Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 1 de enero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3922.
[Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
Ser franciscano y discípulo de Guillermo de Occam no evitó
que el gran científico y filósofo francés Jean Buridan de Bethune (1300-1358),
nacido en la Picardía, futuro rector de la Universidad de París, hiciera la
siguiente contribución importante al pensamiento económico en la tradición
tomista esencial. En sus Quaestiones, un detallado comentario sobre la
Ética de Aristóteles, Buridan continuó al análisis tomista-aristotélico del
valor de intercambio de bienes, determinado por la necesidad o utilidad del
consumidor. Pero Buridan siguió adelante para apuntar que una casa nunca se
cambiará por una prenda de ropa, pues el constructor tendría de entregar el
equivalente a un año de comida por un bien mucho menos valioso. Buridan se
acercaba a tientas a un concepto de coste de oportunidad del coste de
producción y su influencia en la oferta.
Es más importante que Buridan continuó la iniciativa de
Ricardo de Mediavilla (Richard of Middleton) analizando el beneficio mutuo que
cada parte obtiene necesariamente en un intercambio. Al explicar el
intercambio, Buridan advierte que ambas partes se benefician y que el comercio
no es, como mucha gente cree, una especie de guerra en la que una parte se
beneficia a expensas de otra. Además, Buridan procede a un sofisticado análisis
en el que demuestra dramáticamente que las dos partes de intercambio de dos
bienes pueden beneficiarse incluso si dicho intercambio es inmoral y tenga que
condenarse ética o teológicamente. Así Buridan propone esta muy provocativa
hipótesis:
“Si Sócrates entregó a su mujer a
Platón voluntariamente y con el consentimiento de ella para cometer adulterio a
cambio de diez libros, ¿quién sufrió una pérdida y quién ganó? (…) Ambos
sufrieron un daño en lo que a su alma concierne (…) [pero] en lo que se refiere
al bien externo, cada uno ganó porque tiene más de lo que necesita”.
Para Buridan como para la mayoría de los escolásticos, el
precio justo era el precio del mercado. Buridan ofrece asimismo un análisis
sofisticado de cómo el hombre común necesita la utilidad que generan los
precios del mercado. Cuanto mayor sea la necesidad y por tanto la demanda,
mayor será el valor; igualmente una reducción en la oferta de un producto
causará que aumente su precio en el mercado. Además, un bien es más caro donde no
se fabrica que donde sí, pues hay una mayor demanda en el primer lugar; de
nuevo el concepto marginal es todo lo que se necesita para completar el
análisis de la demanda, la oferta y el precio. Hay asimismo atisbos en Buridan
de diferentes valoraciones por los distintos participantes en el mercado
generando un solo precio, con distintos excedentes psíquicos en consumidores y
productores.
Pero la principal contribución a la economía de Jean Buridan
fue su virtual creación de la teoría moderna del dinero. Aristóteles había
analizado las ventajas del dinero y su superación del problema de la doble
coincidencia de deseos del trueque, pero su opinión se nubló por su hostilidad
esencial hacia el comercio y el hacer dinero. Por tanto, para Aristóteles el
dinero no era un convención natural sino artificial y por tanto una criatura
del estado o de la polis. La teoría del dinero de Santo Tomás de Aquino
estaba limitada básicamente por las trabas aristotélicas. Fue Jean Buridan
quien se libró de estas trabas y fundó la teoría “metalista” o de las materias
primas del dinero, es decir, que el dinero se origina naturalmente como un
producto útil en el mercado y que éste escogerá el medio de intercambio, casi
siempre un metal, si está disponible, que posea las mejoras cualidades para
servir como dinero.
Por tanto, el dinero, para Buridan es una materia prima del
mercado y el valor del dinero, igual que en otros productos del mercado, “debe
medirse por la necesidad humana”. Igual que los valores de los bienes
intercambiables “son proporcionales a la necesidad humana. Luego serán
proporcionales al dinero, siendo éste mismo proporcional a la necesidad
humana”. Así, Buridan sorprendentemente fija el proceso para determinar el
valor o precio del dinero, sobre los mismos principios de utilidad que
determinan los precios de los bienes en el mercado: un proceso que sólo se
completará seis siglos después en 1912 por parte del austriaco Ludwig von
Mises, en su La
teoría del dinero y el crédito.
Presagiando a los austriacos Menger y von Mises, Buridan
insistía en que un dinero que funcionara efectivamente debe estar compuesto de
un material que posea un valor independiente de su papel como dinero, es decir,
debe consistir en un producto del mercado originalmente útil para fines no
monetarios. Buridan continuaba catalogando aquellas cualidades que llevan al
mercado a elegir un producto como medio de intercambio o dinero, como
portabilidad, alto valor por unidad de peso, divisibilidad y durabilidad,
cualidades que poseen más evidentemente los metales preciosos oro y plata. De
esta forma Buridan empezó la clasificación de las cualidades monetarias de
productos que ha de constituir el primer capítulo de los incontables libros de
texto sobre dinero y banca hasta el fin de la era del patrón oro en la década
de 1930.
Así, Buridan no sólo fundó la teoría del dinero como
fenómeno de mercado: lo libró así de la mística de ser sólo una creación del
estado y lo puso a la par con otros bienes como un producto del mercado.
Posdata: El asno de Buridán
Una derivación no muy feliz de la teoría de la volición de
Buridan apareció en la década de 1930 como parte del análisis de la curva de
indiferencia. Buridan proponía un asno perfectamente racional que se encontraba
a sí mismo equidistante entre dos montones de heno igualmente atractivos. Al
ser indiferentes las dos alternativas y ser por tanto incapaz de decidir, el
asno perfectamente racional no elegía ninguno y por tanto moría de hambre. Lo
que este ejemplo pasaba por alto es que hay una tercera elección, que es
probablemente la que el asno deseara menos: morirse de hambre. Así que era por
tanto “perfectamente racional” no morirse de hambre y elegir uno de los
dos montones, incluso al azar (y luego proceder con el segundo montón).
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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.