Pesimismo y perspectiva

Por William H. Hutt. (Publicado el 28 de noviembre de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4828.

[Extraído de Politically Impossible (1971)]

 

Se ha desarrollado una tradición pragmática deplorable bajo la cual los economistas han tendido a evitar una exposición cuidadosa de las soluciones “políticamente imposibles”. Y esa misma inhibición ha contribuido a la “imposibilidad”. Por el contrario, los economistas han llegado a creerse no afectados por los asuntos “políticos”, y aún así se han permitido en la práctica una autocensura inconsciente que condicione su pensamiento y enseñanzas, una censura basada en su juicio tácito de lo que los electorados aceptarán, tragarán o rechazarán.

Cuando declaran categóricamente que una propuesta es “políticamente imposible”, normalmente la están alabando indirectamente, incluso si su propósito real es destruir lo que están sugiriendo. Implican que hay que renunciar a ella solamente porque los políticos no creerían poder ser capaces de persuadir al electorado (o a quienes financien sus campañas) para que acepten esa propuesta o si no que (por otras razones poco desinteresadas) los propios políticos no estarían dispuestos a hacer de la propuesta un asunto de debate o discusión pública. Pero el daño causado se produce principalmente cuando las objeciones debidas a los supuestos defectos de consecución de votos quedan sin expresar.

Las actitudes así creadas se han inclinado a generar un pesimismo injustificado acerca de las perspectiva de una reforma fundamental. Nunca debemos considerar en modo alguno como inalterables las opiniones de los votantes en ningún asunto importante para su bienestar. Por eso la declaración explícita de propuestas que no se reclaman o incluso se rechazan categóricamente teniendo en cuenta la evidente inaceptabilidad actual, puede desempeñar un papel fructífero.

Puede tener que haber un largo periodo educativo previo a muchas reformas fundamentales bajo una democracia o incluso bajo otras formas de gobierno. Así, a un estadista hindú le sería posible condenar el sistema de castas como un obstáculo para una modernización muy necesaria sin defender su inmediata erradicación. Podría expresar su posición en términos no emotivos, desapasionados y comprometerse a no realizar ninguna acción sin la más amplia aprobación general para cualquier reforma. De esa forma podría evitar provocar consternación y revueltas.

Lo “imposible” sí ocurre

 Sin embargo la relativa dificultas de hacer que la gente acepte los cambios nos lleva a la cuestión, expresada en las palabras (retóricas) del Profesor Philbrook:

¿No deberíamos (…) distinguir entre cambios concebibles de acuerdo con si tienen alguna posibilidad razonable de realizar realmente el cambio de actitud necesario? ¿Por qué gastar esfuerzos realizando sugerencias que no podemos esperar que se acepten?[1]

Mi respuesta a esta cuestión se valora de forma distinta pero es esencialmente la misma que la del Profesor Philbrook. Apunta a la realidad de que las propuestas que más a menudo parecen las menos probables pueden ser las más deseables. Es indudablemente una consideración que magnifica la importancia de rechazar aceptar a la opinión pública de cualquier manera como inevitable e inalterable.

Pero mi propia respuesta está inspirada empíricamente. Los cambios en la opinión pública de un tipo que prácticamente todos los observadores experimentados habrían considerado antes como “inconcebibles” sí ocurren en la práctica.

El casi terrorífico pesimismo de Schumpeter (a pesar de su corajudo realismo) no puede aceptarse. No damos ninguna consideración a la posibilidad de que un criterio eventual de mismos peligros a los que apuntaba que podría llevar, supuesto el inspirado liderazgo político necesario, a una mayoría democrática suficientemente extendida que apoye reformas en el espíritu del “principio de Tocqueville” y a la aceptación de la regla de que todas las formas de tratar con la escasez (afectando tanto a la adquisición de habilidades como a la producción) debería suprimirse imparcialmente porque causan recesión, así como por la incidencia regresiva. Si los economistas hablaran, esa solución no podría descartarse como una “imposibilidad política”.

Una y otra vez en la historia ha ocurrido lo “increíble” cuando ha amenazado desastre. Esta generación ha sido testigo de que el pueblo alemán anteriormente de mente totalitaria, al afrontar las lúgubres perspectivas de 1946-1947, aceptando la filosofía de Erhard de “prosperidad mediante competencia” y disfrutando de la consecuente “recuperación milagro” de la siguiente década.

Un ejemplo que amenazaba desastre que pueda forzar a un gobierno a dejar una política considerada durante mucho tiempo como políticamente lucrativa fue el intento del gobierno laborista británico en 1969 de acabar con los abusos del poder de amenaza de huelga. Propuso así una legislación que años antes habría sido considerada como un “suicidio político”. Aunque este intento fracasó, el cambio de opinión tuvo importantes consecuencias en la opinión pública. Las actuales actitudes políticas hacen que ahora parezca posible que el gobierno conservador pueda ganar votos, en lugar de tener el riesgo de perderlos, alejándose de lo que ha sido ampliamente aceptado como una política irreversible durante generaciones.

Naturalmente han tenido que describirse las propuestas al electorado en términos que no parezcan amenazar la carreras de los jerarcas de los sindicatos o el estatus de los mismo sindicatos. El objetivo de la Ley de Relaciones Industriales, en palabras del primer ministro (Edward Heath) no en tener “sindicatos encadenados, sino sindicatos libres, fuertes y responsables”. Pero ahora empieza a parecer casi como si fuera “políticamente imposible” no continuar con una ley que acabe eficazmente con el poder de amenaza de huelga.

Porque las últimas elecciones se han ganado con la promesa de acabar con la inflación, mientras que la consiguiente continuidad de las huelgas ha causado una perseverancia resistente con la vieja política de validación inflacionista que aplicación por coacción de los costes laborales, con precios que generalmente siguen tendiendo a subir (escrito en marzo de 1971).  Los opositores al primer ministro ya están obteniendo capital político de este “fracaso en ocuparse”, cuando al estar el poder hicieron todo lo posible a obstaculizar el ocuparse de ello.[2]

El sagaz político William F. Buckley Jr., de Nueva York, comentaba recientemente el extraordinario hecho de que el apoyo y las provisiones oficiales de instituciones para el control de natalidad son ahora ampliamente aceptados en Estados Unidos, aunque durante muchos años prácticamente todos los políticos evitaban el asunto porque pensaban que cualquier desafío a la opinión religiosa generalmente sería un suicidio político. Hoy en día no solo se promueve oficialmente la “planificación familiar”, sino que en varios estados se ha legalizado el aborto.

¿Se ha convertido lo “imposible” en imperativo?

En otros momentos los políticos han parecido tener suficiente sentido de la responsabilidad o suficiente preocupación por sus carreras como para evitar precipitarse al desastre a través del consumo de capital o la inflación desbocada. Así, el gobierno laborista británico se vio forzado hace unos pocos años a renunciar a la rápida expansión de los servicios de bienestar que se había prometido al electorado porque temían que tipos fiscales más altos redujeran las perspectivas de ingresos fiscales.

Los políticos laboristas empezaron a defender la imposición de pagos por servicios hasta entonces “gratuitos”. Y la explicación del apuro del gobierno parece haber ayudado a crear el clima de opinión que permitió al Partido Conservador ganar una elección al prometer acabar con la inflación, recortar los gastos del estado de bienestar, imponer pagos en el bienestar y reducir los impuestos.

La nueva política en 1971 ha invertido de nuevo una tendencia. A los receptores de servicios médicos y dentales se les pide ahora que contribuyan más a los costes, una reforma que, significativamente, a permitido una ayuda más generosa a los que verdaderamente lo necesitan. Sin embargo lo que es importante es que la inversión de la dirección parece haber ocurrido justo a tiempo para impedir el desastre.

Haciendo posible lo “imposible”

Al referir antes a la “recuperación milagro” de Alemania, sugería que la perspectiva del desastre fue el factor principal para permitir las reforma de Erhard. Ahora me parece que el colapso económico amenazará cada vez más a las democracias occidentales si intentan continuar con sus intentos de restaurar el empleo a través de la inflación cuando todos han empezado a esperar que se produzca la inflación.

Como hemos visto, esto es lo que ha estado ocurriendo. La situación desarrollada bien puede forzar a un pronta elección entre democracia, política y económica, por un lado y totalitarismo descrito como “democracia” por el otro. Si la “estanflación” (recesión a pesar de tener inflación) acaba causando que países como Gran Bretaña y Estados Unidos se vean atemorizados por las presiones de pensadores y comentaristas miopes, la intelectualidad será la más dañada en principio.

El peligro que acecha al mundo occidental es un posible resultado de la deriva gradual de los países tradicionalmente de libre empres hacia una concentración totalitaria de poder económico debida a reacciones a la “estanflación”. Esta deriva se origina en la debilidad política casi perpetua de la que la reacia inflación en la consecuencia. Como los gobiernos han renunciado a la tarea de denunciar la responsabilidad de los sindicatos por la incipiente recesión crónica y han sido capaces de evitar que el desempleo empeore rápidamente solo mediante inflación, la sociedad lucha por proteger el valor real de su capital en los sectores restante de la economía en los que aún opera el mecanismo de precios con relativa libertad.

Así que los gobiernos acaban sintiéndose obligados a acabar con esos esfuerzos. Por eso básicamente han de recurrir a “políticas de rentas” y otros tipos de control totalitario. Cuando los líderes de opinión perciben los peligros, ¿qué reformas fundamentales siguen siendo “políticamente imposibles”?

 

 

 

Nacido en Londres, William Hutt (1899-1988) fue un economista de la tradición clásica que se identificaba con la Escuela Austriaca. Estudió en la London School of Economics y fue profesor en la Universidad de Ciudad del Cabo. Es especialmente conocido por sus obras “The Factory System of the Early Nineteenth Century2 (1925), La negociación colectiva (1930) y The Strike-Threat System (1973).

Este artículo ha sido extraído del capítulo 7 de Politically Impossible?



[1] C. Philbrook, “'Realism' in Policy Espousal”, American Economic Review (1953), p. 851.

[2] “Está en el proceso de empujar al alza los precios”, escribía el parlamentario John Grant en enero de 1971. “No es demasiado pronto como para predecir que promesa que le hizo ganar las últimas elecciones le hará perder las próximas”. Esta declaración es un ejemplo perfecto de la “aseveración polémica de la ‘imposibilidad política’”. The Spectator, 2 de enero de1971.

Published Sun, Jan 30 2011 7:23 PM by euribe