Por Stephen Mauzy. (Publicado el 7 de diciembre de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4871.
“Dos lobos y una oveja decidiendo qué hay de cenar”, una inteligente descripción metafórica de la democracia pura a veces atribuida a ese manantial de inteligentes descripciones metafóricas que era Benjamin Franklin. Otros padres fundadores fueron menos inteligentes y menos metafóricos que Franklin respecto de la democracia, pero de todas formas igual de críticos:
“Una democracia simple (…) es uno de los mayores males” – Benjamin Rush, firmante de la Declaración de Independencia.
“Recuerden que la democracia nunca dura mucho. Pronto se agota y se asesina a sí misma. Nunca ha habido una democracia que no cometiera suicidio” – John Adams.
“Las democracias han sido siempre espectáculos de turbulencia y desacuerdo, siempre han resultado incompatibles con la seguridad personal o los derechos de propiedad y en general ha sido de vida tan corta como violentas en su muerte” – James Madison.
Así que gracias a Dios por el republicanismo representativo. Si no fuera por la supervisión moderadora de los sabios y deliberativos representantes los insaciables plebeyos reducirían la vida a una orgia de búsqueda de rentas, a un pillaje continuo de un grupo minoritario artificial tras otro para el supuesto beneficio de la comunidad.
Los hechos arruinan (como es habitual) un teoría perfectamente buena. Un examen superficial de la evidencia revela que los representantes elegidos no son mas deliberativos, ni sabios, ni menos rapaces que los plebeyos cuyo voto buscan. Realmente es comprensible: los plebeyos, teóricamente y de hecho, son los jueces definitivos de todas las ideas y la fuente de todo poder; por tanto, reclaman un representante que destaque en nulidad y mediocridad para reflejar mejor la opinión de la mayoría. Lo plebeyos reclaman un espejo, aunque esté roto.
De hecho los representantes, cuyo mismo cargo consiste en reflexionar sobre los asuntos como agentes, hace mucho que abdicaron de ello ante las maravillas de ahorro de trabajo de la delegación: nuestros representantes electos emplean a decenas de miles de comités burocráticos y subordinados para evaluar y aplicar lo que, si no, no podría ser considerado o aplicado. La consecuencia (pretendida o no) es un gobierno capaz de invadir cualquier rincón de la vida privada al tiempo que permite a los representantes electos llevar una existencia irresponsable, relajada y que asegura la manipulación.
Si al menos nuestros representantes electos recorrieran sus propias aguas, la física serviría como un agente limitador: 535 representantes electos y 24 horas al día fijan un límite natural a los chanchullos legislativos. Y a pesar del desdén sobre la democracia pura de nuestros padres fundadores, un voto democrático puro sólo ajustaría ese límite. Incluso si los plebeyos no conocen nada acerca de todo lo que tienen ante sí, el tiempo, la logística y los costes atenuarían el número de aflicciones legislativas.
Como ha apuntado tan acertadamente Hans-Hermann Hoppe, la democracia no es propiedad de nadie. Pero tampoco lo es un gobierno representativo. Ambos están marcados por sociedades infantilizadas: la preferencia temporal se acorta y el consumo actual acaba con la formación de capital que produce riqueza; por tanto aumentan las cargas fiscales, crece la deuda pública y persiste la inflación. Menores ahorros, incertidumbre legal, relativismo moral, ayudas sociales, irreflexión y obesidad son su corolario. El comentarista pregunta pensativamente por qué nuestro gobierno no puede ahorrar o planificar. Simplemente no puede.
¿Cuáles son las alternativas? Montesquieu apuntaba tres formas principales de gobierno, cada una apoyada por un principio social: la monarquía, apoyada en el principio del honor; la república, apoyada por el principio de la virtud y el despotismo, apoyado en el principio del temor. Montesquieu añadía que los gobiernos declinan y caen tan a menudo por llevar su principio al exceso como por olvidarlo completamente.
El republicanismo representativo hace tiempo que agotó la virtud. Entretanto, Kim Jong Il, Idress Déby, Fidel Castro y Robert Mugabe han demostrado que el despotismo hace inhabitables a los países. ¿Y una monarquía? Siempre provoca risas y un recitado de memoria del eslogan de la Guerra de Independencia: “no a los impuestos sin representación”. ¿Pero es realmente tan risible una monarquía y son los impuestos con representación superiores a los impuestos sin representación?
El rey demandaba un tributo, pero no mucho. Durante la era monárquica, el porcentaje de ingresos del gobierno permaneció estable y bajo. El historiador económico Carlo Cipolla apunta:
En general, debemos admitir que la porción de ingresos recogida por el sector público casi con seguridad que aumentó desde el siglo XI en adelante en Europa, pero es difícil imaginar que, aparte de lugares y momentos concretos, el poder público nunca se haya apropiado de más del 5% al 8% de la renta nacional.
Respecto del nivel de tiranía, podía variar a capricho del rey, pero en general era bajo. Tocqueville observaba:
Hubo un tiempo en Europa en que la ley, así como el consentimiento del pueblo, dotaba a los reyes de un poder casi sin límites. Pero casi nunca hicieron uso de él.
Es verdad, el rey podía haber decretado que no fumes, no ingieras mucha sal, no cortes el pelo sin licencia y no uses más de 1,6 galones de agua para residuos humanos, pero simplemente no les importaba, al contrario que al representante electo actual, que es más como Gladys Kravitz que un estadista.
El rey era el propietario del capital en su dominio y actuaba como tal. Solo un idiota se arriesgaría a rebajar el valor de su propiedad a tiempo que aumenta la posibilidad de un regicidio por minucias sin importancia. Y si el rey era un idiota, muchos cortesanos y diversos parientes aparecerían para enderezarle.
Hay que admitir que la legitimidad del gobierno monárquico se ha perdido irremisiblemente en las creencias del hombre común de las sociedades occidentales, pero, sin saberlo éstas, lo mismo ha pasado con la legitimidad del republicanismo representativo (al menos se ha perdido para todo el que valora la libertad). A Occidente se le han inculcado demasiado las maneras del igualitarismo como para reconstruirse. Los genetistas y sociólogos de hoy, financiados públicamente, están ansiosos por demostrar, con una impresionante batería de datos y fórmulas, que todos los hombres son naturalmente iguales, y que si algunos son más iguales que otros, la diferencia es atribuible a la educación, no a la naturaleza.
Qué mentira. Los hombres son naturalmente desiguales, como revela enseguida una conversación informal con cualquier vecino, pariente o compañero de trabajo. El orden natural de una sociedad libre (predicado en las transacciones voluntarias de propiedad privada) es jerárquico y elitista. Los distintos talentos humanos (somos únicos, después de todo) dictan que algunos individuos asciendan al estatus de una élite. Pero el elitismo siempre trae la envidia y en la mayoría mediocre, así que las élites y sus talentos naturales se ven apisonados por la tiranía del igualitarismo.
En lugar de reprimir los talentos de las élites, para mitigar los desprecios percibidos, deberíamos dejarles florecer, ya que floreceríamos todos, sin el tremendo follón político de la democracia y el republicanismo representativo. No más de este sinsentido de “sacar el voto” de incipientes y descorteses chicos de 18 años y receptores multigeneracionales de servicios sociales cuyo único propósito a la hora de votar es votarse más de la propiedad de otro. Como dijo elocuentemente Frank Chodorov, solo un sistema dirigido por “hombres con fines elevados [que] dediquen su talento al bienestar común, sin esperar otra recompensa que el bien de la comunidad”, puede sostener la prosperidad y la libertad.
Benjamin Franklin no solo tuvo ojo de águila sobre la democracia: también recelaba del gobierno representativo. “Cuando la gente descubra que puede votarse dinero, eso anunciará el fin de la república”, se dice que advirtió.
La verdad es que hemos venido anunciando el fin de la república desde que ésta empezó, pero el ritmo se ha acelerado hasta un galope en décadas recientes. Nunca ha sido cuestión de si el gobierno representativo al estilo occidental se desmoronará, sino solo cuestión de cuándo. Solo tenemos que mirar al este hacia Europa Occidental para ver que el cuándo ya no es un acertijo distante que atormente a generaciones aún no nacidas. El cuándo depende en mucho de nosotros hoy.
Stephen Mauzy es analista financiero colegiado, escritor financiero y director de S.P. Mauzy & Associates.