Demuestra amor a la clase mercantil

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 4 de julio de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5426.

 

La gente puede estar francamente harta de las tiendas y los vendedores. Está en su derecho: una característica del mercado es que no tienes que comerciar con nadie en particular. Y aún así, me sigue molestando que la gente desdeñe tanto los intentos de venderle. ¿Por qué no evitar comprar e irse? ¿Por qué lanzar invectivas o comportarse de una forma ruda?

El otro día, en la tienda de deportes, escuché a unos clientes murmurando que este guante es demasiado caro, esta raqueta está demasiado tensada, esta zapatilla es demasiado chillona, este equipo de ejercicio no es todo lo que dice y que la tienda debería tener esta marca de balones, no ésa. La mayoría de la gente está contenta, o si no el local no estaría funcionando, pero otra gente (repito que con todo el derecho) solo asume que está en su derecho de que no le guste, rechace, economice, rebaje y en general desdeñe cualquier mercancía agitando la mano.

Comparémoslo con la escena en la seguridad del aeropuerto. La misma clase de ciudadanos marcha en fila india, permite ser objeto de inspecciones invasivas, se aguanta la lengua incluso cuando la TSA le ladra órdenes e incluso permite que le confisquen propiedades de sus bolsos personales. Nadie se atreve a dar una voz de protesta o siquiera quejarse por temor a ir a la trena. El objetivo es solo pasar al otro lado de la barrera gubernamental, donde la mini utopía del comercio aeroportuario nos espera para servirnos de una forma real, ¡y es mejor que esa hamburguesa y cerveza se sirvan inmediatamente o reclamaremos nuestros derechos!

Somos los amos del universo como clientes y obedientes como corderos cuando actuamos como ciudadanos. Y tal vez eso sea fácil de entender. El gobierno tiene un arma apuntándonos. El mercader está tratando de persuadirnos de que le demos parte de nuestro dinero a cambio de bienes y servicios. Uno no aceptará un no por respuesta, los otros ven el no como parte de la vida diaria.

Aún así, deberíamos ser más conscientes de la diferencia y apreciar lo que significa. La clase de gente que ha elegido el camino de la persuasión sobre la coacción merece nuestra gratitud, aunque no les compremos. La clase mercantil es la que hace posible todo en nuestras vidas: nuestras casas, nuestra comida, nuestra atención sanitaria, nuestra ropa, nuestro aire acondicionado, nuestra informática, nuestra música, absolutamente todo lo que hace tolerable y disfrutable nuestra vida diaria.

Estamos tentados demasiado menudo de pensar que la gasolinera, la droguería, el restaurante, la hamburguesería y la pastelería de mamá son una parte dada de la estructura de nuestro mundo. No lo son. La decisión de abrir un negocio es absolutamente desgarradora porque el riesgo de fracaso es muy alto. El futuro es desconocido, tanto en sentido macroeconómico (¿se derrumbará la economía con las rentas bajando?) como microeconómico (tal vez nadie quiera realmente comprar mis cosas). A menudo implica usar los ahorros de jubilación o empeñarse con los bancos. No importa cuál sea el plan de negocio, da miedo.

Y no es solo por el dinero. Acabas comprando cantidad de equipamiento de capital que no se convierte fácilmente a otros usos o se vende a un precio cercano al que lo compraste. Sillas, mesas, carteles y otra decoración resultan ser desechos si el negocio no funciona. Tienes que contratar empleados y éstos deben cobrar mucho antes de que se llegue al punto de rentabilidad, si es que se llega. De repente, eres responsable de ellos.

Te llamas “jefe” pero conoces la verdad. Eres responsable, pero no realmente el jefe. Los jefes son los consumidores cuyos caprichos pueden arreglarte o estropearte tu nueva vida. Estás completamente a su merced.

Luego está el asunto de la publicidad. Crees en tu producto, pero no puedes hacerlo todo. Tienes que contratar a otros para presentar, anunciar y vender. Es necesariamente cierto que esa gente que contratas no son tan fuertes en sus creencias en tu bien o servicio como tú. Deben ser “vendedores” con mayúsculas, gente contratada para estar animada e interesada en el producto, pero más a menudo están más interesados en otras cosas.

Nunca subestimes el problema de las existencias, que requiere juicios empresariales diarios. Por ejemplo, si vendes contrachapado y tus ventas del primer mes están muy por encima de tuis expectativas, tu batalla solo acaba de empezar. Debes tomar una decisión sobre las existencias del mes que viene. Compra demasiado y desperdiciarás tus beneficios. Compra demasiado poco y perderás clientes que nunca volverán. Tus previsiones deben ser casi correctas en todo momento. Pero no tienes una bola de cristal. Y este problema nunca desaparece: tengas éxito o fracases, nunca sabes si hay más éxito o fracaso a la vuelta de la esquina.

Y luego está la competencia. Cualquiera es libre de copiar y replicar tus éxitos. Cuanto más éxito tienes, más inspiras a los imitadores que están encantados de hacer exactamente lo que tú haces, pero de alguna forma se las arreglan para hacerlo a un precio menor. Esto significa que debes mantenerte constantemente alerta e innovar. Al mismo tiempo, tienes que mirar constantemente a tu espalda. Un mal día de ventas podría no significar nada o significar todo. Puede ser un bache en el camino a la gloria o un anuncio del desastre. No hay forma de saberlo con seguridad.

Las fuerzas de la competencia en un mercado dinámico están trabajando constantemente para quitar tus éxitos futuros. Para los negocios de éxito actuales, el sistema de mercado equivale a una gigantesca conspiración para reducir tus beneficios a cero. La única forma de contraatacar es servir a otros con cada vez más atención a la excelencia.

Y aún así, no importa cuánto funcionen tus planes, no hay nada con lo que puedas contar realmente en el futuro. Cada día, cada hora, todo podría ajarse. Los clientes podrían irse. Las modas podrían cambiar. Los gustos de la clase gastadora podrían variar. Eres total y completamente dependiente de los caprichos subjetivos de todos los demás. No importa cuánta determinación tengas, al final simplemente no puedes controlar lo que piensan o hacen otros. Esto es igualmente cierto para la limonada que para Amazon.com. No importa lo grande que te hagas, ninguna cantidad de dinero puede comprar un adivino fiable.

¿Por qué hay alguien que lo hace? ¿Por qué hay quien se convierte en un comerciante y en un emprendedor? Lo que se dice habitualmente es que la gente está en ello por dinero. Pero no hay ningún cubo de dinero a recoger. El dinero puede estar ahí o no. Y cuando está ahí, normalmente acaba volviendo al propio negocio para mantenerse en el candelero. Entonces ¿por qué lo hace la gente? Tiene que ver con el sueño del éxito, la esperanza de ser diferente, la expresión de una vocación, el cumplimiento de una ambición de ser útil y marcar una diferencia. Eso es lo que impulsa al emprendedor.

¿Y cómo les pagamos? Gruñimos y protestamos, rechazamos comprar, criticamos el más mínimo fallo y en general rechazamos darles ningún mérito en absoluto. Les calificamos de avariciosos y rechazamos sus ruegos de compra como marketing cobarde. El estado intimida a esta gente con regulaciones, impuestos, mandatos e imposiciones mucho mayores de las que experimentamos los demás y aún así la gente pide siempre más.

Está claro que a la clase mercantil se le trata hoy como en el mundo antiguo: como humilde e indigna. Y aún así, ésta es la verdad: la clase mercantil es la clase que nos consigue todas las cosas que más amamos. Dependemos de ellos y dependen de nosotros.

La gente que vive en la era del estado Leviatán se siente a menudo impotente para hacer algo acerca del estado del mundo. Yo sugeriría que una forma de luchar contra la absorción de la sociedad por el estado y sus adláteres es mostrar un mayor aprecio por su oposición. Deberíamos demostrar amor a la clase mercantil. Deberíamos empezar apreciando intelectualmente lo que hacen por nosotros. Deberíamos ir más allá hasta decir realmente a los comerciantes lo mucho en que apreciamos su vocación.

Gestionar nuestros afectos es una forma de contraatacar. Demostrar amor a las cosas y la gente que están haciendo lo mejor para la sociedad y están ofreciendo un modelo para que lo sigan otros. El modelo e ideal del tipo de sociedad pacífica y próspera en que queremos vivir podría estar tan cerca como la tienda de la esquina.

 

 

Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de It's a Jetsons World: Private Miracles and Public Crimes y Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.

Published Mon, Jul 4 2011 7:20 PM by euribe