Por Ludwig von Mises (Publicado el 8 de abril de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4938.
[Este artículo está extraído de The Anti-Capitalistic Mentality (1954)]
La inclinación anticapitalista de los intelectuales es un fenómeno no limitado a solo uno o unos pocos países. Pero es más general y más amarga en Estados Unidos que en los países europeos. Para explicar este hecho bastante sorprendente debemos ocuparnos de lo que yo llamo “la sociedad” o, en francés le monde.
En Europa, “la sociedad” incluye a todas las eminencias en cualquier esfera de actividad. Hombres de estado y líderes parlamentarios, jefes de los distintos departamentos del funcionariado, directores y editores de los principales periódicos y revistas, escritores importantes, científicos, artistas, actores, músicos, ingenieros, juristas y médicos forman junto con los principales empresarios y vástagos de familias aristocráticas y patricias lo que se considera la buena sociedad.
Se ponen en contacto entre sí en cenas y tés, bailes de caridad y mercadillos, en puestas de largo y exposiciones; frecuentan los mismos restaurantes, hoteles y clubes. Cuando se encuentran, disfrutan de la conversación acerca de asuntos intelectuales, un modo de relación social desarrollado inicialmente en Italia en el renacimiento, perfeccionado en los salones parisinos y posteriormente imitado por “la sociedad” de todas las ciudades importantes de la Europa occidental y central: Nuevas ideas e ideologías encontraron su respuesta en esta reuniones sociales antes de que empezaran a influir en círculos más amplios. No podemos hablar de la historia de las bellas artes y la literatura en el siglo XIX son analizar el papel que desempeñó “la sociedad” en animar o desanimar a sus protagonistas.
El acceso a la sociedad europea está abierto a todo el que se haya distinguido en cualquier campo. Puede ser más fácil a la gente de ancestros nobles y mucha riqueza que a gente común con rentas modestas. Pero ni riquezas ni títulos pueden dar a un miembro de este grupo el rango y prestigio que es la recompensa de una gran distinción personal. La estrellas de los salones parisinos no son los millonarios, sino los miembros de la Académie Française. Prevalecen los intelectuales y los demás al menos fingen un vivo interés en asuntos intelectuales.
La sociedad en este sentido está ausente de la escena estadounidense. Lo que se llama “la sociedad” en Estados Unidos consiste casi exclusivamente en las familias más ricas. Hay poca interacción social entre los hombres de negocios de éxito y los autores, artistas y científicos ilustres de la nación. Los que se encuentran en el Registro Social no se encuentran con los moldeadores de la opinión pública y los precursores de las ideas que determinarán el futuro de la nación. La mayoría de “la sociedad” no está interesada en libros e ideas. Cuando se reúnen y no juegan a las cartas, cotillean sobre la gente y hablan más de deportes que de asuntos culturales. Pero incluso quienes no rechazan leer consideran a escritores, científicos y artistas como gente con la que no quieren congeniar. Un estrecho prácticamente insalvable separa a “la sociedad” de los intelectuales.
Es posible explicar históricamente la aparición de esta situación. Pero una explicación así no altera los hechos. Tampoco puede eliminar o aliviar el resentimiento con el que reaccionan los intelectuales al desdén que mantienen los miembros de “la sociedad”. Los autores o científicos estadounidenses son propensos a considerar a los empresarios ricos como bárbaros, como hombres dedicados exclusivamente a hacer dinero. El profesor desprecia a los alumnos que está más interesados en el equipo de fútbol de la universidad que en los logros escolásticos. Se siente insultado si descubre que el entrenador tiene un salario más alto que un eminente profesor de filosofía.
Los hombres cuya investigación ha dado lugar a nuevos métodos de producción odia a los empresarios que están solo interesados en el valor en caja de su trabajo investigador. Es muy significativo que un número tan grande de médicos investigadores estadounidenses simpaticen con el socialismo o el comunismo. Como ignoran la economía y se dan cuenta de que los profesores de economía de la universidad también se oponen a lo que llaman despectivamente el sistema de beneficios, no puede esperarse ninguna otra actitud de ellos.
Si un grupo de gente se excluye del resto de la nación, especialmente también de sus líderes intelectuales, en la forma en que lo hacen los estadounidenses de “la sociedad”, inevitablemente se convierten en el objetivo de críticas bastante hostiles por parte de quienes mantienen fuera de sus propios círculos. El exclusivismo practicado por el rico estadounidense les ha hecho en cierto sentido marginados. Pueden tener un vano orgullo de su propia distinción. Lo que no ven es que su segregación voluntaria les aísla y enciende animosidades que hacen que los intelectuales se inclinen para favorecer políticas anticapitalistas.
Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de The Anti-Capitalistic Mentality (1954).