Por Aaron Smith. (Publicado el 19 de abril de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4263.
En medio de la depresión económica el sector de las escuelas de oficios con ánimo de lucro están en auge. La matriculación ha crecido un 20% anualmente en los dos últimos años y algunos expertos predicen que los ingresos pueden aumentar por ocho en la próxima década. Tanto los empresarios como los economistas atribuyen ese rendimiento y crédito hercúleo a las leyes básicas de la oferta y la demanda en acción; sin embargo este crecimiento no se ha obtenido por medios del libre mercado como la innovación, la eficacia y la previsión adecuada.
Por el contrario, los gigantes de la educación con ánimo de lucro han engordado con una dieta constante de crédito público al maniobrar inteligentemente a través de un enorme campo minado de regulaciones para aprovecharse de los programas de ayuda federal dirigidos a ayudar a quienes acaban dañando: los estudiantes. Como cabe esperar, muchos han apuntado ignorantemente sus armas contra el motivo del beneficio, en lugar de desatar su furia sobre la causa original: la interferencia del gobierno en el mercado.
La escuelas de oficios con ánimo de lucro hace tiempo que se han visto desfiguradas por controversias derivadas de prácticas de negocio cuestionables y acusaciones de educación de bajo nivel. Por ejemplo, sólo el 16% de los estudiantes de la Universidad de Phoenix sin experiencia universitaria previa se gradúan en seis años, comparados con el casi 50% de las escuelas tradicionales; además Corinthian Colleges Inc., propietaria del Everest College, aceptó pagar 6,5 millones de dólares en 2007 para cancelar una demanda que afirmaba que había presentado publicidad falsa al sobrevalorar la información de los salarios de sus graduados. Resultados poco impresionantes y demandas multimillonarias se han convertido en sinónimos del sector de las escuelas de oficios con ánimo de lucro.
Bajo condiciones de mercado, ese lamentable rendimiento tendría sin duda un impacto sustancial en la línea de flotación de una compañía: después de todo, si una línea aérea acuerda trasladar a sus pasajeros a Maui y sin embargo les lleva a Midland, un observador racional esperaría que el negocio se hundiera pronto. En esencia, esto es precisamente lo que están haciendo las escuelas de oficios con ánimo de lucro, prometer el paraíso en forma de trabajos bien pagados y entregando indigencia en forma de perspectivas de carrera nada admirables y altas deudas patrocinadas por el gobierno. En realidad, la deuda media de los estudiantes graduados en escuelas privadas en 2008 fueron unos pasmosos 33.050$, un retorno de inversión deficiente, considerando lo mucho que hay que luchar para conseguir salarios por encima de los 12$ por hora.
Sin embargo, al contrario que el sino de nuestra incompetente aerolínea, las escuelas de oficios continúan ocupando sus plazas. En 2009, la gigantesca sociedad anónima Career Education Corporation (CEC), que posee Le Cordon Bleu y American Intercontinental University, informó de unos ingresos de 1.840 millones de dólares, un 10,6% de aumento respecto de 2008. Igualmente, Apollo Group, propietaria de la Universidad de Phoenix, ha visto que la matriculación casi se dobló desde 2004. Los préstamos y ayudas federales constituyeron el 80% y 86% de sus ingresos respectivamente, mientras que esta cifra asciende al 88% en todo el sector. Para entender cómo los insatisfactorios resultados estudiantiles pueden verse acompañados por mayores beneficios, no hay que mirar más allá de los efectos de la ayuda financiera federal (FFA, por sus siglas en inglés) en el sistema de precios del sector.
En un mercado libre, la capacidad de satisfacer una obligación es una consideración básica en casi toda transacción: con una reputación de no pagar satisfactoriamente sus deudas, es difícil encontrar un prestamista dispuesto. Sin embargo, los prestamistas podría estar dispuestos a aceptar un alto grado de riesgo a cambio de un mayor rendimiento; este riesgo se refleja directamente en forma de tipos de interés relativamente más altos. Esencialmente, un mercado tiene mecanismos naturales para castigar a quienes abusen del crédito, mecanismos que disminuyen la posibilidad de que esos individuos sean beneficiarios de créditos en transacciones futuras. Por desgracia, para consternación del contribuyente estadounidense, esos mecanismos no son propios de la FFA, en la que todos disfrutan de la misma posición independientemente de su capacidad para satisfacer obligaciones relacionadas con una deuda. Sólo en raros casos, como impagos anteriores de préstamos a estudiantes, restringirá el gobierno el acceso a este programa ubicuo. Aunque algunos pueden defender la FFA argumentando los méritos de una educación fácilmente accesible, olvidan prestar atención a las lecciones que nos enseñó Henry Hazlitt en su obra maestra La economía en una lección. En particular, los defensores obvian convenientemente las consecuencias no previstas de extender sistemáticamente el crédito a deudores que no lo merecen: precios más altos e impagos.
Cuando el gobierno ofrece un acceso prácticamente libre a los préstamos estudiantiles, aumenta artificialmente el umbral de lo que los estudiantes pueden pagar. Muchos considerarían esto como un resultado muy deseable y precisamente la razón por la que existe la FFA. Sin embargo, este racionamiento no tiene en cuenta la relación causal entre FFA y precios: las tarifas educativas no se basan sólo en factores como los costes de proveer educación, el marco competitivo del sector y la economía en su conjunto, sino también en la demanda, que incluye la capacidad de los estudiantes de pagar la educación que consumen. En esencia, la FFA permite a las escuelas con ánimo de lucro aumentar sus precios significativamente por encima del que tendrían en un verdadero mercado. Si se eliminara la FFA o se rebajara significativamente, las escuelas se verían forzadas a bajar sus precios hasta el punto de eficiencia del mercado o afrontar un descenso catastrófico en las matriculaciones del sector. Sólo entonces los estudiantes recibirían en su educación un retorno de inversión basado en el mercado.
Además, es de sentido común que extender sistemáticamente el crédito a prestatarios de alto riesgo tiene serias consecuencias tanto para acreedores como para deudores. El préstamo sin cualificación, además de bajos niveles de cumplimiento y bajos patrones de admisión, ha causado que la educación con ánimo de lucro sea terreno fértil para el impago de deudas de los estudiantes. Un análisis de la Oficina Contable del Gobierno de EEUU de la tasa de impago de los préstamos federales a estudiantes en 2004 mostraba que el 23,3% de los estudiantes de oficios impagan los préstamos en un plazo de cuatro años. En una transacción privada, generalmente esto tendría pocas o ningunas incidencia para el ciudadano medio; sin embargo, como estas pérdidas se socializan, puede concluirse razonablemente que el éxito financiero de las escuelas con ánimo de lucro está siendo financiado por los contribuyentes estadounidenses.
Muchas escuelas han empezado a ofrecer sus propios préstamos institucionales para cumplir con las regulaciones federales como la regla “90/10”, que estipula que no menos del 10% de los ingresos de la escuela deben venir de fuentes no gubernamentales: el incumplimiento de esta instrucción puede ocasionar que se congelen los fondos de la FFA, un resultado catastrófico para cualquiera de las principales escuelas de oficios. Para evitar que se seque el pozo, la CEC planeó dar aproximadamente 50 millones de dólares en préstamos institucionales en 2009, lo que les ayudaría a mantener un margen suficiente entre financiación pública y privada. Curiosamente, algunas escuelas están contabilizando hasta el 50% de reservas como pérdidas, indicando claramente que tienen relativamente poca fe en la capacidad de sus estudiantes para cumplir con sus obligaciones. No puedo sino preguntarme cómo pueden esperar razonablemente los contribuyentes recoger sus beneficios cuando las mismas escuelas con ánimo de lucro no pueden recuperar esas deudas. Hay algo terriblemente torcido en este sistema.
Conclusión
La interferencia del gobierno en el mercado ha permitido a las escuelas con ánimo de lucro obtener inmensos beneficios a costa de los contribuyentes estadounidenses. Al ofrecer acceso virtualmente libre a la FFA, estas instituciones han podido aumentar significativamente los precios por encima del verdadero valor de mercado para estudiantes que presentan un alto riesgo de impago. Beneficios privatizados y pérdidas socializadas son las consecuencias de un sistema así.
No hay que demonizar los beneficios por sí mismos: más bien debe ponerse en cuestión el papel de los préstamos avalados por el gobierno en transacciones privadas. Las escuelas con ánimo de lucro pueden desempeñar un papel importante en la educación de un mercado tradicionalmente mal atendido. Sin embargo, para que sus miles de estudiantes sean los beneficiarios de esa educación, debe librarse al mercado de la intervención gubernamental.
Aaron Smith es director de gestión del conocimiento de las Escuelas Públicas YES Prep en Houston, Texas. También es miembro de la Houston Area Liberty Campaign.