Por Carl F. Horowitz. (Publicado el 30 de agosto de 2004)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1594.
Se ha convertido en un lugar común: los trabajadores estadounidenses trabajan demasiado, perdiendo así tiempo de ocio, sueño y posiblemente su salud mental por su obsesión material y por el status. Pero si en su lugar imitaran a los europeos, descansarían mejor, serían más productivos y tendrían más tiempo para la familia y otras relaciones.
Ha sido una parte semioficial de sabiduría convencional, en todo caso, aproximadamente desde la publicación de Overworked American, de Juliet Schor hace más de doce años. En su libro, Schor concluía que después de restar el trabajo, el transporte, dormir y las tareas domésticas, los estadounidenses adultos sólo tienen de media 16 horas a la semana de tiempo libre en sus manos.
Pero podrían surgir algunas cuestiones subversivas respecto de la pelea de la gente en los atascos de tráfico y quejándose de las órdenes del jefe: ¿Podría ser que muchos de nuestros trabajadores se vean como infrautilizados? Y en todo caso, ¿es tarea del gobierno decidir acerca de la duración apropiada de la semana laboral
El dilema francés (y europeo): Tanto trabajo, tan poco tiempo
En Francia cada vez más gente se toma en serio (y aprisa) estas cuestiones. Hace sólo cuatro años, millones de franceses aplaudían la aprobación de una semana máxima de 35 horas. Conocida como Ley Aubry, por la anterior Ministra de Trabajo Martine Aubry, sus defensores argumentaban que la medida generaría puestos de trabajo y reduciría el desempleo. (Mucho tiempo antes, a mediados de la década de 1930, bajo el gobierno socialista de Leon Blum, Francia había establecido la semana laboral de 40 horas). Aún así, durante esta década la tasa de desempleo de la nación ha continuado en torno al 10%.
Encuestas recientes muestran que dos de cada tres franceses están a favor de abolir la ley.
Al menos una gran empresa está practicando un desafío abierto. Bosch, el gigante de los electrodomésticos, aumentó recientemente su semana laboral de 35 a 36 horas. Los directivos de la compañía han advertido que sin realizar esa acción, podrían haber tenido que llevarse las operaciones a la República Checa, donde los salarios son muy inferiores.
El gobierno francés, con un largo historial de capitulaciones ante los poderosos sindicatos del país está ahora en un aprieto. Si rechaza actuar, se arriesga a la probabilidad de que otras empresas desafíen a la ley. Pero si el gobierno va a por los violadores, se arriesga a una fuga masiva de capitales. El Presidente Jacques Chirac y su gobierno han anunciado que quieren “más flexibilidad” al establecer los horarios laborales. Es una buena forma de decir que realmente no les gusta la Ley Aubry, pero no pueden decirlo abiertamente por medio a desatar la ira sindical. El Ministro de Finanzas y Economía de Chirac, Nicolas Sarkozy, ha sido en cierto modo más sincero declarando: “Cambiar la semana de 35 horas es posible y necesario si queremos modernizar Francia”.
En la vecina Alemania algunas grandes empresas están asimismo alargando la semana laboral. Siemens, el fabricante de electrónica, decidió extender su semana laboral de 35 a 40 horas, después de amenazar con trasladar sus fábricas a Hungría, donde los salarios son un 80% inferiores. Los ferrocarriles alemanes planean igualmente aumentar sus emana laboral estándar de 38 horas a 42. Aunque estos aumentos no se acercan al máximo de 48 horas semanales, está claro que incluso los europeos, que aprecian celosamente su tiempo de vacaciones (especialmente en esta época del año), perciben que realmente es posible que tengan una planificación laboral demasiado baja.
El trabajo en el mundo
Esto indudablemente representa un revés de la fortuna. Pues debido a los decretos, la política empresarial o ambos, la longitud total de la semana laboral entre las principales naciones industrializadas del mundo ha descendido. Los nuevos datos ofrecidos por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico radicada en París, ahora con 30 naciones, revelan que durante el periodo 1970-2002 el número horas trabajadas per cápita disminuyó en 14 de las 19 naciones analizadas (ver Tabla 1). Francia registró la caída más acusada entre las naciones declinantes con un 23,5%. Alemania, Japón y Reino Unido cayeron respectivamente un 17,1%, un 16,6% y un 7,2%. De las cinco naciones cuyas horas per cápita aumentaron, la lista la encabeza EEUU con un aumento en horas del 20,0%, mientras le siguen de cerca Nueva Zelanda y Canadá con un 17,8% y un 16,8% respectivamente.
![]()
¿Por qué se dio esta tendencia? En los países en que las horas per cápita han aumentado, concluye la OCDE, la fuerza motriz ha sido el aumento del empleo en general, que ha compensado el aumento en la proporción de trabajadores que trabajan a tiempo parcial. En países en que disminuyen las horas per cápita, la razón principal del cambio ha sido la reducción en el año laboral normal mediante medidas como la semana laboral más corta, mayor cantidad de empleados a tiempo parcial y más tiempos de vacaciones y otros permisos. Esto ha llevado a algunas divergencias importantes. Los adultos en Holanda de media trabajan hoy sólo 1.340 horas anuales, en comparación con las 2.410 horas de sus equivalentes en Corea del Sur (que no aparecen en la tabla).
La excepción estadounidense: rareza o conexión
¿Por qué está Estados Unidos liderando el pelotón (o a la zaga, dependiendo de cómo se vea)? No es porque el gobierno federal rechazara un máximo de horas de trabajo semanal que en primer lugar nunca existió. Y no es porque los estadounidenses se hayan opuesto al umbral de las 40 horas más allá del cual el precio de las horas extraordinarias (es decir, el equivalente al tiempo más la mitad) entra en vigor para la mayoría de los empleados en nómina o con salarios no supervisados.
¿Entonces puede ser que los empresarios de EEUU, preocupados por el beneficio, esperen que los empleados se conviertan en tan adictos al trabajo como ellos? ¿O acierta Schor y podría ser que los empleados de hoy sean esclavos, si no de su trabajo por sí mismo, de su desmedido afán de lujos que raramente tendrán tiempo de disfrutar?
Hay una pizca de verdad en ambas posibilidades, particularmente en la última: los legendarios Jones parecen difíciles de mantenerse a medida que pasa el tiempo. Pero consideremos algunas explicaciones alternativas.
Para empezar, las organizaciones de trabajadores de este país, fuera de la ciudad de Nueva York, nunca pasaron de las etapas de conversaciones acerca del límites semanal de 35 horas (o menos), e incluso esas conversaciones tuvieron lugar hace décadas. En 1932, en el corazón de la Depresión, la AFL defendía una semana de 32 horas como medio de “compartir el trabajo”.
Durante las recesiones de 1957-58 y 1960-61, distintos funcionarios laborales sugirieron semanas obligatorias de 32 o 35 horas para reducir el desempleo. En 1962, la AFL-CIO, dirigida por George Meany, apoyó oficialmente una semana laboral de 35 horas. Hay que reconocer que, aunque fuera por motivos keynesianos, Walter Reuther, de la United Auto Workers, rechazó la propuesta de Meany alegando que socavaría el poder adquisitivo y el nivel de vida de los estadounidenses en general y a los miembros de su propia UAW en particular.
A finales de 1963, una serie de sindicatos en los sectores textil, de imprenta y de la construcción en la ciudad de Nueva York habían adoptado una semana de 35 horas. En 1961, el año anterior a la proclamación de la AFL-CIO, el Local 3 de la Hermandad Internacional de Trabajadores Eléctricos había establecido una semana de 25 horas, por debajo de las 30 horas. Pero Nueva York siempre ha sido una excepción, no la regla. Nacionalmente, a partir de los años de JFK, el trabajo organizado se ha dirigido hacia un opinión firme de que el crecimiento económico está más dentro de los intereses a largo plazo de las masas que una semana laboral más corta. La mayoría de los trabajadores de EEUU siguen ansiando beneficiarse de las horas extraordinarias durante un periodo de auge.
Segundo, en la medida en que los empresarios planifican a sus empleados una semana laboral más larga, éstos a su vez prestan más atención a las solicitudes en el empleo de tiempo libre especial u horarios flexibles (por ejemplo, a trabajar en casa). Esta tendencia a aumentado más con el aumento de la participación de la mujer en el mercado laboral. No hay ninguna otra nación industrializada que pueda compararse con EEUU en esta flexibilidad. Hace aproximadamente una década, el economista laboral Daniel Hamermesh comparaba los patrones horarios de Estados Unidos y Alemania y encontraba las variaciones en horas y días trabajados se producían mucho más en este país. Esto se debe en parte a que el porcentaje combinado de sector público-sector privado es el doble en Alemania. También se debe, lo que no deja de estar relacionado con el punto anterior, a la más amplia movilidad en el mercado laboral de EEUU. Los empleados saben que si no responden a los requerimientos horarios de los empleados, pueden perder a sus mejores trabajadores a manos de sus competidores.
Tercero, ha décadas que llegó a lo que podría calificarse como un límite natural en el acortamiento de la semana laboral. Durante el periodo 1900-70 la semana laboral media bajó de cerca de 60 a 40 horas. En cierta medida, esto se produjo a causa de la aprobación de la Ley de Estándares de Trabajo Justos de 1938 y el establecimiento de acuerdos de negociación colectiva como precedentes. Pero por encima de ello y seguramente más importante, la gente no quería cambiar tiempo de trabajo por ocio más allá de cierto punto. Por hacer una analogía, una persona con sobrepeso que realice dieta está más sana, pero sólo hasta cierto punto; más allá de dicho punto, sus intentos de perder peso son contraproducentes e incluso peligrosos.
Una semana de 40 horas, a pesar de las inevitables diferencias en preferencias temporales en los distintos grupos de población, parece en general un nivel natural y sensato. Además, es el fin de semana lo que los estadounidenses buscan preservar más que la jornada de ocho horas. Yo sospecho que una semana de cinco días laborables alargada a 45 o incluso 50 horas probablemente no encuentre no de lejos la resistencia que generaría una semana de 40 horas en seis días. Hamermesh descubrió que en EEU, como en Alemania, alrededor del 20% de la mano de obra trabaja al menos parte del sábado, una situación que los empleados a tiempo completo buscan especialmente evitar que pase durante todo el año.
Cuarto y último, los empleados que trabajan más horas podrían precisamente disfrutar de su situación, al ver su trabajo más como una diversión pagada que un empleo. Uno de los efectos más saludables del muy difamado (por los conservadores) estilo contracultural ha sido la mezcla de trabajo y ocio, como han explicado en distintos contextos Virginia Postrel y David Brooks. Esto ha significado, por lo menos, la voluntad de una parte de los empresarios de ofrecer diversiones en el puesto de trabajo, desde gimnasios a salas de meditación.
Hoy en día, los empresarios están abiertos a instituir cualquier actividad, por muy “extraña” que sea, si piensan que mejorará la moral y la productividad del empleado. Un ejemplo reciente (de entre miles posibles) es fue que en marzo de 2001 en el centro de formación de Toyota en Torrance, California, como parte de su programa de creación de equipos, abrieron una sala especial de tambores llena con 150 congas y cientos de instrumentos adicionales de percusión como cencerros y maracas. “Te sientas y empiezas a tocas esos tambores y puedes sacarte el estrés y sentirte libre, sin inhibiciones”, dice un empleado. Hasta ahora 3.000 empleados de Toyota han tomado parte en el programa. Eh, no intenten hacer esto en casa.
A un nivel más profundo, la fusión trabajo-ocio es el resultado del reconocimiento mutuo de empresario y trabajador de que la creatividad, la chispa de toda empresa con éxito, se ve mejor alimentada en el espíritu de juego, de maximizar las oportunidades de un comportamiento espontáneo. Cuando el trabajo se hace divertido, las mejores mentes en una organización parecen trabajar completamente alerta, aportando a la competitividad de la empresa y el margen de beneficios. Por supuesto, el juego tiene reglas, pero el fin de su comportamiento está abierto, no está constreñido. (Recuerden la metáfora de Postrel del voleibol de playa).
El proceso también funciona en sentido contrario. Cuando la diversión, en casa o en otra parte, se convierte en un objetivo serio, sus participantes bien pueden ver aparecer una idea de negocio o al menos una actitud mental ganadora. El que el entrenamiento y la carrera de Lance Armstrong en el Tour de Francia sean “trabajo” o “juego” es discutible. Lo que importa es que para él el ciclismo es una obsesión, especialmente porque le da la posibilidad (ahora mismo completamente lograda) de ser el mejor del mundo en algo.
¿Órdenes del gobierno? ¡Non!
Todo lo anterior sugiere que la idea de una excesiva jornada laboral puede ser muy subjetiva. Es verdad que incluso un clásico adicto al trabajo tiene un punto en el que dice “¡basta ya!” Pero ese umbral puede variar mucho de acuerdo con la edad, sexo, etnia, situación familiar, satisfacción profesional y grado de esfuerzo físico en el trabajo. Por desgracia, hay empresarios que no pueden entender dar un respuesta favorable a solicitudes de tiempo extra de ausencia o flexibilidad en los planes. Hoy en día esos empleados pagan el precio en forma de altas tasas de rotación. Los trabajadores, individual o colectivamente, deberían transmitir sus deseos a un empresario. Pero al final no es tarea del gobierno poner un techo en la cantidad de tiempo que se permite trabajar a un empleado.
Lo que no lleva de vuelta a Francia. Incluso si ese país aumentara su límite de 35 horas a la semana de vuelta a 40 horas, está el asunto superior de la defensa de esos techos a cualquier nivel. No miren, pero incluso los franceses están discutiendo este asunto. El ex ministro de Industria Alain Madelin, por ejemplo, dice:
La semana de 35 horas representa un costoso error económico que no hemos dejado de pagar. (…) Es un ataque a la libertad de trabajo. ¿Qué derecho tiene el estado de impedir a alguien que quiera trabajar más y ganar más hacer justo eso?
Este tipo de pensamientos podrían resultar contagiosos.
FUENTES
Altonji, Joseph y Christine Paxson, “Labor Supply, Hours Constraints and Job Mobility”, Journal of Human Resources, Vol. 27, 1992, 256-278.
Borowiec, Andrew. “35-Hour Workweek Failing to Deliver”, Washington Times, 22 de Julio de 2004.
Brooks, David. Bobos in Paradise: The New Upper Class and How They Got There, New York: Simon & Schuster, 2000. [Publicado en España como Bobos en el paraíso (Barcelona: Grijalbo, 2001)].
Cartter, Allan M. y F. Ray Marshall, Labor Economics: Wages, Employment, and Trade Unionism, Homewood, Ill: Richard D. Irwin, Inc., (rev. ed.), 1972, pp. 250-251, 335-352, 429-436.
Cole, Diane. “Joining the Tom-Tom Club”, U.S. News & World Report, 22/29 de marzo de 2004, p. D12.
Hamermesh, Daniel S. Workdays, Workhours and Work Schedules: Evidence for the United States and Germany, Kalamzaoo, Mich.: W.E. Upjohn Institute for Employment Research, 1996.
Lichtenstein, Nelson. “American Trade Unions and the 'Labor Question': Past and Present!”, introducción a What's Next for Organized Labor? Informe de la Century Foundation Task Force sobre el futuro de los sindicatos, Nueva York: Century Foundation Press, 1999, pp. 59-117.
Postrel, Virginia. The Future and Its Enemies: The Growing Conflict Over Creativity, Enterprise, and Progress, Nueva York: Touchstone, 1999.
Schor, Juliet. Overworked American: The Unexpected Decline of Leisure, Nueva York: Basic Books, 1991. [Publicado en España como La excesiva jornada laboral en Estados Unidos: la inesperada disminución del tiempo de ocio (Madrid: Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, 1994)].
Carl F. Horowitz es director general del National Legal and Policy Center, un grupo sin ánimo de lucro. Ubicado en Falls Church, Virginia, y dedicado a promover la ética en la vida pública. Es doctor en urbanismo y desarrollo de políticas.