Por Doug French. (Publicado el 10 de noviembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/3843.
Se anunciaron recientemente las cifras del Producto Interior
Bruto (PIB) del tercer trimestre con un rebote de ese índice que refleja que la
economía de EEUU está creciendo de nuevo a un 3,5%. Las cabezas parlantes
financieras se alegraron y los inversores continuaron impulsando hacia arriba los
mercados financieros. El presidente de la Fed, Ben Bernanke, llegó a predecir
que la recesión había terminado cuando dijo al Instituto Brookings a mediados
de septiembre: “Desde una perspectiva técnica, la recesión es muy posible que
haya terminado en este momento”.
Mark Zandi, economista jefe y cofundador de Economy.com de
Moody’s dijo en el Comité Económico Conjunto: “La Gran recesión por fin ha
llegado su fin, en buena parte a causa de esfuerzos políticos sin precedentes
por parte de la Reserva Federal y las autoridades fiscales”.
No importa que las cifras del tercer trimestre incluyeran el
programa de Dinero por Chatarra y otras intervenciones del gobierno que
alteraron los números: ¿cuál es el valor de las cifras del PIB, de todas
formas? ¿Sólo porque el Departamento de Comercio haya elaborado sus cifras y el
resultado sea positivo eso significa que todos estamos mejor? Ninguno de 15,7
millones de estadounidenses oficialmente desempleados está pensando que la
recesión (grande o no) haya terminado, especialmente si es uno de los más de
cinco millones que están sin trabajo durante más de seis meses.
Megan McArdle pone la adoración del PIB en duda en el número
de noviembre de The Atlantic, en un artículo titulado “Misleading
Indicator” [“Indicador equívoco”]. McArdle escribe que Simon Kuznets consiguió
“un titánico logro” cuando creó un sistema de contabilidad nacional, pero el
PIB “cuenta el valor en dólares de nuestra producción, pero no la verdadera
mejora de nuestras vidas, ni siquiera en nuestras condiciones económicas”.
McArdle usa el ejemplo de una nueva casa construida durante
el boom Para apuntar que toda esa construcción de viviendas empujó hacia arriba
el PIB en ese periodo, pero ahora la “casa permanece vacía, mientras riñen
banqueros, prestatarios y reguladores. Una de las 2,4 millones de viviendas en
exceso del mercado, su única función ahora es hacer quebrar a su propietario”.
Probablemente sin saberlo, la editora de negocios y economía
de The Atlantic apunta algo obvio para los austriacos: “El PIB no
refleja, ni puede reflejar el desperdicio de enormes esfuerzos y recursos
naturales preciosos que fueron a construir algo que repentinamente nadie
quiere”, Sí, todas las malas inversiones hicieron subir el PIB, pero en último
término sólo desperdiciaron capital. Como explica
Frank Shostak, “El marco del PIB no puede decirnos si los bienes y servicios
finales que se produjeron durante un periodo concreto de tiempo son reflejo de
una expansión real de la riqueza o de un consumo de capital”.
Murray Rothbard siempre apuntaba en sus lecciones que las
cifras del PIB eran sospechosas porque incluían la producción del gobierno. Por
supuesto, el gobierno no produce nada que los consumidores paguen
voluntariamente, así que debe eliminarse de la economía productiva el proveer
estos servicios. Así que al menos se cuentan doblemente las producciones.
“El PIB puede registrar cuánto dinero hemos gastado en
sanidad o educación; no puede decirnos si los servicios que compramos son
buenos”, escribe McArdle. Con la Cámara aprobando una ley pidiendo al gobierno
que se ocupe de la sanidad como ya se ocupa de la educación, el resultado será
el mismo: las cifras del PIB crecerán, pero la calidad de la atención sanitaria
bajará mientras que los costes aumentarán.
Pero aunque McArdle critique la Creación de Kuznets, sólo lo
hace porque cree que otro económetra puede crear una “mejor medida estadística”.
Cree que ese hombre es Enrico Giovannini, que ha estado trabajando en “métricas
más fiables para medir el cambio en nuestra salud, educación, entorno: las
muchas formas en que los seres humanos se encuentran mejor o peor”.
Pero obviamente poner números y medidas a estos valores
subjetivos no tiene sentido. Como escribía Ludwig von Mises: “Los intentos por
determinar en dinero la riqueza de una nación o de toda la humanidad son tan
infantiles como los esfuerzos místicos para resolver los enigmas del universo
partiendo de la dimensiones de la pirámide de Keops”.
El propio Kuznets se llegó a cuestionar la utilidad de estas
cifras:
“El estadístico que suponga que
puede realizar una estimación puramente objetiva de la renta nacional, sin
influencia de preconcepciones relativas a los ‘hechos’, se está engañando, pues
cada vez que incluye un concepto o excluye otro está aceptando implícitamente
algún tipo de juicio, el suyo o el del que recaba los datos. No puede evitarse
este elemento subjetivo”. Kuznets, National Income and its Composition,
1919–1938, NBER, 1941)
Pero McArdle es una creyente.
Lamenta que Giovannini haya abandonado la OCDE (y el proyecto de nuevo índice)
para dirigir la autoridad estadística italiana. Sin embargo cree que cuando
“nuestros nietos afronten su Waterloo financiero, pueden tener las creaciones
de Giovannini para ayudarles a guiarles en el camino”.
Pero por ahora tenemos la
creación de Kuznets, que ofrece, como apunta
Sean Corrigan: “A los Brain
Trusters de Roosevelt un modelo sobre el cual desarrollar sus fantasías
mossolinianas sobre cómo deben organizarse los asuntos de la nación”.
Si todo este tabulado de números
se relegara a juegos de mesa, no haría daño. Por desgracia, los banqueros
centrales y los planificadores centrales creen que estas estadísticas tienen
importancia, justificando su interferencia en los negocios y haciéndonos a
todos más pobres en el proceso: no importa lo que digan los números.
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Douglas French es presidente del Mises Institute y autor de Early
Speculative Bubbles & Increases in the Money Supply. Es doctor en economía de la Universidad
de Nevada- Las Vegas, dirigido por Murray Rothbard, con el Profesor
Hans-Hermann Hoppe en su comité de tesis.