Por Llewellyn H. Rockwell Jr. (Publicado el 31 de enero de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4997.
[Este artículo apareció originalmente en The American Conservative (2011)]
El discurso de despedida de Eisenhower fue una argumentación larga y casi histérica a favor de la Guerra Fría. La presentaba como lago más que una política militar contra Rusia, más bien una gran lucha metafísica que debería ocupar nuestras mentes y almas, por muy extraño que le pueda parecer a la generación actual.
Sus palabras fueron wilsonianas, incluso mesiánicas. La labor de la política militar de EEUU es “fomentar el progreso en logros humanos” y aumentar la “dignidad e integridad” de todo el mundo. Es, bajo cualquier parámetro, un papel bastante expansivo para el gobierno. Pero iba más allá. Un enemigo se interpone en el camino para alcanzar este sueño y su enemigo es “global en ámbito, ateo en carácter, despiadado en fines e insidioso en métodos”. Esta gran lucha “ocupa toda nuestra atención, absorbe nuestro propio ser”.
¿Cómo algunos apparatchiks malencarados están imponiendo todo tipo de control económico sobre Rusia y unos pocos satélites, la política exterior de EEUU debe absorber todo nuestro ser? Demasiado para un gobierno limitado.
La retórica tenía que ser histérica para superar unos pocos problemas obvios. Rusia es un país lejano y la idea de una invasión era casi tan probable como si proviniera de Marte. Rusia, un estado autoritario funcionando bajo la cobertura ideológica del comunismo había sido declarada solo hacía unos pocos años nuestro valiente aliado en la lucha contra Japón y Alemania.
Pero los estadounidenses se levantaron un día descubriendo que la línea había cambiado repentinamente: ahora Rusia era en enemigo a derrotar. En realidad el gobierno ruso (ya con profundos problemas económicos como régimen socialista) estaba quebrado durante la Segunda Guerra Mundial y tenía increíbles problemas internos. Los soviéticos no podían manejar el mundo de la Europa del Este que se les había dado como premio por ser aliados de Estados Unidos durante la guerra. Por esta razón Nikita Kruschev empezó el primer gran periodo de liberalización buscando acabar con este estado inviable. Estados Unidos no solo no apoyó esta liberalización, sino que pretendió que no estaba produciéndose para así construir internamente una nueva forma de socialismo.
En realidad toda la ideología de la Guerra Fría fue inventada por Harry Truman y sus asesores en 1948 como
- un truco político para evitar perder más apoyo del Congreso,
- una forma de eludir las presión política a favor de un desarme tras la guerra y
- un método para mantener la dependencia industrial de EEUU del gasto público, particularmente en relación con las empresas estadounidenses operando en el exterior.
Era una fórmula sin precedentes de socialismo en tiempo de paz diseñada para apelar a las grandes empresas y Eisenhower se convirtió en su portavoz. Los libertarios perspicaces sabían exactamente qué estaba pasando y apoyaron al oponente a la Guerra Fría Robert Taft para la nominación republicana en 1952. Pero Eisenhower se apropió eficazmente de la nominación, con un apoyo masivo del establishment. Retribuyó a sus patrocinadores con su apoyo y expansión del programa de Truman.
Es verdad que su discurso de despedida advertía contra “la influencia injustificada, buscada o no, del complejo industrial militar” y esta parte es la que recuerda la gente. Pero el propio Eisenhower afianzó esta misma maquinaria en la vida estadounidense, inventando virtualmente la industria de armamento en tiempo de paz e imponiendo una disciplina militar al país. Su postura fue fundamentalmente antiestadounidense, o dicho de otra manera, redefinió lo que significaba ser estadounidense. En lugar de un pueblo libre, forjó un programa de militarización permanente del país.
La evidencia de esta militarización empieza con aumentos masivos de gasto militar. Como porcentaje de los desembolsos presupuestarios totales, el gasto militar pasó del 30% en 1950 al 70% en 1957. Ha sido el mayor aumento en tiempo de paz en la historia estadounidense. Durante una acelerada expansión económica, el presidente trabajó para mantener un alto nivel de gasto militar como porcentaje del creciente PIB, estableciente el precedente moderno de que el socialismo militar el parte integrante de la vida económica del país. El gasto aumentó en términos absolutos todos los años de su presidencia, de 358.000 millones de dólares en 1952 a 585.000 millones en el último presupuesto bajo su responsabilidad, en 1962, un astronómico aumento del 63,4% durante los años de Eisenhower.
Su aumento no se limitó al sector del armamento: penetró en todos los aspectos de la vida civil. Nuestras escuelas se ajustaron para realizar prácticas de instrucción atemorizadoras y abusivas de lo que los niños deberían hacer si los rusos lanzaran bombas sobre sus cabezas. Toda una generación creció con miedos irracionales a amenazas imaginarias.
Luego estuvo el catastrófico Sistema Interestatal de Autopistas, que no se creó para hacer fuera más rápido tu viaje a la playa. Su fin era permitir que los militares movieran rápidamente sus tropas. También hubo planes absurdos de transportar bombas nucleares por esas autopistas para impedir que los boches pudieran saber dónde estaban.
Eisenhower se vio influido al financiar este asombroso despilfarro por su experiencia en 1919 con el Convoy Transcontinental en la Lincoln Haighway, que llevaba camiones militares de una costa a la otra. Otra influencia fue el proyecto de Hitler de construir carreteras que cruzaran el país, también para mover tropas. El Sistema Interestatal de Autopistas llevó a enormes agitaciones populares y continúa distorsionando la demografía comercial en todos los pueblos de Estados Unidos.
Por todo esto, la idea de que Eisenhower estaba preocupado por el complejo industrial militar es absurda. Él se dedicaba a ella.
Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente del Instituto Ludwig von Mises en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The Left, the Right, and the State.
Este artículo apareció originalmente en The American Conservative (2011)