Por Richard Cobden. (Publicado el 23 de junio de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5369.
[Discurso realizado el 8 de febrero de 1844. Reimpreso en The Liberal Tradition from Fox to Keynes (1957)]
Soy fabricante de telas y desconozco por qué, en este ambiente y en el estado artificial de la sociedad en que vivimos, la fabricación de telas no debería ser un negocio tan honorable (pues es casi igual de útil) como la fabricación de comida.
Bueno, ¿alguna vez habéis oído algún debate en la Cámara para fijar el precio de los productos en mi mercado? Supongamos que tuviéramos una mayoría de estampadores de algodón (que resulta ser mi fabricación) en la Cámara. Supongamos que leéis el periódico una buena mañana y veis una noticia de que la Cámara ha acordado la noche anterior fijar el precio al que debería venderse el estampado de una yarda de ancho: “Estampados de yarda de cierta calidad, 10d. la yarda; de cierta calidad, 9d.; de cierta calidad, 8d.; de cierta calidad, 7d.” y así sucesivamente.
Bueno, ¡os frotaríais los ojos de asombro! Ahora, ¿se os ha ocurrido alguna vez que no hay diferencia terrenal entre un grupo de hombres, productores del grano, sentados en la Cámara y aprobando una ley que establece que el trigo debe ser tanto, la cebada tanto, las alubias tanto y la avena tanto?
Entonces, ¿por qué veis con tanta complacencia este monopolio del grano? Simplemente porque vosotros y yo y el resto de nosotros tenemos una reverencia supersticiosa por los propietarios de esos indolentes acres y tenemos muy poco respeto por nosotros mismos y nuestra vocación. Yo digo que los monopolistas de las Leyes del Grano, que se arrogan el poder de la Cámara de los Comunes, están practicando una injusticia sobre todos los demás tipos de capitalistas. Tomemos, por ejemplo, el comercio del hierro, algo extraordinariamente importante para este país. El hierro de ciertas calidades ha bajado de precio durante los últimos seis años de 15₤ 10s a 5₤ 10s por tonelada. Ha habido hombres (ay, yo los conozco) que han visto sus fortunas esfumarse de 300.000₤ hasta hoy en que no pueden sentarse y escribir 100.000₤ en su testamento.
Bueno, ¿ha oído alguien alguna vez en la Cámara de los Comunes de algún intento de elevar allí una queja acerca de estos agravios o presentar una protesta ante el gobierno o el país porque no pudieron mantener el precio del hierro? ¿Ha dado allí algún hombre un paso adelante proponiendo por medio de alguna ley que el precio de las barras de hierro sea tanto y otros tipos de hierro vayan en proporción? No, ni tampoco ha sido éste el caso con cualquier otro interés en el país.
¿Pero qué pasa con el grano? La misma primera noche en que acudí a la Cámara esta sesión, vi levantarse al primer ministro, con un papel delante, y tuvo cuidado de decirnos cuál había sido el precio del grano en los últimos 50 años y cuál era ahora. Vale para poco más que como una especie de administrador del grano, para ver cómo puede mantener los precios para sus amos.
Nuestros oponentes nos dicen que nuestro objetivo en promover la abolición de las Leyes del Grano es, mediante la reducción del precio del grano, rebajar el nivel de sus salarios. Solo puedo responder a este punto en nombre de los distritos manufactureros, pero, en la medida en que les afectan, declaro enfáticamente como verdad que, durante los últimos 20 años, siempre que el grano ha estado barato los salarios han estado altos en Lancashire y, por el contrario, cuando el pan ha estado caro los salarios se han reducido mucho.
Ahora, dejen que se me entienda completamente lo que quieren realmente los librecambistas. No queremos grano barato simplemente para poder tener precios bajos del dinero. Lo que deseamos es abundancia de grano y no nos importa en absoluto cuál sea su precio, siempre que lo obtengamos al precio natural. Todo lo que pedimos es esto, que el gran deba seguir la misma ley que los monopolistas de los alimentos admiten que debe seguir la mano de obra, que “tiene que encontrar su nivel natural en los mercados del mundo”.
Haría falta fabricar mucho más en este país para pagar ese grano: esto llevaría a un aumento en la demanda de mano de obra en los distritos manufactureros, lo que se atendería necesariamente con un aumento en los salarios. Con el fin de que pudieran fabricarse los productos con el fin de intercambiarlos por el grano traído del extranjero. Ya veo a los hombres de mente estrecha en los distritos agrícolas diciéndonos: “Oh, si permitís el libre comercio y traéis un cuarto del grano desde el extranjero, está bastante claro que venderéis un cuarto menos en Inglaterra”.
Yo preguntaría: ¿Y si ponemos a trabajar a más gente con mejores salarios, si podemos limpiar nuestras calles de esos espectros que ahora pueblas nuestras vías públicas suplicando su pan de cada día, si podemos despoblar nuestros asilos de pobres y aprovechar los dos millones de pobres que hay en nuestro territorio y los ponemos a trabajar en la industria productiva, no pensamos que consumirían también parte del trigo y no podrían ser, como ya son ahora, consumidores de pan de trigo por millones, en lugar de subsistir con su miserable dieta actual?
Con un libre comercio de grano, lejos de dejar al terreno sin uso o dañar el cultivo de los terrenos más pobres, el libre comercio de grano es la mejor forma de aumentar la producción local y estimular el cultivo de los terrenos más pobres obligando a la aplicación de más capital y trabajo a ellos. No contemplamos desviar una cuarta parte de grano del territorio de este país, no prevemos tener una libra menos de mantequilla o queso o una cabeza menos de vacuno u ovejas: esperamos tener un gran aumento en la producción y el consumo local, sino que todo por lo que luchamos es esto, que cuando nosotros, este pueblo, hayamos comprado todo lo que pueda cultivarse aquí, se nos permita ir a 3.000 millas (a Polonia, Rusia o América) a por más y que no habrá estorbos ni obstáculos en el camino para obtener esta cantidad adicional.
Richard Cobden (1804-1865) fue una fabricante y estadista radical y liberal británico, asociado con John Bright en la formación de la Liga contra las Leyes del Grano. Fue calificado como “el más grande pensador liberal clásico sobre asuntos internacionales”.
Este artículo se ha extraído de The Liberal Tradition from Fox to Keynes, capítulo 32, “On the Repeal of the Corn Laws” (1957). Fue originalmente un discurso realizado por Cobden el 8 de febrero de 1844.