Por Mark R. Crovelli. (Publicado el 26 de enero de 2006)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1999.
Ya no está de moda en la ciencia política referirse a los “principios autoevidentes”. De hecho, cualquier referencia a proposiciones autoevidentes o axiomáticas se considera evidencia de que un investigador está abandonando el ámbito de la ciencia y entrando en un misterioso mundo de tinieblas lleno de tautologías, definiciones y afirmaciones metafísicas.
Así, los grandes debates metodológicos dentro de la ciencia política desde principios del siglo XX hasta el día de hoy representan lo que podría más bien ser descrito como debates “caseros” entre estudiosos que dan por hecho que la ciencia política debe ser una disciplina inductiva y empírica.
Por ejemplo, el abandono de la antes dominante epistemología y metodología conductivista/positivista en el tercio medio del siglo XX no se produjo por un debate acerca de si el hombre debería estudiarse empíricamente. En su lugar, el abandono del conductivismo y el positivismo se produjo por las críticas a la epistemología y metodología conductivistas por parte de otros investigadores orientados hacia el empirismo.
Como otro ejemplo podemos citar el actual debate cuantitativo/cualitativo en la ciencia política. Este debate es completamente “casero” en el sentido de que todas als partes representadas en el debate toman como dado que el hombre debe ser estudiado empíricamente. El debate es solo acerca de qué métodos empíricos son más apropiados para la ciencia política.
Dado este amplio consenso acerca de los fundamentos empiristas últimos de la ciencia política, quizá sea apropiado caracterizar a la disciplina como poseedora de una “tradición investigadora” dominante, en el sentido en que Larry Laudan emplea la expresión. En este sentido podemos describir la tradición investigadora empirista en la ciencia política como constriñendo virtualmente todo el debate acerca de las preguntas adecuadas a realizar el ciencia política y los métodos apropiados para la disciplina.
A pesar de que las cuestiones concretadas preguntadas y las metodologías empleadas dentro de la disciplina han evolucionado con el tiempo (como la evolución de conductivismo al post-conductivismo y la eventual evolución del pluralismo a la teoría de las elecciones racionales, etc.) no ha habido alteración en la suposición epistemológica subyacente de que la ciencia política debe ser una disciplina empírica. Si se acepta esta caracterización de la ciencia política poseyendo una tradición investigadora empirista, entonces se presenta una pregunta evidente: ¿Es la tradición de investigación empirista la que tendríamos que adoptar?
Quiero sugerir que la posición epistemológica empirista no es una que tengamos que aceptar y que esta posición epistemológica haría literalmente imposible que progrese la ciencia política.
El concepto empirista de progreso
De acuerdo con el empirista, no puede conocerse nada en el mundo social con certidumbre apodíctica. Por el contrario, los fenómenos sociales solo pueden saberse tentativamente que son ciertos después de examinar el mundo social. Si creemos saber algo cierto acerca del mundo social tenemos que probar nuestra teoría frente a la experiencia real. Aunque hay diferencias evidentes entre las escuelas metodológicas dentro de la ciencia política en la forma en que aplican esta postura epistemológica empirista a problemas concretos, prácticamente todas las escuelas metodológicas modernas supone que tenemos que observar los fenómenos empíricos antes de llegar a cualquier conclusión acerca del mundo social. En resumen, la empresa científica aparece algo como esto a los empirista tanto de la ciencia natural como de la social:
HIPÓTESIS → ALGÚN TIPO DE PRUEBA EMPÍRICA → “CONOCIMIENTO” TENTATIVO
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(O, para los pragmáticos, una teoría más “útil”).
Por tanto es bastante evidente que el progreso se produce en las ciencias sociales de una forma exactamente análoga al progreso en las ciencias naturales. Las hipótesis se prueban continuamente frente a nuevos datos empíricos y se aceptan tentativamente como “ciertas” o se rechazan ante las “evidencias”.
La suma acumulativa de esta investigación empírica nos da cierta cantidad de confianza en las teorías que sobreviven, aunque estemos constantemente intentando formular hipótesis probables empíricamente cada vez más precisas. Una versión de la posición epistemológica en particular toma esta idea de la prueba y el progreso empírico mediante acumulación a su punto final lógico.
Por supuesto, ésta es la posición epistemológica positivista lógica. Los positivistas lógicos afirman que todas las proposiciones no testeables son definiciones, tautologías o directamente algo sin sentido. Si una preposición no puede “verificarse” es, ipso facto, algo sin sentido de acuerdo con los positivistas lógicos tradicionales.
La predicción es por tanto una parte integral, si no la parte integral, de la idea empirista de progreso (particularmente para los positivistas lógicos). Pues si es cierto que tenemos que testear nuestras hipótesis contra la evidencia empírica, la capacidad predictiva de una hipótesis o teoría determina casi literalmente su aceptabilidad tentativa. Si una teoría o una hipótesis es incapaz de predecir ciertos acontecimientos observables que pretende explicar, entonces está claro que incluso si la teoría o hipótesis sobrevive hoy está destinada a ser refutada al menos parcialmente por acontecimientos futuros.
Podemos ver la importancia esencial de la predicción en el empirismo epitomizada en la filosofía pragmática de la ciencia. Aunque puede que no sea inmediatamente evidente que los pragmáticos sean empiristas, este hecho se aprecia con bastante claridad cuando recordamos que un pragmático evalúa la utilidad de una teoría solo a posteriori; es decir, para un pragmático no hay forma de establecer la utilidad de una teoría antes de su empleo para una tarea concreta. Aunque el pragmático no necesita, y realmente raramente lo hace, sostener que una teoría que prediga mejor que una teoría rival sea ipso facto “mejor”, sí sostiene que una teoría que prediga mejor esas cosas que sean inmediatamente relevantes para un problema específico es superior a una rival. La importancia de la predicción para el científico político empírico puede asimismo observarse en las muchas críticas de la Escuela de las Decisiones Racionales. Pues la Escuela de las Decisiones Racionales se ve frecuentemente reprendida por su incapacidad de predecir incluso eventos generales, lo que se interpreta como una evidencia de que la Escuela de las Decisiones Racionales es apreciablemente deficiente en algún sentido.
La epistemología racionalista y la sintética a priori
Afirmar que la disciplina de la ciencia política está dominada por la epistemología y metodología empiristas no es decir nada revolucionario. De hecho este hecho resultaría completamente irrelevante si no fuera porque aún existe una epistemología y metodología alternativa, que es el Racionalismo. La epistemología racionalista empieza con la suposición de que el hombre puede conocer al menos algunas cosas acerca de este mundo con absoluta certidumbre y sin necesidad de “testear” si son ciertas a través de la experiencia. Algo de este conocimiento puede adquirirse solo mediante simple raciocinio (la analítica a priori) mientras que el otro debe adquirirse mediante un cierto añadido de experiencia (la sintética a priori).
Para las ciencias sociales, afirman los racionalistas, la sintética a priori es vital. Como el hombre puede razonar, elegir y actuar, es imperativo que adquiramos conocimiento acerca de la acción humana que es, aunque sintética, necesariamente cierta. Debemos empezar nuestro estudio del mundo social con este fundamento a priori porque le hombre no está gobernado por leyes invariables en el tiempo de la misma forma en que suponemos que lo están los fenómenos naturales. El hombre, en suma, puede elegir actuar hoy de una manera opuesta a mañana. Esta postura epistemológica implica, muy evidentemente, que los métodos a emplear en el estudio del hombre deben ser de una naturaleza radicalmente distinta de las empleadas en las ciencias naturales.
La principal razón por la que deberíamos confiar en la sintética a priori en las ciencias sociales, dicen los racionalistas, es que sin algún tipo de fundamento axiomático irrefutable para las ciencias sociales no tenemos absolutamente ninguna forma de saber si estamos siendo víctimas o no de la falacia post hoc ergo propter hoc. En otras palabras, no hay forma de decir si los patrones “causales-nomológicos” o no que observamos en el mundo social están “causados” por las cosas que pensamos que están o si están relacionados por casualidad y no tienen una conexión necesaria.
Sin embargo hay una crítica racionalista aún más poderosa a la epistemología empirista. Es sencillamente que toda formulación de la postura epistemológica y metodológica empirista debe formularse en términos sintéticos a priori. Por ejemplo, el epistemología pragmática (tal y como la desarrolla, por ejemplo, Laudan), debe formularse en términos que son inconfundiblemente a priori. ¡Decir que “la ciencia es resolver problemas” es hacer una proposición sintética a priori que pretende ser cierta! O también decir que “pensar en un instrumento de acción” (como ha hecho Dewey) es hacer una proposición sintética a priori. Obviamente no hay forma de demostrar la utilidad pragmática de estas proposiciones utilizando el propio método pragmático.
Otro ejemplo más, procedente del campo pluralista/relativista, toma el pronunciamiento de Feyerabend de que “El anarquismo, aunque tal vez no sea la filosofía política más atractiva, es ciertamente una medicina excelente para la epistemología y la filosofía de la ciencia”. ¿Sería impertinente por nuestra parte preguntar a Feyerabend si quiere que supongamos que esta proposición sea necesaria y universalmente cierta? Si no piensa que esta proposición sea necesariamente cierta entonces ¿por qué debería alguien leer su libro? Por supuesto, todas estas proposiciones afirman validez universal y si afirman validez universal entonces son proposiciones sintéticas a priori.
Como otro ejemplo más, la posición epistemológica hermenéutica puede igualmente solo formularse en términos sintéticos a priori. Los hermeneutas no necesitan negar la existencia de un conocimiento sintético a priori, pero si lo hicieran tendrían que decir algo para el efecto de que “la ciencia social solo puede proceder a través de la exégesis de textos escritos o actuados”. En ese caso, estarían haciendo una proposición sintética a priori que afirma validez universal. Más frecuentemente el hermeneuta argumenta algo para el efecto de que hay “múltiples verdades complementarias acerca de una práctica o texto complejo” y por tanto “nunca llegamos a una verdad absoluta”. Casi no hace falta decir que estas proposiciones son también sintéticas a priori, lo que hace al contenido de las proposiciones lamentablemente contradictorio.
Como ejemplo final, examinemos los pronunciamientos de los positivistas lógicos contra la existencia de proposiciones a priori verdaderas (o cualquier declaración metafísica en general). Lo que se ha dicho anteriormente es aplicable igualmente a los positivistas lógicos, a saber, los pronunciamientos anti-metafísicos anti-a priori de Carnap, Gödel, Neurath, Karl Menger y los demás positivistas vieneses negando categóricamente la existencia de verdades sintéticas a priori son ellas mismas proposiciones sintéticas a priori.
Luego en resumen es sencillamente imposible formular una proposición relativa a la existencia de la sintética a priori que no sea en sí misma una declaración a priori. Como veremos ahora, esta verdad tiene implicaciones radicalmente importantes para el concepto relacionado de progreso en las ciencias sociales.
El progreso racionalista en la ciencia política
La sección anterior de este artículo intentaba demostrar algunas de las contradicciones internas inherentes a la postura epistemológica empirista en la ciencia política en todas sus distintas manifestaciones modernas. Se argumentaba que (1) es imposible determinar solo sobre bases empíricas si preposiciones no derivadas empíricamente son verdaderas o si son ejemplos de la falacia post hoc ergo propter hoc y (2) que, como ha argumentado Johnson, es imposible lógicamente formular una denegación de la existencia de proposiciones sintéticas a priori que no sea en sí misma una proposición sintética a priori. ¿Qué implicaciones tiene esto para la idea del progreso en la ciencia política?
En primer lugar, ¡el reconocimiento del hecho de que sí existen las proposiciones sintéticas a priori debería impulsar a los científicos políticos a ir a buscar algunas! ¿Qué razón podría haber para que un científico político permanezca necesariamente en el ámbito hipotético de la investigación empírica si hay un método a través del cual podemos adquirir conocimiento necesario acerca de la acción humana? Para los científicos políticos mantenerse solamente en el ámbito hipotético empirista es actuar como si lo geómetras hubieran rechazado utilizar cualquier axioma geométrico. ¿Puede alguien creer que podría llegarse a cualquier tipo de progreso en la geometría si todo axioma estuviera sujeto a prueba empírica?
¡En una situación así, en la que ningún axioma fuera considerado como universalmente cierto, al menos algunos geómetras podrían incluso estar “probando” a ver si todo punto en un círculo tiene la misma distancia desde el centro! ¿No deberían hacerlo si nada puede reconocerse como una verdad a priori? La razón evidente por la que la geometría puede progresar es que los que la practican son capaces de deducir proposiciones necesariamente ciertas a partir de los axiomas sintéticos a priori que forman los fundamentos de la geometría. Si estuviera disponible un procedimiento axiomático-deductivo para los científicos políticos, ¿no sería superior esta metodología que la búsqueda sin objetivos y literalmente sin límites de los empiristas de lo que ellos mismos admiten que serían solo teorías hipotéticamente verdaderas?
Por supuesto, esta defensa de la sintética a priori podría considerarse solo verborrea vacía si no se hubieran descubierto aún axiomas que resulten ciertos con relación a toda acción humana. De hecho algunos empiristas podrían querer insistir en que están abiertos a la posibilidad de descubrir dichas proposiciones, pero que hasta que se haya encontrado alguna debemos confiar en lo único que nos queda: la investigación empírica.
Para bien de estos potenciales convertidos al racionalismo, déjenme avanzar algunos de los axiomas de la ciencia social que ya se han descubierto, axiomas que permiten al científico político una base apodícticamente cierta para construir una ciencia deductiva de la política. El axioma esencial de la ciencia social y sobre el que se basa toda la superestructura de cada una de las disciplinas de la ciencia social es “El hombre actúa”, de Ludwig von Mises. Esta proposición no puede siquiera pensarse que sea falsa, pues cualquier intento de refutarla (aunque solo sea mentalmente) constituiría una acción en sí misma. El propio axioma es apodícticamente verdadero e implica otras proposiciones axiomáticas acerca de la acción humana, como:
La acción humana es la búsqueda voluntaria de un actor de fines valorados con medios escasos. Nadie puede no actuar voluntariamente. Toda acción se dirige a mejorar el bienestar subjetivo del actor por encima del que habría sido en otro caso (…) El conflicto interpersonal solo es posible siempre y cuando las cosas sean escasas (…) Ninguna forma de impuestos puede ser uniforme (igual), sino que todo impuesto implica la creación de dos clases distintas y desiguales de contribuyentes frente a consumidores y receptores de impuestos.
Estas proposiciones derivan en último término del axioma de la acción y son por tanto irrefutables son contradicción de la misma forma que el axioma de la acción. Reconociendo que estas proposiciones son axiomáticamente verdad, podemos ver inmediatamente que el progreso por medios racionalistas intentado continuamente deducir proposiciones como éstas a partir de otros axiomas previos de los que ya se sabe que son irrefutablemente verdaderos. No hay obsesión con la predicción o la prueba. Las proposiciones son necesariamente verdaderas: no se necesita ni es posible ninguna prueba. El objetivo del racionalista es entender la acción humana, no predecir algo que es por su propia naturaleza impredecible.
Pero entonces llegamos a la verdad vital acerca de la ciencia política una vez que llegamos a reconocer que el progreso en la disciplina significa mejorar nuestra comprensión de la acción humana en lugar de mejorar nuestra capacidad predictiva como afirman los empiristas. ¡Sencillamente es que la proposición “comprender la acción humana es el objetivo de la ciencia social” es en sí misma un proposición sintética a priori que no puede refutarse tampoco sin contradicción!
Porque cualquier intento de refutación de esta proposición sería una proposición sintética a priori que pretendería clarificar nuestra comprensión de las acciones humanas (en concreto, de nuestra comprensión de la acción humana como se manifiesta en la propia ciencia social) y la refutación intentada no podría, y nunca podría, ser una afirmación empírica cuyo objetivo fuera predecir mejor la acción humana.
¡La idea racionalista de que el objetivo del hombre en la ciencia política (como en cualquier ciencia de la acción humana) es entender mejor la acción humana no puede por tanto refutarse sin contradicción! De esta manera, la postura epistemológica racionalista con relación a la ciencia política se ve completamente reivindicada. Es el momento de que estas verdades epistemológicamente irrefutables sean aceptadas dentro de la disciplina y de rechazarla postura epistemológica y metodológica empirista por no ofrecer ninguna esperanza para los científicos políticos.
Mark R. Crovelli estudió ciencia política en la Universidad de Colorado en Boulder. Escribe desde Denver.