Por Ryan McCarl. (Publicado el 6 de julio de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5419.
El Presidente Obama y otros cargos de EEUU han repetido una y otra vez que la guerra de la OTAN y EEUU en Libia pretende “proteger a los civiles” y que es de naturaleza limitada y defensiva. Pero ahora que llevamos más de 90 de días en una operación que Obama afirmaba que duraría “días, no semanas”, es el momento de decir lo evidente: el presidente esencialmente no ha sido sincero con los estadounidenses acerca del propósito y ámbito de la guerra de Libia.
El Presidente Obama y sus defensores argumentan que la guerra de la OTAN y EEUU en Libia era necesaria para proteger a los civiles de un hipotético “genocidio” que supuestamente se habría producido si se hubiera permitido que los acontecimientos en Libia siguieran su curso. En los propios términos de este argumento, la guerra sería defendible solo como una acción limitada dirigida a proteger la masacre de civiles. Obama y los demás líderes son conscientes de estos límites, de ahí su continua insistencia en que la intervención en Libia es una operación a corto plazo con fines puramente humanitarios.
Y aún así el propósito declarado de los ataques aéreos de la OTAN en semanas recientes ha sido atacar y debilitar a las fuerzas militares del presidente libio, el Coronel Muammar El-Gadafi y ofrecer un apoyo aéreo continuo de bajo riesgo para las operaciones ofensivas de los rebeldes libios, que esperan acabar avanzando hasta Trípoli para derrocar a Gadafi.
Dicho de forma sencilla, lo que se vendió al público estadounidense como una intervención humanitaria se transformó casi de inmediato en un apoyo sin reservas a un bando en la guerra civil libia y un compromiso en derrocar al gobierno libio actual.
Los políticos expertos saben que las explicaciones pueden cambiar de repente y poca gente advertirá ninguna diferencia. Por ejemplo, en 2003 la administración Bush insistía en que era necesario invadir Iraq para impedir que éste entregara sus armas de destrucción masiva (ADM) a los terroristas. Conforme iba quedando claro que Iraq no tenía ADM y ninguna relación importante con Al-Qaeda, las explicaciones cambiaron: la administración empezó a referirse a la Guerra de Iraq como una misión desinteresada dirigida a librar al pueblo iraquí de una dictadura brutal y convertir a Iraq en un ejemplo de democracia en el mundo árabe.
Para decidir si es prudente y justa una acción militar realizada en nuestro nombre, debemos adoptar una postura escéptica hacia los relatos y racionalizaciones de los políticos. Debemos intentar ver la realidad de la situación a través de ellos.
Los relatos pueden cambiar y pueden idearse nuevas excusas, pero una vez que se inicia una guerra no puede predecirse el curso que seguirá o las consecuencias que tendrá. Las guerras raramente van de acuerdo con lo planeado: ponen en marcha una serie de acontecimientos que ninguna persona o grupo de personas puede esperar controlar.
Fue un grave error del Congreso y los medios de comunicación quedarse al margen y dar al presidente el beneficio de la duda, y fue un error permitir que las salvaguardias constitucionales se deterioraran hasta el punto de que los caprichos de un solo hombre, el juicio inmediato de un solo hombres, pudiera enviar a la guerra a una democracia constitucional.
La clase política estadounidense se embarcó contenta en la guerra de Libia antes de estar bastante segura de por qué se luchaba en ella y qué conllevaría. Los demócratas se encontraron incapaces de decir no a una guerra calificada como “humanitaria” y promovida por el presidente de su partido, los republicanos apoyaron la guerra por costumbre, pero refunfuñaron que el presidente actuaba muy lenta y tímidamente en su uso de la fuerza militar.
La historia reciente no ha sido amable con las despreocupadas aventuras en el extranjero de Estados Unidos. En Afganistán, Iraq y Libia, entre otros lugares, hemos elegido bando en conflictos distantes y hemos regado a nuestros grupos favoritos como armas, formación militar, legitimidad y dinero, solo para acabar yendo a la guerra contra estos mismos grupos solo unos pocos años o décadas después.
Apoyamos en su momento a los muyahidines, que incluían a muchos futuros miembros de los talibanes, durante la guerra soviética en Afganistán en la década de 1980, apoyamos al Iraq de Saddam Hussein en la Guerra Irán-Iraq de la década de 1980 y normalizamos en buena medida las relaciones con la Libia de Gadafi y le vendimos armas durante la administración de George W. Bush.
¿Y estamos condenados a observar cómo se repiten estos ciclos una y otra vez? Tal vez la próxima vez que aparezca una “crisis” internacional y Estados Unidos no esté seguro de qué hacer acerca de un adversario percibido, deberíamos esperar diez años para ver si el adversario se convierte en un aliado.
Los estadounidenses y sus representantes electos deben empezar a adoptar una postura escéptica (en lugar de entusiasta y crédula) hacia la guerra. Un pequeño paso en la buena dirección sería restituir al Congreso su responsabilidad constitucional para declarar la guerra. Esto ralentizaría el proceso de implicarse en una guerra y obligaría a un nivel mínimo de debate, haciendo que tal vez prevalezcan las mentes más frías.
Ninguna de la guerra de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial se ha “declarado” formalmente por el Congreso, como requiere la Constitución. Aunque el Congreso ha autorizado muchas de estas guerras, se ha hecho así a menudo solo tras en comienzo de las acciones militares. Los redactores de la Constitución dieron al Congreso el poder de declarar la guerra en la creencia de que la elección de si ir a la guerra (una elección que a menudo afecta a cientos de miles de personas y cambia el curso de la historia) no debería residir en un solo ser humano falible.
Ryan McCarl es escritor y alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carolina del Norte. Sus artículos han sido publicados en Philadelphia Inquirer, Atlanta Journal-Constitution, Michigan Education Report, Antiwar.com, Crain's Chicago Business y otros lugares. Es graduado en relaciones internacionales por la Universidad de Chicago.