Por John Chamberlain. (Publicado el 3 de diciembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3895.
[The Freeman, 1970]
En un reciente viaje oficial con periodistas a Alemania
Occidental, el grupo con el que yo viajaba tuvo una rueda de prensa con Ludwig
Erhard, el antiguo canciller que, como Ministro de Economía del Dr. Adenauer en
el primer gobierno de su país después de la Segunda Guerra Mundial, fue
responsable del “milagro económico alemán”. La conversación derivó a los
jóvenes que, en Alemania como en todas partes, han venido confundiendo libertad
con anarquía. Yo tenía una pregunta en particular que quería hacer al Dr.
Erhard: ¿Estudian los jóvenes en las universidades alemanas a alguno de sus
viejos maestros de economía como Wilhelm Röpke?
La respuesta, que vino con una especie de cansada
amabilidad, fue que los jóvenes estudiantes de economía no parecían interesarse
por los principios del “libre mercado social”. Les interesaba reducir la
economía a matemáticas. Personalidades como Mises, Menger y Röpke no estaban de
moda. Si hubiese sido así cuando era un estudiante, dijo el Dr. Erhard, él
nunca habría sido economista. No hubiera sido capaz de aprobar los exámenes.
Esto de reducir la economía a matemáticas es parte de la
enfermedad del mundo occidental. El economista moderno tiende a pensar en
términos de “entradas” y “salidas” y “agregados”. La cuestión de quien dirige y
dispone de las “entradas” y que título se adquiere o asigna a las “salidas” se
considera irrelevante ante el problema ver cómo el poder de compra “agregado” o
la inversión “agregada” se mantienen a un nivel de “pleno empleo”. Lo que se
refiere a los incentivos humanos, la cuestión de la voluntad humana, tiende a
desaparecer de los asuntos económicos: el individuo se pierde en un mar de
estadísticas.
Paradójicamente, esto puede tener un efecto tremendo en los
números que constituirán los totales estadísticos, pues el economista
matemático, al hacer irrelevantes los términos humanos de “entrada”, puede
estar dando los golpes más mortales a la creatividad individual.
Puede importar mucho al inventor en su taller o al químico
en su laboratorio que se le permita buscar apoyo en los individuos en lugar de
en los burócratas sin rostro. El atractivo avance que en último término se
desarrolla en una nueva “industria creciente”, capaz de sacar a una nación de
la depresión nunca es una “estadística” al nacer: el economista cuantitativo
sólo se percata después de que hayan ocurrido muchas cosas cualitativas.
Un papel destacado
Es esto lo que el Dr. Erhard estaba tratando de explicar a
los periodistas de EEUU a través de la niebla de la traducción. Ocurría que
había estado leyendo Against
the Tide [Contra la marea], de Wilhelm Röpke, antes de viajar a
Alemania. Mi pregunta al Dr. Erhard la provocó un pasaje del prólogo de
Gottfried Dietze a los ensayos de Röpke.
“Röpke advertía contra la defensa
de una ecopnomía planificada y expresaba el temor de que la planificación y el
colectivismo impidieran la recuperación económica que creía inevitable bajo una
economía libre. La exactitud de su opinión se demostró en primer lugar en
Alemania. De su amigo Ludwig Erhard (..) se dijo que durante la guerra tuvo
ilegalmente libros de Röpke, cuyos contenidos ‘devoraba como el desierto el
agua que da vida’. Erhard ha destacado repetidamente su deuda con Röpke cuando,
con la oposición del gobierno militar, introdujo la economía de mercado en
Alemania occidental (…) el enorme éxito de la ‘economía de mercado socialmente
responsable’ (…) privó de atractivo a
los programas socialistas occidentales. Después de que se hubiera demostrado el
éxito de ese sistema económico en Alemania, el amigo y colega de Röpke, Luigi
Einaudi, el primer presidente de la Italia de posguerra, imitó la política
económica alemana en su país (…) Otras naciones (…) le siguieron. Un continente
que estaba agonizando después de la Segunda Guerra Mundial se recuperó con la
libertad”.
Por tanto Röpke desempeñó un papel de primera magnitud en la
historia del siglo XX, comparable al de Lenin después de la Primera Guerra
Mundial, aunque con el objetivo en un fin distinto. Un individuo que hablaba en
términos de decisiones cualitativas tuvo un efecto en la “entrada” y los
“agregados” de inversión y consumo en Alemania, Italia y otros lugares que
sorprendió y dejó atónitos a los keynesianos y neomarxistas. Dio al socialismo
su primer gran revés y por tanto pudo haber cambiado el curso de la historia.
Intelectuales y capitalismo
Against the Tide representa muchas facetas del
arsenal intelectual de Röpke. Algunos ensayos están obsoletos: la larga
explicación del “problema de la transferencia en movimientos de capital
internacional” que abre el libro es abrumadoramente técnico y a pesar del hecho
de que se escribió en 1930, antes de Hitler, difícilmente sería un ejemplo del
Röpke que estimuló al Dr. Erhard a no hacer caso a los keynesianos americanos
que trataron de evitar que resurgiera el mercado libre en 1948 tras Hitler en
el arrasado valle del Rin.
Pero el segundo ensayo, “The Intellectuals and Capitalism” [“Los
intelectuales y el capitalismo”], fechado en 1931, es el mejor Röpke. Röpke
combatía la versión germana del idea de Rexford Tugwell de que el capitalismo
debe morir cuando la economía esté “madura”. En la Alemania preñáis la economía
se había entrecruzado con la geopolítica para producir una teoría de que la
salvación nacional residía en cierto “espacio” en los países del Danubio y
Ucrania. Si no podía apropiarse de este espacio, Alemania moriría por falta de
mercados y fuentes de materias primas.
Los miembros del círculo Tat hablaban de expandir una
“economía de satisfacción de deseos”, una “comunidad económica orgánica” que
ayudaría a “las masas de gente sin propiedades que crecía en el estado”. Röpke
atacaba todos estos eslóganes observando que pequeños países como Dinamarca,
Holanda y Suiza se las arreglaban muy bien sin “espacio” o “espacio para
construir”.
En otro ensayo, “The Secular Significance of the World
Crisis” [“La importancia secular de la crisis mundial”], escrito en 1933,
cuando prevalecía una actitud de “fin del mundo” en Europa y América, Röpke
dudaba que hubiera razones estructurales, opuestas a las cíclicas, para la
depresión. La hipótesis de que el capitalismo había fracasado por una escasez
de oro “tenía el defecto desde el principio de su fracaso en explicar por qué,
sin embargo, el volumen del dinero y el crédito fue capaz de expandirse tanto
inmediatamente antes de que estallara la crisis”. (Como había dicho William
Graham Sumner mucho antes de Röpke, la cantidad de dinero en un país es
suficiente para hacer funcionar al país).
En cuanto a la teoría de que la disminución de población
significa la decadencia del capitalismo, Röpke remarcaba que eso era “confundir
a la gente con los marcos y dólares”. Obviamente, el poder de compra depende
del dinero en los bolsillos de la gente y una población pequeña y rica es una
base mejor para el capitalismo que una masa enorme y golpeada por la pobreza
como se encuentra en India o China. Röpke admitía que algunas necesidades son
inelásticas. El número de árboles de navidad que pueden venderse viene
determinado porque el número de familias que celebran la navidad es inelástico.
“Por otro lado”, decía Röpke, “el valor y cantidad de regalos debajo del árbol
de navidad varía de una familia a otra dependiendo de los ingresos del cabeza
de familia. Incluso si la producción aumentara en cien veces, seguiría
fracasando en aumentar los ingresos de las masas a un nivel considerado como
necesario para los niveles de altos ingresos de hoy”.
La mala compresión de la economía de la libertad
Si la falta de espacio geográfico, o la falta de metales
preciosos o la caída de la población no podían explicar la depresión, ¿qué la
explicaba? Röpke opinaba que los problemas mundiales de 1933 se debían a la
mala comprensión de la economía de la libertad. Sostuvo esta opinión durante su
largo periodo de exilio de Alemania en Turquía y Suiza. Y cuando se presentó la
oportunidad, se las arregló para convencer al Dr. Erhard de que tenía razón y
los seguidores de Tugwell y de Keynes estaban equivocados. Ni siquiera la
Segunda Guerra Mundial ha resultado tanto “el fin de una era”.
Los siguientes ensayos de Against the Tide atacan el
problema de la inflación, que parece inseparable del crecimiento del estado de
bienestar. Röpke no está en contra de un humanitarismo básico, no quiere ver
morir de hambre a gente desamparada. Pero ve poco sentido en “robar a Pedro
para pagar a Pablo”, cuando Pablo es tan capaz de sostenerse a sí miso como
Pedro.
“Estamos en el aprieto del aprendiz de brujo”, escribió
pocos años antes de morir, “dondequiera que pongamos nuestros aterrorizados
ojos, vemos que el estado de bienestar tiene una tendencia interna irresistible
a crecer más”. El estado de bienestar, decía, actúa sin freno ni marcha atrás.
Desgraciadamente las ideas del estado de bienestar siguen
circulando sin control con movimientos tan peligrosos como cuando el Dr. Röpke
vivía. Por tanto, mayor motivo para repetir la experiencia del Dr. Ludwig
Erhard cuando devoraba a Röpke “como el desierto el agua que da vida”.
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John Chamberlain (1903-1995) fue un periodista
estadounidense, autor de libros sobre capitalismo y considerado como “uno de
los más relevantes críticos literarios de Estados Unidos”. Influenciado por
Albert Jay Nock , atribuyó a las escritoras Ayn Rand, Isabel Patterson y Rose
Wilder Lane su “conversión” a lo que llamaba “una vieja filosofía
estadounidense” de ideas libertarias. Junto con sus amigos Henry Hazlitt y Max
Eastman ayudó a promocionar el trabajo de F.A. Hayek escribiendo el prólogo a
la primera edición estadounidense de Camino
de servidumbre en 1944. En 1946, Leonard Read, de la Foundation for
Economic Education, fundó una revista sobre libre mercado llamada The
Freeman, recuperando el nombre de una publicación que había dirigido Albert
Jay Nock. Sus primeros directores incluyeron a Chamberlain y Herny Hazlitt.
Después de cesar como director, Chamberlain continuó con su columna periódica
para la revista, "A Reviewer’s Notebook".
Este artículo fue publicado originalmente en The Freeman, 1970, vol.20,
pp. 571-574.