Por Harry Elmer Barnes. (Publicado el 17 de febrero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4119.
[Capítulo 1 de Perpetual War for Perpetual Peace,
1953]
La Primera Guerra Mundial y la intervención estadounidense
en ella marcaron un ominoso momento decisivo en la historia de los Estados
Unidos y el mundo. Quienes pueden recordar “los buenos tiempos” antes de 1914
inevitablemente vuelven a esos tiempos con una muy definida y justificada
sensación de nostalgia. No había impuesto de la renta antes de 1913 y lo que se
recaudó en los primeros días después de que se adoptara la enmienda fue poco
más que simbólico. Todos los impuestos eran relativamente bajos. Sólo teníamos
una deuda nacional simbólica de alrededor de 1.000 millones de dólares, que
podían liquidarse en un año sin causar ni una alteración en las finanzas
nacionales. El presupuesto federal total en 1913 era de 724.512.000 dólares,
alrededor de un 1% del astronómico presupuesto actual.
El nuestro era un país liberal en el que había poca o
ninguna caza de brujas y pocos de los síntomas y acciones del estado policial
que se ha venido desarrollando aquí tan drásticamente en la última década.
Nunca hasta nuestra intervención en la Primera Guerra Mundial ha habido tales
invasiones a las libertades individuales que reclamen la formación de grupos y
organizaciones especiales para proteger nuestros derechos civiles. Todavía
podía confiarse en la Corte Suprema para conservar la Constitución y
salvaguardar las libertades civiles de los ciudadanos individuales.
También el liberalismo era dominante en Europa Occidental.
El Partido Liberal gobernó Inglaterra de 1905 a 1914. Francia se había
recuperado del golpe reaccionario del caso Dreyfuss, había separado iglesia y
estado y había aparentemente establecido la Tercera República con una razonable
estabilidad sobre una base democrática y liberal. Incluso la Alemania de los
Hohezollern disfrutaba de las libertades civiles usuales, tenía fuertes
restricciones constitucionales a la tiranía del ejecutivo y había establecido
un sistema funcional de gobierno parlamentario. Los expertos en la historia de
Austria-Hungría han venido proclamando recientemente que la vida en la
Monarquía Dual tras el cambio de siglo marcó el periodo más feliz en la
experiencia de los pueblos allí agrupados.
Los ilustrados ciudadanos del mundo occidental estaban
entonces llenos de una fuerte esperanza en un brillante futuro para la
humanidad. Se creía que la teoría del progreso había sido perfectamente
confirmada por los acontecimientos históricos. Mirando atrás, de Edward
Bellamy, publicada en 1888, fue la biblia profética de esa era. La gente
confiaba en que los asombrosos avances de la tecnología pronto producirían
abundancia, seguridad y ocio para las multitudes.
En este optimismo en relación con el futuro nada era más
evidente y potente que la suposición de que la guerra era una pesadilla
anticuada. No sólo el idealismo y la humanidad repudiaban la guerra. Sino que
Norman Angell o otros estaban asegurándonos que la guerra no podría
justificarse, aun basada en los intereses materiales más sórdidos.
En nuestro propio país, la tradicional política exterior
estadounidense de benigna neutralidad y las sensatas exhortaciones de George
Washington, Thomas Jefferson, John Quincy Adams y Henry Clay de evitar alianzas
comprometedoras y rehuir los conflictos en el exterior seguían en vigor en los
más altos consejos del estado.
Por desgracia, hoy hay relativamente pocas personas que
puedan recordar esos tiempos felices. En su devastador libro profético, 1984,
George Orwell apunta que una razón por la que es posible que quienes tienen
autoridad mantengan las barbaridades del estado policial es que nadie es capaz
de recordar las muchas bondades del periodo que precedió a ese tipo de
sociedad.
Un significativo y revelador informe de esta situación me
llegó recientemente en una carta de uno de los más distinguidos científicos sociales
en el país, un resuelto revisionista. Escribía:
“Voy a dedicar mi seminario este
trimestre al tema de la política exterior estadounidense desde 1933.
Verdaderamente el efecto en una generación criada por Roosevelt es alarmante.
Incluso los estudiantes capaces y maduros reaccionan ante los hechos
elementales como niños a los que se les acabara de decir que no existen (ni han
existido) los Reyes Magos”.
Si la Primera Guerra Mundial llevó a los Estados Unidos y al
mundo hacia el desastre internacional, la
Segunda Guerra Mundial fue un momento clave aún más calamitoso en la historia
de la humanidad. En realidad, puede habernos llevado (a todo el mundo) al
último episodio de la experiencia humana.
Indudablemente ésta marcó la transición del optimismo social
y el racionalismo tecnológico al modelo de vida de 1984, en el que las
políticas internacionales agresivas y el miedo a la guerra se han convertido en
el principio rector, no sólo en los asuntos mundiales, sino también en la
estrategia doméstica, política y económica de todas las potencias del mundo. El
estado policial ha emergido como el modelo político dominante de nuestro tiempo
y el capitalismo militar de estado está engullendo tanto la democracia como la
libertad en los países que no han sucumbido ante el comunismo.
La forma y manera en que la cultura estadounidense se ha
visto dañada y nuestro bienestar socavado por nuestra entrada en dos guerras
mundiales se ha expresado brillante y sucintamente por parte del Profesor Mario
A. Pei, de la Universidad de Columbia, en el artículo “The America We
Lost" en el Saturday Evening Post, del 3 de mayo de 1952, y se ha
desarrollado con más extensión por Caret Garrett en su mordaz libro, The
People's Pottage.
Quizás ya a mitad del siglo todo esto no sea más que agua
pasada y poco pueda hacerse. Pero sin duda podemos aprender cómo llegamos a
esta infeliz condición de la vida y la sociedad, al menos hasta que el sistema
de estado policial continúe su rápido desarrollo lo suficiente como para
destruir todo rastro de integridad y exactitud en los trabajos históricos y los
informes políticos.
El reajuste de los estudios de historia a los hechos
históricos relacionados con el escenario y las causas de la Primera Guerra
Mundial (lo que es conocido popularmente en el mundo de la historia como
“revisionismo”) fue el desarrollo más importante en la historiografía durante
la década de 1920. Mientras que aquellos historiadores receptivos los hechos
admitieron que el revisionismo ganó la disputa con la tradición previamente
aceptada durante la guerra, muchos de los tradicionalistas de la profesión se
mantuvieron fieles a la mitología de la década de la guerra. En todo caso, la
controversia revisionista fue la más destacada aventura intelectual en el campo
de la historia en el siglo XX hasta Pearl Harbor.
El revisionismo, al ser aplicado a la Primera Guerra
Mundial, demostró que las causas reales y las atribuciones en ese conflicto
estaban muy cerca de ser las contrarias al cuadro que presentó la propaganda
política y las obras históricas de la década. El revisionismo también
produciría resultados similares con respecto a la Segunda Guerra Mundial si se
le permitiera desarrollarse sin impedimentos. Pero hay una determinación por
ahogar o silenciar revelaciones que podrían establecer la verdad en relación
con las causas y los asuntos del último conflicto mundial.
Aunque la mitología del tiempo de la guerra permaneció
durante años después de 1918, sin embargo los principales editores pronto
empezaron a pedir contribuciones para exponer los hechos con respecto al
estallido de la guerra en 1914, nuestra entrada en ella y los asuntos básicos afectados
por este gran conflicto.
Sidney B. Fay empexó a
publicar sus revolucionarios artículos sobre el trasfondo de la Primera
Guerra Mundial en la American Historical Review en julio de 1920. Mis
propios trabajos en la misma línea empezaron en New Republic, Nation,
New York Times Current History Magazine y Christian Century en
1924 y 1925. Sin excepción, las solicitudes de contribuciones vinieron de los
editores de estas revistas y fueron fervientes y urgentes. No tuve ninguna
dificultad en garantizarme la publicación de mi Genesis of the World War
en 1926 y la editorial consecuentemente impulsó una verdadera biblioteca de
obras revisionistas reveladoras.
Para 1928, cuando se publicó Origins of the World War,
de Fay, casi todos, excepto los recalcitrantes y extremistas en la profesión de
la historia habían aceptado el revisionismo e incluso el público en general
había empezado a pensar correctamente dentro de las premisas.
La aparición de cualquier revisionismo sustancial después de
la Segunda Guerra Mundial afronta una situación muy diferente. La cuestión de
la responsabilidad de la guerra en relación con 1939 y 1941 se considera para
siempre completamente establecida. Se sostiene ampliamente que no hay
controversia esta vez. Como todas las personas razonables admiten que Hitler
era un peligroso neurótico, que, con una enajenación suprema, inició una guerra
cuando tenía todo a ganar mediante la paz, se asume que esto explica los
aspectos europeos de la controversia sobre la culpabilidad de la guerra. Con respecto
al Lejano Oriente, se supone que se resuelve con igual resultado haciendo la
pregunta “Japón nos atacó, ¿verdad?”
Casi tan frecuente como estas formas de atribuir la
responsabilidad de la guerra en 1939 o 1941 es la vaga pero bastante dogmática
afirmación de que “teníamos que luchar”. Este juicio normalmente se expone como
una especia de imperativo categórico inefable que no requiere más explicación.
Pero si les presiona para una explicación, algunos alegarán que tuvimos que
luchar para salvar al mundote una dominación de Hitler, olvidando que el
General Goerge C. Marshall informó de que Hitler, lejos de tener ningún plan
para dominar el mundo, ni siquiera tenía un plan bien desarrollado de
colaboración con sus aliados del Eje en guerras limitadas, no digamos en la
gigantesca tarea de conquistar Rusia. Sin duda después de 22 de junio de 1941,
cerca de seis meses antes de Pearl Harbor, no había mayor necesidad de temer
ninguna conquista mundial por parte de Hitler.
La mitología que siguió al estallido de la guerra en 1914
ayudo a producir el Tratado de Versalles y la Segunda Guerra Mundial. Si la
política mundial actual no puede separarse de la mitología de la década de
1940, es inevitable una tercera guerra mundial y su impacto sería muchas veces
más terrible y devastadora que el de la segunda. Las lecciones aprendidas en
los juicios de Nuremberg y Tokio han asegurado que la tercera guerra mundial se
realizará con un salvajismo sin precedentes.
Por muy vigorosa que fuera la resistencia de muchos,
incluidos poderosos intereses históricos creados, al revisionismo de la década
de 1920, no fue nada comparado con lo que se ha organizado para frustrar y
ahogar la verdad en relación con la Segunda Guerra Mundial. La historia ha sido
la principal baja intelectual de la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría que
la siguió.
Puede decirse, con gran cautela, que nunca, desde la Edad
Media, ha habido tantas fuerzas poderosas organizadas y alerta contra la
divulgación y aceptación de la verdad histórica como las que están hoy activas
para evitar que los hechos acerca de la responsabilidad por la Segunda Guerra
Mundial y sus resultados sean accesibles globalmente al público estadounidense.
Incluso la gran Fundación Rockefeller admite francamente la
subvención de historiadores para prevenir y frustrar el desarrollo de cualquier
neorrevisionismo en nuestra época.
Y la única diferencia entre esta fundación y muchas otras es que ha sido más
franca y sincera acerca de sus políticas. La Fundación Sloan complementó
posteriormente esta subvención de Rockefeller. Charles Austin Beard resumía las
implicaciones de esos esfuerzos con su característico vigor:
“La Fundación Rockefeller y el
Consejo de Relaciones Exteriores (…) intentan evitar, si pueden, una repetición
de lo que llaman en lengua vernácula ‘la campaña periodística de
desacreditación que siguió a la Primera Guerra Mundial’. Traducido al inglés
correcto, esto significa que el Consejo de Relaciones Exteriores no quiere que
los periodistas u otras personas examinen demasiado de cerca y critiquen
demasiado libremente la propaganda y los comunicados oficiales relacionados con
‘nuestros objetivos básicos y actividades’ durante la Segunda Guerra Mundial.
En resumen, esperan, entre otras cosas, que las políticas y medidas de Franklin
D. Roosevelt escapen en los próximos años al análisis crítico, evaluación y
exposición que se produjeron sobre las políticas y medidas de Woodrow Wilson y
los aliados de la Entente después de la Primera Guerra Mundial”.
Como ocurre con casi todas las editoriales y revistas, los
recursos de la gran mayoría de las fundaciones sólo están disponibles para
investigadores y escritores que buscan perpetuar las leyendas del tiempo de la
guerra y oponerse al revisionismo. Un buen ejemplo lo ofrece mi propia experiencia
con la Fundación Alfred P. Sloan que ayudó a subvencionar el libro de los
Profesores Langer y Gleason. Mencione este hecho en mi folleto The Court
Historians versus Revisionism. Acto seguido recibí una educada carta del
Sr. Alfred J. Zurcher, director de la Fundación Sloan, asegurándome que la
Fundación Sloan quería ser absolutamente imparcial y apoyar la investigación
histórica en ambos lados de la cuestión. Escribía en la parte 1:
- Lo
último que querríamos hacer es controlar y frustrar cualquier tipo de
investigación histórica, pues creemos que aportar más puntos de vista por
parte de historiadores rigurosos sobre la guerra o cualquier otro
acontecimiento histórico es de interés público y debería promoverse.
Ante esta afirmación, decidí tomarle la palabra al Sr.
Zurcher. Había proyectado y alentado un estudio de la política exterior del
Presidente Hoover, que me parecía una tarea muy importante y necesaria, pues
fue durante su administración cuando por última vez nuestra política exterior
se había realizado en busca de la paz y el verdadero interés público de los
Estados Unidos, en lugar de a favor de algún partido político, gobierno
extranjero o dudosa ideología. Uno de los más prestigiosos especialistas
estadounidenses en historia diplomática había consentido en desarrollar el
proyecto y era un hombre no identificado previamente en modo alguno con la
visión revisionista.
Mi solicitud fue de exactamente un treintavo del dinero
asignado al libro de Langer y Gleason. La solicitud fue rechazada por el Sr.
Zurcher con esta frase sumaria: “Lamento decir que somos incapaces de ofrecer
los fondos que pidió para el estudio del Profesor X”. Incluso rechazó mi
sugerencia de que discutiera la idea en una breve entrevista con el profesor en
cuestión.
Existe un estado de abyecto terror e intimidación entre la
mayoría de los historiadores profesionales estadounidenses cuyas opiniones
concuerdan con los hechos sobre la cuestión de la responsabilidad sobre la
Segunda Guerra Mundial. Muchos historiadores y divulgadores de prestigio que
han leído mi folleto The Struggle Against the Historical Blackout me han
escrito diciendo que, por su experiencia personal, es una rebaja de los hechos.
Aún así la mayoría de esos historiadores a los que se lo he enviado en privado
han temido incluso reconocer que lo hayan recibido o lo tengan. Sólo un puñado
se han atrevido a expresar su aprobación y apoyo.
Además, la credulidad de muchos estadounidenses “con
formación” ha sido tan notable como la mendacidad de los “educadores”. En la
Rusia comunista y la Alemania nazi, así como en la Italia fascista y en China,
los gobernantes tiránicos encuentran necesario suprimir todo pensamiento
opositor con el fin de inducir a la mayoría del pueblo a aceptar el material
que les proporciona la propaganda oficial. Pero en los Estados Unidos, con una
casi completa libertad de prensa, expresión e información hasta el final de
1941, gran cantidad de estadounidenses ha seguido la línea de propaganda
oficial sin compulsión alguna.
En muchos aspectos esenciales, los Estados Unidos se han
aproximado al modelo de vida intelectual de 1984. Pero hay una
importante y deprimente diferencia. En 1984, Orwell muestra que los historiadores en ese régimen
tenían que ser contratados por el gobierno y forzados a falsificar los hechos.
Hoy en día en este país, y lo mismo pasa en la mayoría de las demás naciones,
muchos historiadores profesionales falsifican encantados la historia casi
voluntariamente.
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Harry Elmer Barnes (1889-1968) fue un pionero del
revisionismo histórico, en el sentido de usar la investigación histórica para
cuestionar y refutar las explicaciones históricas divulgadas por el estado y la
clase política o, como el propio Barnes la calificó “historia cortesana”.
Considerado durante mucho tiempo como un líder intelectual progresista de la izquierda
estadounidense, Barnes fue asociado a la Vieja Derecha por su oposición al New
Deal y a la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Su obra ha
tenido una profunda influencia en historiadores de la Nueva Izquierda como
William Appleman Williams y Gabriel Koldo, así como en las obras históricas de
Murray Rothbard y otros libertarios. Ver el editorial de Murray Rothbard en Left & Right, “Harry Elmer Barnes, RIP”.
Este artículo está extraído
del capítulo 1 de Perpetual
War for Perpetual Peace