Halloween y su economía de las golosinas

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 31 de octubre de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/story/3834.

 

Dale Steinreich escribió una vez que Hallloween tenía un “aire socialista” porque “figuras amenazantes llegan a tu puerta sin haber sido invitadas, te piden tu propiedad y te amenazan con realizar un ‘truco’ indeterminado si no te sometes. Esa es la forma en que funciona el gobierno en pocas palabras”.

Y aún así, en excitación general para los niños, Halloween parece superar a la Navidad, al menos por lo que yo puedo observar. Los chicos emplean meses preparando sus disfraces y se entusiasman con cada detalle de la ceremonia: calabazas, cosas que dan miedo y, por supuesto, golosinas. También para los niños esta el hecho atractivo de que a los padres no les gusta tanto Halloween con sus trasgos, sangre y glotonería.

Pero puede sacarse una lección más profunda de que hay asimismo una dimensión económica en Halloween que va más allá de la simple demanda de propiedad con amenazas, por muy bienintencionadas que éstas sean.

Al contrario que en Navidad, donde los chicos sólo deben ser buenos pequeños ciudadanos todo el año para que les lluevan los regalos de sus benefactores, en Halloween, deben realmente trabajar por sus golosinas en tiempo real.

Como no hay ningún tabú establecido acerca de el intercambio de las ganancias, los chicos también tienen una oportunidad de participar en auténticas experiencias de mercado.

Para empezar, trabajan duro en sus disfraces, bajo la expectativa muy real de que quienes dan golosinas tienden a ser más generosos con los que se disfrazan mejor. El trabajo no acaba aquí, pues continúa claramente con el largo paseo por el barrio, con la perspectiva de que cada casa visitada dará una ganancia de sólo una o dos golosinas como máximo.

Por sí mismo, esto es una característica interesante del ritual, puesto que todos estos mismos chicos tienen montones de golosinas en su casa que se están entregando a otros chicos mientras vagabundean durante la fría tarde de octubre. ¿Cuál podría ser la razón de buscar fuera lo que ya tenemos en casa?

Hay dos razones: primero, aunque los chicos pueden no reconocerlo conscientemente, sin duda aprecian más las golosinas si representan algo que tienen que obtener por sí mismos, y segundo, mezclando su trabajo con el proceso de adquisición de golosinas tienen una mayor sensación de que la golosina tiene características de una propiedad privada justamente obtenida.

Ningún chico cree realmente que las bolsas de golosinas de casa les pertenezcan, pero, por el contrario, las que recolectan en el barrio han de ser suyas exclusivamente, incluso si mamá o papá siguen supervisando los patrones generales de distribución.

La golosina que recaudas es tuyo, un producto de tus propios esfuerzos y nada puede reemplazar lo suficiente esa sensación de propiedad merecida. Y aún así, la emoción está lejos de terminar.

Lo que realmente adoran los niños en Halloween es lo que pasa después de que las golosinas vuelven a la casa base: el intercambio. Aquí empieza lo emocionante.

Ningún niño puede controlar totalmente lo que recibe, así que puede realizar intercambios con otros para obtener lo que realmente quiere y ha de hacerlo de una forma estratégica de forma que se incremente la riqueza general.

El proceso de intercambio empezó en nuestra casa a las 8 de la tarde y duró unos 30 minutos, en cuyo momento los chicos decidieron que ya habían llegado tan cerca como era posible a lo que más querían, y que no quedaban intercambios por hacer.

Durante 30 minutos de regateo activo, nueva niños se sentaron alrededor de la mesa del comedor y participaron en un en frenético, aunque ordenado (y complejo) intercambio, con un aspecto bastante similar a un parqué de Wall Street.

Algunos comerciantes se levantaban y gritaban precios, acuerdos, propuestas, resultados, cambios en preferencias, descubrimiento de nuevos recursos. Otros permanecían en silencio y se movían con gran sutileza y sorpresa. Cuando más complicado era el plan, más impresionados eran los demás niños por él.

Era fascinante observar cómo el intercambio empezaba lentamente y cómo las primeras relaciones de trueque empezaban a formarse.

Uno por uno, dos por uno, tres paquetes de Nerds por una bolsa de palomitas de maíz, dos Snickers por un lazo de caramelo, un Blowpop por dos caramelos y así sucesivamente.

Todos los chicos traían a la mesa su propio sentido subjetivo de lo que tiene valor, un sentido que estaba fuertemente influido por las opiniones correspondientes de los otros participantes, pero que además añadía un grado de predicción acerca de cómo se podrían ajustar los valores subjetivos de los otros.

No se tardó mucho para que las relaciones previas de trueque, incluso las que implicaban 3 o 4 transacciones simultáneas, no fueran suficientes.

Lo que necesitaban los que estaban alrededor de la mesa era algún medio de conseguir intercambios indirectos. Necesitaban encontrar un producto que todos desearan tener porque es más segura su comerciabilidad posterior entre los demás chavales.

Esta entidad no necesitaba ser altamente valorada por sí misma por todos los presentes. Lo único que necesitaban lo chicos es advertir que había algo que un número suficiente de miembros del grupo tendiera a querer más que cualquier otra golosina en oferta.

Había un pequeño paso de aquí a la aparición de que se les ocurriera a uno o dos chicos. Estos intentarían entonces adquirir esa golosina en particular, no para consumirla ellos, sino para usarla para intercambiarla por cualquier otra golosina que realmente querían disfrutar.

A medida que más y más participantes les copiaban, esta golosina llegaría a jugar un papel en más y más intercambios indirectos. El niño A lo aceptaría del niño B por un tipo de golosina que le interesara menos e inmediatamente la volvería a cambiar con el niño C, que resultaba tener el bien que realmente prefería, pero que no había deseado ninguno de los tratos ofrecidos originalmente por A.

De esta forma, esta golosina vendría a poseer una cualidad que no tenía ninguno de los demás. Sería dinero.

En general, el dinero, tenga la forma concreta que tenga, tiende a tener un alto valor por unidad de medida y aún así debería dividirse en unidades suficientemente pequeñas para poder atender cualquier escala de intercambio. Idealmente debería tener una oferta fija. Sobre todo debe ser una cosa que sea más fácilmente aceptada al realizar un intercambio porque el aceptante sabe que es algo que puede usar con el máximo grado de seguridad para facilitar futuras transacciones adicionales.

No hay manera de saber por adelantado qué realizara este papel: sólo el propio proceso del mercado revelará esta elección.

En nuestra casa, la bola de palomitas no funcionaría porque sólo había cuatro y no son divisibles en unidades más pequeñas. Los Twizzlers no pasaron la prueba porque sólo un niño tenía algún conocimiento de cómo sabían y por tanto nadie más tenía un concepto de su valor.

Aunque este problema podría parecer inextricable, como así era, sólo llevó unos pocos minutos a todos descubrir qué iba a convertirse en dinero esa tarde: una barra de Three Musketeers (3M) de pequeño tamaño.

Antes de que la gente se diera cuenta de la verdadera medida de su valor, un 3M se intercambiaba por un paquete de Smarty. Pero luego empezó a aumentar su valor, vendiéndose por el Smarty y un Tootsie Roll.

Una vez que estuvo claro que 3M era el producto de más utilidad en intercambios, no importó si realmente gustaba o no. Estaban dispuestos a intercambiar las golosinas que realmente no interesaban  para obtener un 3M simplemente porque éste podía luego intercambiarse por algo que realmente les hiciera la boca agua.

Una vez que 3M se convirtió en dinero, se vio aumentar su propio valor en consecuencia. Lo que estaba ocurriendo es que esta propiedad añadida de la “comerciabilidad” se añadía a la demanda subyacente de ella como producto de consumo.

De hecho, al final de sesión, este valor alcanzó tales niveles que se convirtió en una leyenda instantánea, pues, en su máximo, un solitario 3M cambiaba de manos por ¡no menos de tres Tootsie Rolls y un Tootsie Pop!

Una vez que se estableció este dinero, resultó más fácil poner precio a golosinas como Reese’s y Kit Kats, que previamente tenían un mercado ilíquido e incierto.

Ahora empezaron a venderse por medio o un cuarto de 3M, a pesar de que habían empezado con aproximadamente el mismo valor intrínseco como golosina. A partir de este momento, sus precios se mantuvieron dentro un rango estrecho de intercambio, bastante similar al de un Tootsie Roll pequeño, mientras que los Sniskers cotizaron ligeramente mejor que todos ellos.

La escasez extrema llevó a precios muy altos: hasta cuatro 3M en el caso del caramelo duro Jolly Rancher. Los Skittles también eran muy apreciados y se vendieron por hasta cinco 3M. Los “Incide Out” de Resee’s se vendían mayor precio que la variedad normal.

Sin embargo, demostrando que la escasez no es sólo un concepto numérico, los padres de todos estos chicos habían desaconsejado mascar chicle, así que a pesar de la rareza similar del chicle, nadie lo quería.

De hecho, el precio rápidamente cayó a cero cuando acabó siendo dado gratos al único niño al que se le permitía mascarlo.

¡Por suerte para el futuro de la civilización, incluso ese chico pronto perdió interés en él!

Curiosamente, la llegada del dinero también estimuló a los niños a pensar más allá de la ronda inmediata de intercambio. En su lugar, empezaron a adquirir un plus para ahorrarlo para rondas sucesivas donde se esperaba que se ofrecieran mejores condiciones.

Los chicos pronto adoptaron diferentes estrategias.

Algunos empezaron a ahorrar (“atesorar”) 3M para intercambiarlos al final de la jornada, especulando que le precio del bien 3M aumentaría continuamente.

Otros adquirirían ese bien valorado solamente para consumirlo (este dinero, después de todo, se originó como un bien consumible y así seguía siéndolo).

Pero mayoritariamente (y ésta fue la parte satisfactoria para quienes ansían observar el descubrimiento empresarial del dinero) los niños adquirirían 3M solamente para facilitar otros intercambios.

Los observadores externos de tendencia misesiana imaginarían lo siguiente: digamos que alguien llega a la escena y arroja 100 3M sobre la mesa. Todos los niños saben exactamente qué ocurriría. El precio de los 3M se tambalearía. Cada uno podría comprar mucho menos de lo que podía antes.

La “inflación” podría ser tan extrema que los 3M incluso dejaran de ser dinero (el bien que todos quieren adquirir para obtener otros bienes) y alguna otra golosina tomaría su lugar.

Imaginemos el caos que conllevaría, con los niños lamentando a gritos sus intercambios recientes de golosinas valiosas a cambio de este producto ahora devaluado.

Imaginemos la pérdida de inocencia cuando ven como tratos honrados frustrados y prometen ser más cautelosos al otorgar su confianza al mercado.

Imaginemos la pérdida general pues el comercio nuevamente se ha visto despedazado y las elecciones se ven de nuevo restringidas, pues la idea del dinero ha perdido su reputación.

Pero afortunadamente no vino ningún hombre del saco de Halloween de la Fábrica de Golosinas de la reserva Federal a arruinar su juego. Así que los niños podían seguir siendo libres para confiar en la solidez de su unidad de golosinas.

Por fin, os niños acabaron exhaustos de este frenesí y el mercado se cerró, no porque alguien hiciera sonar una campana, sino porque, en general, todos llegaron a ver que cada uno estaba tan satisfecho como podía estar con lo que tenía.

Éste era el misesiano “estado de equilibro simple”.

En palabras de Mises:

“La gente sigue intercambiando en el mercado hasta que no es posible ningún intercambio adicional porque ninguna parte espera ninguna mejora en sus propias condiciones mediante un nuevo acto de intercambio. Los compradores potenciales consideran insatisfactorios los precios que piden los potenciales vendedores y viceversa. No hay más transacciones”.

Una vez que el intercambio había finalizado, el estatus de los 3M inmediatamente volvió a ser el de un bien puramente de consumo, pues el fin del juego del intercambio señalaba la pérdida de sus propiedades monetarias, dejándolos como una simple golosina, casi como cualquier otra.

Algunos niños se quedaron con una menor cantidad de golosinas que cuando llegaron, pero eso no evitó que se sintieran más ricos porque ahora lo que tenían estaba mucho más cerca de su mezcla ideal.

Respecto de los otros chicos, bueno, estaban sorprendidos de descubrir que sus bolsas eran más pesadas que antes, con lo que se sentían igualmente más ricos ¡y nadie se quejaba a mamá acerca de eso!

De hecho, todos los niños dejaron la mesa con sonrisas y alegría, cada uno sintiendo como si hubiera hecho un gran negocio.

¡Qué sorprendente logro!

Después de todo, los recursos físicos disponibles no habían cambiado. Tampoco nadie había planificado o controlado el comercio. Toda había ocurrido espontáneamente.

Uno se queda pensando sobre la verdadera magia de ese Halloween: el efecto de transformación de algo tan sencillo como la libertad de comercio, por la oportunidad de obtener beneficios mutuos de la diferencia de gustos entre individuos.

Al menos en este Halloween todos fueron tratos y, a pesar de lo que nos digan los opositores a la economía del intercambio, no hubo ningún truco en él desde ningún punto de vista.

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Jeffrey Tucker es editor de Mises.org.

¡Gracias a Sean Corrigan por sus comentarios!

Published Mon, Nov 2 2009 12:10 AM by euribe