Por David Gordon. (Publicado el 27 de agosto de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4658.
[Este artículo se ha extraído de Strictly Confidential: The Private Volker Fund Memos of Murray N. Rothbard (Ludwig von Mises Institute, 2010)]
La reciente publicación de Rothbard versus the Philosophers, editado por Roberta Modugno, atrajo la atención de muchos lectores a un aspecto poco conocido de la obra de Murray Rothbard. Su vasta producción publicada no agota sus escritos. Por el contrario. Nunca se han publicado una gran cantidad de cosas importantes. Muchas fueron informes sobre libros y conferencias que Rothbard escribió mientras trabajaba para el Fondo William Volker, que durante el final de la década de 1950 y principios de la de 196 fue la principal fundación estadounidense apoyando el liberalismo clásico. La Profesora Mondugno tomó de los escritos de Rothbard, archivados en el Instituto Mises, varios de estos informes no publicados.
Strictly Confidential continúa el proyecto que Mondugno empezó tan competentemente. Presenta más de cuarenta nuevas partes de los papeles inéditos. Estos tratan de teoría política, historia, economía, política exterior y literatura. Sin embargo empezamos con un memorándum confidencial, “¿Qué hay que hacer?”, que Rothbard preparó para el Fondo Volker. El eco leninista del título no es casualidad. En este memo, Rothbard se ocupa de un asunto que le preocupó toda su vida: ¿cómo puede crearse una sociedad libertaria? Pensaba que el Fondo Volker no debía considerarse a sí mismo sólo como otra organización conservadora. En su lugar, debería favorecer una estrategia militante que destacara la ayuda a investigadores completamente comprometidos con una ideología libertaria radical. El libertarismo es un sistema de creencias que en muchos aspectos es más revolucionario que conservador.
La naturaleza radical del libertarismo de Rothbard queda clara cuando entramos en la sección de teoría política. Pensaba que los liebrales clásicos que defendían un gobierno limitado no habían pensado sistemáticamente acerca de su posición. Si el mercado era deseable y la intervención gubernamental mala, ¿para qué necesitamos algún gobierno? En “¿Son anarquistas los libertarios?” se pregunta si lo libertarios que acepten su opinión acerca del gobierno deberían calificarse a sí mismos con una palabra muy controvertida. (En los años posteriores a la escritura de este artículo, se hizo mucho más ambivalente acerca de esta palabra).
Otro escrito en esta sección es de importancia fundamental. Uno de los principales teóricos políticos conservadores de las décadas de 1950 y 1960 era Willmoore Kendall, maestro de William Buckley Jr. en Yale y editor jefe de National Review. Al contrario que la mayoría de los conservadores, Kendall estimaba a Jean-Jacques Roussseau y su “voluntad general”. El conservadurismo estadounidense, argumentaba, refleja el “sentido deliberado de la comunidad”. Kendall estaba totalmente dispuesto a apoyar la supresión de las libertades civiles si lo apoyaba un consenso público que cumpliera con sus condiciones. Rothbard sometió esta opinión a una despiadada crítica, argumentando que el principio de Kendall justificaría la crucifixión.
Rothbard podía empequeñecer a otra figura que contaba con el favor de los conservadores de su tiempo: Eric Voegelin. Sus escépticos comentarios en un panel dedicado a la obra de Voegelin contrastan con casi todos los estudios de éste. Recuerdo bien a Rothbard preguntándome dubitativo qué podría Voegelin querer decir con un “salto en el ser”.
Por supuesto, la crítica de Rothbard no se limitaba a los ataques a los pensadores conservadores. Encontraba que tenía poco sentido el intento de Charles Black de crear un mito político para elevar la estimación de la opinión pública del Tribunal Supremo. Aquí Rothbard presagiaba un tema importante en sus últimos años: simpatizaba con el populismo y deploraba los intentos de una élite por justificar el gobierno. Por supuesto, como deja claro su crítica a Kendall, no apoyaba una supresión populista de los derechos. Más bien se trataba de hasta qué punto en el sistema estadounidense debería confiarse en el Tribunal Supremo para proteger estos derechos.
La sección de historia demuestra, si es que hacía falta probarlo, en notable conocimiento de Rothbard tanto de los acontecimientos históricos como de la historiografía. En su largo informe sobre A History of the American Republic, de George B. DeHuszar y T.H. Stevenson, quizá mejor que en ninguna otra parte, Rothbard demuestra su increíble conocimiento de los detalles en sus constantes críticas a los autores.
Cuando Rothbard estaba en la escuela de grado en la Universidad de Columbia, el historiador estadounidense más influyente era Charles Beard. Su famoso An Economic Interpretation of the Constitution llevó a muchos a pensar que Beard era marxista y Rothbard se ocupa de este asunto en un ensayo cuidadosamente razonado. Entre los historiadores y economistas contemporáneos interesados en una interpretación económica de la historia, Douglass North se ha estudiado probablemente mucho más que Beard. Rothbard no lo valora en mucho y en esta revisión temprana presenta críticas de las que nunca se arrepintió.
En el libertarismo de Rothbard, el revisionismo histórico ocupa un lugar preeminente. Con el fin de promover una política exterior amante de la paz, era esencial revisar la versión de propaganda de los acontecimientos usados para implicar a Estados Unidos en la guerra. En este sentido, su crítica de The Axis Alliance and Japanese-American Relations, 1941, de Paul Schroeder es especialmente valiosa. Rothbard explica con detalle la pretensión de Schroeder de que la administración Roosevelt buscaba una política beligerante y no conciliatoria en los meses anteriores a Pearl Harbor. Rothbard acepta la tesis de Schroeder pero sostiene que se queda corto. También muestra su simpatía crítica con el análisis revisionista general de la historia de la política exterior estadounidense de William Appleman Williams, The Tragedy of American Diplomacy.
No sorprende que Rothbard tuviera en alta estima The Socialist Tradition, de Alexander Gray. Gray era muy claro en que el socialismo era un error fatal y atacaba a todos los iconos de la teoría socialista, entre ellos principalmente a Karl Marx. Pero su alabanza a Gray se mezcla con la crítica. Gray, llevado por su animadversión hacia los socialistas, a menudo se permitía caer en el ridículo personal.
Aunque la lucha contra la mala economía era de importancia crucial para Rithbard, la batalla debía librarse de la forma correcta. Por esta razón, Rothbard no informó favorablemente acerca del panfleto antikeynesiano Keynes at Harvard, que durante la década de 1960 atrajo mucha atención entre los conservadores. El panfleto citaba los antecedentes comunistas de muchos eminentes keynesianos. Rothbard pensaba que estas afiliaciones no afectaban a la validez o no de la teoría keynesiana.
¿Cuál era una forma mejor de responder a Keynes? Una respuesta a esta pregunta no lleva naturalmente a la siguiente sección de Strictly Confidential. Incluso antes de familiarizarse completamente con la economía austriaca, Rothbard había formulado agudas críticas de la economía keynesiana. Estaba entonces influido por las lecciones magistrales de uno de sus principales profesores en Columbia, Arthur Burns. Rothbard escribió una lista detallada de esas críticas, que quiso publicar en la revista de su amigo Frank Chodorov, Analysis. Por desgracia, Chodorov pensó que el material era demasiado técnico para su audiencia, pero en una brillante crítica interna del sistema keynesiano y merece una amplia divulgación.
El principal crítico de Keynes de entre los economistas austriacos fue Henry Hazlitt y, en una carta aquí incluida, Rothbard expresa su estima por la obra de Hazlitt. Estaba agradablemente sorprendido por la profundidad teórica en The Failure of the "New Economics" [publicada en España como Los errores de la “nueva ciencia económica” (Madrid: Aguilar, 1961)]; aunque sabía que Hazlitt era un brillante periodista económico, le había infravalorado. Rothbard también admiraba The Great Depression de Lionel Robbins. Su visión austriaca de la crisis influyó en su propia America's Great Depression. Robbins repudió posteriormente su libro, pero Rothbard no vio necesidad de seguirle en su error.
La oposición de Rothbard a Keynes no sorprende, pero la Escuela de Chicago, ostensible defensora del libre mercado no era a sus ojos mucho mejor. La razón de esto no recae enteramente en las desviaciones de sus distintos miembros del laissez faire completo. Por el contrario, tenía objeciones teóricas de fondo a la postura de Chicago. En particular, se oponía a la naturaleza no realista de suposiciones que los economistas de Chicago incorporaban a sus modelos. En opinión de Rothbard, la economía correcta no debe admitir la comodidad en la manipulación matemática para asumir la verdad de las propias suposiciones. En caso contrario, la ciencia abandona el rigor teórico.
La Escuela de Chicago admiraba a Irving Fisher, pero Rothbard, en un escrito aquí incluido, rechaza la centralidad de la famosa ecuación de intercambio de Fisher. Encontraba a The Value of Money, de Benjamin Anderson, mucho más aceptable, aunque no estaba totalmente de acuerdo con las teorías de éste.
Me gustaría llamara particularmente la atención a la crítica de Rothbard de Quality and Competition, de Lawrence Abbott. Es un libro olvidado, pero la idea de Rothbard de que su noción de “terminación de calidad” atacaba el corazón de las teorías de la competencia perfecta de Joan Robinson y E.H. Chamberlin. Rothbard usó la teoría de Abbott en Man, Economy, and State.
Como mencioné antes, Rothbard consideraba como imperativa una política exterior pacífica. En su opinión, se debería volver a la tradicional doctrina estadounidense de la no intervención. Al adoptar esta postura, Rothbard se opone frontalmente a la derecha de la National Review. Este grupo defendía una política agresiva contra el comunismo internacional. Frank S. Meyer, editor de la National Review, llevó la política beligerante a un extremo casi inimaginable. Defendía la guerra nuclear preventiva contra la Rusia soviética. Meyer, que era amigo de Rothbard, declaraba su lealtad al liberalismo clásico y al estado limitado. En un largo análisis de la posición de Meyer, tal vez su escrito teórico más importante sobre política exterior, Rothbard mantiene que no puede combinarse coherentemente las políticas económicas libertarias con la beligerancia internacional.
Una breve sección de conclusión nos muestra su gusto por la literatura. En respuesta a una pregunta, lista sus novelas favoritas. Se ve en su ensayo sobre “Romanticismo y Ficción Moderna” que podría haber sido crítico literario, si se hubiera inclinado en esa dirección.
Rothbard fue un verdadero erudito y espero que futuros volúmenes no permitan acceder aún más a sus muchas contribuciones.
David Gordon hace crítica de libros sobre economía, política, filosofía y leyes para The Mises Review, la revista cuatrimestral de literatura sobre ciencias sociales, publicada desde 19555 por el Mises Institute. Es además autor de The Essential Rothbard, disponible en la tienda de la web del Mises Institute.
Este artículo se ha extraído de Strictly Confidential: The Private Volker Fund Memos of Murray N. Rothbard, ediatado por David Gordon (Ludwig von Mises Institute, 2010).