Por Antony P. Mueller. (Publicado el 12 de febrero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4097.
En línea con la regla básica de que para una carrera
política pocas cosas son más útiles que un fracaso catastrófico, el 28 de enero
de 2010 Ben Bernanke ha sido confirmado
por el voto del Senado para cuatro años más como presidente del Sistema de
Reserva Federal de EEUU (la Fed).
Con una persistente negación de que fue principalmente un
exceso de liquidez lo que causó la grave situación económica actual, el
presidente sostiene la opinión de que la verdadera amenaza ha sido siempre “la muy poca inflación”.
El miedo a la deflación es la pesadilla recurrente de Ben Bernanke. De hecho,
sus preocupaciones deflacionistas forman la base de la llamada doctrina Bernanke,
que dice que la cura es la expansión monetaria y, consecuentemente, mantener
los tipos de interés lo más bajos posible.
Desde sus primeros días en la Fed como miembro del Consejo
de Gobernadores en 2002, Bernanke ha prometido se una gran imprenta de dinero.
Y desde que recibió el timón de Greenspan como presidente del banco central de
EEUU en 2006, ha cumplido completamente su promesa.
Entre los operadores del mercado financiero, Ben Bernanke
fue pronto conocido como “helicóptero Ben”. Anunció en un discurso
en 2002 que el banco central debería evitar la deflación aunque hiciera falta
usar helicópteros para lanzar billetes por todo el país. De hecho el mandato de
Bernanke en el Consejo de la reserva Federal ha sido impresionante: su gestión
ha llevado a una serie de bruscos cambios en el mercado de acciones y bonos y
el de oro y materias primas. Ese despegue de estar aparentemente al borde de la
deflación hasta las cumbres de la hiperinflación
es hasta ahora su principal proeza.
Bernanke es economista de profesión, especializado en el
estudio de la Gran Depresión.
Eso fue desde el principio un mal presagio, pues había estudiado economía y la
Gran depresión bajo la óptica de un paradigma erróneo en particular. Sus
estudios le hicieron creer que el banco central podría haber evitado la gran
decadencia económica de la década de 1930 si hubiera aumentado más
agresivamente la oferta monetaria. Ésa fue la lección que Bernanke aprendió de Milton
Friedman. Aparentemente ignorante de explicaciones alternativas,
Bernanke nunca ha dudado de las tesis de Friedman.
Al tratar de poner en práctica las lecciones de Friedman,
Bernanke y su equipo afrontaron un terrible dilema. Mientras que el presidente
y la mayoría de su equipo pretenden practicar una política monetaria de un modo
“científico”, se ven humillados diariamente por la vacuidad de esta promesa. La postura positivista
de los doctores monetarios fracasa porque, como hombres que actúan, ellos mismos son
parte de la realidad que se supone que manejan.
Este desafío es muy diferente de los modelos de los libros
de texto, con su clara separación entre un objeto definido, una teoría probada
y un observador neutral. Una cosa es hacer investigación académica y otra tarea
muy distinta es decidir y actuar basándose en datos incompletos,
contradictorios y en buena medida falsos.
Sorprende poco que Bernanke y su equipo estén en un
constante pánico. Los datos económicos que ansiaban obtener en con el fin de
tomar decisiones “racionales” son inadecuados, no concluyentes y siempre
falsos: en el mismo momento en que se obtienen los datos, las constelaciones
económicas ya han cambiado, a veces muy drásticamente.
Inseguros acerca de lo que dicen los datos, pero asustados
por la expectativa de que pueda empezar en cualquier momento una depresión
deflacionaria, Bernanke ha mantenido completamente abiertas las compuertas de
la expansión monetaria.
Abrumado porque el mundo financiero no sólo está expuesto al
riesgo sino regido por una extendida incertidumbre, el
Presidente Bernanke intenta encontrar sentido a datos no concluyentes con la
ayuda de modelos macroeconómicos. Las cosas no cuadran. En consecuencia cae en
unos de sus repetidos pánicos y recorta con ganas los tipos de interés. Los
operadores del mercado financiero lo ven con horror y los mercados empiezan a
paralizarse.
Aquí tenemos al señor del dinero, golpeando con ira como un
dios antiguo, pero en realidad es sólo el pobre Ben sufriendo perturbaciones
mentales transitorias porque es incapaz de dar sentido al lío de datos. No
sorprende que la economía se derrumbe.
El inquebrantable credo de Bernanke dice que la banca
central puede ejercerse como una ciencia. Si las cosas no funcionan como se
supone, debe ser a causa de datos insuficientes o modelos inadecuados. Así que,
en medio de su angustia, decidió crear un “comité de sabios”, una creación
llamada MAQS: la unidad de “Estudios
Macroeconómicos y Cuantitativos”. Bernanke quiere que este equipo revise
tantos modelos proyecciones estadísticas y escenarios como sea posible.
Cegado por el cientifismo, el presidente evidentemente es
incapaz de ver que no puede alcanzarse ninguna conclusión razonable ni
formulación política fiable. Cuantos más datos recoja y revise el equipo de
estudios, más confusiones y contradicciones aparecerán; cuanto más tiempo
recoja y revise, menos relevantes se volverán los datos.
Imaginemos qué es lo que hace el presidente de la Fed en una
jornada laboral habitual. Imaginemos cómo Bernanke toma asiento en su oficina
en el edificio de la Reserva Federal en Washington D.C., deliberando de la
mañana a la noche, revisando una interminable ristra de datos y modelos
contradictorios. Cada hora que pasa, llegan más estadísticas, aparecen nuevos
datos, los economistas de la Fed ofrecen una nueva avalancha de escenarios y el
pánico de Bernanke crece.
Y las cosas empeoran: por cada grupo de datos que llega,
otros datos han de ser revisados y por cada proyección estándar, el personal de
Bernanke de dirige al presidente con “alt sims” (simulaciones alternativas). A
cada momento después de una mínima pausa, cuando Bernanke vuelve a mirar la
pantalla, los mercados financieros han cambiado y la realidad económica es distinta
de la que había hace un momento. Pobre Ben, su cabeza debe estar dando vueltas.
El reto de Bernanke se parece a la tarea en la que fracasó
el Gosplán de la
Unión Soviética. En la mayoría de las llamadas “economías capitalistas”se
supone que los bancos
centrales modernos realizan tareas similares: hacer que crezcan la economía
y el empleo, financiar guerras y luchar contra depresiones, supervisar y
regular los mercados financieros y todo lo necesario para garantizar la
“estabilidad de los precios”. Con el fin de tratar de resolver ese desafío
sobrehumano, el personal de la Fed desarrolla un modelo tras otro, sólo para
que todos queden inmediatamente desmentidos por los nuevos datos. Como
consecuencia de esta confusión, cada medida política errónea viene seguida de
la siguiente.
Ben Bernanke es demasiado buena persona como para practica
el arte de la mentira en la forma cínica que resulta necesaria para que
funcione a gran escala. Su predecor al timón del banco central de EEUU, Alan
Greenspan, al emnos sabía que la banca central no es una ciencia sino una
especie de espectáculo
cuya propia naturaleza es la pretensión
de conocimiento.
No otra hay solución a la multitud de dilemas de Bernanke
que cerrar
la Fed. Las economías son demasiado complejas como para ser manejadas por
una autoridad central. Los planificadores centrales de las economías
socialistas aprendieron esta lección a un alto precio.
No necesitamos nuevos modelos del proceso monetario, más
estadísticas o mejores escenarios. Hay un amplia oferta de todos ellos. No
necesitamos un presidente más competente. Con medidas convencionales, pocos
están mejor cualificados para el trabajo que Bernanke. Lo que necesitamos es
otra cosa: el establecimiento de un tipo de sistema
monetario diferente, uno que use los mercados en competencia en el sector
del dinero y la banca y que elimine el actual monopolio de la moneda del
estado.
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Antony Mueller es un economista de origen alemán que vive en
Aracaju, al nordeste de
Brasil, donde enseña en la Universidad Federal de Sergipe (UFS). Es investigador adjunto del Instituto Mises
en EEU y director académico del Instituto
Ludwig von Mises Brasil. Vea su sitio web y su blog.