
agravada por la aparición del industrialismo y la Revolución Industrial, que
hizo cada vez más obsoleta la devoción fisiócrata por la tierra.
Todos
estos factores sirvieron para desacreditar totalmente a la fisiocracia y como
desgraciadamente Turgot fue identificado como fisiócrata, su reputación se vio
arrastrada al mismo tiempo. Esta situación se agravó por el hecho de que el
antiguo ayudante y amigo íntimo, editor y biógrafo de Turgot fue el último de
los fisiócratas, el estadista Pierre Samuel DuPont de Nemours (1739–1817), que
se añadió al problema distorsionando deliberadamente las opiniones de Turgot
para hacerlas lo más cercanas posible a la fisiocracia.
Originalmente,
La riqueza de las naciones fue mal
recibida en Francia. Los entonces dominantes fisiócratas la desdeñaban como una
vaga y pobre imitación de Turgot. Sin embargo, el gran libertario Condorcet,
que había sido amigo íntimo y biógrafo de Turgot, escribió notas de admiración
añadidas como apéndices a varias traducciones de La riqueza de las naciones. Y la viuda de Condorcet, Madame de
Grouchy, continuó el interés familiar por los estudios de Smith al preparar una
traducción francesa de la Teoría de los
sentimientos morales.
Más
tarde, en la década de 1790, los fisiócratas restantes se agarraron
agradecidamente a los faldones smithianos. Después de todo, Smith favorecía el
laissez faire y era casi estrafalariamente pro-agricultura, sosteniendo que el
trabajo agrícola era la fuente principal de riqueza. Como consecuencia, la
mayoría de los últimos fisiócratas se convirtieron en tempranos partidarios de
Smith en Francia, liderados por el marqués Germain Garnier (1754–1821), el
primer traductor al francés de La riqueza
de las naciones, que presentó la doctrina de Smith a Francia en su Abrégé élémentaire des principes de
l'économie politique (1796).