Luis XIV: El apogeo del absolutismo

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 15 de julio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4540.

[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

                 

Por su parte, Luis XIV no tuvo ningún problema en ajustarse al rol absolutista. Incluso más que Colbert, identificaba totalmente su propio interés privado como monarca con el interés del estado y con el “bien público”. Hubiera pronunciado o no Luis XIV las famosas palabras a él atribuidas, “El estado soy yo”, indudablemente las creyó y actuó de acuerdo con ellas, como hizo antes su padre, Luis XIII, quien había dicho: “No hablo yo, habla mi estado”. El estatismo implica lógicamente que el estado es propietario de toda la tierra y que todos los que viven en ella o la usan lo hacen sólo por la tolerancia del “verdadero” propietario. Y Luis XIV sin duda creía que era el verdadero propietario de todas las propiedades de Francia. Por tanto, la justicia era “mi justicia” y por tanto reclamaba el derecho inherente a poner impuestos a todos sus súbditos a su voluntad. ¿Y realmente por qué no, si verdaderamente todos están en este reino sólo por su gracia, la del propietario?

Además, prácticamente todos, incluso los oponentes del rey, creían que gobernaba por gracia y derecho divino. Anteriormente, el Cardenal Richelieu había llamado a los reyes las imágenes de Dios. Al principio del reinado del Rey Sol, el propagandista de la corte Daniel de Priézac, en sus Discursos Políticos (1652, 1666), llamó a la soberanía monárquica una “gran luz que nunca se pone”. Además, esa luz es un gran Misterio divino oculto a los simples mortales. Como dijo de Priézac:

la fuente de la majestad de los reyes es tan alta, su esencia tan oculta y su fuerza tan divina que no debería resultar extraño que debiera hacer a los hombres reverentes sin que se les permita entenderla, como ciertamente pasa con las cosas celestiales.[1]

En contraste con los devotos aduladores del santuario de la cuasi divinidad real estaban los escépticos y pesimistas acerca de la naturaleza humana, al estilo de Montaigne, que alimentaban el torrente de panegíricos a Luis XIV a su manera. En una serie de tres Discursos escépticos (1664), el cínico Samuel Sorbière, admirador y traductor de Thomas Hobbes, despreciaba las tendencias del bestial y corrupto hombre moderno de aprovecharse del público y no tener ningún sentido del bien común.

Pero hay una salida, opinaba Sorbière: la absoluta sumisión a las órdenes del (presumiblemente sobrehumano) rey, de forma que se establezca el orden por encima del conflicto perpetuo. En esa total sumisión, la gente encontrará su retorno a la simplicidad del instinto propia de la infancia y del estado de naturaleza anterior a su entrada en la sociedad civil. Como escribe el Profesor Keohane sobre Sorbière: “como súbditos de un déspota absoluto, vivirían de forma muy parecida , argumenta, en una serena simplicidad, totalmente dependientes de la soberanía para sus vidas y fortunas, protegidos contra los ataques de sus iguales, felices en su esclavitud”.[2]

El Rey Luis XIV fue capaz de combinar ambas tendencias en una mezcla de pensamiento absolutista adorador. Por un lado, como deja claro en sus Memorias privadas, escritas para la instrucción de su hijo, su visión de la naturaleza humana (al menos de la naturaleza de los mortales ordinarios) era pesimista y maquiavélica. Los individuos son limitados por naturaleza, buscando siempre sus propios fines personales y no cuidándose de las razones por las que deberían someterse a la órdenes de otros. Por otro lado, el rey es sobrehumano, un hombre que está por encima de todos y ve todo y es el único que trabaja para el bien “público”, que es idéntico al suyo. Y el Rey Sol también se atribuye un estatus cuasi divino, pues él, Luis XIV es como el sol,

el más noble de todos (…) que, por virtud de su exclusividad, por el brillo que le rodea, por la luz que imparte a los otros cuerpos celestiales que parecen rendirle pleitesía, por su distribución justa e igual de esta misma luz a las distintas partes del mundo, por el bien que hace en todas partes, produciendo constantemente vida, alegría y actividad en todo lugar, por su perpetuo aunque siempre imperceptible movimiento, por no alejarse ni desviarse de su curso constante e invariable, indudablemente da la imagen más vívida y bella de un gran monarca.

El Profesor Keohane comenta justamente que Luis XIV “no se contenta con compararse con Dios: se compara de una forma en la que queda claro que es Dios quien es la copia”.[3]

El punto culminante del pensamiento absolutista lo ofreció Jacques-Bénigne Bossuet (1627–1704), obispo de Meaux, teólogo y político de corte bajo Luis XIV. Todo el estado, opinaba el obispo “está en la persona del príncipe. (…) En él está la voluntad de todo el pueblo”. Se identifica al rey con el bien público porque “Dios les ha ascendido a una condición en la que ya no tienen que desear nada para sí mismos”. El absolutismo es necesario, afirmaba Bossuet, porque cualquier límite constitucional al príncipe hace aparecer el terrible espectro de la “anarquía”, que no puede haber cosa peor. Los únicos límites al poder del soberano deberían ser los que se imponga por su propio interés, que debe ser idéntico al interés público siempre que el príncipe “considere al estado como su posesión, para ser cuidado y transmitido a sus descendientes”.

Finalmente, Bossuet mezcla al rey y a Dios de la siguiente forma:

La majestad es la imagen de la grandeza de Dios en el príncipe. Dios es infinito, Dios es todo. El príncipe, como príncipe, no ha de considerarse un hombre individual: es la persona pública, todo el estado está en él incluido. (…) Igual que toda perfección y toda virtud están unidas en Dios, así todo el poder de los individuos se junta en la persona del príncipe. Qué grandeza, que un solo hombre pueda contener tanto.[4]

El pensamiento político católico se había alejado mucho de la escolástica española.

 

 

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.



[1] Citado en Nannerl O. Keohane, Philosophy and the State in France: The Renaissance to the Enlightenment (Princeton, NJ: Princeton University Press, 1980), p. 241.

[2] Ibíd., p. 244.

[3] Pasaje de las Memorias citado en Keohane, op. cit., nota 2, p. 251.

[4] Citado en Keohane, op. cit., nota 2, p. 252.

Published Sat, Jul 17 2010 8:02 PM by euribe