Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 2 de diciembre de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4883.
Hay momentos en la historia en que el pueblo se mueve de acuerdo con la lógica de la historia y ninguna fuerza en la tierra puede detenerlo. Podemos verlo en las imágenes de los rusos en 1990 echando abajo las estatuas de hierro forjado de Lenin. Podemos verlo en las imágenes del pueblo rumano atacando el palacio de Ceaucescu en 1989.
Y acabo de ver la noche pasada en Bed, Bath, and Beyond como la gente atacaba las torres de cápsulas de café y té para usar en la cafetera Keurig que el el regalo de moda para las fiestas (sólo por detrás de nuestra nueva edición de bolsillo de La acción humana).
Para entender por qué la cafetera Keurig está encendiendo las fuerzas de la historia en una dirección progresista, necesitamos reflexionar sobre la dinámica de la inacabable tendencia tecnológica del colectivo al individuo. En otros tiempos, bañarse, por ejemplo, era una actividad comunal: una piscina que visitaba todo el mundo. Con el progreso tecnológico llego la bañera familiar, en la que la gente se metía uno detrás de otro. En tiempos modernos, cada una llena su propia bañera o se toma un ducha individual.
Lo mismo pasa con los teléfonos, que, cuando se inventaron, había uno por comunidad en el colmado. Luego hubo líneas comunes que compartían varias familias. Luego el teléfono llegó a la vivienda familiar. Finalmente el proceso de individualización culminó en el celular de bolsillo, con un número de teléfono por persona. Y así pasa en todo el mundo y en toda la historia humana, siempre que haya libertad para innovar, producir y distribuir.
También es verdad para los libros. Estaba la Biblioteca de Alejandría para todo el mundo. Luego las bibliotecas públicas para ciudades enteras. Luego progresamos a bibliotecas privadas en las casas. Ahora esperamos la individualización definitiva: bibliotecas en nuestras celulares y libros que podemos llevar con nosotros. Este incansable impulso por cumplir con las demandas del individualismo en la fuerza motriz de la historia humana.
Y lo mismo pasa con el café. Hemos vivido demasiado tiempo dentro de una forma comunal de entrega. Bebíamos lo que hiciera la olla colectiva para todo el grupo. No importaba que estuviera quemado. No importaba que fuera demasiado fuerte o demasiado flojo, demasiado oscuro o demasiado claro o que fuera sencillamente malo. No importaba que la preparación y limpieza hiciera que viéramos desagradables posos húmedos de café que atascaban nuestros fregaderos y hacían oler nuestra basura. Era lo que había y lo hacíamos así.
Luego vinieron Starbucks y otras tiendas especializadas. Aquí podíamos ordenar lo que queríamos y toda bebida se preparaba en el momento y de acuerdo con nuestras especificaciones. Después de todo, todos somos individuos, cada uno con distintos gustos, deseos y demandas. Cuando se nos da la oportunidad de expresar nuestros deseos, la aprovechamos y ahí reside una gran oportunidad empresarial par quienes se atreven a ser lo suficientemente creativos y dispuestos a asumir la responsabilidad de dar a la historia un impulso adelante.
Mirando atrás, toda la manía de Keurig parece perfectamente evidente e incluso inevitable. Queremos Strabucks en nuestra casa. Queremos una variedad infinita, Queremos que sea rápido. No queremos levantarnos con el terrible sonido de los granos de café de un horrible molinillo. De hecho, aunque nunca lo habíamos pensado antes, no queremos ver los granos de café, antes o después de que se humedezcan.
Cuando observas por primera vez la cápsula que usa Keurig, tu pensamiento podría ser: esto es ridículamente ineficaz. ¿Por qué tomaría alguien una diminuta cantidad de café y la empaquetaría en un plástico con un complicado sistema de filtrado y gastaría papel de aluminio para cubrirlo sólo para producir una única taza de café? ¿Pero saben qué? La historia no trata de la visión desde fuera de lo que es ineficiente o no de acuerdo con ciertos cálculos preestablecidos. La historia trata de las ideas y preferencias de los seres humanos reales.
Las cápsulas también deben su éxito a un modo de desarrollo similar a un software. Keurig desarrolló el hardware y lo vendió (y su patente de cápsulas) a Green Mountain Coffee Roasters. La empresa podría haber decidido entonces recaudar sus privilegios de monopolio, pero GMCR pareció entender que hay más beneficios a obtener con la liberalidad que con la restricción. Licenció a muchas compañías distintas para producir capsulas firmware de forma que ahora hay una mercado gigantesco para ellas y incluso un mercado de artefactos para exponerlas.
Cuando expire la patente en 2012, el precio de las cápsulas probablemente caerá pero el impacto en GMCR será mínimo (como argumenta este blogger), porque ya hay compitiendo muchos por una cuota de mercado. Adviertan que la generalización de la cápsula vino solo tras su liberalización: solo hace tan poco como 2007, cuando sólo encontrábamos estas cafeteras en bufetes de abogados exclusivos, la compañía seguía atacando a otros fabricantes con demandas legales.
Cuando expire la patente el año que viene, se acabarán las apuestas. Predigo que la próxima generación nunca verá más granos de café, nunca tendrá que ocuparse de asquerosos filtros mojados, igual que la gente que hoy come beicon no tiene que ver como se recoge y mata a los cerdos. La división del trabajo actuará de forma que los consumidores sólo tendrán que hacer una labor: beber un gran café de acuerdo con sus propias preferencias individuales.
Es caro, dirá usted, hasta tres o cinco veces más que comprar granos a granel. Lo es. Los celulares son caros. Las bañeras son caras. El papel higiénico es caro e igualmente el champú, el desodorante, la carne y la ropa de la tienda. Algunas cosas que hacen la vida maravillosa merecen pagarse. De eso trata el mundo material ¿no? ¿De hacer maravillosa la vida?
Esto es lo mejor. Consideremos cómo se ha vendido este festivo episodio en la decadencia capitalista. Se nos ha hecho creer que esta tecnología es europea (a la gente elegante por alguna razón le gustan las economías quemadas y de bajo crecimiento) cuando en realidad la compañía propietaria es estadounidense. Y adviértase que todo lo que la mercadotecnia de dirige vagamente a una sensibilidad de PC. La palabra “verde” aparece por todas partes. Paul Newman (¿no nos encanta todo lo que hace este tipo?) patrocina sus propias cápsulas. La gente en los paquetes hace cosas como rodear árboles en verdes colinas. Sin duda este exceso ridículo en totalmente ecológico. ¡Seguro que lo es! El genio del capitalismo nunca ha estado tan a la vista como en los últimos pocos años cuando hemos visto como el sector privado es capaz incluso de vender anticapitalismo y ganar muchos dinero.
Preparen los vertederos para montañas de cápsulas usadas porque eso es lo que hay en el horizonte. Y cuando estén llenos, podemos cubrirlos con tierra y empezar de nuevo y hacer esto una y otra vez hasta que la invención de la cafetera Keurig desaparezca de la memoria como solo un hito más en la larga lucha por abandonar el estado de naturaleza y ascender a niveles siempre superiores de la gran cadena del ser. En cada etapa podemos observar fácilmente el camino de lo colectivo a lo individual y asimismo revelar la encantadora ironía de que sea precisamente nuestra individualidad lo que nos une a todos en la causa común de defender la libertad de comprar y vender, que es la fuerza motriz de la historia.
Y respecto de las maravillas de la edición de bolsillo de La acción humana, no me hagan empezar.
Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.