La autosuficiencia aristotélica a lo largo de la Edad Media

Por Michael A. Heilperin (Publicado el 1 de junio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4425.

[Extraído del capítulo 3 de Studies in Economic Nationalism]

                 

La autosuficiencia (que es el objetivo principal del nacionalismo económico) disfrutó en la teoría y en la práctica de un considerable favor en la antigua Grecia. Aristóteles consideraba “la autosuficiencia política y económica como un prerrequisito básico del estado ideal”. Así, en el libro I de su Política, leemos:

La asociación de muchos pueblos forma un Estado completo, que llega, si puede decirse así, a bastarse absolutamente a sí mismo, teniendo por origen las necesidades de la vida, y debiendo su subsistencia al hecho de ser éstas satisfechas. Así el Estado procede siempre de la naturaleza, lo mismo que las primeras asociaciones, cuyo fin último es aquél; porque la naturaleza de una cosa es precisamente su fin, y lo que es cada uno de los seres cuando ha alcanzado su completo desenvolvimiento se dice que es su naturaleza propia, ya se trate de un hombre, de un caballo o de una familia. Puede añadirse que este destino y este fin de los seres es para los mismos el primero de los bienes, y bastarse a sí mismos es, a la vez, un fin y una felicidad.

Esta preocupación por la autosuficiencia recorre toda la obra de Aristóteles. Al haber llegado a la conclusión de que el tamaño ideal del Estado es ser lo suficientemente grande como para ser autosuficiente y si no lo más pequeño posible (“la justa proporción para el cuerpo político consiste, evidentemente, en que tenga el mayor número posible de ciudadanos que sean capaces de satisfacer las necesidades de su existencia; pero no tan numerosos que puedan sustraerse a una fácil inspección o vigilancia”[1]. Continúa:

Los principios que acabamos de indicar respecto a la población del Estado pueden, hasta cierto punto, aplicarse al territorio. El más favorable, sin contradicción, es aquel cuyas condiciones sean una mejor prenda de seguridad para la independencia del Estado, porque precisamente el territorio es el que ha de suministrar toda clase de producciones. Poseer todo lo que se ha menester y no tener necesidad de nadie, he aquí la verdadera independencia. La extensión y la fertilidad del territorio deben ser tales que todos los ciudadanos puedan vivir tan desocupados como corresponde a hombres libres y sobrios.

Luego la autosuficiencia representa par Aristóteles una completa falta de dependencia del mundo exterior, combinada con la capacidad de vivir una “buena vida” dentro de los confines del estado.[2] Más de 21 siglos después esta noción iba a recuperarse, aunque con una filosofía muy diferente detrás de ella, por parte del filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte. Fichte, debe advertirse, juntó la autosuficiencia con la expansión territorial, mientras que Aristóteles la ligaba a su recomendación de que el tamaño de la comunidad debería ser el menor posible en la práctica. (Por esto Fichte, en lugar de Aristóteles, iba a inspirar, en nuestro tiempo, la “geopolítica” hitleriana).

Al pasar de la teoría política a la práctica política y económica en la antigua Grecia, no puedo sino citar un pasaje muy ilustrativo de la autorizada y brillante obra de Sir Alfred Zimmern, The Greek Commonwealth:

Una tradición y algo de lo que presumían las ciudades griegas era ser Estados soberanos completamente independientes de reclamaciones extranjeras. Su feroz amor a la independencia se había alimentado de siglos de aislamiento y era, como hemos visto, una de las mayores fuerzas de la vida nacional. Pero estaríamos sólo siguiendo el mal ejemplo de tantos comerciantes y pioneros del siglo XIX si interpretamos este sentimiento en un sentido estrictamente político. Era original y esencialmente, en Grecia como en todas partes, tan económico como político: para la política y la economía, el gobierno del Estado y la manutención del Estado, eran para la gente sencilla (como deberían serlo para nosotros) meramente dos aspectos de la misma cosa. Así se produjo lo que fue durante siglos la piedra angular de la política económica griega. Si un Estado iba a ser independiente, no sólo debía gobernarse a sí mismo a su manera, sino que también debía alimentarse y vestirse a sí mismo a su manera. No sólo debía gestionar sus propios asuntos sino también proveer sus propias necesidades. El autogobierno y la autosuficiencia eran, en a visión griega tradicional, términos casi sinónimos. La fortaleza de la tradición puede verse en la forma en que perduró en la economía política de los filósofos, años después de que los mercaderes griegos hubieran empezado a trasladar bienes del este al oeste.[3]

La idea de la autosuficiencia se extendió por todo el mundo helenístico del Próximo y Medio Oriente durante los siglos III y II A.d.C. Las monarquías helenísticas en Egipto y Asia Menor, resultado de las conquistas de Alejandro y de la desintegración de su efímero imperio, representaron una superposición de las ideas políticas griegas sobre una serie de estados muy antiguos, cada uno con una historia antigua y variada. Una de las influencia griegas es la búsqueda de la autosuficiencia como base de la fortaleza política. De hecho, la evolución fue de la “autosuficiencia” al control estatal del comercio y finalmente a la hegemonía comercial. El impacto de estas ideas en la historia de las monarquías helenísticas es una historia fascinante, contada con un detalle revelador por el Profesor Michael Rostovtzeff en su Social and Economic History of the Hellenistic World, con la que el presente escritor está en deuda por todo lo que sigue respecto de esta materia. Para obtener la mayor parte posible de autosuficiencia económica, las monarquías helenísticas

luchaban por desarrollar al máximo los recursos de sus reinos movilizando y organizando todas las fuerzas creativas de su pueblo y añadiendo a esto nuevas fuerzas, las de los griegos y los inmigrantes helenizados. Para la producción de sus países buscaban asegurar el mayor mercado posible estableciendo conexiones comerciales tan amplias como podían, lo que significaba abrir sus países al resto del mundo y acabar con su aislamiento económico. La forma más fácil de lograrlo era control las rutas comerciales importantes por mar o tierra y asegurarse alguna parte de la hegemonía económica como complemento de la hegemonía política.[4]

Es notable que el principio de autosuficiencia tal y como se aplicó en la práctica por estados grandes trajo como corolario políticas dirigidas al desarrollo del poder, no sólo económico y político, sino también militar. De entre las monarquías helenísticas, fue Egipto la que llegó más lejos en la dirección del nacionalismo económico y (siendo esto de particular interés para el estudiante moderno) de la planificación económica interna. En consecuencia, fue el Egipto de los Ptolomeos el que adoptó medidas de política monetaria a las que bien puede aplicarse el nombre de “nacionalismo monetario” y que Rostovtzeff describe como la búsqueda por parte de los Ptolomeos de “su propia política monetaria, independientemente de lo que ocurriera en este aspecto en el resto del mundo”.

También observa (y esto tampoco puede dejar de impresionar al estudiante moderno de relaciones económicas internacionales) que “es muy probable que una consecuencia de este monopolio de la moneda fuera la exclusión del capital extranjero del mercado monetario egipcio”. Rostovtzeff describe además como el nacionalismo monetario de los Ptolomeos dividió al mundo helenístico en dos áreas monetarias, Egipto y el resto del mundo conocido, y cómo el aislamiento de Egipto, tan dañino para la futura prosperidad de ese país, derivó de sus políticas de nacionalismo monetario y económico.[5]

Internamente, Egipto adoptó, en ese periodo, medidas integrales de planificación económica. El sistema que emergió muestra algunas asombrosas coincidencias con el totalitarismo moderno. Citando de nuevo al Profesor Rostovtzeff:

La reforma ptolemaica ignoró casi totalmente la esencia del sistema económico griego: la propiedad privada, reconocida y protegida por el Estado como base de la sociedad y el libre juego de las fuerzas económicas y la iniciativa económica, en las que el Estado apenas interfiere. No podía suprimirse todo de golpe, pues estaban entre los factores que ayudaron a los Ptolomeos a lograr su segundo objetivo, la mejora de los dispositivos técnicos y el desarrollo de los recursos naturales del país, pero se vieron limitadas con el fin de armonizarlas con el plan general ptolemaico de un control estatal centralizado. Por muy restringidas y limitadas que estuvieran, estas características nunca desaparecieron del sistema económico de Egipto y por el mero hecho de existir crearon una especie de antinomia de la que los Ptolomeos nunca pudieron librarse, sino que, por el contrario, fue cada vez más visible con el paso del tiempo.[6]

Esta oposición entre una reglamentación estricta por un lado y el progreso económico por otro, no ha sido resuelta por ningún país en los más de 2.000 años que han pasado desde la caída del régimen ptolemaico en Egipto. En nuestros días más de un país se ve afectado por el mismo conflicto de objetivos que el que diagnosticó Rostovtzeff en el pasaje anterior. Al comentar las conclusiones de Rostovtzeff desde la ventaja de estar en 1950, el Profesor Luigi Einaudi, el gran estudioso italiano (y primer economista en ser presidente de su país) hizo los siguientes comentarios muy pertinentes y profundos:

Esto es, en el sistema ptolemaico de economía planificada, una característica esencial, a la que debería atribuirse gran importancia (…) En el pueblo griego, el miedo a la guerra, la piratería, las revoluciones, las confiscaciones, las liturgias, los servicios públicos forzosos y la reducción a la esclavitud eran como pesadillas para los miembros de la clase media durante los últimos tres siglos antes de Cristo. (…) El sistema de economía controlada era propio de Egipto, o al menos se aplicó allí en su forma completa y allí complementó los demás factores de inseguridad que abundaron en el mundo helenístico. A primera vista esta afirmación resulta paradójica. ¿La regulación, los programas, el plan de cultivos, no están fuera de duda, no son lo opuesto a la inseguridad? (…) La inseguridad derivaba del sistema de economía planificada, que en el Egipto ptolemaico era sinónimo de poder arbitrario.[7]

Y esta, dice Einaudi, “es la peor forma de inseguridad, peor que el miedo a la guerra, la revolución y el hambre y la piratería, porque en lugar de la inescrutable voluntad de los dioses, debe atribuirse a la voluntad malvada del Hombre”.

Así, desde las especulaciones teóricas acerca de la autosuficiencia de los filósofos griegos hasta el ejercicio del poder para lograr la autosuficiencia de los gobernantes helenistas y de ahí al establecimiento de condiciones internas de poder despiadado y arbitrario, ése fue el desarrollo en el mundo antiguo de la relación causal entre nacionalismo económico e inseguridad individual. Este desarrollo no deja de tener un significado profundo para nuestros días.

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Por supuesto, el nacionalismo económico del mundo antiguo no destruyó el comercio internacional: lo que hizo fue sustituir el comercio privado por el controlado por el estado, con todas las consecuencias que conlleva una sustitución así en términos de ventajas económicas y elecciones individuales. Bajo ciertas circunstancias, el nacionalismo económico, al favorecer la autarquía, reduce el volumen general del comercio internacional, pero bajo otras circunstancias simplemente interfiere con su estructura e influye en su crecimiento en líneas que no pueden considerarse sólidas bajo principios puramente económicos. (El caso de la Alemania nazi demuestra que el comercio totalitario puede incluso ser expansivo aunque dicha expansión se deba a motivos políticos y militares, pero obviamente no era el tipo de comercio que se hubiera desarrollado por la economía de mercado actuando libremente y preocupada por el bienestar del individuo en lugar de por el poder del estado).

Excedería el ámbito de este capítulo (de tamaño necesariamente limitado), explicar la experiencia del Imperio Romano en términos de nacionalismo económico.[8] Tampoco es posible hacer plena justicia a los desarrollos largos, intrincados y fascinantes que tuvieron lugar durante los mil años de la Edad Media.[9] Lo mejor que puedo hacer es citar varios pasajes de Economic and Social History of Medieval Europe, de Henri Pirenne, el gran historiador belga, que fue en vida y sigue siendo hoy la principal autoridad sobre esta materia:

Estando como estaba alterado todo el tráfico por la multiplicación de aduanas internas, al menos puede encontrarse cierta compensación en la ausencia de obstáculos en las fronteras políticas. No fue hasta el siglo XV que empezaron a revelarse los primeros síntomas de protección. Antes, no hay evidencias del más mínimo deseo de favorecer el comercio internacional protegiéndolo de la competencia extranjera. A este respecto, el internacionalismo que caracterizó a la civilización medieval hasta el siglo XIII se manifestó con particular claridad en la conducta de los estados. (…)

Los príncipes de la Edad Media seguían sin el menor rastro de mercantilismo, con la excepción, tal vez, de Federico II y sus sucesores angevinos en el Reino de Nápoles. De hecho, bajo la influencia bizantina y de los musulmanes en Sicilia, podemos detectar allí al menos los inicios de la intervención de Estado en el sistema económico.[10]

Es el auge de los pueblos el que originó, según Pirenne, el desarrollo del “proteccionismo urbano”. Esto tuvo lugar en el curso del siglo XIV. “A partir de aquí”, apunta Pirenne, “el consumidor estuvo completamente a merced del productor”.[11] Los siguientes comentarios son de gran interés:

El particularismo urbano llevó a los pueblos a dificultar el comercio a gran escala de la misma forma en que dificultaron la industria a gran escala. La decadencia de las ferias en el curso del siglo XIV no está desconectada con el disgusto de los artesanos por una institución tan incompatible con su violento proteccionismo (…).

Pero resultó vana la política de los pueblos de gravar y explotar el comercio a gran escala: no podían evitarlo, ni tampoco querían hacerlo, pues cuanto más rica, activa y populosa fuera una ciudad, más indispensable era para ella el comercio. Después de todo, le ofrecía a la gente de los pueblos una buena parte de su suministro de comida y la artesanía, con casi todas las materias primas.[12]

Pero la historia no iba a quedarse quieta:

El mismo siglo XIV que vio el culmen de los particularismos urbanos, también asistió al adviento del poder real en la esfera de la historia económica. Hasta entonces [el poder real] (…) había dejado la actividad económica de sus súbditos a ellos mismos. Sólo los pueblos hacían leyes y regulaciones. Pero su particularismo les hizo estar continuamente oponiéndose entre sí. (…) Sólo precios eran capaces de concebir una economía territorial, que comprendería y controlaría las economías urbanas.

Y así, al final de la Edad Media, “cuando tenía el poder, el Estado se movía en dirección al mercantilismo”.[13] Nuestra última cita de esta fuente muestra cómo se realizó la transición final hacia el mercantilismo:

Evidentemente, la palabra [mercantilismo] sólo puede usarse dentro de estrictas limitaciones, pero, extraña como aún era para los gobiernos finales del siglo XIV y principios del XV, está claro de su conducta que deseaban proteger la industria y el comercio de sus súbditos frente a la competencia extranjera e incluso, aquí y allí, introducir nuevas formas de actividad en sus países. (…) Fue el principio de un proceso que a largo plazo estaba destinado a abandonar el internacionalismo medieval y a imbuir a las relaciones de los estados entre sí con un particularismo en todo tan exclusivo como el que había habido en los pueblos durante siglos.[14]

 

 

Michael Heilperin nació en 1909 en Varsovia, Polonia. Fue amigo y colega de Ludwig von Mises en Ginebra y su especialidad fue el sistema monetario internacional. Aplicó la teoría austriaca del ciclo económico junto con su conocimiento de la balanza de pagos para alertar contra el auge del nacionalismo monetario.

Este artículo está extraído del capítulo 3 de Studies in Economic Nationalism, de Heilperin (1960).



[1] Ibid. Libro 4, cap. 4.

[2] Sin embargo debe advertirse que el punto de vista opuesto también estuvo presente la tradición griega (y ateniense). Así, leemos en la famosa “Oración Fúnebre” de Pericles, tal y como la recoge Tucídides en La Guerra del Peloponeso: “Abrímos nuestra ciudad al mundo.  No les prohibimos a los extranjeros que nos observen y aprendan de nosotros, aunque ocasionalmente los ojos del enemigo han de sacar provecho de esta falta de trabas. Nuestra confianza en los sistemas y en las políticas es mucho menor que nuestra confianza en el espíritu nativo de nuestros conciudadanos” (Capítulo2, párrafo 39). Mientras que no hay ninguna referencia en la “Oración a políticas comerciales, aquí tenemos una clara expresión de la filosofía de una “sociedad abierta”, en contraste con el concepto aristotélico de una “sociedad cerrada”, desarrollado el siglo siguiente.

[3] Sir Alfred Zimmern, The Greek Commonwealth, 5ª ed. (Oxford: 1931): pp. 286–287.

[4] M. Rostovtzeff, The Social and Economic History of the Hellenistic World (Oxford: 1953): vol. 1, p. 249.

[5] Ibíd., vol. 2, pp. 1294 passim.

[6] Ibíd., vol. 1, p. 273.

[7] Luigi Einaudi, Greatness and Decline of Planned Economy in the Hellenistic World (Berna: 1950): p. 47.

[8] Sin embargo, el lector puede estar interesado en dirigirse a The Social and Economic History of the Roman Empire (Oxford: 1957), del Profesor Rostovtzeff. Ver también el libro breve, pero bien documentado de H.J. Haskell, The New Deal in Old Rome (Nueva York: 1947);y Jules Toutain, The Economic Life of the Ancient World (Londres: 1951).

[9] Cf. Henri Pirenne, “La Civilisation occidentale au moyen age du Xle au milieu du XVe siècle”, en Histoire du Moyen Age, ed. Henri Pirenne, Gustave Cohen y Henri Focillon (París: 1933). Los capítulos de Pirenne (pp. 7-189) se publicaron en 1936 en una traducción al inglés titulada Economic and Social History of Medieval Europe. Los pasajes luego citados provienen de la reimpresión de “Harvest Book” impresa en Nueva York. Ver también Cambridge Economic History of Europe, vol. 2 (Cambridge: 1952).

[10] Henri Pirenne, Economic and Social History of Medieval Europe, (Orlando: Harcourt, Inc., 1937): p. 91.

[11] Ibíd., p. 206.

[12] Ibíd., pp. 209–211.

[13] Ibíd., pp. 216–217.

[14] Ibíd., p. 217.

Published Tue, Jun 29 2010 7:55 PM by euribe