Por Jonathan
M. Finegold Catalán. (Publicado el 11 de marzo de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4165.
Recientemente tuve un accidente en el que estrellé la parte
frontal de mi Chrysler (el hecho de que fuera un Chrysler es un consuelo, así
que no fue una gran pérdida). Me quedé sentado uno o dos minutos tratando de
entender qué había pasado. Por fin, salí de mi coche para hablar con el
conductor del camión al que había golpeado. Mientras rellenaba el parte de
accidente y hablaba con mi compañía, no podía dejar de examinar mi experiencia
a través de las lentes de la economía austriaca y el libre mercado.
Estaba pensando en cuánto me iba a acabar costando este
accidente. Aunque mi seguro cubriría el daño al camión, mi coche estaba en
siniestro total. Asimismo, mis primas de seguro estaban condenadas a aumentar,
lo que me costaría cientos de dólares más cada año.
Si fuera un acérrimo y entregado partidario del gobierno, reclamaría
que Obama estableciera algún tipo de programa de cobertura para jóvenes
estudiantes como yo que se ocupara de los accidentes de automóvil. Tiene
sentido ¿no? El gobierno paga al menos parte de nuestra escolaridad y nuestra
vivienda y, si eres lo bastante necesitado, incluso paga tus gastos
“necesarios” diarios. ¡Ya es hora de que el gobierno actúe y ayude a los
indefensos estudiantes universitarios a pagar estos percances!
Por mucho que me beneficie este servicio “gratuito” (a costa
de otros contribuyentes), lo cierto es que los programas de seguro social y
bienestar no benefician a la economía (o al receptor) a largo plazo. El
estado del bienestar ha erosionado el concepto de responsabilidad personal y en
los sectores afectados ha reemplazado el libre mercado por un sistema económico
centralizado que genera costes más altos y peor calidad. El estado del
bienestar consigue justamente lo contrario de lo que pretende hacer. Es la
ruina del bienestar general de la sociedad.
El estado del bienestar tiene un alarga historia en Estados
Unidos (ver Origins of the Welfare
State, de Murray N. Rothbard). Podemos remontarnos hasta los inicios
del siglo XIX y quienes conozcan bien el asunto probablemente podrían
remontarse aún más. El movimiento progresista o el movimiento social de “centro
izquierda” empezaron a impulsar la expansión del estado de bienestar a
principios del siglo XX. El estado de bienestar moderno en Estados Unidos nació
con el New Deal de Franklin Roosevelt. Muchos de nuestros actuales programas de
seguro social, como la seguridad social, se fundaron en esa época.
Desde entonces ha habido varias generaciones que no han
conocido más que el estado de bienestar. La época de inculcar las virtudes de
la responsabilidad parece ir desapareciendo y las nuevas generaciones van
prestando atención al “apoyo gubernamental”. La nueva cultura se ha
desarrollado más sobre el “derecho” a tener oportunidades a nuestra disposición
que al derecho a crearnos oportunidades.
La vieja cultura se ha visto arrastrada por la marea de la
interferencia del gobierno y el bienestar. La idea de la responsabilidad propia
se está eliminando por los llamados “progresistas” que creen injusto luchar. En
su lugar, piden una sociedad en que todo sea gratis y abundante. Los defensores
de esta sociedad utópica e igualitaria son los mismos individuos que consideran
al gobierno una fuerza omnipotente capaz de ofrecer esos servicios sin externalidades
negativas.
Pocos se han detenido a considerar los argumentos morales y
económicos contra el bienestar y el igualitarismo patrocinado por el gobierno.
Incluso parece como si el concepto de responsabilidad hubiera desaparecido
completamente de sus mentes.
Si hay gente que recibe dinero por su escolarización o
personas cuyas facturas médicas por fracturas y otros accidentes evitables
están completamente pagadas por el gobierno, entonces tengo derecho a que
también me paguen mi seguro de automóvil y gastos de accidentes. Después de
todo, hay millonarios que conducen coches caros y yo corro el riesgo de no
pode conducir en absoluto pues apenas
tengo suficiente como para pagar los costes básicos asociados a
conducir. ¿Por qué no me merezco sus lujos?
Moralidad dudosa
¿Qué derechos morales pueden alegar los pobres sobre la
propiedad de los que tienen mucho? Si un hombre tiene diez automóviles y yo
ninguno, ¿tengo derecho a reclamar como mío uno de esos diez automóviles? ¿Está
justificado el gobierno a redistribuir por la fuerza un automóvil para
(aparentemente) aumentar mi nivel de vida?
¿Tienen los ricos una responsabilidad moral de dar a los
pobres lo que de otro modo éstos tendrían que ganarse? Y sea seguridad o sanidad o nuestro exagerado
ejemplo, el seguro universal de automóviles, la moralidad de la redistribución
forzosa de la propiedad es como mínimo dudosa.
La idea de fondo es que el sistema tributario es un robo.
Consiste en que una entidad (el gobierno) o un individuo (el recaudador de impuestos)
expropia por la fuerza la propiedad de otro. La recaudación “voluntaria”
de impuestos no es más que un oxímoron:
“Aunque la Agencia Tributaria
presume de un sistema de ‘cumplimiento voluntario’ de recaudación de impuestos,
el hecho es que la tributación se hace a punta de pistola. Si elegimos no pagar
(por cualquier razón) hombres armados no detendrán y nos mandarán a la fuerza a
la cárcel. Si resistimos, se usará violencia. Esto no es ‘cumplimiento
voluntario’. Es robo”.
La defensa de los impuestos a menudo se basa en el argumento
utilitarista de que es necesario un cierto grado de redistribución par el bien
de la sociedad en general. El propio análisis está viciado dado que mientras
que el receptor de capital redistribuido es temporalmente más rico, el
propietario original es ahora más pobre. Aún más importante es que se
reduce el incentivo para invertir, lo que hace a la sociedad en conjunto
más pobre a largo plazo.
Si aplicamos esta defensa al seguro universal de
automóviles, entonces los receptores del susodicho seguro serían más ricos en
ese importe y los que tengan que pagarlos más pobres en la misma cantidad.
Además, un aumento en la riqueza de una persona a costa de otra supone que
todos los demás factores permanecen igual, lo que sencillamente no es cierto.
El seguro universal de automóviles haría más pobre a la sociedad en conjunto de
lo que sería en otro caso. Lo mismo es cierto para la sanidad universal y otros
programas de seguro social.
Es simplemente mala economía
El alegato empresarial y moral contra los programas,
como nuestro hipotético seguro universal
de automóviles, ya se ha realizado. Sin embargo una perdida empresarial no es la
única pérdida económica que genera una monopolización forzosa de un sector.
Menos abstractas que las relaciones entre libertad, derechos de propiedad y
crecimiento económico, son las consecuencias negativas directas de los
monopolios que generan los sistemas de seguro público:
- Aumento
de los costes
- Oportunidades
para un aumento infinito de la cantidad demandada
- Incentivos
para reducir la calidad
Imaginemos un sistema público de seguros de automóviles
ideado pro el gobierno para cubrir “necesidades esenciales relacionadas con el
automóvil”. El gobierno podría cubrir los daños por colisiones y las revisiones
de mantenimiento y, si eres una persona realmente necesitada, podrías pedir
cobertura para piezas necesarias cuando se averíen (sólo si se cumplen los
requisitos necesarios de renta, por supuesto). Si tenemos que creer al
gobierno, todo esto podría lograrse con un paquete asequible de 800 millones de
dólares (no preocuparse, la Reserva Federal puede simplemente “prestar” el
dinero al estado).
Sin embargo, la verdad es que un programa de seguro
monopolístico es cualquier cosa menos asequible.
Las compañías de seguro, en un mercado libre, funcionan
mediante competencia. Compiten por ofrecer mejores precios o mejores servicios
a sus clientes. Con el tiempo, las distintas empresas ideas distintas formas de
rebajar los costes de producción, permitiéndoles ofrecer precios más bajos a
sus clientes y seguir manteniendo márgenes de beneficio. Lo hacen para obtener
mayor porción del mercado y así ganar más dinero.
En un monopolio organizado por el gobierno esto deja de ser
verdad. Las compañías de seguro ya no compiten por los múltiples clientes, sino
sólo por uno: a esto se le llama un monopsonio. La cantidad de compañías
de seguros para elegir decae rápidamente. Primero algunas empresas se
convierten de inmediato en no rentables, dado que si fracasan en contratar
rápidamente con el gobierno ya no perciben ingresos. Segundo, las aseguradoras
tienen que ser capaces de cumplir con ciertos requisitos fijados por el
gobierno. Limitar la cantidad de suministradores aumenta los precios, pues hay
menos compradores compitiendo entre sí. Tercero, una vez ofrecidos los
contratos, quienes no los hayan conseguido dejarán de existir y así se crearía
un monopolio legal. Sin competidores potenciales, estas empresas pueden ahora
aumentar los precios prácticamente a voluntad.
¿Cuál es el peligro de tener un accidente (salvo en lo que
afecta a la salud, por supuesto)? Lo que produce unos costes más altos de
seguro en un mercado libre (y por tanto sirve de incentivo negativo para
conducir con cuidado) es gratis en un mundo de cobertura universal.
Aumentar los costes no es lo mismo que aumentar la calidad.
Aunque el gobierno pueda invertir en programas de investigación para desarrollar
mejores automóviles que duren más tiempo, las propias aseguradoras trabajarán
por bajar los costes de producción con el fin de obtener mayores márgenes de
beneficio. Cuando el único cliente es el gobierno, las aseguradoras no tienen
ningún incentivo para mantener su clientela ofreciendo mejores servicios o
rebajando costes. Pasará justamente lo contrario. A largo plazo, los monopolios
patrocinados por el gobierno tienden a hacerse más caros y acaban siendo
físicamente insostenibles, al tiempo que disminuye su calidad. Así que un
programa de seguro universal de automóviles está condenado al fracaso.
Las virtudes de la responsabilidad
El sector de los seguros sólo puede funcionar en beneficio
de todos si opera en un mercado abierto. Las aseguradoras deben competir por
los clientes, mientras que el cliente debe tener la responsabilidad fiscal de
sus acciones. Hacer al individuo responsable incentiva costes más bajos. De eso
se deduce lógicamente que el gobierno no debería interferir en el mercado impidiendo
a ciertos suministradores a entrar o transfiriendo la responsabilidad del
consumidor al estado. Estas distorsiones causan escaseces de cobertura,
haciendo más pobres a que quienes sufren las consecuencias de esas
distorsiones.
El concepto de seguro universal de Vehículos es
completamente tonto. Pero es un gran ejemplo de por qué los programas de seguro
social acaban fracasando a largo plazo. Las “regulaciones” propias del libre
mercado que en definitiva benefician al consumidor simplemente no existen fuera
un mercado libre, porque el gobierno ha anulado en la práctica su relevancia.
Poca gente cree que un seguro universal de automóviles sería
viable. Sin embargo, quienes estén de acuerdo con el argumento aquí presentado
deben aceptar su aplicación a otros programas de seguro social. Esto incluye el
mercado de los seguros de salud. Un monopolio del gobierno en la sanidad
sufriría por los mismos factores que un monopolio en el seguro de automóviles.
El lapso en la lógica se produce cuando la emoción domina a
la razón. Hay un impulso utilitarista al apoyar una medida que afirma
proporcionar a todos los medios para “garantizar” su salud. Pero cuando miramos
bajo la superficie del asunto, vemos que no hay nada menos utilitarista que un
sistema universal de salud.
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Jonathan Finegold Catalán es licenciado en economía y
ciencias políticas en la Universidad Estatal de San Diego. Escribe en el blog economicthought.net.