Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 28 de diciembre de
2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí:
http://mises.org/daily/3984.
La cultura se está yendo al garete, se nos ha venido
diciendo durante centenares de años, y se atribuye al libre mercado una buena
parte de la culpa. Esta observación proviene de la izquierda y la derecha y de
todos los sectores intermedios. Se acepta universalmente que dejar libres los mercados
se lleva por delante las cosas más bellas de la vida, de los libros a las
artes, al vestido y a las buenas maneras.
El mismo Mises sitúa esta tendencia ideológica en el crítico
del siglo XIX John Ruskin, que “popularizó la prejuicio de que el capitalismo,
aparte de ser un mal sistema económico, había sustituido la belleza por la
fealdad, la grandeza por la pequeñez, el arte por la basura”. El mismo
argumento aparece todas las semanas en periódicos conservadores como una
tendencia de éstos: todos saben que los mercados han desatado una carrera hacia
abajo.
Una respuesta podría ser que no es una decadencia en
absoluto, sino sólo algo diferente. Si es ópera o rap, frescos o graffiti,
corbata o grunge, realmente no importa. La cultura toma diferentes formas en
diferentes momentos, así que acostumbraos a ello.
Realmente no me satisface esa respuesta, principalmente por
mis propias tendencias culturales. Mis gustos musicales son anteriores a Bach.
Para mi la danza significa ballet. Encuentro a la novela popular insultante en
todos los aspectos. En mi opinión, los niños deberían emplear su tiempo en
aprender piano en lugar de jugar con ordenadores.
Admito que no es imposible que se me confunda con un snob.
Aún así, me gustaría ofrecer una visión contraria, pero no
en forma de una gran teoría. Más bien considerar algunos casos de emprendedores
culturales que generan una diferencia real con los mismos medios a través de
los cuales aparecen todas las innovaciones: toma de riesgos, trabajo duro y
marketing.
Empecemos con la danza. Hace unos diez años, en encontraba
en un recital de ballet para gente joven. Esperaba algo como lo que
habitualmente vemos en los anuncios de GE: niñas con tutes bailando a
Chaikovski. En su lugar, las niñas bailaron una ridícula música rock sin
ninguna disciplina, sacudiéndose en distintas maneras. Estaba claro que no
estaban aprendiendo ninguna técnica. Y aún así los padres se volvían locos.
No estoy en contra de bailar jazz o rock, pero para hacerlo
bien hace falta una base en ballet, que es el lenguaje fundamental de toda la
danza en Occidente. Esos fantásticos danzarines que ves con Fosse, sabían
previamente ballet. Pero en estos tiempos indulgentes, a nadie le importa la
disciplina y el trabajo duro. Todos quieren divertirse directamente, aunque el
resultado se vea estúpido.
Dejé el recital desesperado de que otra buena época hubiera
caído en la oscuridad, reemplazada por un estado de permanente caída. Y de
repente entonces, saliendo de no se sabe dónde, apareció en el pueblo y abrió un
nuevo estudio una empresaria de danza de veintitantos años, cobrando por sus
enseñanzas menos que la competencia. Mediante buena voluntad, eficiencia, bajos
precios y sonrisas por todas partes, atrajo un montón de nuevos clientes.
Pero esta no era una empresaria de danza cualquiera. Se
ajustaba a los antiguos ideales, la antigua música y la antigua pedagogía. Eso
es lo que buscaba y favorecía. Al primer recital después de un año de
funcionar, todos los padres de los estudiantes disfrutaron del recital con
nuevos estándares: la formación clásica, la música del viejo mundo, gran
cuidado en la ropa y toda la parafernalia que todos solíamos esperar en un
ballet real. Los padres vitorearon al cielo las glorias de estos niños y su
programa.
Y así, ¡voilá! En un año, gracias a una empresaria con una
visión y la dedicación para llevarla a cabo, la cultura local se había mejorado
masiva y drásticamente: el viejo mundo y sus altos estándares se llevaron al
futuro. Recordé mi desesperación previa con embarazo. Resultaba que no había
nada inevitable acerca de la decadencia cultural. Sólo hacía falta una persona
para realizar el cambio.
Pasemos a los coros de niños. Desde el mundo antiguo, los
coros infantiles habían sido la cantera de los grandes músicos del futuro. ¿Pero
hoy? Es un desastre. Si hay coros, se les enseñan canciones pop, malas
técnicas, posturas tipo Operación Triunfo, con lo que acaban creando supuestas
estrellas que nunca han realizado el duro trabajo necesario para hacer música
sería en cualquier ámbito. El resultado es inevitable: una cultura ignorante
musicalmente y nada de coros reales.
Pero aquí en mi propio pueblo una mujer decidió cambiar eso
con un coro municipal de niños. En el primer año hubo 25 y en el segundo se
dobló la cantidad y luego se empezó una división para niños mayores. Llevaban
ropa de concierto y cantaban el repertorio clásico, incluso música en latín.
Tenían un programa riguroso de ensayos, casi como los entrenamiento deportivos.
Aprendían técnica y disciplina. ¡A los padres les encantó! Y el coro canta por
todo el pueblo de una forma maravillosa.
Es verdad que la directora no gana mucho dinero. Trabaja muy
duro, dando lecciones privadas y trabajando con los padres y gastando mucho más
tiempo en este proyecto de lo que parece dictar el beneficio. Pero aún así lo
hace porque le apasiona y está viviendo un sueño.
A causa de esta emprendedora cultural, la comunidad ha
cambiado.
Bueno, en ambos casos vemos que podría haber ocurrido de
otra manera. Si estas dos personas no hubieran tenido el deseo de aumentar el
nivel y ofrecer un servicio valioso, se hubiera perdido la educación cultural
de otra generación. Por el contrario, ambas actuaron y tomaron un riesgo. En
consecuencia, su legado aquí les sobrevivirá.
Otro caso pertinente se refiere a una nueva familia de
inmigrantes de la India que abrieron un maravilloso nuevo restaurante indio en
un pueblo inundado de cadenas de comida rápida y alitas de pollo. Todos mis
conocidos se quejaban desde hace tiempo de la falta de buena cocina extranjera
aquí. Es lo primero que se citaba como evidencia de que este lugar
subdesarrollado se había entregado a los cerdos capitalistas.
Así que un día ahí estaba: un restaurante indio tan bueno
como cualquiera que se encuentre en cualquier gran ciudad del mundo, con un
menú amplio y variado y todo el ambiente que se pueda desear. ¿Y qué lo hizo
posible? No la eliminación del orden capitalista, sino más bien el riesgo, el
trabajo duro y la dedicación de un solo empresario. De nuevo, no había garantía
de que esto ocurriera. Fue una elección que tomó un individuo. Junto con su
familia decidieron abrir el restaurante.
La alegación esencial de Mises acerca de la crítica cultural
del capitalismo era que el capitalismo crea más de todo lo disponible para el
consumidor. Esto significa más novelas baratas y música horrible, pero también
significa más buena literatura y música de alto nivel, todo lo cual está
accesible como nunca antes.
Pero hoy se limita seriamente las innovaciones de los
emprendedores culturales mediante altos impuestos, regulaciones y beneficios
obligatorios. Esto produce menos intentos de mejorar nuestro mundo de los que
podría haber en otro caso. Algunos mercados están limitados hasta el punto de
una práctica inacción, como el mercado de la educación y otros son menos
vibrantes de lo que serían en otro caso.
Así que lo que necesitamos no es la eliminación de la
propiedad privada sino más libertad para los empresarios culturales y más
iniciativa individual para hacer algo más que quejarnos de que el mundo no se
ajusta a nuestros valores. La próxima vez que alguien se queje de lo que el
mercado está haciendo con la cultura, pregunte a esa persona qué ha hecho para
entrar en el mercado y marcar la diferencia. Y pregunte qué es lo que ha hecho
para hacer al mundo más libre para quienes buscan hacer del mundo un lugar más
bello.
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Jeffrey Tucker es editor de Mises.org.