Por Llewellyn H. Rockwell Jr. (Publicado el 1 de septiembre de 1998)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/106.
[De The Wanderer, septiembre de 1998]
Los defensores de los cheques escolares están saltando de alegría por una resolución del Tribunal Supremo de Wisconsin que permite que se usen dólares procedentes de impuestos en escuelas religiosas. Esperan que la decisión sea la base para una amplia expansión de los cheques (cuatro estados más están debatiendo este mismo asunto), que acabaría llevando a un programa federal de cheques escolares que “privatizaría” toda la educación.
Pero hay pegas en esto, suficientes como para hacer que los conservadores religiosos vuelvan a pensarse las simpatías que tenían por los cheques. Porque el tribunal no decidió que las escuelas religiosas puedan recibir dinero público sin condiciones. Decidió estrictamente sobre el programa de Milwaukee, que solo coló por sus rígidas restricciones. Aunque pocos hayan leído realmente la resolución, esta perfectamente claro que para recibir cheques las escuelas religiosas tendrían que eliminar todo control sobre las admisiones y eliminar cualquier enseñanza doctrinal integral en su programa.
Ocupémonos primero de los criterios de elegibilidad de los estudiantes. El dinero no está disponible para los niños de clase media que realmente pagan los impuestos que sostienen a las escuelas públicas. Solo está disponible para aquéllos a los que el gobierno define como “pobres”, el mismo grupo que ya disfruta de enormes subsidios en forme de asistencia médica gratis, alojamiento, atención diaria, comida y dinero. Los cheques no representan una disminución de este estado del bienestar, sino una expansión, el equivalente a los vales de comida para la escuela privada.
Es más, los cheques solo están disponibles para niños actualmente en escuelas públicas, lo que crea incentivos perversos y ataca el corazón de la justicia. Los padres que se esfuerzan por pagar las matrículas de sus hijos en una escuela parroquial no obtienen nada, pero su vecino, que deja que sus hijos se hundan en las calles y las escuelas públicas, obtiene una escolaridad completa. Los padres tendrían todos los incentivos para sacar a los niños de las escuelas privadas y llevarlos temporalmente a las públicas, solo para ser incluidos en el programa.
¿Y qué pasa con los niños de clase media en las escuelas privadas? Sabemos cuánta animosidad crean en las escuelas públicas las pequeñas gratuidades como comidas para unos pero no para otros. ¿Qué pasa con la matricula gratuita en una escuelas privadas pero no en otras? No importa como lo miremos, los cheques representan más estado de bienestar, otra comida gratis para las clases más bajas pagada por todos los demás.
Segundo, los cheques tendrían un efecto desastroso sobre las escuelas religiosas, que no podrían elegir a que estudiantes con cheques pueden aceptar. Las escuelas católicas no pueden preferir católicos a hindúes. Se descarta la educación solo para chicos o para chicas. Tampoco las escuelas pueden considerar un historial de fracaso académico o incluso de violencia. De hecho, el tribunal subrayaba que se prohibía a las escuelas ejercitar cualquier juicio acerca de los estudiantes que aceptan (excepto que deben dar preferencia a los hermanos). Como decía el Juez del Tribunal Supremo Donald J. Steinmetz, escribiendo la ponencia mayoritaria, con estas asombrosas palabras, los beneficiarios han de ser “elegidos de forma aleatoria de entre todos los alumnos que lo soliciten y cumplan estos criterios religiosamente neutrales”. Y también “la escuelas privadas que participen deben elegir de una forma aleatoria los estudiantes que acudan a sus escuelas”.
Es verdad: admisiones aleatorias, algo así como las escuelas públicas. La incapacidad de elegir entre estudiantes y deshacerse de estudiantes que no se adapten a los estudios o la disciplina es una de las razones por las que las escuelas públicas tienen problemas. Apliquemos las mismas reglas a las escuelas privadas, especialmente a las religiosas y habremos avanzado mucho hacia hacerlas copias fieles de las escuelas de las que tantos quieren huir. Muchos de los recientes tiroteos en las escuelas públicas los han cometido estudiantes cautivados por cultos satánicos. A las escuelas que acepten cheques no se les permitiría excluir ni siquiera a éstos.
Veamos la demografía de los estudiantes en el programa de Milwaukee. Como informa Daniel McGroarty en Public Interest, la gran mayoría tienen ayuda social y todos están “muy cerca del fondo en términos de logros académicos” y muestran “un historial de problemas relacionados con el comportamiento”. ¿Queremos que estos chicos colándose en las escuelas privadas del país a costa del contribuyente? No sorprende que gente como la ultraizquierdista Polly Williams lo esté celebrando.
Tercero, respecto del contenido religioso del programa académico, el parlamento de estado de Wisconsin añadía una provisión de “exclusión” que prohíbe a una escuela privada obligar a un estudiante a “participar en cualquier actividad religiosa si el padre o tutor del alumno presenta al profesor o director de la escuela privada una solicitud por escrito de que el alumno quede exento de dichas actividades”. La existencia de esta provisión ayudó a convencer al tribunal de que no había ninguna violación de los dictados del Tribunal Supremo de EEUU acerca de la iglesia y el estado.
Pero esto revela una asombrosa ignorancia de la forma en que enseñan muchas escuelas religiosas. No existe algo así como una “actividad religiosa” diferenciada de programa general de enseñanza de la escuela (como podría haber habido en las escuelas públicas antes de que el tribunal Supremo prohibiera incluso eso). El mismo propósito de estas escuelas es introducir valores religiosos en el proceso de aprendizaje.
Cuando estas escuelas enseñan lectura, entre los libros que seleccionan están los de la Biblia y casi todas las lecturas tendrán alguna lección religiosa tras ellas. Cuando estas escuelas enseñan historia, la historia de la religión es integral. Cuando enseñan arte, usan imágenes religiosas. Cuando enseñan ciencias, incluyen relatos de la mano de Dios moviéndose mientras crea el mundo. En estas escuelas, el estudio de la literatura significa, en parte, aprender literatura religiosa.
El mandato del tribunal requiere que el lado religioso del programa se distinga y diferencie de programa secular y que el lado secular sea suficientemente grande como para preparar a los estudiantes para aprobar los exámenes habituales. En la práctica esto requeriría que cualquier escuela supuestamente religiosa se moldeara como las escuelas laicas o públicas y que lo hiciera oponiéndose a los padres que están soltando dinero precisamente para que sus hijos vean reforzada su fe.
Los rezos se permitirían, siempre que se ofrezca tiempo suficiente a los estudiantes que renuncien a él, incluso si hay solo uno, para que abandone la clase. ¿Y puede el profesor hacer una referencia casual a la doctrina religiosa en el curso del día sin permitir antes taparse las orejas a los estudiantes excluidos? ¿Y qué pasa acerca de algo tan sencillo como un crucifijo o una estatua de la Santa Madre en un aula? ¿Mirarlos es una “actividad religiosa”? En ese caso, deben eliminarse, igual que se hizo en las universidades católicas que recibían dinero público en la década de 1940.
Tengan en cuenta que estas son solo la primera ronda de restricciones, inevitablemente, habrá nuevas dudas sobre prácticas concretas de estas escuelas religiosas y si los tribunales continúan en la dirección hacia la que han ido durante 50 años, la religión será sistemáticamente prohibida. Con el fin de evitar demandas, las escuelas pecarán de cautelosas recortando voluntariamente lo más importante de sus programas.
Conociendo las implicaciones de estas cláusulas de “exclusión”, el Cardenal Hickey, de Washington DC, rechazó permitir a sus escuelas diocesanas participar en programas de cheques escolares. Su rechazo acabó efectivamente gracias a Dios con una propuesta en el Congreso que habría asignado el dinero.
Aun sin las cláusulas de exclusión, el dinero público siempre supone un peligro. El control sigue al dinero fiscal, de forma que los cheques garantizan que todo el sistema de educación privada acabará siendo absorbido en una gigantesca máquina de propaganda financiada públicamente, siendo las únicas bolsas de diversidad las escuelas que rechacen cualquier subvención, aunque se verían frecuentemente sobrepasadas. Esto es precisamente lo que ocurrió a nivel universitario, con una desastrosa homogeneización y estupidización.
La idea de los cheques escolares se originó en la derecha neoconservadora con Milton Friedman, pero la izquierda se ha ido dando cuenta cada vez más de que los cheques representan su sueño hecho realidad: más privilegios especiales para los pobres, una expansión del estado de bienestar, la eliminación de admisiones exclusivas y la destrucción de anacronismos como escuelas que aún enseñan la verdad religiosa. Afrontamos una nefasta alianza de libertarios del gran gobierno y activistas igualitarios de todos los tipos para robarnos lo que queda de la libertad educativa y para hacerlo en el nombre de entregar siempre más de nuestros dólares de impuestos a las clases más bajas.
Entretanto, los defensores de los cheques están ocupados pisoteando décadas de ataques conservadores a la idea de un “derecho a una educación de calidad”, que es un lema de la izquierda ahora imprudentemente barajado por el Instituto para la Justicia y el resto de los conspiradores políticos. Pero seamos conscientes de que el lenguaje de los defensores de los cheques se toman de una tradición ajena que no tiene relación con limitar el poder y proteger la propiedad, ni aprecio por las desigualdades naturales de la posición social que son parte integrante de una sociedad libre.
Igualar verdaderamente las oportunidades educativas requeriría otra ronda masiva más de activismo judicial para superar la jurisdicción barrial, municipal y estatal, así como todas las distinciones entre productores y no productores, que es aparentemente lo que defienden los líderes del movimiento de los cheques.
A menudo discutimos la tiranía del judicial que nos imponen los izquierdoigualitarios, que no piensan nada de robarnos y abolir nuestro derecho al autogobierno. ¿Debemos sufrir también este destino a manos de los libertarios de izquierda y neoconservadores atontados por las fantasías igualitarias de inspiración racial subvencionada por el estado? No si los votantes tienen algo que decir. La Proposición 174 en California, una pieza modelo de legislación de cheques apoyada por todos los sospechosos habituales, fue aplastada en las encuestas por las mismas razones aquí expuestas. Pero ahora los activistas están acudiendo a los tribunales para destruir a nuestra costa las escuelas privadas y lo que queda de las escuelas públicas decentes.
Los conservadores religiosos necesitan un programa más radical. Eliminar al gobierno federal de la educación y recortar drásticamente los impuestos federales, de forma que los padres puedan tener más de su propio dinero. Eliminar los impuestos que ahora financian el sector de la educación pública a nivel estatal y mantener todos los impuestos y la toma de decisiones a nivel local. El objetivo final debe ser una educación completamente privada. El gobierno siempre está en competencia con Dios, ya que quiere que se forme a los niños para adorarlo. Respecto de las escuelas privadas y especialmente las religiosas, incluyendo escuelas en casa y grupos de cooperación de escuelas en casa, debemos oponernos a cualquier restricción. La presión por los cheques no se solo una distracción de este programa urgente: es destruccionismo disfrazado de libertad.
Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente del Instituto Ludwig von Mises en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The Left, the Right, and the State.