Por Daniel Krawisz. (Publicado el 13 de abril de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/4233.
Es perturbadoramente fácil que argumentos originalmente
empleados a favor del libre mercado se vuelvan contra él. En este artículo
espero redimir el concepto de competencia, que quizá se haya corrompido al
servicio del estado más que ningún otro.
En lugar de verse como una red pacífica, cooperativa y
ordenada, el libre mercado se demoniza como una brutal lucha darviniana, en la
que todos deben pelear con uñas y dientes para continuar existiendo. En lugar
de una fuente dinámica de innovación y riqueza, el libre mercado se ve como una
hegemonía de monopolistas poderosos. En la primera de estas visiones, se ve la
libre mercado como demasiado competitivo y en la otra como no suficientemente
competitivo. Pueden sostenerse ambas visiones simultáneamente, y en ambos casos
la solución propuesta es la intervención del gobierno.
Finalmente, puede afirmarse que, al ser la competencia una
característica buena del libre mercado, llevar competencia a la burocracia
gubernamental sería una forma de mejorar el gobierno; de esta forma la gente
que en un tiempo defendía la disminución del estado se la hace creer
engañosamente de que en su lugar puede reestructurarse en una forma más
benigna.
¿Cómo podemos salvaguardar el concepto de competencia contra
estas interpretaciones? Para responder a esto, debemos ver cómo se aplica la
competencia específicamente al libre mercado, en oposición a un sistema de
intervención del estado.
Hasta donde yo sé, hay tres tipos de competencia en el libre
mercado. Primero, hay una competencia dentro de nosotros entre todos nuestros
deseos. Sólo podemos perseguir un grupo limitado de nuestros deseos, así que
siempre debemos decidir cuáles son los más importantes. Segundo, hay
competencia entre todos por los bienes consumibles disponibles. Este tipo de
competencia existirá en cualquier economía, sea capitalista o
socialista. Describir estos tipos de competencia es simplemente describir de
otra manera el hecho universal de la escasez.
Competencia en el libre mercado
Finalmente hay competencia entre los productores por servir
a los deseos de los consumidores. Este tipo de competencia sólo existe en el
libre mercado. Cuando la gente interactúa por la fuerza, por definición, no
tiene ningún interés en servir a otros.
Sólo en el libre mercado, donde la gente debe cooperar con
el fin de lograr sus objetivos, la gente quiere satisfacer los deseos de otros.
Aquí deben competir para satisfacer a otro porque sólo hay un número limitado
de personas a agradar. Es una forma superficial de competencia: no e suna lucha
para defender la vida propia contra depredadores, sino una competencia sobre
quién pueda ser el mejor cooperador, sobre quién puede beneficiar a más gente.
Como todos los productores buscan lo mismo, el dinero, del
que sólo hay el que hay, todos los productores están necesariamente en competencia
entre sí.
La suposición de que los panaderos sólo compiten con otros panaderos es por
tanto falsa: como he indicado antes, todos nuestros deseos están en competencia
entre sí y corresponde a cada productor convencernos de que su servicio es el
que nos traerá la mayor felicidad.
Hasta cierto punto, todos los bienes de consumo pueden
sustituirse entre sí y no hay razón para suponer que el sustitutivo más cercano
a mi objetivo más deseado se le parezca lo más mínimo. Nuestra capacidad de
ajustar nuestros objetivos basada en costes y beneficios significa que bienes
muy distintos pueden ser sustitutivos. Si quiero ver mi programa favorito, pero
descubro que hoy no lo dan, podría decidir ver otro programa, prepararme la
cena, leer un libro, salir a correr, jugar con el ordenador o cualquier otra
cosa que tenga poco que ver con la televisión. Por tanto, todas estas
actividades están en competencia entre sí por ser mi mayor prioridad y por
tanto los productores de todas están en competencia por ofrecer la mayor
satisfacción.
El fantasma del monopolio
En suma, la competencia entre productores es universal. Pero
¿qué es exactamente un productor? La mayoría de la producción requiere la
cooperación de muchas personas, que se organizan en empresas para coordinar así
su trabajo. ¿Es más correcto usar “productor” para referirse a una de estas
empresas o a los individuos que las componen?
He definido implícitamente a los productores como quienes
intentan ganar dinero y esta definición se aplica sólo a individuos, no a las
organizaciones que crean. Una empresa no se mueve con una sola voluntad, sino
que existe solamente porque sus miembros individuales encuentran
conveniente pertenecer a ella como medio
para sus propios deseos. Por el momento trabajan juntos bajo el mismo plan,
pero fundamentalmente siguen en competencia por ganar la mayor cantidad posible
de una oferta limitada de dinero.
Se organizan porque les va mejor la competencia por ser el
contribuidor más importante a un solo producto
que la competencia por vender productos distintos. La misma empresa es
una ilusión, una abstracción, y para nuestros fines una distracción que nos
impide ver qué está sucediendo en la realidad.
La gente se equivoca al creer que la competencia opera
principalmente entre empresas en lugar de entre individuos, porque su elección
cuando compran se hace entre productos fabricados por diversas empresas, no
entre productores individuales dentro de esas empresas. Sin embargo esos
productos existen a causa del deseo de los productores individuales de
sobrepasarse entre sí en ganancias. Si no hubieran estado en competencia entre
sí, en primer lugar no se habrían reunido en empresas.
Bajo esta perspectiva de la competencia se aprecia
inmediatamente que no hay amenaza de monopolio en el libre mercado. Como todos
los bienes son intercambiables hasta cierto punto, hay en primer lugar un
problema inevitable de identificación de un monopolio:
incluso si el producto de una empresa es único, los productores en esta empresa
siguen en competencia con todos los demás productores. Su producto debe ofrecer
para venderse una satisfacción superior a todos los demás, al menos en algunos
casos.
Independientemente de la cuota de mercado de la empresa
(suponiendo que pueda haber una medición con sentido), todos los productores
dentro de esa empresa siguen en competencia entre sí, así que el que un mercado
esté dominado o no por una sola empresa no tiene nada que ver con que ese
mercado sea competitivo.
Dentro de una empresa, puede esperarse de la competencia que
haga a la empresa más eficiente, igual que hace la competencia con otras
empresas. La rentabilidad no sólo de la empresa como un todo, sino de cada
departamento y de cada empleado puede calcularse mediante el sistema de
precios. Cada parte puede juzgarse bajo el patrón de la rentabilidad y quienes
aprueben pueden esperar verse recompensados, promocionados o recibir
presupuestos más altos y quienes no lo hagan pueden esperar lo contrario.
Un empresa sólo es capaz de seguir siendo grande y dominante
si su organización le permite una producción más eficiente de lo que sería
posible a dos o más empresas distintas. Sin ofrecer este servicio, la empresa
necesariamente perdería su posición pues habría beneficios disponibles para un
empresario que fundara una compañía similar. De hecho, pocos de los miembros de
la empresa mayor tendrían razones para permanecer en ella. Los propietarios
desearían vender sus acciones para invertir en un negocio más pequeño con
mejores perspectivas y los empleados, en su mayoría, estarían deseando dejar la
empresa por un mejor contrato en una empresa más rentable.
El único grupo que no querría irse serían los directivos,
quienes se ocupan de la organización a gran escala y se benefician directamente
del tamaño de la empresa. No podrían esperar encontrar un empleo mejor en
organizaciones más pequeñas. Así que su única alternativa es mejorar la
eficiencia de su empresa y hacer útil su volumen o si no aceptar que su
responsabilidad debe disminuir.
La competencia puede promocionar tanto empresas más grandes
como más pequeñas, dependiendo de si el grado de organización en el sector es
muy grande o muy pequeño. Para cualquier tipo de producción en una economía
concreta habrá un grado ideal de organización para llevarla a cabo. La
competencia llevaría a las empresas hacia su tamaño ideal. No hay razón
concreta por la que este tamaño ideal deba ser pequeño y, una vez alcanzado, es
bastante posible que sólo una empresa siga produciendo una cosa concreta.
El ser el único productor de un bien concreto en el libre
mercado no da una capacidad especial de beneficios negada a otras empresas,
pues en el libre mercado siempre existe el riesgo de que los consumidores se
cambien a un producto distinto o que un empresario funde una empresa similar.
La posición de una gran empresa sólo es tan segura como su capacidad de
producir eficientemente lo que quieren los consumidores.
Si quiere evitar realmente la imitación, una organización no
sólo debe fabricar un producto único, sino que debe prohibir la
imitación. Sólo de esta forma puede crecer más allá del punto en que ya no es
útil una mayor centralización. Aún mejor, no debe dar a la gente la alternativa
de comprar otra cosa, sino obligar a la gente a comprarlo. Sólo de esta
forma puede aumentar sus beneficios sin riesgo. Sólo de esta forma puede
escapar de la competencia con otros productores. Este tipo de monopolista, sin
embargo, no es una empresa, ¡es un gobierno!
Competencia sobre el poder fiscal
Dentro de la jerarquía del gobierno, la gente sigue
compitiendo por dinero, pero ya no deben satisfacer al consumidor para
obtenerlo. Como no hay un concepto objetivo de pérdida y beneficio en las
empresas del gobierno, no hay escala con la que pueda medirse a todos.
Los poderes del gobierno pueden persistir mientras se considere que son únicos, propios
de una sola organización en un territorio concreto. Más allá de esto, no hay
nada en particular que haya que hacer. Por tanto, la mayor ganancia va a
quienes tengan más éxito en expandir el poder gubernamental y dirigirlo en su
propio beneficio.
Para obtener responsabilidad sobre la mayor parte del
presupuesto, burócratas, políticos y cabilderos compiten por el favor de sus
superiores y por la responsabilidad sobre los mayores proyectos. Esto es cierto
en toda la jerarquía, hasta las élites que controlan el presupuesto. Ellas, a
su vez, intentan controlar la mayor porción del presupuesto para tener la mayor
cantidad de subordinados. Todos ganan aumentando el presupuesto global porque
potencialmente hay más dinero disponible.
El resultado de esta forma de competencia es la mentira, la
intimidación, la desigualdad y el despilfarro. El gobierno promueve así el
desorden y la anarquía para crear una aparente necesidad de mayor intervención.
Luchando en guerras, creando mercados negros e interfiriendo en la economía,
incita como puede al caos echando la culpa a fuentes externas.
Se incita a la gente a creer que éste es el estado natural
de las cosas. La propaganda del gobierno atrae la atención hacia los problemas
y los hace parecer tan temibles como sea posible. Una vez que el gobierno
controla las escuelas, enseña una historia falsa presentándose como el salvador
de la sociedad. El gobierno promueve teorías que hacen que su poder parezca
inevitable y deseable, como son las teorías de Hobbes, Marx y Keynes. El peso
de todo este complejo sistema de fraude acaba convenciendo a la gente para
someterse cada vez más al control del estado.
La competencia dentro de la burocracia gubernamental o entre
individuos privados por el dinero del gobierno, empeora necesariamente estos
problemas. El que una organización se haga más o menos competitiva no cambia la
naturaleza de la competencia, por tanto, aumentar la competencia del gobierno
sólo hará su maldad más eficaz e insidiosa. Como dice Hoppe “la competencia en
la producción de bienes es buena, pero la libre competencia en la producción de
malos no lo es”.
Mucho de los que tienen alguna comprensión sobre los
beneficios del libre mercado han quedado bajo la impresión de que la
competencia es beneficiosa sin importar qué forma tome y, por tanto, proponen
traer más competencia a la burocracia gubernamental sin alterar los poderes
monopolísticos del gobierno. En lugar de insistir en que los impuestos deben
ser voluntarios y que debe permitirse a otros competir para ofrecer servicios
públicos, defienden la expansión del estado en una especie de pseudomercado.
Es lo que pasa, por ejemplo, con el sistema de cheques
escolares. Como bajo este sistema las escuelas compiten por el dinero del
estado, aunque lo reciban por una ruta indirecta, tiene los mismos incentivos
que cualquier departamento del gobierno y pronto se dedicarán a servir al
crecimiento del estado, al igual que cualquier otro beneficiario del dinero de
los impuestos.
Subvencionar un sector es cambiar las circunstancias bajo
las que prospera. Ya no debe satisfacer al consumidor. Sino promover el
agrandamiento de los burócratas al cargo de su proyecto. Sin embargo, se sigue
viendo a la industria como representativa del libre mercado, en lugar de ora
rama del gobierno, así que cuando fracasa debido a los problemas de la
planificación central, el gobierno puede sencillamente echar la culpa de su
fracaso al libre mercado.
Conclusión
El concepto de competencia es una herramienta traicionera
para usarla en nombre de la libertad. La competencia es tanto una
característica de la burocracia estatal como del mercado, pero su efecto es muy
diferente en cada contexto. Aunque he tratado de mostrar en este artículo cómo
pueden evitarse que las discusiones sobre la competencia sean equívocas, puede
que a menudo sea mejor destacar más bien la cooperación del mercado,
pues ésta es la característica más fundamental de un orden capitalista y eso es
lo que promueve la competencia en el libre mercado.
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Daniel Krawisz es estudiante de física en la Universidad de Texas,
en Austin. Escribe en el blog libertarianlonghorns.com.