¿Controlaría los costes la atención preventiva?

Por Eric M. Staib. (Publicado el 4 de noviembre de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3827.

 

En un intento por controlar los costes agregados de sanidad que tendrán que soportar los contribuyentes bajo el sistema propuesto, el Presidente Obama ha impulsado una mayor confianza en la atención preventiva para todos los estadounidenses. Su argumento es que, como la atención preventiva es normalmente mucho menos cara que las cirugías posteriores, el incremento en el uso de estos tratamientos tempranos preventivos conllevará grandes ahorros en costes. Igual que muchas de las premisas del presidente sobre la sanidad, este argumento se desmorona bajo un examen riguroso.

La economía de la prevención

La lógica bajo el aumento de la atención preventiva es sencilla: si un individuo sabe que se verá afectado por alguna dolencia sería y cara, digamos un ataque al corazón, es normalmente mucho menos caro para él seguir procedimientos preventivos, en esta caso la inserción de stents vasculares. En un caso así, no sólo el paciente posiblemente ahorre dinero y prolongue su vida, sino asimismo elimina la ansiedad de saber que tiene un alto riesgo de infarto.

Por tanto, el tratamiento preventivo sólo se pagaría cuando elimine riesgos serios en un futuro anticipado, ya sea por costes de tratamiento mayores o dolores serios o muerte. Cualquier cirugía requiere la no realización de otras formas de consumo, por lo que los consumidores preferirán abstenerse de atención preventiva salvo que sepan que tiene un alto riesgo de altos costes futuros financieros o físicos. En un ejemplo extremo, el consumidor a su costa nunca pagaría una cirugía a evitar la perspectiva de futuros pelos creciendo hacia dentro.

Para cada enfermedad o dolencia hay un intervalo de riesgo en el que se justifica el precio de la atención preventiva y así debería pagarse. Los consumidores que estar en un nivel extremadamente bajo de riesgo de infarto sin duda no pagarán stents vasculares porque piensan que su riesgo de morir por infarto es tan bajo que el valor de prevenirlos les es prácticamente injustificado.

Por otro lado, están aquellos individuos (por ejemplo, quienes sufren obesidad mórbida o quienes ha han sufrido varios ataques) que están casi seguros de que morirán de un infarto. Para estos desafortunados consumidores, el riesgo de muerte es ya tan seguro que puede que no merezca la pena la cirugía.

Hay otros métodos de atención preventiva que pueden casi con toda seguridad evitar el riesgo de morir por una dolencia y para estos procedimientos, incluso para pacientes de riesgo extremadamente alto decidirían seguramente que la cirugía merecería la pena. El “umbral de riesgo” para la atención preventiva lo deciden los individuos y sus doctores, pero como todas las decisiones económicas está influida por el precio: es menos probable que consumidores con riesgo marginal están dispuestos a pagar tratamientos más caros.

No todos los corazones se crearon iguales

Si los planes del presidente sólo se aplicasen a los pacientes con altos niveles de colesterol, es bastante evidente que la atención médica ahorraría dinero y llevaría aun resultado sanitario positivo. Sin embargo, esto no supone la victoria del plan del Sr. Obama. Los pacientes en esta situación seguramente están dispuestos a pagar por la atención preventiva con o sin participación o subsidio del gobierno. No se produciría ningún “ahorro de costes” obligando a un grupo de pacientes de alto riesgo a hacer lo que ya habrían hecho. De hecho, cualquier subsidio a un grupo así en realidad aumentaría la carga fiscal de los contribuyentes.

Es absolutamente primordial recordar en nuestro análisis que los pacientes estadounidenses no son maniquíes homogéneos correctamente distribuidos en una o dos variables físicas a lo larga de una curva de campana o cualquier otro tipo de gráfico. Cada consumidor individual es un ser humano que actúa y razona, con una serie propia de riesgos de salud inciertos y, más importante, deseos y tolerancias al riesgo únicas.

La realidad es que mucha gente está en un riesgo no justificado económicamente de morir prematuramente por cualquier enfermedad. Esto, para el pensador económico a priori explica lo que el presidente cree que es una infrautilización de la atención preventiva por parte de los estadounidenses: si más gente tuviera razones para creer que la atención preventiva merece el coste, ya la estarían pagando, por supuesto. En su lugar, para la mayoría de los estadounidenses los stents vasculares y otros tratamientos preventivos simplemente no merecen la pena por sus requisitos de tiempo, dinero e invasión física. Obligando o incluso subsidiando la atención preventiva para estos individuos no elimina muchas caras cirugías de urgencia en el futuro y por tanto claramente no generará ninguno de esos ahorros de costes al contribuyente. De hecho, es fácil ver que subsidiando nuevas cirugías preventivas se generará un aumento de los costes para los contribuyentes.

Aún peor, ofrecer subsidios para estas nuevas y no necesarias cirugías preventivas no sólo costará dólares de los impuestos, sino también a costa de los que los economistas de la corriente principal llaman el “bienestar social”, porque el aumento del consumo de stents vasculares necesariamente conlleva la disminución del consumo de otro bien o servicio.

Además, el mercado de la atención preventiva está lejos de ser homogéneo. Para muchas enfermedades y dolencias hay múltiples métodos de prevención, cada una con diferentes costes y beneficios potenciales para cada paciente. Algunos métodos de atención preventiva, como nuestro ejemplo de los stents vasculares, conlleva una decisión sobre la cantidad de procedimiento (cuántos vasos sanguíneos se intervendrán) con un beneficio marginal decreciente para cada unidad de atención adicional. Esperar que los burócratas de la salud propuestas por Obama calculen el nivel de de ahorro del subsidio de cada método individual de atención preventiva es absurdo. En su lugar, las decisiones preventivas deberían dejarse a los doctores especialistas y sus pacientes.

Incluso si aceptamos que las burocracias sanitarias de Obama puedan de alguna manera ser capaces de determinar los “umbrales de riesgo” de los pacientes individuales, sigue sin estar claro que esto disminuya los costes financieros agregados. Porque cualquier ahorro en el coste neto que se produzca, debemos asimismo asumir que esos consumidores a veces renuncian a la atención preventiva, aunque hubiera sido en último término más eficaz en costes para cada individuo englobado en esa clase seguir los tratamientos preventivos en cuestión. Sólo bajo estas condiciones la propuesta de Obama serviría a su propósito.

Sin embargo, esta simple búsqueda de menor gasto agregado en el tiempo es una débil justificación para suprimir la elección individual. El hombre que actúa no consume a favor de los intereses de posiblemente minimizar los costes totales de alguna clase estadística abstracta en la que le incluyen los reguladores.

En realidad, un consumidor individual de sanidad elige consumir o abstenerse de la atención preventiva de acuerdo con su visión subjetiva del valor de la posible prolongación o calidad de la vida que pueda tener como consecuencia de dicha atención frente al valor del consumo que hace posible abstenerse de ella.

Toma su decisión teniendo en consideración su concreto riesgo médico de daño pro la dolencia y su tolerancia personal a ese riesgo. Una decisión tan íntima, que sopesa el valor de meses o años de más de vida o calidad de vida ganada o sacrificada, al tiempo que su tolerancia al riesgo, no pueden literalmente tomarla funcionarios atendiendo a su presupuesto.

¿Qué pasa con los costes individuales?

La propuesta de Obama para subsidiar la prevención no solo incrementaría el gasto agregado de la sanidad al financiar tratamientos preventivos injustificados, sino asimismo aumentaría los precios por unidad de esos tratamientos. La economía aquí sería la del subsidio: un subsidio a cualquier servicio disminuiría el precio efectivo de ese servicio para el consumidor, aumentando la demanda se éste junto con su precio de mercado. Si se mantiene constante la oferta, esta demanda aumentada aumentará el precio de mercado de ese servicio.

Para el plan de costes de Obama, esto es un segundo talón de Aquiles: cuanto mayor sea el subsidio, mayor será el incremento del precio del mercado, puesto que los consumidores aportarían cada vez menos porción del precio real del tratamiento. Por tanto elegirían consumir cada vez más procedimientos preventivos injustificados, aumentando los precios de esos tratamientos frívolos. A medida que aumenten los precios por los tratamientos preventivos, el público naturalmente esperará mayores subsidios para sus tratamientos.

El trágico resultado final de este experimento sería la necesidad política para la burocracia de la sanidad de subsidiar una mayor porción de los precios crecientes o un mayor número de tratamientos preventivos. Argumentar que esto representa costes agregados más bajos es un puro sinsentido y debería rechazarse como tal.

Conclusión

Aunque aumentar el tratamiento preventivo para recortar costes a largo plazo pueda parecer lógico en principio, es fácil de ver que un tratamiento ordenado por el gobierno no puede llevar a un balance más efectivo en costes entre tratamiento preventivo y tratamiento futuro.

Además, podemos ver que cualquier subsidio al tratamiento preventivo incrementaría masivamente los costes por individuo y, bajo el plan de Obama, por contribuyente. A partir de estas conclusiones, es lógico que sólo pueda confiarse en los pacientes individuales, con el consejo de sus doctores, para tomar decisiones efectivas en costes en relación con el método de atención que éstos prefieran.

----------------------------------- 

Eric Staib es especialista en economía en la Universidad de Oklahoma.

Published Thu, Nov 5 2009 2:32 PM by euribe