El problema de la reforma

Por Christopher Westley. (Publicado el 9 de abril de 2010)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4225.

[Common Sense School Reform • Frederick M. Hess • Nueva York: Palgrave Macmillan, 2004]

[Esta crítica apareció originalmente en Journal of School Choice, Septiembre de 2008, 2(3), pp. 351–354]

 

En los debates sobre el cálculo socialista de la década de 1930, cuando los economistas del libre mercado y antimercado discutían acerca de la viabilidad del socialismo, los socialistas Oscar Lange, de la Universidad de Chicago, y Fred Taylor, de la Universidad de Michigan, presentaron un argumento de dos elementos que parecía ganador. Argumentaron que aunque las economías socializadas no tenían precios de mercado, que aportaban información esencial relativa a las condiciones del mercado, preferencias de los consumidores y eficiencia de los recursos, los socialistas podían simplemente cargar los precios que se observaran en las economías de mercado. De esta forma, podrían construir economías que igualaran los resultados económicos del capitalismo liberal. (El futuro premio Nobel Friedrich Hayek respondió que dadas las complejidades requeridas por un sistema cerrado para replicar el mercado, ¿por qué no sencillamente permitir uno?)

Lange en particular argumentaba que la falta de precios eficientes era simplemente un problema a corto plazo y que dados los inevitables avances en la tecnología informática, esos precios acabarían por ser producidos en el socialismo. Recolectando tantos datos económicos relevantes como fuera posible y usándolos inteligentemente, el socialismo acabaría funcionando y al menos igualando los resultados del mercado sin los motivos del propio interés o el beneficio.

No puedo sino pensar en las tesis de Lange y Taylor al leer el serio e informativo Common Sense School Reform, de Frederick M. Hess. El objetivo de Hess es reformar y mejorar la educación pública e igual que Lange y Taylor, sus puntos de referencia son las prácticas y patrones que prosperan en las distintas formas de educación que operan en buena medida fuera de los controles del sector y la financiación públicos. Hess divide a los reformistas en dos grupos. Los reformadores del status quo son aquellos educadores que promueven reformas que, aun siendo valiosas, no amenazan la estructura institucional básica de la educación pública. Por el contrario, los reformadores del sentido común proponen prácticas que amenazan esta estructura animando a la competencia que favorece la mejora de las escuelas públicas de bajo rendimiento, rebajan la hiperburocratización, eliminan obstáculos para contratar a profesores de calidad y ajustan las escalas salariales para favorecer a los profesores de calidad, entre otras cosas.

A pesar de su tono general, tengo la impresión de que a Hess no le interesan las reformas más radicales, como abolir la asistencia obligatoria. Tampoco el interesa desafiar el papel de gobierno federal en la educación, cuyo crecimiento está inversamente relacionado con la calidad de la escuela pública. (Una postura así representa un cambio importante de postura de un director de política educativa en el American Enterprise Institute, donde las llamadas a la abolición de Departamento de Educación fueron una vez la norma).

Más bien Hess quiere empujar al status quo en una dirección de sentido común para restaurar los modelos que existían hace varias décadas. Los lectores que busquen reformas similares a la de John Taylor Gatto, se verán decepcionados. Aún así, esos lectores tendrían que admitir que las sugerencias de reforma de Hess, si se adoptaran, mejorarían mucho la situación de la educación.

El mero hecho de que esas reformas necesiten ser sugeridas habla claro del estado actual de la educación pública. Por ejemplo: Hess pide una “contabilidad severa” en la educación pública en la que los resultados educativos específicos se conviertan en la métrica de si a los profesores (por ejemplo) se les otorgan bonus o mantener su trabajo, requiriendo así revisiones anuales del rendimiento de los alumnos. Como los profesores aportan diferentes ventajas competitivas al aula, esa contabilidad requiere flexibilidad a la hora de implantar planes para lograr estos resultados. Asimismo, los administradores deben encontrar caladeros de talento más allá de los graduados en magisterio (quienes, según documenta Hess, puntúan muy por debajo de la media en los tests de evaluación escolar y de universidades americanas –SAT y ACT–), y esto requiere cambiar los requisitos de licenciamiento.

Las escuelas que pierdan estudiantes deberían perder financiación, mientras que las que los ganen, la ganarían. Debería pagarse más a los buenos profesores que a los malos, debería darse más poder a los directores para eliminar de las aulas a los malos y, en todo caso, no debería haber posesión del puesto para proteger a los malos.

Entretanto, a los estudiantes que no sean competentes en determinadas habilidades o tengan un nivel mínimo de conocimiento no debería permitírseles graduarse. Los planes de pensiones deberían modificarse para permitir la movilidad de los profesores. La gente en general, y no los intereses especiales de la educación, debería determinar la composición de los consejos escolares. Los programas de graduación en magisterio deberían tener unos requisitos de entrada más exigentes, pues muchos (Hess cota un artículo del New York Times de 2001) “virtualmente no tienen requisitos de entrada, salvo la capacidad de los solicitantes de pagar la educación”. Hay que utilizar la tecnología para ayudar a los profesores a optimizar recursos y tiempo. Y así sucesivamente.

Hess asimismo da los nombres de los defensores del satus quo que prefieren centrarse en la autoestima de estudiantes y profesores y arreglárselas para transformar todos los defectos en justificaciones para más financiación.

Entretanto, Hess relata algunos hechos interesantes. Una encuesta de 2002 descubrió que el 75% de los empresarios expresaban serias dudas acerca de las habilidades básicas de los graduados de las escuelas públicas. El 25% de los estudiantes de bachillerato camino de la universidad no pueden dar el nombre del océano que separa a los Estados Unidos de Asia. Esto ocurre a pesar de que la financiación de la educación en Estados Unidos se triplicó de 1960 al 2000. A pesar de la idea generalizada, los salarios de los profesores son realmente bastante altos de media., por encima del salarios medio de los trabajadores a tiempo completo. Citando un importante estudio del economista Richard Vedder, Hess apunta que los profesores ganan por hora más que arquitectos, ingenios civiles e industriales, meteorólogos y astrónomos, fisioterapeutas y filólogos universitarios. Hess cita estudios que muestran que la mayoría de los estadounidenses trabajan un 25% más que el profesor medio, mientras que la escuela de distrito media emplea 40 minutos al año por estudiante recogiendo datos para cumplir con la Ley No Child Left Behind.

Todo esto compone un tratado informativo y bien documentado y escrito. Sin embargo, hay problemas con la tesis de Hess que hacen problemático Common Sense School Reform. La contabilidad y la flexibilidad son clave en las recomendaciones de Hess, con un fuerte apoyo a la elección de escuela. Aquí, tenemos la impresión de que la competencia es aceptable no porque haya un derecho natural propio de los padres a educar a sus hijos como les parezca, sino por el efecto de la competencia en las propias escuelas públicas. Así, la competencia se convierte en una herramienta más en el arsenal de los reformistas del sentido común que el estado se dignaría permitir.

Además, se supone que la competencia tendría un efecto similar en las escuelas al de Federal Express y United Parcel Service (UPS) en el servicio de correos de EEUU. Aún así hoy correos son tan derrochadores e ineficientes como siempre, con millones de personas evitando su uso a toda costa. ¿Por qué debería ser ésta la referencia para las escuelas públicas?

A lo largo de Common Sense School Reform, Hess presenta ejemplos de prácticas del sector privado que deberían adoptarse en las escuelas públicas. Sin embargo, esas comparaciones significan poco cuando las referencias reflejan diferentes marcos institucionales definiendo los sectores públicos y privados. Sí, los malos empleados en el sector privado tienden a perder sus trabajos. Hess puede escribir que debería aplicarse lo mismo a los malos profesores y administradores en las escuelas públicas, pero como las instituciones del sector público se oponen frontalmente a esas prácticas; Hess también puede escribir que las manzanas deberían transformarse en naranjas.

Los problemas de los que evita ocuparse son similares a los aparecidos durante el debate del cálculo socialista. Los resultados del mercado se producen, en parte, porque el intercambio es voluntario, los consumidores son soberanos, los derechos de propiedad se protegen y hay fuertes incentivos para minimizar costes.

Esto contrasta fuertemente con el marco institucional de la educación pública, en la que los contribuyentes están forzados a subvencionar las ineficaces burocracias educativas, los productores de “servicios” educativos son soberanos y existen fuertes incentivos para gastar los presupuestos y así recibir un presupuesto mayor al año siguiente. Si la teoría económica nos enseña algo (especialmente las contribuciones de Ludwig von Mises  sobre la burocracia), los niveles que quiere Hess para la educación pública serán siempre efímeros mientras la educación siga siendo pública.

Lo paradójico del análisis de Hess, por muy popular que sea entre los defensores conservadores del departamento de Educación de EEUU, es que las reformas que propone ya están por todas partes… en los marcados privado y de la educación doméstica. Si las reformas del sentido común son tan evidentemente buenas para los estudiantes, ¿por qué no defender esos merados y reclamar su expansión? Por el contrario, las reformas suenan como una glasnost de la política educativa de un estado-nación moderno y altamente centralizado. Es algo bastante malo, porque resta a las otras admirables cualidades de un libro a pesar de todo recomendable.

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Christpher Westley es investigador adjunto en el Instituto Mises. Enseña en la Escuela de Comercio y Administración de Empresas en la Universidad Estatal de Jacksonville.

Esta crítica apareció originalmente en Journal of School Choice, Septiembre de 2008, 2(3), pp. 351–354.

Published Sun, Apr 11 2010 7:24 PM by euribe