Por Ludwig von Mises (Publicado el 23 de febrero de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4937.
[Este artículo está extraído de The Anti-Capitalistic Mentality (1954)]
Antes de responder a esta pregunta es necesario poner de relieve la característica distintiva del capitalismo frente a la de la sociedad estamental.
Es bastante habitual igualar a empresarios y capitalistas de la economía de mercado con los aristócratas de una sociedad estamental. La base para la comparación son las relativas riquezas de ambos grupos frente a las condiciones relativamente estrechas del resto de sus conciudadanos. Sin embargo, la recurrir a esta metáfora, no nos damos cuenta de la diferencia fundamental entre los ricos aristocráticos y los ricos “burgueses” o capitalistas.
La riqueza de un aristócrata no es un fenómeno de mercado: no se origina de proveer a los consumidores y no puede evitarse o siquiera verse afectado por ninguna acción por parte del pueblo. Deriva de la conquista o de la generosidad por parte del conquistador. Puede acabar a través de la revocación por parte del donante o por la desposesión violenta por parte de otro conquistador o puede desperdiciarse mediante extravagancias. El señor feudal no sirve a los consumidores y es inmune al desagrado del pueblo llano.
Los empresarios y capitalistas deben su riqueza a la gente que es cliente de sus negocios. La pierden inevitablemente tan pronto como otros hombres les suplantan al servir mejor o más barato a los consumidores.
No es tarea de este ensayo describir las condiciones históricas que produjeron las instituciones de casta y estado, la subdivisiones de pueblos en grupos hereditarios con diferentes rangos, derechos, obligaciones y privilegios o discapacidades santificados legalmente. Lo único que nos importa es el hecho de que la preservación de estas instituciones feudales era incompatible con el sistema del capitalismo. Su abolición y el establecimiento del principio de igualdad ante la ley eliminó las barreras que impedían a la humanidad disfrutar de aquellos beneficios que la propiedad privada de los medios de producción y la empresa privada hacen posible.
En una sociedad basada en el rango, estado o casta, el puesto del individuo en la vida está fijado. Nace en cierto puesto y su posición en la sociedad está rígidamente determinada por las leyes y las costumbres que asignan a cada miembro de su rango privilegios y tareas definidos o incapacidades definidas. Una suerte excepcionalmente buena o mala puede en algunos raros casos elevar a un individuo a una rango superior o rebajarlo a uno inferior.
Pero en general las condiciones de los miembros individuales de un orden o rango definido solo pueden mejorar o deteriorarse con un cambio en las condiciones de todos los miembros. El individuo no es en primer lugar ciudadano de una nación: es un miembro de un estado (Stand, état) y solo como tal integrado indirectamente en el cuerpo de su nación. A ponerse en contacto con un compatriota que pertenece a otro rango, no siente ninguna comunidad. Solo percibe el abismo que le separa del estado del otro hombre.
La diversidad se reflejaba en los usos lingüísticos, así como en la elegancia. Bajo en ancien régime los aristócratas preferentemente hablaban en francés. El tercer estado usaba la lengua vernácula, mientras que los niveles más bajos de la población urbana y los campesinos utilizaban dialectos locales, jergas y argots que a menudo eran incomprensibles para la gente formada. Los distintos rangos vestían diferente. Nadie dejaba de reconocer el rango de un extraño que veían en algún lugar.
La principal crítica efectuada contra el principio de igualdad ante la ley por los elogiadores de los buenos tiempos antiguos es que ha abolido los privilegios de rango y dignidad. Ha “atomizado”, dicen, la sociedad, disuelto sus subdivisiones “orgánicas” en masas “amorfas”. Los “demasiados muchos” son ahora supremos y su burdo materialismo se ha impuesto a los nobles patrones de épocas pasadas. El dinero es el rey. Gente muy poco digna disfruta de riquezas y abundancia, mientras que la gente digna y de mérito se ve con las manos vacías.
La crítica implica tácitamente que bajo el ancien régime los aristócratas se distinguían por su virtud y que debían su rango y sus ingresos a su superioridad moral y cultural. Apenas hace falta rebatir este cuento. Sin expresar ningún juicio de valor, el historiador no puede dejar de destacar que la alta aristocracia de los principales países europeos eran los descendientes de esos soldados y cortesanos que, en las luchas religiosas y constitucionales de los siglos XVI y XVII, se alinearon inteligentemente con el partido que resultó victorioso en sus respectivos países.
Aunque los enemigos conservadores y “progresistas” del capitalismo están en desacuerdo con respecto a la evaluación de los viejos patrones, están completamente de acuerdo en condenar los patrones de la sociedad capitalista. Tal y como la ven, no son aquellos de entre sus conciudadanos que lo merecen los que adquieren riqueza y prestigio, sino gente indigna y frívola. Ambos grupos pretenden buscar la sustitución de los métodos manifiestamente injustos métodos de “distribución” que prevalecen en el capitalismo por otros más justos.
Ahora bien, nadie ha pretendido que bajo un capitalismo no intervenido los que actúen mejor desde el punto de vista de los patrones eternos de valor tengan que ser preferidos. Lo que produce la democracia capitalista del mercado no es recompensar a la gente de acuerdo con sus “verdaderos” méritos, dignidad intrínseca y eminencia moral.
Lo que hace a un hombre más o menos próspero no es la evaluación de su contribución a ningún principio “absoluto” de justicia, sino la evaluación por parte de sus conciudadanos que aplican exclusivamente la vara de sus propios deseos y fines personales. Es precisamente esto lo que significa el sistema democrático del mercado. Los consumidores son supremos, es decir, soberanos. Quieren verse satisfechos.
A millones de personas les encanta beber Pinkapinka, una bebida preparada por la empresa mundial Pinkapinka Company. A millones les gustan las historias de detectives, las películas de misterio, los tabloides, los toros, el boxeo, el whisky, los cigarrillos, el chicle. Millones votan a gobiernos dispuestos a armarse e ir a al guerra. Así que los empresarios que ofrezcan de la forma mejor y más barata todas las cosas necesarias para la satisfacción de estos deseos consiguen hacerse ricos.
Lo que importa en el marco de la economía de mercado no son los juicios académicos de valor, sino las valoraciones realmente manifestadas por la gente comprando o no comprando.
Al gruñón que se queja acerca de la injusticia del sistema mercado, solo puede dársele un consejo: Si quieres obtener riqueza, trata de satisfacer a la gente ofreciéndole algo que sea más barato les guste más. Trata de superar a Pinkapinka creando otra bebida. La igualdad ante la ley te da el poder para desafiar a cualquier millonario. En un mercado no saboteado por restricciones impuestas por el gobierno, es exclusivamente culpa tuya si no derrotas al rey del chocolate, la estrella del cine y el campeón de boxeo.
Pero si prefieres a las riquezas que tal vez puedas conseguir en el sector de la confección o el boxeo profesional la satisfacción que puedas derivar de escribir poesía o filosofía, eres libre de hacerlo. Por supuesto no harás tanto dinero como quienes sirvan a la mayoría. Porque esa es la ley de la democracia económica del mercado.
Quienes satisfagan los deseos de una menor cantidad de gente solo obtendrán menos votos (dólares) que quienes satisfagan los deseos de más gente. En hacer dinero, la estrella del cine supera al filósofo, los fabricantes de Pinkapinka superan al compositor de sinfonías.
Es importante darse cuenta de que la oportunidad de competir por los premios que la sociedad entrega es una institución social. No puede eliminar o aliviar las desventajas con las que la naturaleza ha discriminado a mucha gente. No puede cambiarse el hecho de que muchos nacen enfermos o se convierten en discapacitados posteriormente. El equipamiento biológico de un hombre restringe rígidamente el campo en que puede servir.
La clase de quienes tienen la capacidad de pensar por sí misma está separada por un abismo inseparable de la clase de quienes no la tienen.
Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de The Anti-Capitalistic Mentality (1954).