Por Eugen Richter. (Publicado el 21 de junio de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4261.
[Del capítulo 12 de Imágenes del futuro socialista]
Sin duda era un gran éxito que hoy en Berlín se hayan podido abrir a la vez mil comedores del Estado, cada uno capaz de acomodar mil personas. Es verdad que aquéllos que habían pensado que serían como los table d’hôte de los grandes hoteles del pasado, donde una exquisita clase alta se deleitaba continuamente con cada refinamiento del arte culinario- esas personas, digo, deben sentir cierta decepción. En realidad, aquí no hay ningún adorno, ni camareros vestidos de pingüino, ni cartas de un metro de largo, ni ninguna otra parafernalia.
En los comedores del Estado todo, hasta el más mínimo detalle, se ha previsto y preparado de antemano. Nadie tiene la más mínima preferencia sobre otro. Por supuesto, no puede tolerase elegir entre los distintos comedores. Cada uno tiene derecho a comer en el comedor de distrito en el que está su alojamiento. La comida principal del día se toma entre las 12 en punto y las 6 de la tarde. Cada uno tiene que presentarse en el comedor de su distrito, ya sea durante el descanso del mediodía o al final de la jornada.
Me duele decir que, excepto los domingos, ya no puedo comer con mi mujer como estábamos acostumbrados a hacer los últimos veinticinco años, ya que nuestras horas de trabajo son completamente diferentes.
Al entrar en el comedor, un funcionario recorta el cupón de comida de tu talonario de certificados monetarios y te da un número que indica tu turno. Al cabo de un rato, algunos se levantan y se van, y te toca el turno, y tomas tu plato de viandas de las mesas de servicio. Se mantiene el más estricto orden mediante un fuerte cuerpo de policía presente. La policía de hoy –su número aquí ha aumentado a 12.000– se da aires de importancia en los comedores del Estado, pero el hecho es que la multitud es muy grande. Me parece que Berlín demuestra ser a pequeña escala un ejemplo de las vastas empresas del Socialismo.
Como cada uno ocupa su sitio a medida que llega de su trabajo, a veces los grupos resultan algo variopintos. Frente a mí hoy se sienta un molinero y a su lado hay un deshollinador. El deshollinador se ríe de ello más abiertamente que el molinero. La sala de las mesas está abarrotada y los codos de cada lado molestan bastante. De todas formas, no dura mucho, puesto que los minutos para comer se controlan muy mezquinamente. Al terminarse el exiguo tiempo que te dan –hay un policía con un reloj en la mano a la cabecera de cada mesa para controlar estrictamente el tiempo– se te indica sin rodeos que debes dejar el sitio al siguiente.
Es digno de mencionar que en cada comedor del Estado de Berlín, cada día se sirven exactamente los mismos platos. Como cada establecimiento sabe cuántos visitantes va a tener y como todos los visitantes evitan el problema de tener que escoger de una larga carta, es evidente que no se pierde el tiempo, además tampoco hay esos sobrantes y restos consecuencia de la mucha comida servida, circunstancia que solía utilizarse para encarecer el precio de las comidas en los restaurantes de la clase alta. Es más, este ahorro puede muy bien contabilizarse entre los mayores signos de triunfo de la organización socialista.
Como nos dijo un vecino, que es cocinero, originalmente se pretendía servir distintos platos cada día. Sin embargo, en seguida se vio que podría haber un deseo manifiesto de igualdad en una disposición de ese tipo, pero que aquellas personas que por cualquier razón no pudieran llegar a tiempo no tendrían la posibilidad de elegir comer aquellos platos que se hubieran acabado, sino que tendrían que tomar lo que quedara.
Todas las porciones servidas son del mismo tamaño. Un camarada insaciable que hoy pidió más recibió merecidamente una sonora burla, porque ¿qué puede resultar más letal para mantener uno de los principios fundamentales de la igualdad? Por la misma razón, la sugestión de servir porciones menores a las mujeres fue rechaza de plano con indignación. Los hombres grandes y voluminosos tienen que arreglárselas con las mismas pociones y hacer lo que puedan. Además a aquéllos que anteriormente lo tenían fácil para atiborrarse, el disminuir cintura les resulta bueno y sano. Además la gente puede traerse de su casa tanto pan como desee y tomarlo con las comidas. Más aún, quien encuentre que su porción es mayor de lo que necesita no tiene prohibido dar una parte a sus vecinos de mesa.
De acuerdo con lo que dice nuestro vecino cocinero, parece que el Ministerio de Alimentación Pública ha fijado el menú de acuerdo con investigaciones científicas de forma que se sabe la cantidad de nitratos e hidratos de carbono que se necesita introducir en el cuerpo para mantener el mismo intacto. La porción diaria de cada persona es de alrededor de un tercio de libra de carne, con arroz, puré o algún tipo de vegetal, a lo que generalmente se añade una gran cantidad de patatas. Los jueves tenemos col y guisantes. Se anuncia en carteles lo que se va a cocinar cada día y esos carteles muestran el menú para toda la semana, igual que solían anunciarse las obras teatrales semanalmente.
Me gustaría saber en qué lugar del mundo a habido alguna vez un pueblo cuyos individuos tengan todos asegurada, día tras día, su porción de carne fresca, como le ocurre al nuestro. Meditando una vez sobre este asunto, pensé que ni siquiera el rey de Francia pudo tener un ideal mayor que el de que los domingos cada campesino pudiera tener su pollo en la cacerola. Además, tenemos que recordar que aparte del sistema de alimentación proveído por el Estado, se deja al gusto de cada uno a lo que prefiera elegir entre la mañana y la tarde –siempre, claro está, que lo que quiera esté en los límites de los certificados monetarios.
¡No más criaturas pobres, hambrientas, desdichadas y sin hogar! ¡Para cada hombre, cada día, su porción de carne! El pensar que se ha logrado fines como éstos es tan alentador que uno puede estar dispuesto a perdonar cualquier insignificante molestia que haya ocasionado el nuevo sistema. Es verdad que no estaría mal que las porciones de carne fueran un poco mayores, pero nuestro prudente Gobierno adoptó el inteligente plan de no dar al principio más carne de la media de la que se consumía aquí antes. Después las cosas serán diferentes y con el paso del tiempo, cuando las nuevas disposiciones se hayan completado más y más y pase el periodo de transición, tendremos muchas más cosas y en mayor cantidad.
Pero hay algo que dificulta que mis opiniones se desarrollen como deberían y es la preocupación que muestra mi buena esposa. Está muy nerviosa y su estado empeora día a día. Durante nuestros veinticinco años de vida matrimonial nunca hemos tenido más escenas y explicaciones dolorosas que desde el inicio de la nueva era.
Los comedores del Estado tampoco son de su gusto. La comida, dice son raciones de barracón y un pobre sustituto de los sanos menús que la gente solía tomar en sus propios hogares. Se queja de que la carne está demasiado hecha y de que el caldo está aguado y cosas así. También dice que pierde inmediato el apetito al saber con antelación lo que tiene que comer durante una semana. Y eso cuando a menudo se había quejado de que, con lo caro que estaba todo, se estaba volviendo loca para saber qué cocinar. Anteriormente se alegraba cuando de vez en cuando nos íbamos de excursión, pensando que se evitaba ese día el problema de cocinar cualquier cosa.
Bueno, son cosas de mujeres, siempre tienen algo que decir contra lo que no hayan cocinado ellas mismas. Sin embargo, espero que tan pronto como mi esposa haya visitado a sus hijos y su padre en la Instituciones Benéficas y les haya encontrado felices y contentos, recuperará esa ecuanimidad que nunca le había abandonado ni en las peores circunstancias.
Eugen Richter (1838-1906) fue un político y periodista alemán. Fue uno de los mayores críticos de las políticas de Otto von Bismarck. Su obra incluye la distopía de ficción Imágenes del futuro socialista.
Este artículo es el capítulo 12 de Imágenes del futuro socialista, a partir de su traducción al ingles de Henry Wright (Londres: Swan Sonnenschein & Co., 1893).