Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 25 de marzo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4162.
[Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
Hugonotes radicales
Calvino empezó su propia Reforma después de Lutero, pero se
extendió rápidamente por Europa occidental, triunfando no sólo en Suiza sino,
lo que es más importante, en Holanda, el principal centro comercial y
financiero de Europa en el siglo XVII, y estuvo a un pelo de dominar Gran
Bretaña y Francia. En Gran Bretaña, el calvinismo conquistó Escocia bajo la
forma de la Iglesia Presbiteriana y el Puritanismo Calvinista muy influenciado
por la Iglesia Anglicana y casi conquistó Inglaterra a mediados del siglo XVII.
Francia se vio sumida en varias guerras
político-religiosas durante las cuatro últimas décadas del siglo XVI y los
calvinistas, conocidos como hugonotes, no estuvieron lejos de triunfar allí. Aunque
no convirtieron a más del 5% de la población, los hugonotes eran extremadamente
influyentes en la nobleza y en los bolsillos de la Francia de norte y el
suroeste.
Tanto Juan Calvino como Lutero predicaron la doctrina de la
obediencia absoluta y la no resistencia al gobierno debidamente constituido,
independientemente de lo malvados que puedan ser los gobernantes. Pero los
batalladores seguidores de Calvino, al disfrutar de aspiraciones a imponerse a
sus gobernantes no calvinistas, desarrollaron justificaciones para la
resistencia ante gobernantes malvados. Ésta se planteó por primera vez en la
década de 1550 por los “exiliados marianos” ingleses en Suiza y Alemania
durante el reinado de la última monarca católica en Inglaterra, la reina María.
Esta tradición radical, incluyendo el derecho del pueblo al tiranicidio, fue
asumida por los hugonotes en las siguientes décadas.
Estimulados por el horror de la matanza de San Bartolomé en
1572, los hugonotes pronto desarrollaron teorías libertarias de resistencia
radical contra la tiranía de la Corona. Algunos de los escritos más notables
fueron Francogallia, del jurista François Hotman (1524-1590), escrita a
finales de la década de 1560 pero publicada por primera vez en 1573; los
anónimos Discursos Políticos (1574) y la obre cumbre, a finales de la
década de 1570, de (1549-1623), Vindiciae Contra Tyrannos (1579). En
particular, los Discursos Políticos defendían el tiranicidio, atacando
ácidamente a los “llamados teólogos y predicadores” que afirmaban que nadie
podía legalmente matar a un tirano “sin una revelación especial de Dios”. Sin
embargo, los demás escritores hugonotes fueron mucho más cautelosos en este
espinoso asunto.
Además, tres décadas antes que el escolástico radical Juan
de Mariana, los hugonotes avanzaron una teoría pre-lockeana de la soberanía
popular. En particular, Hotman advirtió que una transferencia del pueblote su
derecho a mandar sobre el rey no puede en modo alguno ser permanente o
irrevocable. Por el contrario, le pueblo y sus cuerpos representativos tienen
derecho a la continua supervisión del rey, así como a quitarle el poder en
cualquier momento. No sólo eso, sino que se suponía que los Estados generales
tenían un poder continuo de gobernar todos los días. Hotman obtuvo la
aceptación general de los hugonotes de este nuevo credo al exponerlo en
palabras originales de Juan Calvino, con una doctrina política bastante
opuesta.
Pero el argumento de Hotman del gobierno popular original
era estrictamente histórico y los contraataques de los escritores realistas
pronto llenaron de grandes distorsiones la explicación de la historia. Era
necesario que los hugonotes abandonaran el consejo calvinista original de
obediencia civil total y construir una teoría iusnaturalista de la soberanía
original del pueblo, previa a la transferencia consensual al gobierno del rey.
En resumen, los hugonotes tuvieron que redescubrir y reapropiarse de la
tradición escolástica de sus odiados oponentes católicos. Así, en contraste con
el estilo predicador y el énfasis en la voluntad divina de los exiliados
marianos, Mornay y otros hugonotes escribieron en un estilo lógico escolástico
y se referían explícitamente a Aquino
y a los codificadores de la ley romana.
En resumen, como escribe el Profesor Skinner, no hubo una
“teoría calvinista de la revolución” en el siglo XVI. Paradójicamente, los
calvinistas franceses fueron pioneros en el desarrollo de una teoría
revolucionaria del gobierno popular basándose en la tradición de la ley natural
de sus adversarios católicos.
Además, los escoláticos occamitas en París (como Juan Gerson
a principios del siglo XV y el inglés John Major a principio del XVI) fueron
concretamente pioneros del concepto de soberanía que siempre es inherente al
pueblo y que por tanto éste puede recuperar del rey en cualquier momento.
Uno de los efectos perniciosos en la explicación de la ética
protestante (realmente calvinista) de Max Weber como creadora de capitalismo ya
se ha visto: la ignorancia del auge real del capitalismo en la Italia católica,
así como en Amberes y el sur de Alemania. Otra falacia weberiana asociada es la
idea del calvinismo como “moderno” y revolucionario, como creador del
pensamiento político radical y democrático. Pero hemos visto que el pensamiento
político calvinista y protestante era originalmente estatista y absolutista. El
calvinismo sólo se hizo revolucionario y antitiránico bajo la presión de
oponerse a regímenes católicos, lo que llevó a los calvinistas de vuelta a los temas
de la ley natural y la soberanía popular del pensamiento escolástico católico.
Una tendencia importante en la soberanía popular fue
desarrollada por Teodoro de Beza (1519-1605), el principal discípulo de Calvino
y su sucesor en Ginebra. El gran
Beza, influido por Hotman, publicó Du droit des Magistrats sur leurs sujets
en 1574. Beza insistía en que la ley natural rebelaba que el pueblo lógica
y temporalmente precedía a sus dirigentes, por lo que el poder político se
originaba en el cuerpo del pueblo. Es “evidente por sí mismo”, decía Beza, que “los
pueblos no derivan de sus dirigentes” no son creados por éstos. Por tanto el
pueblo decidió originalmente transferir los poderes de gobierno a los
gobernantes. Un influyente panfleto radical hugonote, El despertador (Le
Reveille Matin) (1574) repetía el argumento de Beza. (Probablemente El
despertador lo escribía el eminente jurista francés Hugo Donellus). El
hombre no podía estar naturalmente sometido, apuntaba El despertador, pues
“existieron en todas partes asambleas y grupos de hombres antes de la creación
de los reyes” e “incluso hoy es posible encontrar un pueblo sin magistrado pero
nunca un magistrado sin pueblo”. Si el hombre no ha de ser naturalmente libre,
sino esclavo, debemos concluir absurdamente que “el pueblo debe haber sido
creado por sus magistrados”, cuado es obvio, por el contrario, que “los
magistrados son siempre creados por el pueblo”.
Como es habitual Philippe du Plessis Mornay resumió la
posición con aguda claridad. “Nadie”, observó, “es rey por naturaleza” y, además,
apunta en particular que “un rey no puede gobernar sin el pueblo, mientras que
un pueblo puede gobernarse sin un rey”. Por tanto, es evidente que el pueblo
debe haber precedido la existencia de los reyes o las leyes positivas y que
luego éste se somete a su dominio. Por tanto, la condición natural del hombre
debe ser la libertad y debemos tener libertad como derecho natural, un derecho
que nunca puede eliminarse justificadamente. Tal y como lo expresó Mornay todos
somos “libres por naturaleza, nacidos para odiar la servidumbre y deseosos de
mandar en lugar de rendir obediencia”. Además, continuando con este análisis
protolockeano, el pueblo debe haberse sometido al poder gubernamental para
promover su bienestar.
Siguiendo a John Major, Mornay tenía claro que el tipo de
bienestar que el pueblo esperaba al establecer el gobierno era proteger sus
derechos individuales naturales. Para Mornay, como para Major, un “derecho”
sobre algo era ser libre de tenerlo y disponer de ello, es decir un derecho
sobre el objeto como propiedad. El pueblo retiene esos derechos cuando
establece estructuras políticas, que crean voluntariamente con el fin de
asegurar una mayor seguridad para su propiedad. Estos derechos de propiedad incluyen
el derecho natural de cada uno a su propia persona y sus libertades. Se espera
que los gobiernos mantengan estos derechos, pero a menudo se convierten en los
principales transgresores. Mornay tuvo cuidado de apuntar que el pueblo, al
establecer gobiernos, no podía renunciar a su soberanía. Por el contrario,
siempre “se mantiene en la posición de propietario” de su soberanía, que
simplemente delega en el gobernante. Por tanto “todo” el pueblo continúa siendo
“mayor que el rey y está por encima de él”.
Por otro lado, Mornay y los demás hugonotes se veían
obligados a contener su radicalismo revolucionario. Primero, dejaron claro, de
una forma completamente coherente con su opinión de que todo el pueblo retiene
su soberanía, que el “pueblo” no es realmente el pueblo como un todo sino sus “representantes”
en las magistraturas y los Estados generales. El pueblo necesariamente ha “cedido
su espada” a estas instituciones y por tanto “cuando hablamos del pueblo colectivamente,
no referimos a quienes reciben autoridad del pueblo, es decir, los magistrados
bajo el rey (…)
la asamblea de los Estados”. Además, en la práctica, estos
supuestos representantes mantienen en sus manos el poder de aplicar las
promesas del rey, pues el poder de obligar es propiedad de “las autoridades que
tienen en sí el poder del pueblo”.
Además, de acuerdo con los hugonotes, el derecho soberano sólo
está en el pueblo como un todo y no en ningún individuo, así que el tiranicidio
por parte de una persona no es nunca admisible. El pueblo como un todo está por
encima del rey, pero el rey está por encima de cualquier individuo aislado. Más
en concreto, como la soberanía reside en las instituciones de asambleas o
magistraturas constituidas adecuadamente, sólo estas instituciones que encarnan
el poder soberano del pueblo pueden realmente resistirse a la tiranía del rey.
En unos pocos años, la rebelión de los holandeses contra el
poder de España llegó a un clímax en 1580-81. Un panfleto anónimo calvinista, Una
verdadera advertencia, apareció en Amberes en 1581 afirmando que “Dios ha creado
libres a los hombres” y que el único poder sobre los hombres es el que ellos
mismos hayan otorgado. Si el rey rompe las condiciones de este gobierno,
entonces los representantes del pueblo tienen el derecho y la obligación de
deponerle y “recuperar sus derechos originales”. El líder de la rebelión
holandesa, Guillermo de Orange, adoptó la misma opinión en estos mismos años,
tanto en su propia Apología presentada a los Estados Generales al final
de 1580 y en el oficial Edicto de los Estados Generales publicado el
siguiente julio. (Deberíamos advertir que la Apología fue en buena parte
escrita por Mornay y otros asesores hugonotes). El Edicto declaraba que
el rey de España había “perdido el derecho a su soberanía y que los Países
Bajos habían acabado viéndose obligados, “de acuerdo con la ley de la
naturaleza” a ejercitar su incuestionable derecho a resistir a la tiranía y a “perseguir
los medios” necesarios para garantizar sus “derechos, privilegios y libertades”.
Liga y politiques
Aunque los monarcómacas hugonotes han
sido estudiados mucho más extensamente que sus oponentes católicos de finales
del siglo XVI, estos últimos son un grupo interesante y olvidado. Después del
ascenso al trono del rey Enrique III en 1574, empezó a quedar claro que los
hugonotes ya no estaban en peligro de aniquilación y que, por el contrario,
parecía que Enrique era tolerante con los protestantes. Esta tolerancia se
convirtió en un problema agudo para los católicos de Francia en 1584, cuando la
muerte del heredero al trono, el Duque de Alençon, puso en la primera línea de
sucesión a Enrique de Navarra, un calvinista declarado. Esta amenaza hizo
aparecer la Liga Católica, especialmente en París, entonces corazón del
catolicismo francés. La liga, encabezada en toda Francia por el Duque de Guisa,
se rebelo contra Enrique y le expulsó de París. Como hemos visto, el
traicionero asesinato del Duque de Guisa y su hermano el cardenal durante una
paz acordada llevó a un impresionante acto de tiranicidio, en el que el joven
sacerdote dominico, Jacques Clement, vengó el 1 de agosto de 1589 a los Guisa,
asesinando a Enrique III.
Bajo la Liga Católica, París fue gobernado por un consejo de
16, apoyado por las clases medias, profesionales y hombres de negocios, y
fervientemente por casi todos los sacerdotes y curés de la ciudad. El más
radical de los pensadores de la Liga, que floreció durante las décadas de 1580
y 1590, fue un destacado abogado, François LeBreton, quien, en su Protesta
al Tercer Estado (1586) atacaba duramente al rey por hipócrita, defendía
una república francesa y pedía una revolución y una guerra civil para
alcanzarla. LeBreton fue ejecutado de inmediato por el Parlement, el órgano
judicial supremo de Francia.
La rebelión de la Liga Católica, que culminó en la revuelta
de París y otras partes de Francia, no sólo se produjo por la preocupación por
la posible imposición de una fe hugonote de una minoría sobre los católicos
franceses. Las quejas de la Liga eran políticas y económicas además de
religiosas. Enrique III, el último rey Valois había impuesto a su país una
enorme cantidad de saqueos, una carga fiscal muy alta y grandes cantidades de
gastos, oficinas y subsidios. Los enormes impuestos gravaron especialmente a
los ciudadanos de Paris.
Pero el acto del Padre Clement, aunque heroico, resultó en último
término contraproducente. Pues el primer Borbón, Enrique de Navarra, asumió el
trono como Enrique IV. Dándose cuenta de que difícilmente podía seguir siendo
hugonote y gobernar Francia, Enrique, tras cuatro años de guerra, se convirtió
al catolicismo, supuestamente explicando, en una frase probablemente apócrifa,
que “París bien vale una misa”. Enrique IV había ganado. Con la llegada del
nuevo rey Borbón vino el gobierno de los católicos centristas o “moderados”,
los politiques (“los políticos”).
El cómo calificar a Enrique IV y los politiques “moderados”
depende de la perspectiva de cada uno. Como laicos y hombres de poca fe, es
verdad que los politiques no estaban interesados en asesinar hugonotes y
estaban ansiosos por acabar con el conflicto religioso tan pronto como fuera
posible. Enrique lo hizo en su decreto de tolerancia, el Edicto de Nantes en
1598. En ese sentido, los politiques estaban “en el punto medio” entre los
dos extremos religiosos: los hugonotes y los miembros de la Liga Católica. Y
esa es la luz bajo la que la mayoría de los historiadores les han estudiado.
Pero en otro sentido importante, los politiques no eran “moderados” en absoluto.
Pues eran verdaderamente extremistas en desear dar todo el poder al estado
absoluto y a su encarnación en el rey de Francia. Al triunfar sobre ambos “extremos”,
Enrique IV y los politiques no
tuvieron la menor consideración para con los únicos dos grupos que habían
reclamado resistir contra la tiranía real. La victoria de Enrique también
significó el fin de la resistencia francesa ante el absolutismo real. Un
gobierno despótico ilimitado por parte de los borbones iba a ser la suerte de Francia
durante dos siglos, hasta que llegó a un final violento con la Revolución Francesa.
Realmente fue un alto precio por la concordia religiosa, especialmente porque
Luis XIV (el “Rey Sol”, encarnación del despotismo real francés) revocó el
Edicto de Nantes en 1685 y por tanto expulsó a muchos hugonotes de Francia. A
largo plazo, la “paz” religiosa de la “moderación” absolutista resulto ser la
paz de los cementerios para muchos hugonotes.
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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este artículo está
extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith