Por Walter Block. (Publicado el 30 de marzo de 2010).
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4209.
[Este artículo es una respuesta a Paul Baer y otros, “Greenhouse
Development Rights: A Proposal for a Fair Global Climate Treaty”, Ethics,
Place & Environment, volumen
12, número 3 (2009)]
No hay una, sino más bien dos escuelas de pensamiento acerca
del medioambiente y sus desafíos. Para tener una mejor nomenclatura, las
calificaré como sandías y ecologistas del libre mercado.
La primera es mucho más conocida que la segunda. En ésta la
solución a todos los problemas que procedan de esta fuente es más intervención
gubernamental en la economía, más planificación central (verde), más
denigración de los derechos de propiedad privada, nuevos descubrimientos de
“fallos del mercado”.
¿Por qué llamarles “sandías”? Porque esta fruta es verde por
fuera, pero roja por dentro. Los partidarios de este sistema son metomentodos:
su “filosofía” consiste en hacer el bien y dar órdenes a quienes les rodean,
controlar propiedades que no les pertenecen, obligando a otros a atender su
última corrección política derivada de quién sabe dónde. Durante un tiempo, un
largo tiempo han uncido su carro intelectual a la filosofía preeminente del
momento, que promovía esos objetivos: el comunismo. Pero después, con al caída
del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la URSS en 1991, el socialismo ya
no podía ajustarse a sus propósitos. Se necesitaba un nuevo vehículo: se eligió
la ecología.
La segunda escuela de pensamiento sobre estar materia es la
ecología del libre mercado (ELM).
Para los partidarios de la primera postura, este nombre es una contradicción en
los términos. En su opinión, el mercado se ve como el enemigo del planeta y su
flora y fauna. Una vez estuve debatiendo con un profesor de biología que
defendía el sandiísmo y cuando mencioné la ELM, empezó a reírse. No era un
truco del debate. Pensaba sinceramente que era algo muy divertido.
La perspectiva de la ELM es que todos los problemas del
medio ambiente derivan o bien de la falta de derechos de propiedad privada o de
la regulación gubernamental del capitalismo de laissez faire o del control
estatal de los recursos. Con libertad económica, todos esos desafíos o bien
desaparecerían inmediatamente o se harían mucho más manejables.
El artículo de Baer es un ejemplo de sandíismo. Así que
mencionemos algunos de sus defectos.
El más evidente es que el artículo habla de “cambio
climático antropogénico” (énfasis añadido). ¿Por qué se puede objetar a esto?
En la década de 1970, los (entonces presandías) críticos del mercado verde
acusaban al sistema capitalista de crear un enfriamiento global. Cuando
la evidencia no parecía apoyar esta acusación, cambiaron el campo y acusaron a
la libre empresa del calentamiento global. Pero cuando se cancelaron
demasiadas conferencias medioambientales debido a la condiciones de
congelación, volvieron a cambiar. Ahora es el cambio climático el
enemigo de todo lo que es santo y bueno, no el enfriamiento ni el
calentamiento.
Bueno ¿qué tiene de malo? Lo que tiene de de malo es que el
veredicto ya existe (el laissez faire daña el medio ambiente), todo lo que
hacen los sandías es cambiar la acusación. Al cambiar del enfriamiento o el
calentamiento a cualquier cambio, los críticos de los negocios y los
beneficios doblan sus posibilidades de éxito. Pero en ello está implícito que
la actual temperatura del planeta es la óptima (si no es así, ¿por qué oponerse
a cualquier cambio?). El único problema es que eso no sólo no ha sido
demostrado, sino que los ecologistas del dirigismo ni siquiera lo consideran
una laguna en su sistema.
Hagamos algunas suposiciones heroicas. El calentamiento
antropogénico global debido a las emisiones de gases de efecto invernadero es
un hecho. Las manchas solares, etc. no son responsables. Hay una temperatura
mundial ideal, de forma que las acciones humanas o bien la exceden o hacen caer
por debajo, y esto será dañino, no beneficioso, en el balance neto.
Sobre esta base Baer y otros consideran dos posturas para
ocuparse de este peligro: primera, “asignar obligaciones a los países industrializados
basándose tanto en su capacidad de pago (riqueza) como en su responsabilidad
por la mayoría de las emisiones previas o, segunda, asignar derechos de emisión
bajo una base (posiblemente modificada) de igualdad por cabeza”.
Pero ignoran una tercera, que está mucho más justificada que
cualquiera de ambas. Pues, según nuestros supuestos, emitir gas constituye, en
realidad, un allanamiento. Y por favor, díganme qué tiene que decir la “equidad”
acerca de cruces no autorizados de límites. Es sencillo: quienes perpetren esas
violaciones de derechos de propiedad, y sólo esos perpetradores, deben
ser llevados a los tribunales. Estoy de acuerdo con su énfasis en los
individuos, no en los grupos, pero la equidad requiere que ignoremos la
capacidad de pago como un criterio para las multas. En su lugar, el culpable
debe pagar, y no el inocente, igual que en el caso de cualquier allanamiento.
Consideremos las violaciones reales, no la “violación” de
Gaia. ¿Consideraríamos justo que la gente fuera condenada igualmente como
violadores? Difícilmente, salvo algunas feminazis que piensan que cualquiera
con un pene es un violador. ¿Sostendríamos la culpabilidad de la gente en las
violaciones basándonos en su riqueza? De nuevo sería difícil propone runa mayor
violación de la justicia. Así que deberíamos ignorar la capacidad de pago como
un criterio para las multas. Más bien, el culpable debe pagar, y no el
inocente, igual que en el caso normal del allanamiento. Además, supongamos que
los pobres realizan más violaciones (reales) que los ricos. ¿Deberíamos “buscar
asegurarnos de que ese [pago por] el régimen climático emergente no empeora las
condiciones de la mayoría de pobres del mundo”?
Por supuesto que no, pues eso constituiría de nuevo una enorme injusticia. La
gente debería ser responsable de sus violaciones de derechos y su riqueza
debería ser, hablando estrictamente, completamente irrelevante.
Otro problema que veo en este artículo es que confunde
“equidad” con “igualdad”, por ejemplo aquí “ocuparse de la desigualdad
dentro de los países ricos asignando los costes de las políticas climáticas
abrumadoramente sobre los más ricos puede ser esencial para obtener el apoyo
para la equidad internacional” (énfasis añadido). Esta es una presunción
habitual, pero repugnante, por parte de nuestros amigos de la Izquierda. Pero
hay un mundo de diferencia entre ellas dos. “Equidad” significa justicia.
“Igualdad” significa que la gente debe ser tratada por igual. El problema es
que esta filosofía no deja espacio moral a los Bill Gates del mundo para tener
más posesiones que cualquier vagabundo borracho, a pesar de las enormes
diferencias en sus contribuciones a nuestra sociedad y civilización por parte
de ambos.
El ejemplo de “Wilt Chamberlain” de Nozick tendría que haber
acabado con esta abominación moral: si redistribuimos el dinero por igual, la
gente seguirá queriendo ver a Wilt hundir el balón en la canasta. Si se le
permite cobrar por esto, la anterior distribución de riqueza se verá deshecha.
Si no, esto demostarría que la “equidad” es incompatible con la libertad. Por
supuesto, siempre podemos adoptar la política del “general apostador” (Vonnegut,
1973). Esto haría a Chamberlain incapaz de hacer gran cosa, no digamos
dedicarse a los deportes, pero aquí la “equidad” se produce a costa de un
escenario que hace que el descrito por Orwell (1961) palidezca.
Hay otra refutación de la “equidad” como “igualdad” mediante
varias reducciones al absurdo: ¿deberían los ciegos tener derecho a uno de los
ojos de la gente normal? La “equidad” obviamente lo requeriría, pero esto
significa arrancar partes del cuerpo. ¿Deberíamos obligar a todo el mundo a
entrar en máquinas, si las tuviéramos, que redistribuyan los cocientes
intelectuales de quienes se considerara que tienen “demasiada” inteligencia a
quienes tuvieran “demasiada poca”? Ésta parecería una implicación lógica de la
“equidad” y aún así nuestro sentido de la justicia retrocede con horror ante un
escenario así.
Las limitaciones de espacio sólo permiten una última
dificultad. Desde la perspectiva de la ELM, la justificación de la distribución
inicial de los derechos de propiedad es la ocupación. (Si el aeropuerto estaba
antes, ocupa los derechos sobre el ruido, en otro caso debe comprarlos a los
ocupantes previos). Pero el mismo criterio se aplica a cualquier otro tipo de
contaminación, como las partículas de polvo o, en nuestro caso actual, las
“emisiones de gases de efecto invernadero”. Simplemente no hay reconocimiento
alguno en Baer de que este tipo de actividad esté justificada, al menos
para algunos. Y no sólo algunos. Todos contribuimos al calentamiento
global antropogénico al exhalar dióxido de carbono. En la ELM esto puede
justificarse basándose en la ocupación: nuestros ancestros exhalaban y nos
dejaron ese derecho. Cómo pueden responder a esta cuestión los sandías es algo
que no está claro, por decirlo suavemente.
Referencias
Nozick, R. Anarchy,
State & Utopia. Basic Books, Nueva York (1974).
Orwell,
George. 1984. Destino (2009)
Rawls,
John. A Theory of Justice, Cambridge: Harvard University Press (1971).
Rothbard,
Murray N. “Law, Property Rights, and Air
Pollution” Cato Journal, Vol. 2, Nº 1 (1982), Primavera; reimpreso
en Economics and the Environment: A Reconciliation, Walter Block, ed., Vancouver: The Fraser Institute, 1990, pp.
233–279.
Saliba,
Michael, Nick Capaldi y Walter Block. “Justice:
Plain Old, and Distributive; Rejoinder to Charles Taylor”. Human Rights
Review, Vol. 8, Nº 3 (2007), pp. 229–247, Abril.
Taylor,
Charles. “The Nature and Scope of Distributive Justice” Philosophy and the
Social Sciences: Philosophical Papers 2. Cambridge: Cambridge University Press (1985), pp. 289–317.
Vonnegut,
Kurt. “Harrison
Bergeron”, Welcome to the Monkey House, Nueva York: Dell (1973).
--------------------------------------------------
Walter Block es investigador eminente Harold E. Wirth,
catedrático de economía en la Universidad de Loyola, investigador senior del
Instituto Mises y columnista habitual para LewRockwell.com.