Por David Gordon. (Publicado el 29 de diciembre de 2004)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/article.aspx?Id=1706.
[The Politically Incorrect Guide to American History. Thomas E. Woods, Jr. Regnery Publishing, 2004. Xv + 270 pgs.]
El soberbio nuevo libro de Thomas Woods ya ha logrado fama como el primer libro de inspiración austriaca en muchos años que entra en la lista de libros más vendidos del New York Times. También da mucho más de lo que promete. Woods ofrece su libro como guía para “quienes encuentran las explicaciones de los libros de texto típicos poco convincentes o ideológicamente partidistas” (p. xiv). Eso sugiere que Woods tiene en mente como audiencia principalmente a los estudiantes, pero muchos otros se beneficiarán de la lectura de este libro. Woods muestra un notable amplio conocimiento de las últimas investigaciones especializadas sobre varios episodios de la historia de Estados Unidos. Eso permite, una y otra vez, destacar puntos ejemplares que enseñarán incluso a los lectores entendidos.
Este libro no es una mera compilación de hechos sorprendentes. Woods ha organizado su punto de vista alrededor de un tema central. Los estadounidenses, desde el periodo colonial hasta hoy, han prosperado mientras han vivido en una economía libre acompañada por un gobierno estrictamente limitado en sus poderes. Pero a lo largo de buena parte de nuestra historia, los esfuerzos de los estadounidenses de vivir libremente han chocado con un enemigo formidable: el Leviatán del estado. Woods demuestra que el gobierno federal, lejos de ser el protector de los derechos de las minorías, ha sido el principal obstáculo en el camino hacia la libertad.
Pero podríamos protestar respecto a esta postura: ¿no se concibió en pecado la colonización americana? ¿Cómo puede decirse que los estadounidenses siempre buscaron vivir libremente cuando los primeros colonos puritanos empezaron su sociedad “libre” robando las tierras a los indios?
Woods afronta sin ambages este desafío inicial. Los puritanos no robaron a los indios: compraron terrenos a varias tribus, en un intercambio voluntario y beneficioso. “Aunque el rey había otorgado terrenos coloniales, el consenso puritano (…) fue que la carta real confería derechos políticos y no de propiedad sobre el territorio, que los colonos puritanos buscaron por medio de cesiones voluntarias de los indios. En realidad, el gobierno colonial castigaba a los individuos que realizaban adquisiciones no autorizadas de tierras indias” (p. 8, énfasis original).
Los colonos americanos, al desarrollar una sociedad libre, se apercibieron de que un gobierno central fuerte amenazaba sus logros. Una vez obtuvieron su independencia, no estaban dispuestos a ceder la libertad que habían ganado a los británicos a un nuevo despotismo. Woods indica apropiadamente que aunque los defensores de la Constitución fueran del partido centralizador, en oposición a los más prevenidos antifederalistas que advirtieron de los posibles peligros del nuevo régimen, incluso aquéllos buscaron restringir la autoridad nacional.
En relación con esto, Woods destaca la Décima Enmienda, que “garantizaba el derecho de los estados al autogobierno (…) Como los estados existían antes que el gobierno federal, eran la fuente de cualquier poder que tuviera el gobierno federal” (p. 26).
Santo y bueno en teoría: pero ¿cómo podía mantenerse al gobierno federal dentro de unos límites estrictos? Confiar en la “separación de poderes”, comenta agudamente Woods, no es suficiente: pensar otra cosa es confiar en que el gobierno federal se controlará a sí mismo. Jackson y sus seguidores argumentaban que los estados tenían derecho a anular leyes que consideraran inconstitucionales. Esta teoría no era en modo alguno una invención de los activistas del Sur, ansiosos por perpetuar la esclavitud a toda costa. Aunque las anulaciones de 1798 no tuvieron el favor de los estados del norte en ese momento, “emplearon el inconfundible lenguaje de las Resoluciones de Virginia y Kentucky de 1798 cuando anularon las leyes de esclavos fugitivos” (p. 39).
Los historiadores políticamente correctos que son objeto del ataque de Woods podría aquí protestar. ¿No fueron los derechos de los estados la clave de la defensa de la esclavitud? ¿Cómo podría haberse acabado con la esclavitud sin un gobierno central fuerte?
Woods evita fácilmente este contraataque. La Guerra de Secesión (como él mismo apunta, no una guerra civil genuina, pues el Sur no quería reemplazar al gobierno nacional) no se libró para acabar con la esclavitud: Lincoln pretendía más bien consolidar el poder nacional. Al oponerse a la dictadura de Lincoln, el Sur defendía la causa de la libertad, un hecho que no se le escapaba al gran clásico liberal Lord Acton. En una carta de 1866 a Robert E. Lee, Acton decía que “veía en los derechos de los Estados el único control disponible frente al absolutismo de la voluntad soberana, y la secesión me llena de esperanza, no como la destrucción sino como la redención de la Democracia” (p. 74).
Persiguiendo su misión centralizadora, los ejércitos del Norte sorprenden a los historiadores europeos por sus ataques a civiles. Woods, mostrando su excelente conocimiento de la literatura histórica, cita en este sentido el poco mencionado clásico de F.J.P. Veale, Advance to Barbarism. Argumentaba que las fuerzas del Norte “incumplieron deliberad y dramáticamente el código de guerra europeo que se había desarrollado a partir del siglo XVII y había prohibido atacar a la población civil” (p. 71).
A la vista de lo dicho, no resulta sorprendente que Woods no esté a favor de la Reconstrucción. Mantiene, siguiendo aquí a Forrest McDonald, que la Catorce Enmienda, un elemento clave tanto en los planes de los Republicanos Radicales como las maquinaciones de sus sucesores centralizadores hasta la actualidad, nunca se ratificó legalmente. Su argumento es claro: se obligó a los estados del Sur a ratificar la Enmienda antes de que sus gobiernos fueran legalmente reconocidos. Si es así, sus actas de ratificación no tienen fuerza legal, pues las firmaron legislativos que no eran miembros de la unión.
A pesar de la terrible destrucción de la Guerra de Secesión, Estados Unidos se recobró y prosperó, debido a una economía en buena parte libre. Pero los centralizadores y defensores del gobierno nunca aprenden la lección de que la libertad funciona mejor que la coacción. Cuando la Gran Depresión golpeó en 1929, Herbert Hoover respondió con la suprema insensatez de tratar de mantener altos los salarios. Al hacerlo, aseguró un desempleo masivo. Sobre las causas de la depresión, Woods remite a los lectores a America's Great Depression, de Murray Rothbard).
Por supuesto, Franklin Roosevelt continuó y extendió en gran medida las políticas intervencionistas de Hoover, Al hacerlo, prolongó la depresión durante la década de 1930 y la prosperidad no volvió hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Woods tiene cuidado de advertir, siguiendo aquí a Robert Higgs, que la propia guerra, con su enorme reclutamiento de hombres y recursos, no fue un periodo de buenos momentos económicos.
Los lectores de The Mises Review ya estarán familiarizados con mucha de esta historia económica. Pero de nuevo mostrando su capacidad de encontrar hechos poco conocidos pero significativos, Woods aporta algo notable. El New Deal realizó esfuerzos constantes por aumentar el poder de los sindicatos y los “progresistas” citan a menudo la Ley Wagner y medidas similares como algunos de los mayores triunfos de Roosevelt. Woods destaca: “Son legión las formas en que los sindicatos empobrecieron la economía, desde distorsiones en el mercado de mano de obra a normas laborales que desaniman la eficiencia. En un estudio publicado (…) a finales de 2002 (…) los economistas Richard Vedder y Lowell Gallaway de la Universidad de Ohio calcularon que los sindicatos habían costado a la economía estadounidense unos asombrosos 50 billones de dólares sólo durante los últimos cincuenta años” (p. 150, énfasis original).
A pesar de los múltiples fracasos del intervensionismo, algunos de los miembros de la pretendida élite intelectual pensaban que la interferencia en el mercado no había llegado suficientemente lejos. Hasta la aparición de la Guerra Fría, la simpatía por el “experimento” soviético se había extendido entre académicos, periodistas y funcionarios. Algunos de los simpatizantes fueron más allá del flirteo intelectual: Alger Hiss, entre otros muchos, ayudó a la Unión Soviética mediante el espionaje. Woods sugiere que el muy denostado Senador Joseph McCarthy tenía esencialmente razón en sus afirmaciones sobre la infiltración comunista en el gobierno de EEUU.
Mucho es esto es relativamente bien conocido, pero Woods ha destacado de nuevo un hecho sorprendente. Gracias en gran medida a los constantes esfuerzos de su discípulo Sidney Hook, John Dewey ha adquirido reputación como prominente anticomunista. Woods nos recuerda que Dewey en algún momento sostuvo puntos de vista completamente diferentes. “El educador progresista John Dewey, en una serie de artículos para The New Republic en 1928, casi no podía contener su entusiasmo por la Rusia Soviética. ‘Nunca he visto en ninguna parte del mundo tan gran proporción de niños inteligentes, felices y sabiamente ocupados’, decía” (pp. 159-160).
Dewey había apoyado antes la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial y, como aclara Woods, el apoyo interno a la intervención va de la mano de una política exterior agresiva. El intervencionista económico Woodrow Wilson, influido por su parcialidad por Inglaterra y su deseo de rehacer el mundo, abandonó la tradicional política estadounidense de no intervención en la política del poder europeo. Woods destaca la diplomacia claramente desequilibrada de Wilson antes de la guerra. Wilson insistía en que lo estadounidenses tenían derecho a viajar en barcos armados beligerantes, sosteniendo la “estricta responsabilidad” de los alemanes sobre las vidas estadounidenses perdidas por ataques submarinos. Al mismo tiempo, aceptó que bloqueo de alimentos británico a Alemania, aunque esto costara muchas más vidas que la política alemana.
Franklin Roosevelt probó ser un buen pupilo de Wilson en los acontecimientos que llevaron a la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El acuerdo de Roosevelt de “destructores por bases” con los británicos de septiembre de 1940 pudo haber provocado una declaración de guerra alemana: sin embargo, Roosevelt no vio necesario asegurarse la aprobación del Congreso. Woods, como siempre, ha encontrado una cita reveladora. Edward Corwin, uno de los principales expertos constitucionales de su tiempo y en modo alguno opositor al New Deal, comentó: “¿Por qué no tendríamos que dejamos todos y cada uno de los poderes específicamente atribuidos al Congreso al ‘poder ejecutivo’ del Presidente y ponemos a todos el país en una situación totalitaria sin más?” (p. 176). Los esfuerzos de Roosevelt por provocar un declaración de guerra alemana fracasaron, pero consiguió que Estados Unidos entrara en guerra por una “puerta trasera”. Su política agresiva contra Japón provocó el ataque de éste: como anotó en su diario el Secretario de Guerra Stimson el 25 de noviembre de 1941, la cuestión era cómo “ponerles [a los japoneses] en situación de hacer el primer disparo” (p. 181).
Acabaré con un hecho sorprendente más que Woods ha traído a la luz. Éste llama la atención sobre el trabajo esencial de Julius Epstein, un veterano investigador de la Institución Hoover, sobre la Operación Keelhaul. Con este nefasto plan, al menos un millón de prisioneros de guerra rusos fueron repatriados a Rusia a la fuerza. En un caso, “Había alrededor de 200 soviéticos entre los prisioneros de guerra en Fort Dix, Nueva Jersey. (…) Fueron hechos prisioneros bajo la promesa solemne de que bajo ninguna circunstancia serían repatriados a la Unión Soviética, donde les esperaba una muerte segura. Se traicionó esta promesa para que el Presidente estadounidense pudiera ser fiel al Tío Joe [Stalin]” (p. 188).
Sólo he podido ofrecer unos ejemplos de los muchos asuntos que explica Woods. Su explicación de la legislación de los derechos civiles y de la falacia de la ayuda del Plan Marshall respecto de la recuperación europea después de la Segunda Guerra Mundial no deberían olvidarse. Su estimulante libro ayuda a corregir los muchos mitos que hoy día pasan por ser la historia de Estados Unidos.
David Gordon hace crítica de libros sobre economía, política, filosofía y leyes para The Mises Review, la revista cuatrimestral de literatura sobre ciencias sociales, publicada desde 19555 por el Mises Institute. Es además autor de The Essential Rothbard, disponible en la tienda de la web del Mises Institute.