Por Llewellyn H. Rockwell Jr. (Publicado el 20 de abril de 2005)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1799.
[Este discurso se preparó para una comida de empresarios cristianos en el First National Bank en East Lansing, Michigan, el 19 de abril de 2005]
Algunos de los ataques más ruidosos al libre comercio en años recientes han venido de lobbies religiosos y están liderados por gente que cree que tiene en cuenta los mejores intereses para los obreros. Nos piden que compremos productos etiquetados como comercio justo o boicotear a agricultores que emplean mano de obra barata o rechazar productos de compañías internacionales que operen en el tercer mundo o unirse a los manifestantes en cualquier conferencia internacional donde se cree que los conspiradores buscan rebajar las barreras al comercio. Hacen todas estas cosas bajo la convicción de que limitar el derecho de comprar y vender es parte de la misión de difundir el evangelio social.
Lo que están haciendo realmente es aumentar los precios de los productos de consumo, dañando la posibilidad de que los trabajadores encuentren un buen empleo, dificultando el crecimiento de las economías en el mundo desarrollado y sirviendo inadvertidamente como soldados de los grupos de intereses mercantiles que tratan de blindarse ante productores más eficientes pero extranjeros. Sus campañas pueden verse bajo aspectos diferentes, pero lo sustancial de su programa no es diferente del de quienes dicen que deberíamos comprar sólo productos estadounidenses, lo que a su vez no tiene más sentido que una campaña para comprar sólo productos de Michigan o sólo de Lansing o, en reducción al absurdo, sólo de mí.
Impulsar restringir las oportunidades de comprar y vender de la gente basándose en una región es intentar traer lo que los economistas llaman la autarquía o autosuficiencia económica. Es el sistema económico que denosta la expansión de la división del trabajo y pide que toda la producción se haga en la unidad geográfica más pequeña posible. En la práctica, la campaña por la autarquía económica tiene lugar a nivel del estado nación y por tanto funciona como doncella de quienes ven al nacionalismo e incluso a la guerra como un programa mejor que la paz y el mejoramiento mutuo a través del comercio.
Sólo conozco un caso en el que es viable económicamente la autarquía. Es el Jardín del Edén. Ahí no había que preparar el terreno para cultivarlo. No hacía falta cazar, matar o cocinar a los animales. La escasez económica no existía. No había escasez de recursos, ni escasez de tiempo ni problema económico que superar. La mortalidad era desconocida. El hombre y la mujer vivían en perfecta armonía en presencia de Dios. Allí la autarquía era viable.
Pero con el pecado llegaron la muerte y el destierro de este jardín. El hombre y la mujer tendrían que trabajar para producir. El dolor y el sufrimiento entraron en el mundo. El tiempo y los recursos eran escasos. Pero Dios no dejó a la población humana sin medios para superar los nuevos límites sobre lo que podía consumirse. Dios hizo posible que la población humana utilizara la inteligencia para intercambiar. La gente dividiría su trabajo basándose en sus talentos y capacidades exclusivos. Esta división tuvo lugar entre pueblos y regiones. El comercio se convirtió en un medio para lograr un tipo de unidad cooperativa incluso aunque el Jardín del Edén no podía encontrarse en ningún lugar.
Así nació el concepto de libre comercio.
La tradición cristiana enseña que el pecado del Jardín fue finalmente redimido en la encarnación, cuando Dios se hizo hombre y acampó entre nosotros. El Evangelio de San Mateo nos recuerda que los primeros regalos que se le hicieron procedían de los reyes magos, hombres sabios que venían de tierras extranjeras. ¿Y qué trajeron? Oro, incienso y mirra, productos del este. Así que a Jesús le regalaron productos adquiridos en territorios internacionales, importaciones a Belén.
Podemos imaginarnos la escena si hubieran estado presentes los autarquistas del evangelio social. Habrían reclamado saber si los trabajadores que extrajeron en oro, fabricaron el incienso o produjeron la mirra habían recibido un salario justo. Habrían dicho, al no tener pruebas de ello, que un hombre sabio habría evitado comprarlos. Sin duda no deberían darse a Jesús regalos adquiridos por comercio justo, podrían decir. Podrían haber reclamado que en lugar de viajar desde tan lejos los hombres sabios podrían haber sido suficientemente conscientes como para Comprar en Belén.
En su ministerio, Jesús reclutó a gente de entre la clase mercantil, los más conocidos de entre los pescadores, cuyo producto no conoce de nación o estado. Eran tenderos que viajaban para proveer a la gente de bienes y servicios que necesitaban allí donde los necesitaban. No hay una sola palabra en todos los Evangelios que hable de alguna supuesta necesidad de mantener la producción local o de establecer algunos límites geográficos arbitrarios en compraventas. Una actitud así es completamente ajena a los tiempos bíblicos, donde la necesidad de superar la pobreza mediante el comercio se entendía en todas partes.
Las parábolas de Jesús están llenas de referencias al comercio y sus obligaciones éticas. En la parábola de los trabajadores de la viña, encontramos al dueño de una viña que contrata y se ajusta a los términos del contrato, aunque signifique pagar a la gente que ha trabajado todo el día lo mismo que a quienes han trabajado unas pocas horas. Aquí no se habla de salarios justos. La lección que nos enseña está en el derecho del propietario a realizar contratos, el derecho del trabajador a aceptar o rechazar el trabajo y el error de la visión de esos trabajadores que se quejan de los términos después del hecho.
De nuevo podemos imaginarnos lo que dirían acerca de esta situación los autarquistas del evangelio social. Probablemente defenderían nacionalizar la viña y sindicalizar a los trabajadores, que rápidamente harían huelga pidiendo menos horas y mayores salarios y beneficios, todo a la vez.
Continuando con la parábola de los talentos de San Mateo, la escritura advierte que el amo se preparaba para otro viaje a tierra extranjera. Se nos dice que es el tipo de persona que cosecha donde no ha sembrado y recoge donde no ha plantado. En otras palabras, empleaba la división del trabajo, el camino más seguro a la riqueza. Era un comerciante y un empresario que buscaba extender su negocio a todas partes, no sólo a las de su residencia. Es a través del comercio exterior como es más probable que el hombre gane su dinero, que se dio así a sus sirvientes como prueba de su destreza como inversores. Unos aprobaron y otros suspendieron.
Como individuos y como nación podemos elegir enterrar nuestros talentos o buscar los usos mejores y más rentables para ellos. Eso podría significar que nuestro capital debería viajar igual que viajaba el amo de la parábola. Insistir en que usemos nuestros recursos escasos derrochándolos significa actuar como el hombre que fue expulsado del reino porque ni siquiera había depositado su dinero en el banco para obtener intereses.
Hoy afrontamos constantes demandas de establecer un sistema de autarquía, de comprar local o nacional en lugar de dividir el trabajo, especializarse y comerciar para nuestro mutuo beneficio. Pero ése no es el camino hacia la prosperidad. Es el camino hacia el conflicto y la guerra. Entre los cargos que hacía la Declaración de Independencia contra el Rey Jorge estaba el que estaba intentando eliminar el comercio colonial con todas las partes del mundo excepto Gran Bretaña. Los fundadores lo veían como una violación de los derechos humanos y una política de empobrecimiento.
Como escribió F.A. Hayek en la olvidada conclusión a su libro Camino de servidumbre de 1944: “Si las relaciones económicas internacionales, en lugar de ser entre individuos se convierten en relaciones entre naciones enteras como cuerpos comerciantes, inevitablemente se convertirán en fuentes de ficciones y envidias”.
Ludwig von Mises concluía su libro de 1944, Gobierno omnipotente, con una advertencia similar. “El establecimiento”, decía, “de un cuerpo internacional de planificación del comercio exterior acabaría en hiperproteccionismo”. Estos dos grandes librecambistas entendían cómo usa el gobierno el periodo que sigue inmediatamente a una guerra, así como lo que la propia guerra hace por el poder del estado y las recompensas a los intereses creados.
Cuando pensamos en conflictos de nuestro tiempo, podemos ver cómo derivan de un fracaso en realizar intercambios. Diez años de sanciones con Iraq acabaron con el comercio de ese país con sus mercados más rentables. Este acto de proteccionismo fue un preludio a una tremenda guerra. Por el contrario, nuestras relaciones con China han sido de crecientes cantidades de comercio y un potencial punto de conflicto se ha convertido en uno de beneficio mutuo.
Después de la caída del comunismo y el auge de la liberalización económica en todo el mundo, ya no es posible negar la realidad de la globalización económica. En lugar de condenarla, tenemos que ver los beneficios para todos los pueblos. Significa más bienes y servicios y precios menores. Significa más oportunidades de mejorar el nivel de vida. Significa mejores relaciones entre todas las culturas y pueblos. Creo que podemos ver en el libre comercio la mano del Creador. Sen han dado los medios para cooperar para superar la expulsión del Paraíso. También lucharemos con la escasez. Pero eso nunca nos impedirá vivir la orden evangélica de andar por el mundo.
Por tanto es la tierra y la plenitud, no es estado nación, lo que es el Señor. No sólo los ministros, sino también los mercaderes y consumidores deberían ser libres de andar por el mundo.
Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente de la Junta Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The Left, the Right, and the State.