Por Tim Swanson. (Publicado el 25 de enero de 2006)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2013.
“Cuando una materia se convierte en totalmente obsoleta hacemos de ella el curso correspondiente” – Peter Drucker.
Servicios educativos con ánimo de lucro. Desaprovechar la formación educativa. Financiar la tutela sobre buenos empleos. Continuar y desdeñar; encogerse y estremecerse: fuera de nuestro sistema. Oh, el horror, tener una negocio rentable que incluya muchas de las facetas de una educación superior tradicional.
Tal vez sea ésta una de las razones por las que una cantidad desproporcionada de la Torre de Marfil esté inclinada socialistamente: subconscientemente pueden temer que el valor de mercado de su investigación, enseñanza y existencia profesional subsista entre compañeros de cama relativamente extraños, aquéllos cuya productividad fluctúa a lo largo de la línea de la pobreza.
Un mundo más plano
¿Reemplazarán la educación a distancia y los cursos en línea a la intimidad de las discusiones de mesa redonda con profesores de alto nivel? David Gelernter, profesor de ciencias informáticas en Yale no lo piensa. Basándome en mi propia experiencia, tendría que estar de acuerdo. Sin embargo, ambos creemos que un libre mercado en el otorgamiento de títulos, uno liberado de regulación política y miopía empresarial, está a la vuelta de la esquina.
La proliferación y entusiasmo por estos grados se debe en parte al hecho de que ofrecen a veces obtenerse de una forma más cómoda, por una fracción del coste y aprovechando el tiempo. Digamos adiós a viajar, así como a tasas de estudio que nunca se aprovechan. Tampoco tendremos que organizar nuestra vida para poder atender una clase cuyo instructor inculca información que podría haberse obtenido fácilmente en un libro de texto por 50$. Como dijo sucintamente el último Peter Drucker: “Las universidades no sobrevivirán. El futuro está fuera de los campus tradicionales, fuera de las aulas tradicionales. La enseñanza a distancia está llegando rápidamente”.
Fuera lo viejo, dentro lo nuevo, ¿verdad? ¿Cómo podrá el modelo educativo tradicional, creado para economías agrícolas e industriales, basado en una vida residencial, sobrevivir a una era de la información siempre en expansión accesible por medio del ratón? ¿Está el cultivo de la curiosidad solo disponible para cuatro pagos de 19.999$ con intereses en una universidad pública?
¿Hay inconvenientes? Como cualquier otra opción siempre hay costes de oportunidad: actividades que abandonamos para seguir otras alternativas. Al apuntarse a un programa en línea, la utopía no aparecerá del seno de la tierra ni viviremos en el sétimo cielo. Seguiremos teniendo ruedas pinchadas y virus informáticos, tal vez incluso un dolor de cabeza o dos.
¿Va a sobrevivir la universidad como institución de enseñanza superior? Las más importantes, las Ivy (tanto las públicas como las privadas), las banderas, las que tengan suficiente apoyo político y económico pueden tal vez sobrevivir en el futuro. Tal vez varios departamentos como los que comprenden la STEM (es decir, las iniciales en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), Derecho o Medicina, tal vez alguna o muchas, pero como dijo sucintamente Peter Drucker, la vida residencial, más bien antes que después, acabará con el dodo.
De lo que se trata es de que muchas universidades simplemente no están organizadas para gestionarse como empresas con ánimo de lucro. En lugar de centrarse en crear especialidades que generen beneficios, los excesivos y mal asignados recursos, en último término más allá de su capacidad fiduciaria y por tanto encontrándose a sí mismas pidiendo ayuda (por ejemplo, donaciones). Esto no significa decir que las instituciones modernas en su conjunto vayan a cavar con ellas, sino más bien que se verán inevitablemente obligadas a afrontar las burbujas de subvenciones que aíslan diversos propósitos. El cómo se ocupen de la realidad de las fuerzas del mercado acabará determinando si cada institución sobrevivirá.
Planes para hacerse rico rápidamente
En primer lugar ¿para qué ir a la universidad?
Para algunas personas, acudir a la universidad se considera simplemente una forma rápida y sencilla de obtener el gordo. Como muchas otras ilusiones de grandeza, recuerda el plan sin escrúpulos de los gnomos de los calzoncillos de South Park:
- Ir a la universidad
- ???
- ¡Beneficios!
Para alimentar este falso sueño están los préstamos subvencionados del Estado que animan y crean distorsiones en el mercado laboral, por no mencionar la reasignación de capital productivo. Podría decirse que puede ser difícil comparar la Universidad Van Wilder de hoy con las “clásicas” de Oxford o Cambridge. Sin embargo, para el año académico 2005-2006, los costes medios de matrícula, educación, habitación y manutención para acudir a una institución pública durante cuatro años son de 12.127$. Para una institución privada durante cuatro años: 29.026$.
Una de las justificaciones para el precio es que, a largo plazo, una persona con formación universitaria ganará mucho más dinero que otras sin dicha formación. Y como ser más rico “beneficia a la sociedad en general”, deberían llevarse a cabo esfuerzos por promover este estilo de vida. Sin embargo como apunta Neal Zupancic, esto es un non sequitur ya que la relación causal no está conectada directamente. Sin embargo esta lógica falaz no impidió la intervención de Estado por el Senador Claiborne Pell, que en 1972 impulsó legislación que subvencionaba préstamos subvencionados a estudiantes bajo el nombre poco auspicio de becas Pell.
Una financiación relativamente barata (debida a estas subvenciones) junto con estándares de admisión más bajos ha llevado a un aumento en las poblaciones universitarias públicas en todas partes. A pesar de las fuentes financieras alternativas (como becas federales y donaciones privadas), el gasto per cápita ha disminuido significativamente en los últimos cinco años. Aunque la demografía puede cambiar, la tendencia de asistencia no va a disminuir previsiblemente en el futuro.
Valor por decreto
El argumento central subyacente del razonamiento del Senador Pell era retorcido: los que tenían educación universitaria ganaban más dinero no por el título enmarcado y los pergaminos firmados colgados en la pared del salón, sino porque tenían algún tipo de formación intelectual que les daba un margen competitivo y productivo por encima de sus conciudadanos sin formación. Y durante la mayor parte de 30 años, esta mentalidad de “ir a la universidad y hacerse rico” ha sido inculcada con éxito en las mentes de muchas generaciones no solo de bobus Americanus, sino también en buena parte de mundo desarrollado e industrializado.
Dejando aparte argumentos respecto del bajo nivel educativo, la perspectiva fiscal de los implicados en seguir la vía de las instituciones acreditadas se ha documentado y demostrado ser una victoria pírrica, como apuntaba Christopher Westley. No es que esas personas no tuvieran éxito tras la graduación, sino que quedaban arruinadas, con deudas e incluso quebradas: todo ello en búsqueda de un estilo de vida Potemkin anunciado a bombo y platillo.
A las viejas costumbres les cuesta desaparecer
De forma muy parecida a la atención sanitaria e incluso al voto (por ejemplo: ¿cuál es el valor de mercado de un solo voto, cercano a cero?), el sector de la educación superior se ha visto protegido de las presiones del mercado.
Los campus a lo largo de todo el país, especialmente los gestionados por grandes instituciones públicas son economía planificadas ineficientes: microcosmos de socialismo en acción. Como predice la ley de Rothbard, la universidad no se especializa en lo que hace mejor. Como un pulpo, sus tentáculos acaban en muchos lugares no relacionados en los que recursos escasos se desvían a empresas y trabajos que le apartan de lo que mejor hace su capital humano: la investigación y la enseñanza. La administración se envuelve en un buffet de actividades que van desde actuar como padres y terratenientes suplentes a mantener hospitales en el campus y servicios de transporte. Monopolizar servicios de alimentación, limpieza de dormitorios (que ahora aparentemente implica lucha de clases) e incluso paisajismo: ninguna empresa es demasiado pequeña como para abandonarla ni demasiado grande como para ser asumida.
Por ejemplo, los teléfonos móviles han alterado radicalmente una vía d eingresos tradicional en muchas universidades: las llamadas a larga distancia. Como consecuencia, algunas universidades han aumentado otras tarifas a los estudiantes para compensar los problemas presupuestarios. O, como resulta literalmente cierto en el adagio de Rothbard, varias universidades están ahora ofreciendo sus propios planes de telefonía móvil para compensar esta tendencia.
¿Qué puede obstaculizar los altos costes de hacer funcionar una universidad?
A pesar de los notables legados, concesiones y donaciones voluntarias que tienen muchas universidades investigadoras, el retorno de inversión de los derechos por innovaciones internas es cercano a cero. A esto se une que el aumento de los salarios anuales que ha generado el sistema de plazas vitalicias ha ocasionado un golpe devastador a un orden establecido.
El sistema de plazas vitalicias se creó originalmente para garantizar la libertad académica de los profesores, ofreciendo flexibilidad y espacio para hablar e investigar libremente sin miedo a las repercusiones. (Ver el debate de Hoppe). Sin embargo, desde una perspectiva financiera, Stephen kerr apunta que “aumentar un salario de un empleado crea una anualidad a éste para toda su vida en la organización. Además, como los futuros aumentos se calculan normalmente como un porcentaje del salario, aumentar erróneamente la paga de alguien tenderá a hacerse geométricamente más caro con el tiempo”. En otras palabras, una empresa debería recompensar la productividad, no la tradición o la longevidad. Por tanto, pueden usarse contratos basados en el rendimiento en lugar de un sistema de plazas vitalicias, una idea ahora también aceptada por numerosos rectores de universidad.
Muchas universidades, particularmente las gestionadas por el estado, deben cambiar sus modelos de negocio de acuerdo con los tiempos. No es una quimera de ultimátum: de acuerdo con una reciente encuesta de rectores de universidades del The Chronicle of Higher Education, muchos “están más preocupados por asuntos financieros que educativos”. Una solución posible a estos atolladeros monetarios tiene un aire fastidioso: “un 53% de los encuestados dijo que creía que deberían abolirse las plazas fijas de los miembros de las facultades en favor de contratos a largo plazo, pero quienes habían sido profesores fijos lo apoyaban más que los que no”.
A lo largo de la pasada década, muchas universidades públicas han aprendido que deben buscar fuentes alternativas de financiación ya que no pueden seguir viviendo solamente de la paga del Estado. De hecho, lo quieran o no, muchas de las instituciones emblemáticas financiadas por el estado se están empezando a privatizar. Por ejemplo, a través de una propuesta de estatutos adoptada el año pasado, la Universidad de Virginia (junto con Virginia Tech y William & Mary) tiene ahora la libertad de modificar las tarifas educativas y funcionar libre de numerosas regulaciones estatales, como las relativas a adquisiciones, desembolsos de capital, financiación y personal. La semiprivatización es un paso en la dirección correcta, ya que debería ofrecer una mejor contabilidad a quienes realmente financian la educación. Y debería advertirse que estos déficits presupuestarios no son ejemplos aislados regionalmente en la Costa Este.
Especialización
Aunque algunos comentaristas sugieren que la especialización es para los insectos, una buena parte del nivel y la reputación de las universidades se evalúan en investigación, que se relaciona directamente con la publicación en revistas de evaluación por pares (es decir, el factor de impacto). Por ejemplos, numerosas valoraciones de rendimiento departamental requieren que los profesores fijos empleen la mayoría de su tiempo en investigación y publicación original y el resto se emplee en enseñar (es decir, publica o muere). En muchos casos esto crea una relación dicotómica negativa entre la investigación meticulosa y el apoyo a la formación. Por desgracia, a muchos investigadores brillantes les falta personalidad o formación necesarias para ser instructores eficaces y viceversa (de ahí una de las principales diferencias entre universidades de investigación y enseñanza). A causa de esto, muchas universidades contratan a personas con currículos más largos más que personalidades vibrantes. Sin embargo el agridulce ying-yang tiene su punto de paradoja, ya que la especialización y la división del trabajo son las mejores soluciones ante una situación en otro caso ruinosa.
La universidad es una empresa
La contrarrestar las hemorragias presupuestarias a administración podría recortar los programas extracurriculares, derivar departamentos a entidades independientes y desregular servicios. Por ejemplo, podría privatizarse una instalación de recreo de los estudiantes.
Por desgracia (desde una perspectiva de empresa con ánimo de lucro) muchos centros recreativos no son sostenibles al estar subvencionados a través de tarifas universales a los estudiantes. Así que independientemente de si un estudiante utiliza o no los numerosos servicios ofrecidos por estos centros recreativos, se mantienen a flote a pesar de cualquier ineficiencia. Además, a causa de cómo están subvencionados, su organización no es distinta de la de Amtrak, Correos o Fannie Mae. De hecho, la naturaleza económicamente centralizada de estas instalaciones recreativas las hace, de alguna forma, iguales a una economía dirigida de arriba abajo como la que se encuentra en muchos países en desarrollo o la antigua Unión Soviética.
Aunque estas instalaciones pueden emplear herramientas para “racionalizar” el rendimiento, esto no resulta una defensa apropiada frente a protestas por mal servicio o precios relativamente altos (¿por qué cobrar un precio y no otro?). Hablando económicamente, la separación en una entidad autónoma, que sea completamente sostenible, es la única solución práctica a largo plazo para determinar si pasan o no la prueba del mercado estas entidades. De otra forma ¿cómo pueden los gestores fijar precios? Aparte de sacar cifras de la chistera o copiar a la competencia, la única medición válida es permitir al cliente votar con su cartera. También debería notarse que algunos servicios universitarios han sido subcontratados con éxito a empresas independientes, como la vigilancia, la atención sanitaria y la seguridad en los estadios. Es erróneo afirmar que estas grandes entidades son inmunes a las leyes económicas como la oferta y la demanda y por tanto pueden sobrevivir (estructuralmente) de forma indefinida sin ninguna medida fiable de efectividad.
En el caso de que estas instalaciones se privaticen, la universidad podría subvencionar la pertenencia de los estudiantes de otra forma (por ejemplo, con la compra masiva de entradas) aunque esto genera la pregunta de por qué no externalizar directamente los servicios a empresas nacionales como Gold’s Gym o 24 Hour Fitness.
Para ser justos, algunos centros recreativos sí tienen de hecho varias entidades generadoras de beneficios. Por ejemplo: pases para invitados, alquiler de toallas y taquillas, venta de raquetas y pelotas, sesiones personales de entrenamiento, clases extracurriculares como yoga o autodefensa, actividades al aire libre como fines de semana en canoa o espeleología y torneos internos. Sin embargo, aunque pueda ser éste el caso, estos bienes y servicios por lo general no pueden financiar su presupuesto anual.
Ya sea a través de una privatización independiente completa o una compra parcial corporativa, las instalaciones recreativas podrían crear una política formal para separar sus finanzas internas de las de la universidad. El resultado final es que permitiría a la dirección implantar un programa eficaz de incentivos, permitiéndoles adaptarse a su entorno dinámico de negocio.
Últimamente (por ejemplo en el Mundo Real), debido en parte a las fuerzas competitivas desatadas por Google y otros, Microsoft está realizando cambios estructurales. ¿Cómo es que instituciones como las universidades son más inmunes a las leyes económicas que otras entidades empresariales? Como mínimo tiene que producirse un cambio de paradigma de cierta magnitud para que personas, familias y empresas que invierten en educación universitaria demanden un tipo distinto de sistema, un tipo distinto de modelo de negocio.
Una breve historia en el tiempo
Aunque la pedagogía (la disciplina formal de la enseñanza) ha existido durante varios cientos de años, la humanidad ha empleado la mayor parte de su existencia enseñando y por lo demás inspirando valores, creencias e información a sus hermanos y progenie. A través de su escalonada evolución y desarrollo, se han construido marcos teóricos, que van de pizarras en blanco a modelos estadísticos, para explicar y prescribir la mejor manera de formarse y educarse entre sí.
Aunque se atribuye históricamente a la Iglesia Católica y la orden jesuita las primeras universidades para educar a sus sacerdotes, Prusia, creadora del moderno Estado del Bienestar, como era de esperar puso su sello en la creación del moderno sistema educativo, incluyendo la Educación Superior. John Taylor Gatto, entre otros, ha apuntado que fue Prusia la que primero aprobó la asistencia obligatoria en el nivel de escuela primaria, en un esfuerzo decidido por crear un pueblo disciplinado marcialmente y obediente. Se establecieron rígidas jerarquías de autoridad (profesores frente a estudiantes) en un esfuerzo por crear obediencia tanto a los mandos militares como a los funcionarios tecnocráticos. Algunos de estos métodos y teorías positivistas pasaron a la educación superior y se han reflejado por extenso por los defensores del movimiento de desescolarización y el método Montessori.
Y aunque algunos profesores lamentan la última pesadilla conocida como Internet, para ser completamente coherentes deberían echar palos y piedras a los descendientes de Johannes Gutenberg por inventar un sistema más eficiente y sistemático de imprimir textos , eliminando así el papel tradicional de los escribanos escolásticos (aunque probablemente creando a cambio un montón de profesiones, industrias y mercado es el proceso, es decir una destrucción creativa). Tal vez estos mismos instructores podrían adentrarse en la terra incognita y unirse a iniciativas como Digital Universe o proporcionar su experto conocimiento al mejor postor.
La necesidad es la madre de la invención
Numerosas universidades ofrecen ahora lecciones a través de podcasts ocupándose de diversos asuntos. El podcasting es un neologismo para la emisión web automatizada, un proceso de combinar fuentes tradicionales de audio y vídeo con una teconolía de sindicación RSS fácil de usar. Berkeley, Stanford, Harvard, Princeton, Purdue y el propio Instituto Mises son solo unos pocos participantes notables en este floreciente mercado. De hecho los podcasts se han hecho tan populares que tanto Yahoo! como Apple (entre otros) han añadido la funcionalidad para escuchar, transferir y buscar podcasts en forma nativa. También hay que mencionar que empresas como IBM, en un esfuerzo por hacer más cómoda y eficiente la comunicación ha incorporado con éxito el podcasting a su propia cultura corporativa.
En 2001 el MIT empezó una iniciativa, llamada OpenCourseWare, para “virtualizar” todos los programas de grado y posgrado para libre consumo del público. Esto incluía exámenes, notas de lecciones, listas de lectura, diapositivas, todo el kit, todo. Con cursos que irían de la biología y la ingeniería nuclear a la gestión y la literatura, el servicio OCW ayudaría al insaciable Jorge el Curioso que hay en todos nosotros. Y al igual que con los podcasts, otras instituciones han creado proyectos similares a la OCW, incluyendo notables como Carnegie Mellon, Johns Hopkins, Tufts, Rice y Utah State.
Wikipedia, la enciclopedia abierta, se ha convertido, para bien o para mal, en un pilar entre los digerati de todo el mundo. A pesar de bromas inmaduras, el origen “gratuito” está en muchos casos tan autorizado como su contrapartida encuadernada en piel. Y aunque es sin duda un gran recurso para dirigirse en la dirección correcta, no reemplaza definitivamente la investigación publicada, que el próximo participante hace más fácil de encontrar.
A finales de 2004, Google abrió las puertas a un nuevo servicio llamado Google Scholar. Aunque es aún relativamente nuevo ( de ahí un índice relativamente limitado) para cualquiera que haya utilizado EBSCO, Web of Science, JSTOR o una legión de otras bases de datos de información, Scholar es una bendición. No solo usas el rápido y claro interfaz de Google con el que estamos familiarizados, sino asimismo posee capacidades de búsqueda avanzadas para refinar las búsquedas basadas en autores, publicaciones, materias y fechas. Buscar citas e información de revistas de prestigio nunca ha sido tan fácil. Ahora no solo puedes ver los distintos papeles académicos publicados por notables como Mises o Rothbard, sino asimismo ver otras obras que los citan (tampoco es una novedad, pero es rápido, ajustado y libre).
¿Reemplazan estos recursos en línea a una educación tradicional de 4 años? Podría decirse que el estigma social de no acudir a una universidad de prestigio en su mayor parte supera los costes de acudir a una. Como mínimo, estos recursos pueden evaluarse por el beneficio que generan a todos los implicados (todos ganan).
Bibliotecas digitales
¿Durante cuánto tiempo necesitaremos ir físicamente a una biblioteca? ¿Se acuerdan de cuando hubo varias empresas bien financiadas para escanear digitalmente los contenidos de todos los libros escritos? Yahoo!, Microsoft y la Universidad e california están financiando una organización paraguas llamada la Open Content Alliance, que incluye otras bibliotecas colegiadas y editoriales. Sin embargo hay un problema. No importa lo enorme que se haga su índice, estos contenidos fastidiosamente escaneados indexados en su sitio web gratuito y abierto son solamente obras de dominio público (es decir, sin derechos de autor), que son menos del 15% de todos los libros publicados.
No nos olvidemos de la über-editorial Macmillan que también intenta escanear y vender los contenidos de su masiva biblioteca de publicaciones (probablemente usted tenga uno de sus libros cada año escolar). Y Amazon.com ahora permite a los usuarios ver digitalmente los libros en línea (siempre que la editorial le permita usar su programa de escaneo). Incluso se puede comprar páginas concretas que queramos impresas y enviadas a nuestro domicilio.
A pesar de los problemas legales, una empresa está avanzando penosamente en un esfuerzo por escanear todos los libros escritos, incluyendo a aquéllos aún con derechos de autor: Google Book Search. Aunque aún haya que sortear en los tribunales las ramificaciones legales y a pesar de la estimación conservadora de 300 años de Eric Schmidt, todos pueden aprovechar la capacidad de buscar y localizar un libro que ni siquiera sabían que existía (incluyendo Europa). Indudablemente esto ayuda a todas a ahorrarse viajes innecesarios a bibliotecas y librerías. Además ahora permite a los investigadores independientes, formadores de unos 2 millones de niños educados en casa y gente de todo tipo encontrar información que de otra forma quedaría en la oscuridad: les da poder.
Enseñando nuevos trucos a un perro viejo
Aunque no es un fenómeno completamente nuevo, el movimiento por el acceso abierto merece la pena ser explicado como ejemplo de modificación de modelos de negocio para aprovechar las nuevas innovaciones tecnológicas.
En el pasado la inmensa mayoría de las revistas de investigación han usado un modelo basado en la suscripción que era relativamente caro para las personas, una partida que se esperaba que instituciones, empresas y bibliotecas asumieran o subvencionaran. Para evitar esta naturaleza prohibitiva en costes para el acceso a las revistas, organizaciones como la aclamada Public Library of Science, cobran solo al autor los costes de publicación en lugar de a otros usuarios.
La investigación futura sigue siguiendo el proceso de revisión científica por pares, aunque un cambio es que tras la publicación se hace visible inmediata y gratuitamente para el público bajo una licencia de contenido abierto.
Si las condiciones lo permiten, este desarrollo experimental puede fracasar. Sin embargo por ciertas medidas estadísticas/empíricas este esfuerzo podría considerarse un éxito en ciernes si se compara con su competencia. Inaugurada oficialmente en 2003, tras solo 3 meses de existencia, se asignó a PLoS Biology un alto factor de impacto de 13,9 “colocándola por encima de revistas establecidas como EMBO Journal, Current Biology y Proceedings of the National Academy of Sciences. De hecho, en la catergoría ISI de revistas de biología general, PLoS Biology está clasificada como la número 1. En 2004, los artículos de PLoS Biology fueron descargados más de 1 millón de veces”.
Además de proyectos como PLoS, otras alternativas notables incluyen un proceso de revisión abierta en el que los árbitros son conocidos públicamente y se hacen responsables de sus recomendaciones y por qué las aprueban. Aunque es discutible si esto habría impedido o no el reciente fiasco del clonado en Corea del Sur, Jerry Kirkpatrick apunta que la revisión de “código abierto” (un proceso similar a Wikipedia en el que cualquiera puede revisar y criticar una publicación) se ha afianzado en algunos círculos, incluida la distinguida British Medical Journal que ya no usa un sistema de revisión cerrado.
Aunque sigue existiendo el jurado, tanto el acceso abierto como la revisión abierta tienen potencial para rebajar los costes y eliminar completamente otra barrera para la participación académica, tanto profesional como amateur.
¿Qué es un ranking de universidades?
¿Qué hace a esto remotamente válido? ¿Cómo podemos clasificar instituciones heterogéneas y distintas? Una calificación media de 3,8 en una universidad no es en absoluto comparable a un 3,8 en otra. Cada instructor tiene su propia evaluación subjetiva del estudiante, el trabajo del curso es distinto en cada departamento en cada institución, los recursos disponibles para los estudiantes son diferentes, la dinámica y diversidad del alumnado es diferente, así que ¿cómo pueden sumarse y no digamos cuantificarse objetivamente?
En un vano intento de mostrar transparencia y una legitimidad imparcial, se usan tanto letras como números para cuantificar la evaluación del estudiante. ¿Puede el 93 que recibiste como nota final en inglés del Profesor Smith en 1991 en una pequeña academia rural ser valorado como legítimamente igual frente a otros alumnos con distintos profesores en una escuela urbana sustancialmente más grande años después? La metodología de escala se ve como mínimo perjudicada por el hecho de que no puedes usar un sistema de agregación de intervalos evaluado subjetivamente para conseguir un buen número redondo.
La acreditación moderna recuerda a los jueces en las Olimpiadas, rodeados de sofisticación y ocultos tras un velo de criterios superficialmente objetivos. Es literalmente el mismo problema utilizado para calcular cifras con el PIB o los rankings de la BCS.
Parte de la metodología de ranking de los US News & World Reports implica la tabulación y agregación de clasificación por parte de administradores y profesores en instituciones pares. Por ejemplo, la típica escala Likert utiliza un sistema de puntuación de 1 a 5 (1 para lo peor, 5 para lo mejor). Cada encuestado tiene sus propias preferencias actitudinales, que son subjetivas y están relacionadas con su propio sistema interno de clasificación. Por tanto es insensato y equívoco intentar sumar todas las opiniones subjetivas de los encuestados sobre qué helado es el más rico. ¿Son las galletas Crimson Tide con crema? ¿Qué pasa con los la naranja de los Hokies? ¿Puede alguien olvidar la delicia de galleta de Knute Rockne?
Hace varios años, The Washington Monthly publicó un estudio, encargado originalmente por US News & World Report, que criticaba la nebulosa metodología utilizada para crear la jerarquía de los rankings. Encontraban problemas similares a tratar de clasificar distintos programas universitarios debido a sus siempre distintos objetivos, que incluían “educación en artes liberales; preparación vocacional; preparación pre-profesional e investigadora; socialización de clases medias y servicio y desarrollo de liderazgo”.
Pedigrí, el sello dorado de la aprobación
Hace pocos meses, The New Yorker publicaba un artículo que detallaba “la lógica social de las admisiones en la Ivy League”. El autor ofrecía evidencias de esta hipótesis del valor de marca (que se corresponde directamente con el estatus): es el proceso de selección el que constituye el centro de la propuesta de valor de la universidad de élite. Instituciones como Harvard funcionan usando un método de cuadro de mando integral para maximizar su dotación, agenda de contactos (por ejemplo, seleccionar alumnos que tengan una gran probabilidad de tener éxito financiero y contribuir al valor de marca), percepción de marca (por ejemplo, invirtiendo el profesorado y personal que contribuya al valor de marca por encima de la formación) y ventaja comparativa (por ejemplo, la formación real que se diferencia principalmente en marca, admisiones y obtención de fondos).
¿Cuánto vale un título? Lo crean o no hay un mercado de nombres de universidades, como lo hay de zapatos, automóviles y ropa. La acreditación estatal actúa como el sello dorado moderno de aprobación. Cada institución es esencialmente una marca, cuyo trabajo interno y diario podría ser idéntico, aunque parezca propio de cara al exterior. Sin embargo, el toque de MKidas puede resultar equivocado en algunos casos, puede no valer un duro.
¿Dónde está el meollo?
Sin duda las ganancias financieras de asistir compensan los costes financieros antes mencionados ¿verdad? Preste atención o no, su cerebro no aprende mediante algún tipo de ósmosis: la experiencia práctica no puede reproducirse en un aula. Por ejemplo, fijémonos en las escuelas de negocios.
El enlace con la universidad contemporánea proviene de un polémico estudio respecto de la valor de obtener un MBA. Pfeffer y Fong descubrían, tras analizar el equivalente a 40 años de investigación, que los graduados con un MBA ganaban poco o nada más comparados con lo que no lo tenían. De hecho, encontraron varios ejemplos de lo contrario. En ese sentido, Gary North sugiere que la educación superior (y las escuelas de MBA en particular) se han convertido en nada más que un funcionariado mandarín burocratizado del pasado, que añade poco o ningún valor a quienes se matriculan en ella.
Pfeffer y Fong también descubrían que no solo muchas escuelas de negocios usan los mismos libros de texto y métodos de formación (por ejemplo, estudios de casos), sino que “los graduados de los programas más competitivos y elitistas consiguieran los mejores salarios es poco sorprendente ya que esa gente” esencialmente se ajustaba al pilar de la perspectivo del cliente incluido en la posición del método de cuadro de mando integral, “se seleccionaba por sus programas basándose en sus capacidades y credenciales muy por encima de la media”.
Un ejemplo de un uso erróneo del método de estudio de caso es el siguiente. Un grupo de investigadores realizó un estudio de alumnos de escuelas de negocios en su último año que tenía una edad media de 21 años. Después de ser divididos en tres grupos al azar los estudiantes jugaron individualmente a una simulación informática en la que se convertían en directores generales de una empresa de telefonía móvil durante 13 años. Los primeros ocho años estaban predeterminados para corresponder a una cobertura regional histórica y luego los cinco restantes a una nacional a través de una desregulación de la industria, de todo lo cual se informaba a los participantes a través de mensajes informáticos. El rendimiento se medía basándose en la porción de mercado y a cada estudiante se le daban créditos de curso por completar el experimento.
Esto está completamente fuera del mundo real. Un director general de una empresa de telecomunicaciones no se sienta todo el día delante de un terminal informático recibiendo mensajes estandarizados de una entidad omnisciente acerca de cambios en el sector que se producirán en el futuro. Además, ninguno de los estudiantes tiene que sufrir ninguna de las consecuencias que causen sus acciones. No tienen que preocuparse de cuentas por pagar, investigación y desarrollo, publicidad, gestión de sistemas informáticos, regulaciones estatales y una gran variedad de asuntos, que van de lo más trivial y mundano (por ejemplo, encabezamientos notariales) a otros mucho mayores, como la solvencia. Tampoco tienen que ir a casa al final del día y explicar a sus amigos y familias cómo sus decisiones pueden haber hecho quebrar una empresa y afectar de forma adversa a las vidas de miles de empleados.
Aunque este fuera un proyecto de investigación que pueda replicarse realmente una y otra vez, las conclusiones obtenidas por el estudio no pueden transferirse realistamente a generalizar el comportamiento de un director de una empresa de telecomunicaciones en el mundo real. Si quieres saber cómo habría reaccionado un director con los factores XYZ, observa como maneja un director los factores XYZ. Estudiar a alumnos universitarios de veintiún años de edad que tienen poco que perder no es una medición apropiada de la actividad de los directores generales.
Pfeffer y Fong realizaban una crítica similar a su método de estudio de casos: “los estudiantes aprenden a hablar de negocios, pero no está claro que aprendan de negocios”. No son los únicos académicos en creer también esto, como apuntan Mintzberg y Lampell “desgraciadamente no puedes replicar la verdadera dirección en el aula. El caso de estudio es un ejemplo: A los estudiantes con poca o ninguna experiencia de dirección se les presentan 20 páginas sobre una empresa que no conocen y se les dice que se pronuncien sobre su estrategia el día siguiente”. De hecho el frecuentemente citado gurú de la gestión Peter Drucker y Mises mostraban escrúpulos similares con la educación empresarial en general y la formación de emprendedores en particular.
Títulos en línea y educación a distancia
El ejemplo de este movimiento es la Universidad de Phoenix. Esta acreditada institución es la cruz de la existencia para algunos participantes en el establishment, a saber, los profesores fijos que creen que el ánimo de lucro diluye la investigación pura y trata injustamente a la educación como un producto. Sin embargo, antes de fundar la Universidad, el propio John Sperling era profesor en la Universidad de San José (SJSU). Después de dejar la docencia y fundar la Universidad, en una entrevista en Fortune hace varios años se le contaba lo que decía uno de sus antiguos colegas en las SJSU: “John Sperling representa algo horrible en la educación estadounidense” y “Le tengo un tremendo asco y en un mundo justo estaría en la cárcel”.
Comparen esto con una crítica relativamente ponderada de Gary Berg, decano de estudios avanzados en la California State University Channel Islands, quien realmente acudió a una clase de principio a fin para ver cómo era. Encontró que en realidad tenía varias debilidades, como “su baja reputación académica, facultad, educación general y mantenimiento de la calidad al tiempo que crece a un ritmo rápido”. A pesar de estas dudas, no amenaza a John Sperling con mandarlo a prisión ni le maldice para toda la eternidad.
La Universidad de Phoenix no está sola en su búsqueda por cumplir con las necesidades de los clientes en todo el mundo. The Teaching Company, Thinkwell, ALEKS, EPGY de Stanford, CTY de Johns Hopkins, la lista de servicios disponibles para niños y adolescentes crece continuamente, debido en parte a un sistema de escuelas públicas que tiene la cabeza atrapada en el siglo XIX.
De hecho no escasean los programas de instituciones acreditadas también de educación superior. Stanford, USC, Pepperdine, UCLA, New Jersey Institute of Technology, University of Hawaii, Florida State, University of Illinois, Rochester Institute of Technology, incluso la prestigiosa Open University en el Reino Unido, todas tienen programas de educación universitarios en línea y a distancia. Y debido a las presiones del Mercado, tal vez anginas de estas mismas instituciones se verán obligada a convertirse al “ánimo de lucro” al hacerse la pregunta: ¿cuál es en este caso la diferencia entre con y sin ánimo de lucro? Por tanto si los argumentos de la academia fueron inicialmente contrarios a la educación no residencial (es decir, a distancia o en línea) o a cobrar un precio por un curso o a planes de grado adaptados y ajustados, o el acceso a revistas, ¿qué queda por mancillar?
Piense distinto, deje que pruebe la antigua universidad
Tal vez no sea hoy , tal vez no sea mañana, pero un día puede que usted acabe demandando que un curso en una universidad pública ofrezca una garantía de satisfacción al 100%, un servicio con una sonrisa. ¿Dónde está ubicado el departamento de servicio al cliente en las instituciones tradicionales? ¿Junto a la oficina del tesorero? ¿Dónde puedes presentar formalmente quejas o dejar sugerencias y recomendaciones sabiendo que tu posición como cliente es realmente valorada? Aunque es cierto que no hay escasez de fábricas de diplomas, la responsabilidad de la educación a distancia o caminos no tradicionales como programas en línea (o incluso no acudir) puede juiciosamente ser objeto de burla.
No importa qué moderna tecnología pueda incorporarse a nuestras vidas o qué medio de formación se use, tal vez la más audaz declaración de aceptación del cambio venga de nuevo de Peter Drucker, “La educación ya no puede seguir siendo propiedad única del estado”. Y no lo será.
Tim Swanson es licenciado en la Universidad de Texas A&M y actualmente vive en China.
Le gustaría dar las gracias a DJC|TANSTAAFL por sus comentarios y sugerencias.