Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 22 de julio de 2001)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4598.
[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
La imposición del régimen de Colbert de estado, monopolio y aranceles prohibitivos, combinada con los altos impuestos y la centralización de Luis XIV, dieron lugar, a finales de la década de 1660, a una creciente marea de oposición tanto por mercaderes como por nobles. Un importante compendio de críticas fue el tratado anónimo, Mémoires pour servir à l'histoire, publicado en 1668. Las Mémoires constituyen la primera polémica publicada extendida contra Colbert y el colbertismo. Políticamente, el autor denunciaba a Colbert por sustituir a la antigua constitución por las innovaciones centralizadoras. Atacando las políticas de Colbert a todos los niveles, especialmente los aranceles y monopolios, el libro apuntaba que el rechazo francés a comprar a los holandeses había inducido a éstos a dejar de comprar a Francia. Sobre el comercio, las Mémoires hacen la importante aportación de que el ideal colbertiano de la autosuficiencia nacional era contrario a la ley natural, pues la providencia había creado una gran diversidad de recursos naturales en todo el mundo, con el fin de que la humanidad se viera unida por los lazos de la interdependencia mutua mediante el comercio internacional.
Después del recrudecimiento de las denuncias a Colbert a finales de la década de 1660, el controlador general reacción tomando medidas duras contra los disidentes. En consecuencia, cuando murió Colbert, el 6 de septiembre de 1683, hubo una gran alegría en toda Francia, y especialmente en París. De hecho, sólo la protección de los soldados impidió al populacho mostrar su desagrado arrastrando el cuerpo de Colbert por las calles de París. Muchos franceses oprimidos anunciaban que había llegado un nuevo amanecer: “Los impuestos cesarían y la Edad de oro regresaría”.
Sin embargo, no pasó eso y el absolutismo y su consiguiente aflicción económica se hicieron aún peores. Pero la muerte de Colbert permitió que se alzara una nueva ola de descontento. Un torrente de odio se desparramó contra el hijo de Colbert, su sobrino y otros de sus sucesores designados. Sin embargo el flujo de la oposición, animado por las pesquisas oficiales y las investigaciones del pasado colbertiano, no era meramente personal. También era una oposición al mercantilismo que ahogaba la economía. En mayo de 1864, un noble acusó a Colbert de ser responsable de la “ruina de las finanzas y el comercio”. El establecimiento de manufacturas subvencionadas y privilegiadas “ha privado de libertad al comercio (…) y negado a los mercaderes los medios de atraer dinero del exterior”. Los aranceles altamente protectivos, apuntaba el desconocido noble, afectaban a la demanda externa de productos agrícolas franceses y por tanto reducía a los granjeros franceses a la penuria.
Esta línea de ataque al colbertismo fue desarrollada al año siguiente por Gatien de Courtilz de Sanras, Señor de Verger, que publicó un libro: Los nuevos intereses de los Príncipes de Europa. Tratando de reforzar a los fabricantes locales, el gobierno ólo había tenido éxito en destrozarlos dificultando sus mercados de exportación. Esta popular obra tuvo cuatro ediciones en 1689. El mismo año, la famosa colección de tratados publicada en Amsterdam, Les soupirs de la France esclave (Los suspiros de la Francia esclava) también lanzaba invectivas contra los aranceles proteccionistas por llevar a la miseria y aplastar el comercio.
Particularmente elocuente en la colección de los Soupirs fue el ataque al colbertismo por el mercader Michel le Vassor, que escribió:
El rey, por los terribles y excesivos impuestos que recauda sobre todos los bienes, se ha apropiado de todo el dinero y el comercio se ha secado. No hay rigores ni crueldades que no hayan sido empleados contra los mercaderes por los granjeros de las aduanas, mil trucos para encontrar motivos para hacer confiscaciones. (…) Además de esto, ciertos mercaderes, mediante el favor de la Corte, hacen del comercio un monopolio y obtienen privilegios que se les otorgan para excluir a los demás. (…) Y finalmente, la prohibición de productos extranjeros, lejos de ser buena para el comercio, es por el contrario, lo que lo ha arruinado. (…) Y todo a través de este poder soberano y despótico que se enorgullece de sí mismo en cada capricho, en reordenar y reformar todo por su poder absoluto.
Durante este deprimente periodo, los directores de la Compañía Francesa de las Indias Orientales de Colbert negaron, en 1685, que hubieran causado los malos tiempos exportando monedas para importar bienes de las Indias. Argumentando por la “libertad de comercio”, en sus Responses aux mémoires, cuando realmente sólo valoraban su propia libertad de importar desde su privilegiada posición de monopolio, los directores aún explotaban una veta importante del pensamiento librecambista:
La experiencia ha demostrado que el comercio no puede realizarse in una total libertad y con una mutua correspondencia con países extranjeros. En el momento en que (…) violamos [el comercio] (…) los extranjeros se fueron. Atrajeron a trabajadores franceses y establecieron nuestras fábricas en su país (…) y prescindieron de nosotros.
Los directores también defendían vigorosamente la práctica de exportar moneda a cambio de importaciones asiáticas. Reforzaron su réplica apuntando que en Holanda (siempre un país cuya prosperidad y comercio se admiraban y envidiaban durante el siglo XVII)
los puertos están siempre abiertos a la entrada y salida de metal con toda la libertad posible (…) además, en holanda existe la misma libertad para la exportación de dinero en la moneda del país. Es esta gran libertad la que atrae la abundancia hasta el punto en que está y les hace [a los holandeses] maestros de todo comercio.
Durante la intensa agitación de los mercaderes por la libertad de comercio y empresa en la década de 1680, el intendente de Luis XIV en Ruán informaba de un consejo que había recibido de dos importantes mercaderes de la ciudad. El 5 de octubre de 1685, Rene de Marillac escribió al controlador general que los dos mercaderes habían declarado:
El mayor secreto es dejar que el comercio sea totalmente libre: los hombres se ven suficientemente atraídos a éste por sus propios intereses. (…) Nunca han estado tan bajas las manufacturas, y tampoco el comercio, desde que lo hemos incorporado para aumentarlos a través de la autoridad.
Uno de esos dos mercaderes, Thomas Le Gendre, se supone que fue el primero, en un periodo ligeramente anterior, en acuñar la famosa expresión “laissez-faire”. El gran pensador y estadista del laissez faire, Anne Robert Jacques Turgot expone como una tradición familiar que Le Gendre había dicho a Colbert “Laissez-nous faire” (déjenos hacer). Los ricos abuelos de Turgot eran grandes amigos de inmensamente rico Le Gendre y su familia y también tenían numerosos acuerdos de negocios.
Thomas Le Gendre (1638–1706), acuñador de la expresión “laissez-faire” aplicada a la política y la economía, fue el más eminente de una larga lista de mercaderes y banqueros que se remontaba a principios del siglo XVI. Multimillonario, Le Gendre poseía inmensas propiedades en África y el Nuevo Mundo, era el principal importador de alumbre del Levante y era requerido frecuentemente para mediar en disputas entre mercaderes locales y extranjeros.
A pesar de su riqueza, sus conexiones comerciales multinacionales y honores públicos, Thomas Le Gendre tuvo lo que parecía ser sólo una influencia negativa en lugar de positiva sobre el gobierno francés. Una y otra vez la Corona rechazaba darle permiso para enviar buques al extranjero o cargar mercancías en barcos extranjeros. Este trato sólo cambió en la década de 1690, cuando el gobierno, en guerra con las protestantes Inglaterra y Holanda, hizo uso de Le Gendre y otros exprotestantes para comerciar con sus contactos en esos países mientras se producía la guerra.
No sólo los mercaderes, sino también algunos intendentes, se unieron al bando del laissez faire durante la década de 1680. El 29 de agosto de 1686, el intendente de Flandes, Dugué de Bagnols, escribió una amarga protesta contra un decreto del año anterior fijando una arancel del 20% sobre importaciones del Levante, excepto para bienes albergados en barcos franceses procedentes de Oriente Medio que hubieran entrado por los puertos de Marsella o Ruán. Dugué apuntaba que las firmas textiles del norte de Fracnia no deberían tener que pagar más por su hilo importado al verse forzadas a comprarlas a barcos franceses ineficientes. Y todo para subvencionar a los mercaderes y navieros de Marsella que no podían competir con éxito en el Levante con ingleses y holandeses. Dugué generalizaba esta idea en una postura de laissez faire:
El comercio sólo puede subsistir y florecer cuando los mercaderes son libres de procurar la mercancía que necesitan en los lugares en que se [vende] al precio más bajo y cada vez que quiere obligárseles a comprar en un lugar excluyendo todos los demás, la mercancía se hace más cara y en consecuencia el comercio va a la ruina.
Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.
Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.