Por Benjamin Weingarten. (Publicado el 1 de diciembre de 2008)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3239.
En medio de la volatilidad en meses recientes, inversores grandes y pequeños han luchado poderosamente por conocer hacia dónde se dirigen los mercados, un proceso en el que unos cuantos han perdido hasta la camisa. ¿Por qué el VIX ha llegado a niveles nunca vistos en la historia? La respuesta es muy simple, por la incertidumbre. Para entender por qué esta incertidumbre impregna el mercado, debemos mirar primero al sistema del que nace.
Los mercados se supone que sirven como mecanismos de descuento y como reflejo de una cierta previsión del futuro. Incluso n los buenos tiempos, es muy difícil para inversores expertos y sofisticados entenderlo bien: fíjense en Warren Buffet el año pasado, entre otros. No sólo tiene que ser verdad una tesis, sino que el tiempo resulta crucial y combinar ambas cosas es muy difícil, siempre hay un elemento de suerte en el éxito. Ningún modelo económico puede abarcar todo lo que afecta a la economía, incluyendo emociones humanas como el miedo o la avaricia. Pero el mercado, cuando no está intervenido, es el mecanismo más eficaz y neutral para ofrecernos indicaciones del futuro.
Ahora vemos miedo entre los participantes en el mercado reflejado en la extendida liquidación en la que inversiones de toda clase de activos (con la excepción de los bonos del Tesoro de EEUU) se están machacando independientemente de los fundamentales. Tal vez esto sea bastante chocante para la gente porque estamos en un mercado que lleva al alza 25 años, en el que olvidamos que los valores no siempre suben. Parte del crecimiento durante este periodo era real debido a avances técnicos, liberalización de mercados e innovación financiera. Una parte significativa era artificial, falsa prosperidad generada por tipos de interés antinaturalmente bajos que llevaron a una preponderancia de las inversiones en toda clase de activos. La euforia desatada por este dinero fácil sirvió para amplificar el tamaño de la falsa creación de riqueza.
No es nada nuevo, de hecho es un tema recurrente en la historia económica. Los tipos de interés artificialmente bajos generan un auge en el que malas inversiones que necesitan eliminarse en el consiguiente declive. Ha habido auges en tulipanes, auges en compañías ferroviarias, auges en propiedad inmobiliaria y auges en naciones enteras. La constante es que el dinero fácil incentiva a la gente a asumir más riesgos de los que asumirían normalmente, haciendo que el dinero fluya hacia el sector o nación elegidos. Sólo cuando se liquidan las peores inversiones, pueden los mercados volver al equilibrio y reflejar el valor real de los activos, preparando el terreno para un nuevo crecimiento real.
Así funcionó nuestro país durante mucho tiempo. Durante el siglo XIX y principios del XX, Estados Unidos experimentó un inmenso crecimiento debido a muchos factores, principalmente por los avances tecnológicos sin precedentes. A principios del siglo XX, gracias a un mercado relativamente libre, la gente más pobre fue capaz de vivir mejor que los reyes del pasado. Sin embargo, no fue un crecimiento ininterrumpido: el país sufrió varias crisis y pánicos. Aunque fueron agudos y dolorosos, el gobierno permitió en su mayor parte que las inevitables liquidaciones siguieran su curso.
Sin embargo, la Gran Depresión estableció un precedente en el que el gobierno ya no se quedaría quieto cuando las cosas fueran mal. Dos de las voces de los bandos opuestos de esta discusión fueron Andrew Mellon, secretario del Tesoro y el Presidente Herbert Hoover. Mellon, un conservador fiscal y defensor del laissez faire argumenta (de forma impopular) que el gobierno debería animar a la liquidación. Hoover desarrolló su argumento así:
Los “liquidacionistas del déjalos en paz”, encabezados por exsecretario del Tesoro Mellon creen que el gobierno debe apartar sus manos y dejara que la depresión se liquide por sí misma. El Sr. Mellon sólo tiene una fórmula: “Liquidar el trabajo, liquidar las existencias, liquidar a los granjeros, liquidar la propiedad inmobiliaria”. Incluso sostuvo que el pánico no era del todo malo. Dijo: “Purgará la podredumbre del sistema. Los costes de vida altos bajarán. La gente trabajará más duro, llevará una vida más moral. Los valores se ajustarán y la gente emprendedora recogerá los escombros de la gente menos competente”.
Podríamos no haber hecho nada. Hubiera sido una ruina completa. En su lugar, afrontamos la situación en la que las propuestas a las empresas privadas y al Congreso de los más gigantescos programas de defensa y contraataque económico nunca realizados en la historia de la República. Los hemos puesto en marcha (…). Ningún gobierno en Washington ha considerado hasta ahora que tuviera una responsabilidad tan grande de liderazgo en tiempo como éstos (…). Por primera vez en la historia de la depresión, dividendos, beneficios y coste de la vida se han visto reducidos sin que sufran los salarios (…). Se han mantenido hasta que el coste de la vida ha disminuido y los beneficios prácticamente se han desvanecido. Son ahora los salarios reales más altos del mundo.
Crear nuevos trabajos y dar a todo el sistema un nuevo respiro; nunca se idea nada en nuestra historia que haya hecho más por (…) “el bien común de hombres y mujeres”.
El Dow-Jones tardó hasta 1954 en alcanzar su máximo histórico de 1929.
Aún así, a lo largo de los 25 años perdidos en los mercados, se perdió la lección de la caída prolongada. Permanece el legado de regulaciones, instituciones y filosofía subyacente de este periodo, aunque con una variedad de otros controles eliminados durante la presidencia de Truman. A lo largo de los años, el gobierno ha intervenido constantemente durante las recesiones, generalmente rebajando (artificialmente) los tipos de interés para reflotar la economía. A este respecto, los bancos centrales han tenido éxito en que hasta ahora hayamos evitado algo parecido a la Depresión.
Sin embargo, en tiempos recientes, además de sólo activar las imprentas después de pinchar las burbujas con tipos más altos, el gobierno también ha animado el mantenimiento de empresas fracasadas. Aunque hay numeroso ejemplos más como el de Chrysler hace unas décadas y el peso mexicano en 1994, el recuerdo más cercano es el rescate del fondo de inversión Long Term Capital Management considerado “demasiado grande para caer” y fue rescatado directamente por el gobierno. Esto estableció un precedente muy peligroso porque indicaba a las empresas que, si sus balances eran suficientemente grandes y estuvieran suficientemente entremezcladas en los mercados financieros, podían esperar razonablemente ser rescatadas si algo iba mal. Este riesgo moral había empezado en la era de la Depresión cuando se inyectaron (igual que ahora) grandes cantidades de dinero en las firmas financieras, varios sectores obtuvieron protección y subvenciones y se creó la FDIC.
Recientemente, el gobierno ha decidido rescatar Bear Stearns, AIG y Fannie y Freddie, pero rechazó rescatar a Lehman Brothers, Wachovia o Washington Mutual. El gobierno también inyectó capital en algunos de los demás megabancos favorecidos. Pero una vez que el gobierno entra en el negocio de elegir ganadores y perdedores, esto causa indudablemente incertidumbre en el mercado. Ahora mismo, el gobierno está efectivamente haciendo esto al solicitar a las empresas en dificultades (principalmente instituciones financieras) que rellenen solicitudes para recibir dinero de la apropiación de rescate de 700.000 millones de dólares, y no se equivoquen: “dinero pro apropiación” significa nuestro dinero: nuestra riqueza se grava y este dinero se redistribuye a distintas compañías al capricho de un puñado de políticos en Washington. Si hubiéramos apoyado siempre a empresas quebradas, ¿cómo podríamos haber progresado hasta donde estamos hoy? Cuando la gente empezó a conducir coches, sin duda muchos preocupados operadores de carruajes quedaron sin trabajo. ¿Fue el coste de su pérdida de negocios mayor que el beneficio de la introducción del automóvil? Pero bueno, esto queda para otro artículo.
Además de determinar ganadores y perdedores, el gobierno ha dirigido más el extravía del mercado con su TARP, que aparentemente ahora se abandona en cierto grado. Una de las cosas más reveladoras de éste es el hecho de que John Paulson, famoso gestor de fondos que hizo una fortuna con la debacle de las subprimes se lanzó en picado y compró los mismos títulos en que se había puesto a corto después de que ya no fueran a realizarse la compra y posterior subasta de las hipotecas tóxicas por parte del gobierno. Cuando los precios caen a ciertos niveles, los inversores prudentes comprarán. Es lo positivo de las recesiones: los activos sobrevalorados se hacen asequibles.
Otra de las grandes aventuras del gobierno en el mercado ha sido su prohibición temporal de las ventas a corto. La premisa es que las instituciones estaban perdiendo capitalizaciones significativas de mercado por razones distintas de los fundamentales. Esto produjo más protección artificial, especialmente al sector financiero. Los vendedores a corto, ya chivos expiatorios, tenían que aguantar injurias junto a insultos como si fueran explotadores. Los vendedores a corto ofrecen una función valiosa al mercado como indicadores. Y si los vendedores a corto realmente estuvieran equivocados acerca de las compañías que canibalizan, entonces la gente al otro lado de sus negocios se beneficiaría cuando los precios aumentan. Es un juego de suma cero. Y por supuesto, mientras que quienes se posicionan a corto en las instituciones financieras son vapuleados por el gobierno, ¿qué pasa con la gente que llevó el precio del petróleo a la baja en meses recientes? ¿No fueron esa gente malvados especuladores a corto? De nuevo el gobierno elige quién gana y quién pierde.
Fundamentalmente, todas estas medidas tomadas por el gobierno han servido para llevar a los mercados por un camino peligroso y volátil. Decidiendo a quién rescatar hace muy difícil a los participantes en el mercado determinar qué deberían comprar y vender, en buena parte porque la evaluación y el análisis fundamental es menos importante que el cambio de opinión de un político.
Crear problemas fuera de los mercados para tratar de apuntalar activos ilíquidos socava las señales objetivas de los mercados en los que el valor se mide por el precio del mercado. Si los activos se valoran mal, entonces a largo plazo el mercado realizará la corrección necesaria. Si el gobierno ataca a la gente que hace apuestas en un sentido u otro, el resultado es un desapalancamiento y liquidación mucho menos disciplinado y eficiente.
Si se ha acabado la tendencia alcista del último cuarto de siglo, entonces lo mejor que podemos hacer es pedir a Washington que aleje sus manos del mercado y deje que éste funcione como debería. Cualquier esfuerzo por resistir a la liquidación acabará llevando a un sufrimiento prolongado. No podemos tener capitalismo sin ganancias y pérdidas, sin éxitos y fracasos. Los precios determinados por los mercados no muestran los ganadores y perdedores. Un capitalismo sin aristas no es capitalismo en absoluto.
Benjamin Weingarten es licenciado en economía y ciencia política.