Creando la élite dirigente

Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 3 de junio de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4471.

[Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]

                                 

El sistema mercantilista no necesitaba una “teoría” altisonante para funcionar. Provenía directamente de las castas dirigentes de los florecientes estados-nación. El rey, secundado por la nobleza, favorecía los gastos de gobierno altos, las conquistas militares y los altos impuestos para generar su poder y riqueza individuales. El rey favorecía naturalmente las alianzas con nobles y con gremios y compañías cartelizantes y monopolísticos, pues éstas generaban poder político mediante dichas alianzas e ingresos mediante ventas y tasas a los beneficiarios.

Tampoco las compañías cartelizantes necesitaban mucho una teoría a su favor para adquirir privilegios de monopolio. Los subsidios a la exportación, la supresión de las importaciones, tampoco necesitaban una teoría: tampoco el incremento de la oferta de dinero y crédito a reyes, nobles o grupos de negocios favorecidos. Ni siquiera la famosa reclamación de los mercantilistas de aumentar la oferta de metal en bruto en el país: esa oferta significaba en la práctica que los metales preciosos afluyeran a los cofres de reyes, nobles y compañías exportadoras en monopolio. ¿Quién no quiere que aumente el suministro de dinero en sus bolsillos?

La teoría llegó después: vino para, o bien vender a las masas engañadas al necesidad y bondad del nuevo sistema, o para vender al rey el plan particular promovido por los panfletarios y sus cofrades. La “teoría” mercantilista” fue una serie de ideas pensadas para apoyar o extender intereses económicos particulares.

Muchos historiadores del siglo XX han alabado a los mercantilistas por su preocupación proto-keynesiana por el “pleno empleo” mostrando así supuestamente una sorprendente tendencia moderna. Sin embargo, debe resaltarse que la preocupación del mercantilismo por el pleno empleo fue escasamente humanitaria. Por el contrario, su deseo era eliminar la indolencia, y para forzar a los indolentes, a los vagos y a los “mendigos recalcitrantes” a trabajar. En resumen, para los mercantilistas, el “pleno empleo” implicaba descaradamente su corolario lógico: el trabajo forzado. Así, en 1545, a los “mendigos recalcitrantes” de París se les obligó a trabajar durante largas horas y dos años más tarde “a perder toda oportunidad de indolencia por parte de gente sana”, todas las mujeres capaces pero no dispuestas a trabajar fueron azotadas y expulsadas de París, mientras que todos los hombres en la misma categoría fueron enviados a galeras como mano de obra esclava.

El fundamento clasista de este horror mercantilista a la indolencia debería advertirse de inmediato. Por ejemplo, a la nobleza y el clero apenas les preocupaba su propia indolencia: sólo era la de las clases inferiores la que debía acabar por cualquier medio. Y lo mismo vale para los privilegiados mercaderes del tercer estado. La excusa tenuemente velada era la necesidad de aumentar “la productividad de la nación”, pero estas clases constituían la élite dirigente y ese fin forzoso de la indolencia, ya fuera en obras públicas o producción privada, era una bendición para los gobernantes. No sólo aumentaba la producción en beneficio de estos últimos, también rebajaba los salarios al añadir a la oferta de trabajo la coerción.

Así, en la reunión de los estados generales, el parlamento de Francia, en 1576, los tres estados se unieron en su reclamación de trabajo forzoso. El clero decía que “ninguna persona ociosa (…) será permitida o tolerada”. El estado quería que se pusiera a trabajar, se azotara o expulsara a los “mendigos recalcitrantes”. Los nobles pedían que se forzara a trabajar a los  “mendigos y holgazanes recalcitrantes” y se les azotara si rechazaban obedecer.

Los mismos estados generales hicieron su solicitud especial demasiado dolorosamente clara en relación con los aranceles protectores. Los estados reclamaban la prohibición de importaciones de todos los bienes manufacturados y la exportación de todas las materias primas. La propuesta de ambas medidas era levantar un muro de protección monopolístico alrededor de las manufacturas locales y forzar a los productores de materias primas a vender sus bienes a esos necios locales a un precio artificialmente bajo.

La excusa de que esas medidas eran necesarias para “mantener el metal” o el dinero “en casa” resultaría patentemente absurda a cualquier observador objetivo. Pues si se impide a los consumidores franceses importar con el fin de salvaguardar “su metal”, ¿qué ocurriría en caso contrario? ¿Era realmente peligroso para los franceses enviar sus lingotes al exterior y no quedarse ninguno? Está claro que esa posibilidad sería absurda, pero incluso si ocurriera (el peor escenario posible) hay una evidente límite máximo rígido a cualquier salida de lingotes del interior. Pues ¿de dónde van a obtener más metálico los consumidores inclinados a una mayor importación? Está claro que sólo exportando otros productos al exterior.

En consecuencia, el argumento de “mantener el dinero en casa” es evidentemente fraudulento, ya sea en la Francia del siglo XVII o en los Estados Unidos del siglo XX. A los estados generales les interesaba proteger ciertas industrias francesas y punto.

El argumento de “mantener el dinero en casa” era asimismo una cómoda vara con la que golpear a los empresarios o financieros extranjeros que pudieran competir con los nativos. Así, la visión de banqueros alemanes y financieros italianos floreciendo en Francia dio lugar a paroxismos de furia ante las “injustas ganancias” de los extranjeros, furia que fue por supuesto alimentada por la famosa “falacia de Montaigne”, típicamente mercantilista, de que la ganancia de un hombre (o de una nación) en el mercado era ipso facto la pérdida de otro (o de otra nación). Estos franceses descontentos sugirieron a menudo que los financieros extranjeros fueran expulsados del país, pero los reyes estaban habitualmente demasiado endeudados como para permitirse seguir este consejo.

 

 

Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político libertario.

Este artículo está extraído de Historia del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.

Published Fri, Jun 11 2010 5:23 PM by euribe