November 12, 2009 - Posts
Por Eric M. Staib. (Publicado el 12 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3855.
Dado el reciente anuncio de que la cifra oficial del paro ha
llegado al 12% y que la versión oficial de la Casa Blanca del plan
sanitario de Obama, HR 3962 se ha aprobado, es
importante un examen detallado de los efectos del “Obamacare” en el mercado de
trabajo. No sorprenderá a los lectores de esta web saber que la ley demócrata
dañará seriamente precisamente a esos ciudadanos pobres y sin seguro a los que
ostensiblemente pretende ayudar. El daño se producirá al aumentar el desempleo
masivo y privar a esos ciudadanos de alternativas de consumo.
El Obamacare como impuesto al trabajo
De acuerdo con las páginas 269 a 273 de la gigantesca ley, los que
contraten a trabajadores a jornada completa deberán cubrir al menos el 72,5% de
la prima del plan de seguro de salud disponible menos caro que comprenda los
criterios mínimos legales de “cobertura aceptable”. En casos en que se ofrezca
cobertura familiar, el que contrate debe correr con el 62,5% de la prima.
Dependiendo del plan específico y otras variables como la ubicación, esto supone
un impuesto directo al trabajo de aproximadamente 300$ por persona o
cerca de 700$ por cobertura familiar.
La consecuencia de este aumento en los costes es que los
trabajadores cuya productividad sea menor que 300$ mensuales más que sus
salarios será despedida o se recortarán sus horarios al nivel de clasificarlos
como tiempo parcial. Ignorando la ley laboral establecida, la norma deja
definición de tiempo parcial y jornada completa a la discreción del Comisionado
de la nueva burocracia sanitaria de Obama. Cuanto más bajo ponga el listón el
nuevo “Comisionado de Elección Sanitaria”intentando maximizar el número de
gente que reciba la contribución del contratante, más horas de producción
tendrán que eliminar los empresarios para poner a sus trabajadores bajo el
listón y menos llevarán a casa los trabajadores cada semana.
Por desgracia, la ley también requiere que los empresarios
cubran un porcentaje (menor) de la prima del mismo plan mínimo para trabajadores
a tiempo parcial. Los efectos son aún peores que en el otro caso, porque
debilitan la capacidad de un empresario para evitar el impuesto al trabajo
empleando durante menos horas a sus asalariados. En su lugar, con un
impuesto al trabajo también para los trabajadores a tiempo parcial, algunos
trabajadores de baja productividad que ahora sólo trabajan una pocas horas cada
semana se verán forzados a dejar de trabajar completamente.
La carga del Obamacare
Podemos decir, con certidumbre matemática, que este impuesto
al trabajo es un impuesto regresivo. Como el impuesto se define como el 72,5%
de la misma prima para todos los trabajadores, ese impuesto absoluto
recaerá más duramente en trabajadores para quienes el impuesto represente un
mayor porcentaje de sus salarios.
Para entenderlo mejor, aplicaremos un impuesto mensual al
trabajo de 300$ a la diferencia entre salario y beneficio productivo a dos
trabajadores diferentes. Si suponemos para simplificar que a un trabajador se
le paga el 99% de su beneficio productivo, podemos ver que la diferencia absoluta
entre productividad y salarios es mayor para trabajadores de mayores ingresos.
Por ejemplo, un trabajador que produce un beneficio de
50.000$ mensuales recibiría 49.500$ durante el mismo periodo, dejando 500$ de
beneficio a quien le contrate. En cambio, un trabajador que produzca un
beneficio mensual de 10.000$ recibiría 9.900$ para una diferencia de sólo 100$.
A pesar de las diferencia en su retorno absoluto, en una economía libre ambos
trabajadores son rentables y por tanto son empleables.
Sin embargo, en unos Estados Unidos post-Obama, sólo se
emplearía al trabajador de salario alto, dejando al trabajador de baja
productividad sin empleo. Cuando se añade un cargo de 300$ mensuales al costo
de cada trabajador, es fácil ver que sólo el beneficio absoluto del trabajador
de salario alto seguirá siendo positivo.
La empresa continuará ganando 200$ empleando al trabajador
de alta productividad, mientras que se verá forzado a despedir al de baja
productividad en lugar d eperder 200$ por emplearle. El impuesto sanitario del
Obamacare recaerá, por tanto, directamente en los mismos empleados que se ven perjudicados por el aumento del salario
mínimo: jóvenes, discapacitados y minorías retrasadas.
Si no quieren ser despedidos o pasados a tiempo parcial,
estos trabajadores de baja productividad aceptarán un salario menor para
mantener su puesto y horario laboral. Así, el trabajador que produce 10.000$
mensuales se ofrecerá a aceptar un salario de 9.700$ o menor para salvarse de
una pérdida total del empleo o pasar a tiempo parcial. Estos trabajadores
ofrecerán trasladar el coste directamente a sí mismos en lugar de hacer
cargar al empresario con ello, lo que ocasionaría su desempleo.
Sin embargo, como era previsible, los demócratas intentan
“proteger” a los trabajadores de la posibilidad de salvar sus puestos
trabajando por menos. La página 273 de la ley estipula que cualquier cantidad
comprometida para el plan mínimo de seguro de salud que corresponda a una
bajada en el salario no se considerará como contribución. La página 310
establece una multa de 100$ por día por cada caso en que se negocie
privadamente una bajada de salarios. Así que los salarios se fijarán a los
niveles actuales, considerando cualquier recorte un intento de subvertir el
impuesto al trabajo y por tanto estando sujetos a sanciones financieras.
En realidad esta cláusula no favorece a los trabajadores y
más bien actúa como un suelo salarial que asegura que el efecto en el desempleo
no será mitigable y se extenderá ampliamente. Como cualquier bajada en los
salarios durante los meses que sigan a la puesta en vigor de la ley se
considerará una violación de la obligación de contribuir del empresario y por
tanto conllevaría serias multas, literalmente se evitará que todos los
salarios caigan por debajo de los niveles actuales.
Al implantar estos suelos salariales indirectos en
literalmente cada sector durante una recesión es completamente ridículo.
Durante una recesión, los salarios suben y bajan en diferentes líneas de
producción para ajustar la demanda de mano de obra de los productores con la
demanda de los consumidores de los bienes que cada tipo de trabajo produce.
En un mercado dinámico (es decir, cualquier mercado en que
la gente sea libre de cambiar sus ideas) los diferentes salarios de los
trabajadores deben subir y bajar todos los días para acomodarse a las
preferencias cambiantes de los consumidores. Evitar que este proceso tenga
lugar es evitar que se corrija la estructura de la producción.
Estos suelos salariales también apresuran la caída de
sectores que son menos valiosos para los consumidores de lo que eran
anteriormente, pero que pueden seguir siendo un uso productivo de los recursos
a un precio menor. Las empresas en esas industrias serían incapaces de recortar
legalmente sus costes laborales para bajar sus precios y satisfacer a
consumidores menos dispuestos a comprar sus bienes. Sin esta opción, esas
empresas necesitarán, o bien despedir a parte de sus trabajadores o simplemente
cerrar totalmente el negocio.
Destruir la producción real
Es igualmente importante considerar el otro extremo de la
cadena productiva, es decir la producción real de bienes y servicios.
Destruyendo la demanda de trabajo marginalmente productivo, el impuesto al
trabajo del Obamacare destruirá necesariamente ese producto final del trabajo,
que son, por supuesto, los bienes y servicios marginalmente valorados. Así, es
razonable esperar menos opciones de comida rápida a altas horas de la noche,
habitaciones hotel menos limpias, menos productos en outlets y cosas así.
Aunque estos efectos pueden no ser tan fácilmente visibles
como la clausura de una fábrica, son pérdidas reales de utilidades de consumo.
Las empresas en el mercado libre producen comodidades y calidad superior hasta
el punto en que ya no es rentable hacerlo. Destruir la producción de estos
bienes y servicios destruiría las sutilezas que la acumulación de capital y el
progreso permiten a los estadounidenses darlas por descontadas.
El efecto del Obamacare en los precios de los bienes
producidos es evidentemente inflacionario. Aumentar el coste de emplear a cada
trabajador en 300$ cada uno es con seguridad aumentará el precio de todos los
bienes producidos. Combinar aumentos de precio con el aumento del desempleo
difícilmente puede ser una estrategia laudable para mejorar las vidas de los
ciudadanos pobres.
Conclusión
La histórica aprobación del HR 3962 por la Cámara de
Representantes no es un evento a celebrar. El Obamacare acelerará el creciente
desempleo de la nación e impedirá que los salarios fluctúen de acuerdo con la
demanda del mercado. Como en otros sectores, una supuesta política social benéfica
daña más a los ciudadanos más pobres y menos capaces.
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Eric Staib es especialista en economía en la Universidad de
Oklahoma.
Por Llewellyn H. Rockwell, Jr. (Publicado el 11 de noviembre
de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3850.
¿Cree usted que las ideas no importan, que los que la gente
cree de sí misma y su mundo no tiene consecuencias reales? Si es así, lo que
sigue no le afectará lo más mínimo.
Una nueva encuesta de la BBC
descubre que sólo un 11% de la gente encuestada en todo el mundo (se pidió su
opinión a 29.000 personas) piensa que el capitalismo de libre mercado es bueno.
El resto cree en más regulación gubernamental. Sólo un pequeño porcentaje de la
población mundial cree que el capitalismo funciona bien y que más regulación
reduciría la eficiencia.
Un cuarto de los encuestados dijo que el capitalismo es
“irremediablemente defectuoso”. En Francia, el 43% cree esto. En México, es el
38%. Una mayoría cree que el gobierno debería robar a los ricos para dar el
dinero a los países pobres. Sólo en un país, Turquía, la mayoría dice que es
mejor tener menos gobierno.
Es aún peor. Aunque las mayoría de europeos y americanos
piensa que fue bueno que se desintegrara la Unión Soviética, la gente de la
India, Indonesia, Ucrania, Pakistán, Rusia y Egipto piensa mayoritariamente que
fue malo. Sí, lo han leído bien: millones de liberados de la esclavitud
socialista. Mala cosa.
Esa noticia debe haber alegrado a todo aspirante a dictador
en el mundo. Y resulta ser algo chocante veinte años después de que el colapso
del socialismo en Rusia y Europa del Este revelara lo que este sistema había
creado: sociedades atrasadas con ciudadanos que llevaban vidas cortas y
miserables. Luego está el caso de China, un país rescatado de la barbarie
sangrienta bajo el comunismo y transformado en un país moderno y próspero por
el capitalismo.
¿Qué podemos aprender? Lejos de no haber aprendido nada, la
gente ha olvidado en buena medida la experiencia y ha desarrollado un amor por
el antiguo cuento de hadas de que todo puede arreglarse mediante el
colectivismo y la planificación central.
Para quienes desesperen ante esta encuesta, consideren que
podría haber sido mucho peor si no hubiera sido por los esfuerzos de un relativamente
pequeño puñado de intelectuales que han luchado contra la teoría socialista
durante más de un siglo. Podría haber habido un 99% de apoyo a la tiranía
socialista. Así que no tiene sentido decir que estos esfuerzos intelectuales se
desperdiciaron.
Las ideas también tienen vida propia. Puede quedar es espera
durante décadas o siglo y luego, un día, toda la historia se da la vuelta.
Especialmente en estos días, ningún esfuerzo es un desperdicio. Las
publicaciones y ensayos, o cualquier forma de educación, se inmortalizan,
listas para que las tome un mundo desesperado.
Respecto de la encuesta de opinión, no tenemos idea de lo
intensamente que se sostienen estas opiniones o incluso de qué significan. Por
ejemplo, ¿qué es el capitalismo? ¿Al menos lo sabe la gente? Michael Moore no
lo sabe, si no, no estaría pidiendo rescates para las empresas financieras de
élite con conexiones con la Fed, una forma de capitalismo. Mucha otra gente
reduce el término de capitalismo al “sistema económico de los Estados Unidos”.
No es más complicado que eso. A pesar de la realidad de que Estados Unidos
tiene implantado un aparato planificador global que es directamente responsable
de todos nuestros problemas económicos actuales.
Vayamos un poco más allá. Entre la mucha gente en el mundo a
la que no le gusta el imperio de EEUU, muchos creen que tampoco les gusta el
capitalismo. Si la economía de EEUU arrastra al mundo a la recesión, esto es un
ejemplo básico de fracaso del capitalismo. Aún más ridículo: si no les gustaba
George W. Bush, su estilo y sus compinches y Obama es algo que les alivia, no
les gusta el capitalismo y les gusta el socialismo.
Otro punto de vista entiende mal la misma idea del
capitalismo. No es crear estructuras económicas que beneficien al capital a
expensas del trabajo o la cultura o la religión. Se trata de un sistema que
protege los derechos de todos y sirve al bien común. Capitalismo es sólo el
nombre que ha resultado ser identificado con este sistema. Si quiere llamar a
la libertad plátano, vale, lo que importa no son las palabras, sino las ideas.
Sé que no procede ninguna de esas definiciones desordenadas
del capitalismo es correcta. Usted también lo sabe. Pero para el mundo en
general, los análisis ideológicos serios no son los que les mueven en la vida
cotidiana. Mucha gente se adhiere a vagos eslóganes.
Más aún, como argumentaba
sólidamente Rothbard, el capitalismo de libre mercado no sirve más que para un
propósito simbólico al Partido Republicano y los conservadores. La libertad
económica es la utopía que siguen prometiéndonos traer, después la mayor
prioridad de volar pueblos extranjeros, encarcelar disidentes políticos,
aplastara a la izquierda en la universidad y reencauzar a los Demócratas.
Una vez que se haga todo esto, dicen, se ocuparán de la
institución de un sistema económico de libre mercado. Por supuesto, ese día no
llega nunca no se supone que llegue. El capitalismo sirve a los republicanos
como el comunismo sirvió a Stalin: una distracción simbólica para mantenernos
esperanzados, votando y dando dinero.
Todo lo cual deja al verdadero capitalismo (un producto de
la sociedad voluntaria y la suma de todos los intercambios y actos cooperativos
de gente en todo el mundo) con pocos defensores intelectuales. Están creciendo,
pero el trabajo educativo que necesitamos hacer es enorme y estamos
enfrentándonos a las fuerzas más poderosas del mundo.
No es nada nuevo. En la historia del mundo, la libertad es
la excepción, no la regla. Debe lucharse por ella de nuevo en cada generación.
Sus enemigos están por todas partes, pero el principal enemigo es la
ignorancia. Por esta razón, el arma principal a nuestra disposición es la
educación.
La educación incluye explicar que el socialismo es una idea
impracticable. Nada mejor que el libro de Mises de 1992, El
Socialismo, una explicación completa de la falacia de la idea
socialista. Otra obra esencial es El
libro negro del comunismo. Aquí tenemos una llamada a despertar que
muestra que el sueño del socialismo es realmente una pesadilla sangrienta.
Luego está el asunto de la defensa positiva del capitalismo.
Nada mejor que la propria obra de Mises, La
acción humana, que posiblemente no puede ser superada nunca como
tratado de libre economía. Es verdad que no es para todos. También hay muchas
introducciones por ahí.
La moda del socialismo y la oposición al capitalismo debería
alarmar a todo amante de la libertad en el mundo. Tenemos nuestros trabajos
listos, pero con cifras así de malas es difícil no mejorar. Cualquier golpe que
pueda darse a favor de los mercados libres nos ayuda a proteger a la libertad
de sus enemigos.
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Llewellyn H. Rockwell, Jr es Presidente de la Junta
Directiva del Ludwig von Mises Institute en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor
de The
Left, the Right, and the State.
Por Ludwig von Mises. (Publicado el 10 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3814.
[Extraído de La
acción humana]
Los servicios que ofrece el dinero dependen del nivel de su
poder de compra. Nadie quiere tener en
su caja un número definido de piezas de dinero o un volumen de dinero
determinado: quiere mantener un líquido de una cantidad definida de poder de
compra. Como la operación del mercado tiende a determinar el estado final del
poder de compra del dinero a unible en que coinciden la oferta y demanda de
dinero, nunca puede haber un exceso o un defecto de dinero.
Cada individuo y todos los individuos juntos disfrutan
siempre totalmente de las ventajas que puedan obtener del intercambio directo y
el uso del dinero, sin que importe si la cantidad total de dinero sea grande o
pequeña. Los cambios en el poder de compra del dinero generan cambios en la
disposición de la riqueza entre los distintos miembros de la sociedad.
Desde el punto de vista de la gente dispuesta a enriquecerse
con esos cambios, la oferta de dinero puede calificarse de insuficiente o
excesiva y el ansia de esas ganancias puede generar políticas diseñadas para
producir alteraciones de liquidez inducidas en el poder de compra. Sin embargo,
los servicios que el dinero ofrece no pueden mejorarse ni verse afectados por
los cambios en la oferta de dinero.
Puede aparecer un exceso o deficiencia de dinero en la caja
de un individuo. Pero esa condición puede remediarse aumentando o disminuyendo
el consumo o la inversión. (Por supuesto, no debemos caer en la confusión
popular entre demanda de dinero en caja y el deseo de más riqueza). La cantidad
de dinero disponible en toda la economía es siempre suficiente para garantizar
a todos lo que hace y puede hacer dicho dinero.
Desde el punto de vista de esta observación, podemos
calificar como despilfarros todos los gastaos en que se incurre para
incrementar la cantidad de dinero. El hecho de que cosas que podrían ofrecer
algún otro servicio se empleen como dinero y por tanto se evite ese otro empleo
resulta ser un recorte superfluo de oportunidades limitadas para satisfacer
deseos. Fue esta idea la que llevó a Adam Smith y Ricardo a la opinión de que
era muy beneficioso reducir el coste de producción del dinero y recurrir a uso
de papel moneda.
Sin embargo las cosas toman un cariz diferente a los
estudiantes de la historia monetaria. Si nos fijamos en las catastróficas
consecuencias de las grandes inflaciones en papel moneda, debemos admitir que lo
costoso de la producción de oro es un mal menor. Sería fútil replicar que esas
catástrofes se generaron por el uso impropio que hicieron los gobiernos de los
poderes que el dinero a crédito y fiduciario pusieron en sus manos y que
gobiernos más inteligentes habrían adoptados políticas más sensatas.
Como el dinero nunca puede ser neutral y estable en su poder
de compra, un plan del gobierno para la determinación de la cantidad de dinero
nunca puede ser imparcial y justo para todos los miembros de la sociedad. Todo
lo que haga el gobierno en la búsqueda de del objetivo de influir en el nivel
del poder de compra depende necesariamente de los juicios de valor personales
de los gobernantes. Siempre favorecerá
los intereses de algunos grupos de gente a expensas de otros. Nunca
sirve lo que se denomina el bien común o el bienestar público. Tampoco en el
campo de las políticas monetarias existe lo que pueda considerarse como una
obligación científica.
La elección del bien a emplear como medio de intercambio y
dinero no es nunca indiferente. Determina el curso de los cambios inducidos en
la liquidez en el poder de compra. La cuestión sólo es quién debería hacer la
elección: ¿la gente que compra y vende en el mercado o el gobierno?
Fue el mercado el que, en un proceso selectivo que duró
generaciones, finalmente asignó a los metales preciosos, oro y plata, el
carácter de dinero. Durante doscientos años los gobiernos han interferido en la
elección del mercado del medio monetario. Ni siquiera los estatistas más intolerantes
se atreven a firmar que esta interferencia haya resultado ser beneficiosa.
Inflación y deflación, inflacionismo y deflacionismo
Las nociones de inflación y deflación no son conceptos
praxeológicos. No los crearon los economistas sino el parloteo del público y
los políticos.
Los implicados en la popular falacia de que no existe el
dinero neutral o de poder de compra estable y que el mejor dinero debería ser
neutral y estable en poder de compra. Desde este punto de vista el término
inflación se aplicaba para significar cambios inducidos en la liquidez que
generan una caída en el poder de compra y el término deflación cambios
inducidos en la liquidez que generan un aumento en el poder de compra.
Sin embargo quienes aplican esos términos no se da cuenta
del hecho de que el poder de compra nunca permanece inalterado y que
consecuentemente siempre hay inflación o deflación. Ignoran estas fluctuaciones
necesariamente perpetuas aunque sólo sean pequeñas e inapreciables y reservan
el uso de los términos a grandes cambios en el poder de compra.
Como la cuestión de cuándo un cambio en el poder de compra
empieza ser considerado como grande depende de juicios personales de
relevancia, se evidencia que la inflación y la deflación son términos que
adolecen de falta de precisión categórica requerida por los conceptos
prexeológicos, económicos y catalácticos. Su aplicación es apropiada para la
historia y la política.
La cataláctica es libre de recurrir a ellos sólo cuando
aplica sus teoremas a la interpretación de eventos de historia económica y
programas políticos. Además es muy cómodo, incluso en disputas rígidamente
catalácticas hacer uso de estos dos términos siempre que no sean posibles malas
interpretaciones y pueda evitarse la dureza pedante de la expresión. Pero es necesario
no olvidar nunca que todo lo que dice la cataláctica con relación a la
inflación y la deflación (es decir, los grandes cambios inducidos de liquidez
en el poder de compra) es válido también en relación con los cambios pequeños,
aunque, por supuesto, las consecuencias de cambios más pequeños son menos
perceptibles que las de los grandes.
Los términos inflacionismo y deflacionismo, inflacionista y
deflacionista, significan programas políticos dirigidos a la inflación o
deflación en el sentido de cambios inducidos de liquidez en el poder de compra.
La revolución semántica que es una de las características
propias de nuestro tiempo también ha cambiado las connotaciones tradicionales
de los términos inflación y deflación. Lo que mucha gente llama hoy inflación o
deflación ya no es el gran aumento o disminución de la oferta de dinero, sino
sus inexorables consecuencias, la tendencia general hacia una subida o bajada
en los precios de los productos y en los salarios.
Esta innovación no es en ningún sentido inocua. Juega un
importante papel en fomentar las tendencias populares ante el inflacionismo.
Lo primero de todo es que ya no hay ningún término
disponible para significar lo que inflación solía significar. Es imposible
luchar contra una política que no puede nombrarse. Los estadistas y escritores
ya no tienen la oportunidad de recurrir a una terminología aceptada y entendida
por el público cuando quieren cuestionar la utilidad de emitir enormes
cantidades de dinero adicional.
Deben entrar en un análisis y descripción detallados de esta
política con todos sus detalles siempre que quieran referirse a ella y deben
repetir este molesto procedimiento en cada frase en la que se ocupen del asunto. Como esta política
no tiene nombre, se convierte en autoentendible y en materia de discusión. Se
convierte en exuberante.
El segundo error es que los que realizan intentos fútiles y
sin esperanza para luchar contra las inevitables consecuencias de la inflación
(el aumento de precios) disfrazan sus esfuerzos como lucha contra la inflación.
Aunque sólo luchan contra los síntomas, pretenden luchar contra la raíz del
mal. Como no entienden la relación causal entre el aumento en la cantidad de
dinero por un lado y el aumento de precios por otro, en la práctica hacen
peores las cosas.
El mejor ejemplo lo ofrecieron los subsidios otorgados por
parte de los gobiernos de los Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña a los
granjeros. Los límites de precios reducen la oferta de bienes afectados, porque
la producción implica una pérdida para los productores marginales. Para evitar
este resultado, los gobiernos otorgan subsidios a los granjeros que producen
con mayores costes. Estos subsidios se financian con aumentos adicionales en la
cantidad de dinero.
Si los consumidores hubieran tenido que pagar precios más
altos para los productos afectados, no habrían aparecido más efectos
inflacionarios. Los consumidores habrían tenido que usar para ese gasto añadido
sólo dinero que ya se habría emitido previamente. Así que la confusión de la
inflación y sus consecuencias puede de hecho traer directamente más inflación.
Es obvio que esta moderna connotación de los términos
inflación y deflación es totalmente equívoca y confusa y debe ser rechazada sin
paliativos
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Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela
Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un
escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica,
historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la
teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del
dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria
con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe
fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue
el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia
superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de La
acción humana.