Las formas favoritas de socialismo de la burguesía

Por Stephen Mauzy. (Publicado el 18 de enero de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4960.

 

La mentalidad de la clase media es desalentadora, para el heterodoxo, para el soberano y para el individualista. La mentalidad es un aburrido recital de las virtudes de la moderación y la proscripción: no estés levantado hasta muy tarde, no bebas demasiado, no hagas ejercicio muy duro, no te arriesgues demasiado, no desafíes a la autoridad, no cuestiones la ortodoxia. Solo mantén esa actitud bovina por todos los medios posibles.

La moderación es amiotonia: una fofera, una lasitud. La moderación es un borrón. Un día de verano en la playa revela el cuerpo de la clase media adulta alimentado por la moderada dieta aprobada por la FDA y ejercitado moderadamente: un paseo (que no es ejercicio), una máquina andadora, una bicicleta reclinada. El cuerpo de la clase media es unisex, antilujurioso, hinchado en forma de pera. Al menos los obesos y los escuálidos son objeto de deseos bizarros: nadie fantasea sobre hombros redondeados, un estómago saliente y 11 kilos de más. Tal vez ése sea el objetivo puritano virtuoso, y si lo es, misión cumplida.

Un cuerpo sin forma es comprensible si la falta de forma es el coste de oportunidad de una actividad mental dinámica. Es un apoyo dudoso para la clase media, cuyo objetivo principal es la conformidad y la seguridad, de ahí la credulidad ante cualquier teoría que asfalte más la carretera hacía la facilidad, los cimientos de socialismo (por ejemplo, el “efecto barrio”). Todos nos beneficiamos, así que todos deberíamos pagar. Todos impartimos costes, así que todos deberíamos pagar. Todos incurrimos en costes, así que todos deberíamos ser compensados.

Este cómodo teorema económico ha infectado a los barrios de la clase media como una pandemia de gripe española y más que nada en la educación. El argumento de la enseñanza obligatoria es tan seductor porque es muy atractivo a sensibilidades no refinadas. Incluso el economista de libre mercado favorito de la clase media, Milton Friedman, se vuelve chalado y socialista cuando considera el efecto barrio de la educación:

Una sociedad estable y democrática es imposible sin una aceptación generalizada de algún grupo común de valores y sin un mínimo grado de alfabetización y conocimiento por parte de la mayoría de sus ciudadanos. La educación contribuye a ambas cosas. En consecuencia, lo que se gana con la educación de un niño beneficia no solo al niño o a sus padres sino a otros miembros de la sociedad. La educación de mi hijo contribuye al bienestar de otra gente al promover una sociedad estable y democrática. Aún así no es posible identificar a los individuos concretos (o familias) beneficiados o el valor monetario del beneficio y así cobrar los servicios prestados. Por tanto hay un “efecto barrio” significativo.

Persuasivo para el igualitario, pero no para el individualista. ¿Cuál es y quién define el “mínimo”? ¿Quién está tan capacitado como para definir la opaca y nebulosa noción de “estable y democrático” y “grupo común de valores”? ¿Han olvidado todos que la esclavitud fue una vez un valor común? ¿Qué no puede presentarse con un efecto barrio?

Friedman prefería la elección en educación, pero lo que tuvimos fue reparto del gobierno y ahora la educación repartida por el gobierno se ha hecho tan incuestionablemente aceptada e inculcada como para ser impenetrable. Aún así la clase media no quiere abandonarla, porque la educación requiere pensamiento y esfuerzo. Así que hace mucho que la clase media pasó la pelota al gobierno, que creó una educación colosal, reductiva, atrofiante y homogénea que cuesta cientos de miles de millones de dólares al año, sirviendo principalmente a las necesidades de los burócratas que la administran.

¿Protesta la clase media? Al contrario, la clase media combate cualquier intento de reformar el leviatán educativo. Lo que es peor, la clase media atrinchera cada vez más al leviatán en cada elección: raramente se rechaza una iniciativa de voto para proveer a la educación de más fondos. La clase media es la más fiel de las mascotas de los profesores.

La relación es simbiótica. La clase media quiere la ilusión del excepcionalismo, el burócrata educativo quiere el control. El burócrata pide a la clase media que no se preocupe del programa y como la preocupación produce estrés, la clase media lo agradece, de ahí el tácito quid pro quo: el burócrata enseña el programa que promueve sus prejuicios, el estudiante obtiene unas notas llenas de sobresalientes y premios. No es que sea un intercambio justo, pero la educación que da el burócrata hace que la clase media permanezca fuera de onda.

La Ley de Director dice que la mayoría de los programas públicos (financiados por todas las clases) están diseñados para beneficiar a la clase media. Dado el tamaño de su población y su riqueza agregada, la clase media siempre será el grupo de interés dominante en una democracia moderna. Como tal, la clase media luchará por maximizar los beneficios estatales y minimizar su parte en los costes estatales.

Además de la educación, Medicaid, Medicare y la Seguridad Social son todos derivados del deseo rapaz de la clase media de maximizar beneficios y minimizar costes. Es una misión descabellada y un acuerdo mefistofélico en una sola pieza. Los mismos beneficiarios pagan por que lo que están obtenidos (en impuestos, deuda, inflación) y pagan los costes de administrar la recogida y distribución de la generosidad. Pagar cien dólares, recibir cincuenta en beneficios sin ajustar.

Esta disposición a aceptar intercambios desiguales en una consecuencia del miedo de la clase media, miedo unido a avaricia (definido por robo, fraude y coacción, para diferenciarla de la ambición). La clase media posee solo la riqueza suficiente como para temer irracionalmente a la pobreza. Este temor solo puede sofocarse por la avariciosa promesa de la entrega de la propiedad de otro, confiscada y distribuida a través del robo, fraude y coacción bajo el disfraz de democracia y republicanismo representativo.

Aristóteles vio venir a la clase media y lo entendió a medias:

La comunidad política más perfecta debe ser entre aquéllos que están en el nivel medio y esos estados están mejor instituidos cunado son una parte mayor y más respetable, si es posible, que las demás o, si no puede ser, al menos que cada una de ellas por separado.

Sí, perfecto si el objetivo es crear una sociedad mediocre e igualitaria, imperfecto si el objetivo es promover la individualidad y la libertad. La democracia es particularmente atractiva para el clase media porque apela a un falso sentido de poder. Las leyes se aprueban con un 51% de los votantes en detrimento del 49% y de los no votantes, a quienes sencillamente no podría preocuparles menos el inútil proceso electoral. Tenemos una tiranía de la mayoría votante, que es realmente una minoría ciudadana.

Pero todo esto no importa porque no hay poder. La clase media solo puede tolerar el molesto incrementalismo fabiano. Como apunta la experiencia política, la política se juega dentro de las líneas de 40 yardas… y no ocurre nada importante dentro de las líneas de 40 yardas. Aún así, da réditos políticos fomentar la posibilidad de que el oponente lance una bola larga.

“La reforma de la Seguridad Social dañaría a la clase media”. “La reforma educativa dañaría a la clase media”. “La reforma fiscal dañaría a la clase media”. “Estamos perdiendo a la clase media”. Estos cantos a la conformidad son increíblemente longevos. Escuchen cualquier discurso de un candidato presidencial de los últimos 50 años: si las canciones no se repiten literalmente, se repiten parafraseadas.

Tenemos la suerte de que nuestros políticos son tan moderados en sus ambiciones como la clase media a la que sirven. El político verdaderamente ambicioso puede mezclar la promesa de Jauja y la amenaza un coco que impida que exista Jauja con estupendos resultados. Joseph Goebbels comentaba despectivamente:

Nuestro movimiento atajó el cobarde marxismo y de él extrajo el significado del socialismo. También tomó de los cobardes partidos de la clase media su nacionalismo. Echando ambos en el caldero de nuestro modo de vida allí emergió, tan claro como el cristal, la síntesis: el nacional socialismo alemán.

De las semillas del nacionalismo de la clase media brotaron las falsas flores del sacrificio y la gran causa: principalmente la guerra. La inseguridad se disfraza de patriotismo, chauvinismo y considerandos sobre la libertad, que la clase media tiene demasiado miedo a aceptar. Se mató a miles. Sus cuerpos volvieron en ataúdes cubiertos por banderas. Los ataúdes fueron tratados como pompa y circunstancia y sonidos de bandas militares. Los cuerpos fueron enterrados y olvidados por todos, excepto por los familiares cercanos, que apagaban su pena con la creencia en la falsa gran causa.

La terrible realidad es que las guerras pasadas están enterradas en la historia con los cuerpos; sus causas se han olvidado y lo mismo los recuerdos de los militares que murieron por las causas. Sus vidas, en resumen, se desperdiciaron, pero pocos en la clase media protestan.

La generación actual de soldados pierde el derecho a su libertad y arriesga la vida y su integridad física por propia voluntad, pero en guerra anteriores, el reclutamiento era ley. Como apuntaba el mariscal ruso Georgi Zhúkov: “En el Ejército Rojo hace falta ser un hombre muy valiente para ser un cobarde”.

También hace falta ser un valiente para rechazar la moralidad de la clase media. Los reclutas que huían a Canadá durante la Guerra de Vietnam eran calificados como cobardes. La calificación no solo era errónea sino tremendamente ofensiva. Los expatriados fueron valientes y soportaron un gran sacrificio. Abandonaron vidas confortables, a sus familias se les hizo el vacío, se arriesgaron a ir a la cárcel, todo por lo que más importa, la libertad y la vida.

Entretanto, el soldado “valiente” que aceptó la autoridad y se dejó llevar al otro extremo del mundo lo hizo tan pasivamente como un cordero entrando en el matadero y por nada más que los buenos pensamientos de aquéllos cuyos pensamientos no importan y las causas de los potentados que destripó tan completamente Étienne de La Boétie:

Demasiado frecuentemente este mismo pequeño hombre [el líder político] es el más cobarde y afeminado de la nación, un extraño a la pólvora de la batalla y reacio a las arenas del torneo; no solo sin energía para dirigir a los hombres por la fuerza sino con apenas suficiente virilidad como para encamarse con una mujer común.

La clase media es el equivalente humano a un rebaño animal, porque nunca aprende los conceptos de las consecuencias no pretendidas, los riesgos morales y los costes de oportunidad. Esos conceptos no se enseñan nunca, por razones obvias, en su sistema educativo gestionado por el gobierno. El que la clase media pretenda entender el concepto de libertad la hace aún más despreciable. Amenacen el puñado de arroz de la clase media patrocinado por el gobierno con las características de la libertad y ésta reacciona reflejamente con la etiqueta del oprobio: radical.

No tenemos el gobierno o la vida que merecemos: tenemos el gobierno y la vida que quiere la clase media. La clase media es la comunidad política perfecta de Aristóteles para matones, prevaricadores, entrometidos y tiranos.

 

 

Stephen Mauzy es analista financiero colegiado, escritor financiero y director de S.P. Mauzy & Associates.

Published Wed, Jan 19 2011 7:26 PM by euribe