Por N. Joseph Potts. (Publicado el 20 de mayo de 2005)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1822.
Después de años de una extenuante guerra, la victoria puede estar al alcance de la mano. Los luchadores y luchadoras de Estados Unidos han defendido la bandera y avanzado en la causa de la libertad en campos de batalla a lo largo de todo el globo por cientos de miles, y de ellos, miles han dado la última y completa talla de su devoción. El Congreso ha puesto a la economía al servicio de la guerra, con apropiaciones anuales de decenas de miles de millones de dólares, incluso autorizando la cada vez más creciente deuda nacional. Las armas estadounidenses han triunfado sobre sus enemigos allá donde los han encontrado.
Pronto caerán las serpentinas sobre las filas de nuestros victoriosos guerreros mientras marchan a casa a lo largo de Wall Street y Main Street. Las banderas ondearán a la brisa estadounidense mientras los oradores proclamarán la gratitud de una nación por la paz duramente ganada que de nuevo adornará las llanuras y montañas de la nación, porque si el 11 de septiembre de 2001 había sido Pearl Harbor, como dijeron muchos en ese momento, el Día V-J (Victoria sobre Japón) sería en 20 de mayo de 2005. Las fotos de marinos besando a enfermeras en Times Square se harán famosas por captar el estado de alegría y alivio después de 1.347 días de guerra. Tal vez se vuelva a producir otro baby boom.
No contengan el aliento. ¿Se acuerdan del día en que se rindió Iraq? ¿Afganistán? Bueno, yo tampoco y de lo que he escuchado respecto de la condiciones sobre el terreno para los ocupantes estadounidenses, parece muy a menudo que no ha habido rendición en absoluto. Como FDR, George Bush tuvo su guerra, pero superó (con mucho) a su predecesor demócrata. La guerra de Bush es contra un “enemigo” que nunca se rendirá (de hecho, nunca podrá hacerlo): el propio terrorismo. Y, al contrario que las guerras metafóricas contra las drogas y la pobreza iniciadas por presidentes intervencionistas, esta guerra es real, implicando a tanques y bombarderos, soldados y marineros y enormes gastos en material bélico e igualmente inganable.
Y aquí, para la persona verdaderamente preocupada por el bienestar de la humanidad, estadounidense o no estadounidense, puede estar la primera lección de las guerras falsas: nunca te enroles en una guerra contra algo o alguien que no puede rendirse. Una guerra así nunca llevará a una victoria, que es la virtud principal en el esquema de valores de los que la fomentan: solo sigue y sigue y sigue, generando poder para el estado y quienes la apoyan, exactamente en la forma en que advertía el antiguo Presidente (y General) Dwight D. Eisenhower en su famoso discurso de despedida de 1961 sobre el “complejo militar-industrial”.
El término “frente local” es mucho más apropiado de lo que pretenden sus creadores. Su significado, por supuesto, es una referencia al papel vital en el desarrollo de las hostilidades desempeñado por quienes trabajan en fábricas que producen municiones y los medios para llevarlas ante el enemigo. El término acabó extendiéndose para abarcar prácticamente a cualquiera que participe en cualquier actividad considerada productiva por los que siguen la moda de la cultura de la guerra, de maestros adoctrinando a la siguiente generación de soldados a granjeros cultivando alubias y otros comestibles apropiados para enlatarlos como raciones.
Pero el término tiene otro significado que no solo se acerca mucho más al significado literal de la expresión, pero es de mucha mayor importancia. Es que para toda persona en casa que esté a favor de proseguir la guerra, los otros en casa que no los están por fuerza se convierten en otra encarnación del enemigo, en el mismo seno del territorio nacional. Junto con “cobarde” y “traidor” se han empezado a usar términos más sofisticados y especializados como “quinta columna” y “compañero de viaje”.
Pero eso es solo el nombre. Sigue el razonamiento de que los defensores del uso de la violencia contra extranjeros que no les gustan también podrían recurrir a los mismos métodos contra sus propios compatriotas que se opongan a su proyecto. Algunos de los que se oponen a la guerra aguantarán y serán arrancados como gavillas de trigo bajo las guadañas de sus oponentes, mientras que otros elegirán, ante la desesperación de su autopreservación, emplear métodos que deploran. A no tardar mucho, aquí la guerra degenera para todos al ver insensatas matanzas de inocentes junto con los culpables.
Si el país está en una guerra, esa guerra, como la caridad, empieza y termina en casa. Se pelea, normalmente de forma metafórica, pero demasiado a menudo con armas reales, en los caminos y vestíbulos de todos los lugares en los que dos pueblos de opiniones opuestas podrían encontrarse, y puede ser tan letal como el bombardeo y disparos que pueden estar medio mundo más lejos. La educación con los vecinos es, con la verdad, la primera baja de la guerra.
El título del ensayo inacabado de Randolph Bourne, “La guerra es la salud del estado” lo dice tan sucintamente que uno puede dejar pasar lo más importante de la frase respecto de la mala salud, e incluso la muerte, que la guerra inflige a prácticamente todos los demás valores, incluyendo la seguridad, el ocio, la enseñanza, la prosperidad y el progreso de cualquier tipo que no sea la mejora en las tecnología y métodos organizativos destructores.
Así que el 20 de mayo pueden reflexionar sobre la euforia que barrió Estados Unidos y muchos otros países, incluso los derrotados en un sentido muy real, y resignarse al hecho de que el “terrorismo” no se rendirá ese día, ni en ningún otro sin que importe cuánta sangre y tesoros se desperdicien en unas ilegítimas cruzadas para “derrotarlo”. O puede entrenarse a sí mismo para creer la mentira eternamente repetida acerca de la guerra perpetua que aparece en el 1984 de George Owell: “Siempre hemos estado en guerra con … [el actual enemigo]”.
N. Joseph Potts estudia economía en su casa al sur de Florida.