Por Floy Lilley. (Publicado el 9 de septiembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4660.
Imágenes del futuro socialista advierte de que el socialismo, prometiendo igualdad, puede ofrecer sólo igual pobreza y muerte. Fueron los detalles del programa socialista que Eugene Richter nunca pudo obtener de sus colegas en el parlamento alemán que defendían a capa y espada un nuevo gobierno.
El año era 1893. El lugar era Alemania. Los políticos le odiaban por haber escrito este libro. Le calificaron de “el eterno negador”. ¿Por qué les molestaba con tantas preguntas como “Una vez que seamos igual, ¿quién sacará la basura?”? Pero Richter, un libertario, tenia visiones preclaras de las consecuencias de su sistema socialista, que llevaría a una dictadura totalitaria en Alemania. Richter resultó tener razón.
Richter organiza su advertencia como una novela en la que el narrador, un tal Schmidt, es un inquebrantable creyente en la causa socialista. Schmidt escribe estos apuntes, o imágenes, para sus hijos. Sin embargo, sus hijos están entre las primeras víctimas de las nuevas políticas públicas que él ha apoyado idealistamente. Su familia se divide. Todos sufren. Alguno muere. Ninguno de los supuestos beneficios del nuevo paraíso socialista llega a ser realidad.
La historia nos deja dos pasajes que nos muestran que Schmidt acaba dándose cuenta de lo primo que había sido: Primero, en la imagen final de Schmidt:
Mi único motivo era la sincera creencia de que el Socialismo generaría un mejor estado de cosas en las futuras generaciones. Eso creía antes, pero ahora puedo ver que no entendía las cosas del todo. ¿Pero cómo van a perdonarme mis chicos alguna vez el haber ayudado a traer todo esto que les ha privado de su madre y su hermana y ha destruido completamente nuestra felicidad como familia? (Capítulo XXXIV).
Y también en la carta del hijo menor, Ernst, a su hermano Franz, que había emigrado a América:
Fue víctima de preocupación que siempre tuvo por el bienestar de su familia. Con la esperanza de un futuro mejor para sus seres queridos, se afilió al Socialismo, pero los hechos recientes le habían curado completamente de sus errores. (Capítulo XXXV).
Aunque era un hombre dedicado al bienestar de su familia, el apoyo de Schmidt a la plataforma socialdemócrata sólo contribuyó a su infelicidad y pesar. Eso no era lo que buscaba para ellos, pero se sabía poco acerca de cuáles serían las consecuencias de la planificación central. Parte de esos detalles que nunca vieron la luz en la discusión fueron que su hijo, Franz, sería asignado a trabajar en una ciudad diferente a aquélla en la que residían su familia y su novia.
Hoy la policía ha distribuido las órdenes relativas a la ocupación de la gente, órdenes que se han basado en parte en la inscripción previa y en parte en el plan del Gobierno para regular la producción y el consumo. Es verdad que Franz continúa siendo linotipista, pero, desafortunadamente, no puede permanecer en Berlín, puesto que le envían a Leipzig. (Capítulo VI).
Otro grupo de detalles sin examinar habían sido lo que estaba pensado para los ancianos. El padre de la esposa de Schmidt es enviado a un Refugio para la Gente de Edad Avanzada sin ninguna compasión sobre lo debilitante que es esa alienación.
¿Y el pobre abuelo? Le encontré muy aburrido y apático. La completa ausencia del entorno familiar y de cosas que le puedan interesar, hacen que sus facultades parezcan muy mermadas. (Capítulo XXXIII).
A Schmidt le sorprende que su hija de cuatro años, Annie sea separada completamente de ellos. Se desaconsejaba el contacto con la familia. A Annie no le iba bien en la Casa de Niños. “Mi esposa encontró a Annie algo pálida y cambiada” (Capítulo XVIII). Luego “Annie ha muerto” (Capítulo XXV).
Schmidt sabía que Ernst, el hijo menor iba a ser enviado a una escuela institucional, pero no le agradó descubrir que ninguno de los intereses y aptitudes de Ernst tuvieran relación alguna con sus responsabilidades.
Saben que seguirán exactamente le mismo rumbo prescrito para ellos y para todos sus iguales y que ningún esfuerzo o talento les permitirá apartarse del rumbo marcado. (Capítulo XXVIII).
Y lo más importante de toda su vida, Paula, su esposa, es incapaz de superar los pesares que le golpean a medida que se destroza su círculo familiar. Se le ha separado de sus tres hijos y de su padre. Su alojamiento se ha visto reducido a dos oscuras habitaciones. Se han apropiado de sus muebles familiares y los ahorros de toda su vida. El trabajo de su marido se ha degradado y su horario es tal que ya ni siquiera pueden comer juntos.
Está muy nerviosa y su estado empeora día a día. Durante nuestros veinticinco años de vida matrimonial nunca hemos tenido más escenas y explicaciones dolorosas que desde el inicio de la nueva era. Los comedores del Estado tampoco son de su gusto. La comida, dice son raciones de barracón y un pobre sustituto de los sanos menús que la gente solía tomar en sus propios hogares. (Capítulo XII).
Al visitar a mi mujer la encontré hablando incoherente y brutalmente, y no me reconocía. (…)Se piensa que lo mejor sería mandarla al Asilo de Incurables y allí van a llevarla hoy mismo. (Capítulo XXIV).
Schmidt pide perdón por el daño que ha causado a su familia.
Eugene Richter trató de impedir el daño desde el principio. Richter pidió a su generación que simplemente imaginara cómo podían ser las imágenes del futuro socialista. Richter hizo un trabajo tan bueno que la reintroducción de sus imágenes en nuestro presente fondo de información podría hacer que algunos no acabáramos siendo unos primos como el pobre Schmidt.
Floy Lilley es investigadora adjunta en el Instituto Mises. Fue antes miembro de la Cátedra de Libre Empresa de la Universidad de Texas en Austin y abogada en Texas y Florida.