Por Ludwig von Mises. (Publicado el 19 de octubre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3760.
Fecha original de publicación: 9 de marzo de 1953]
Una de las características más remarcables de nuestro tiempo
es la propensión al cambio en el significado de los términos políticos. Una
revolución semántica convierte el sentido tradicional asociado a palabras en lo
opuesto. George Orwell ha descrito ingeniosamente esta tendencia en su 1984.
El segundo de los tres eslóganes de la fiesta de Oceanía dice “Libertad es
esclavitud”. En opinión de los intelectuales “progresistas” el dictum de Orwell
es palabrería de un histérico: nadie, gritan, se ha atrevido nunca a lanzar una
proposición tan falta de sentido.
Por desgracia, los hechos niegan su negación. Prevalecen en
los escritos de muchos autores contemporáneos la disposición a representar
cualquier extensión de poder gubernamental y cada restricción de la discreción
individual como una medida de liberación, como un paso adelante en el camino
hacia la libertad. Llevado a sus últimas conclusiones lógicas, este modo de
razonar lleva a deducir que el socialismo, la abolición completa de la facultad
del hombre para planificar su propia vida y conducta, proporcionaría la
libertad perfecta. Fue este razonamiento el que sugirió a socialitas y
comunistas la idea de arrogarse el apelativo liberal.
El profesor Robert L. Hale, de la Universidad de Columbia
acaba de publicar un voluminoso libro Freedom through Law: Public Control of
Private Governing Power Nueva York, Columbia Univerisity Press, 1952) [La
libertad a través de la ley: Control Público del Poder Gubernamental Privado].
Es una apasionada defensa a favor del control gubernamental de los negocios y
una revisión de la legislación y los dictados de los tribunales referidos a
este asunto. Como compilación de material legal un libro así puede tener cierto
mérito. Pero el autor aspira a más. Su ambición es justificar la política de
intervencionismo desde el punto de vista de la filosofía del derecho, así como
desde el sistema constitucional y legal estadounidense.
Podemos dejar de lado el hecho de el autor fracasa
completamente en su intento. Porque aunque hubiera tenido un éxito completo en
probar este punto, no habría avanzado ningún argumento sostenible a favor de
las políticas que defiende. La cuestión acerca de si los Estados Unidos
deberían preservar el sistema de empresa privada o adoptar lo que hoy día se
llama eufemísticamente “controles directos” no e jun problema de filosofía
general o jurisprudencia. Es un problema de política económica. Tiene que
decidirse de acuerdo con los efectos esperados por, o derivados de las
políticas afectadas. Sólo las consideraciones económicas pueden aclarar estos
asuntos.
La acusación contra el intervencionismo no se basa en la
interpretación de la Constitución. (Por cierto, la mayoría de las medidas
intervencionistas recientes son ciertamente inconstitucionales). Los
economistas no se hacen la pregunta de si el intervencionismo es legal o
ilegal, bueno o malo, deseable o indeseable. Demuestran que las distintas
medidas de interferencia gubernamental con los fenómenos del mercado no
producen los resultados buscados por los gobiernos que recurren a ellas. Más
bien estas medidas crean un estado de cosas que (desde el mismo punto del
vista del propio gobierno y de todos los defensores del intervencionismo)
es más indeseable que el precedente que se pretendía alterar. Si el gobierno,
enfrentado a este resultado inevitable, no quiere derogar sus decretos y volver
a la libertad económica, sino continuar su política intervencionista, debe
añadir a los primeros decretos más y más decretos hasta haber reglamentado todo
aspecto de las vidas de los ciudadanos, sus actividades en la producción, así
como el modo en que deben consumir. Luego cualquier tipo de libertad (económica
o política) desaparecería y emergería un totalitarismo de tipo del Zwangswirtschaft
hitleriano. El intervencionismo no es un sistema económico que pueda durar. No
puede preservarse permanentemente. Debe, o bien abolirse o debe llevar paso a
paso a una planificación completa por el gobierno, al socialismo completo, un
sistema en el que nadie es libre.
El estado: un aparato de coerción
Un estado o un gobierno es un aparato de coerción y
coacción. Dentro del territorio que controla, evita que todas las agencias,
excepto aquéllas a las que autoriza expresamente a hacerlo, que recurran a la
acción violenta. Un gobierno tiene el poder de obligar a cumplir sus órdenes
sometiendo a la gente o amenazándola con hacerlo. A una institución que no
tenga este poder nunca se la denomina gobierno. El razonamiento que lleva al
Profesor Hale a igualar cualquier acuerdo de negocio entre ciudadanos privados
con la coacción gubernamental y a llamar a todas esas transacciones el
ejercicio de poder gubernamental privado va de esta forma:
“Toda persona tiene cierta
cantidad de poder de negociación del que depende para su sustento. El poder de
negociación es poder para ejercer presión sobre aquéllos con quienes realiza
transacción, en otras palabras el grado de coerción sobre la libertad de otra
gente, mientras al mismo tiempo su propia libertad esta sujeta en alguna medida
al control de otros”.
El gobierno dice al ciudadano: Paga impuestos o mis agentes
armados te llevarán a prisión. El panadero dice a su posible cliente: Si
quieres que te sirva y hornee pan para ti, debes recompensarme haciendo algo
por mí. En la opinión del Profesor Hale, no hay diferencia entre los dos modos
de actuar. Ambos son coerción, ambos son el gobierno de hombres sobre hombres,
ambos son infracciones de la libertad de otra gente. El panadero coacciona al
dentista vendiéndole pan y el dentista coacciona al panadero empastándole los
dientes. Donde quiera que miremos en este mundo, el peor de los posibles,
descubrimos restricciones a las libertades. Pero por suerte el gobierno
paternal aparece para salvar la libertad. Salva la libertad precisamente
limitándola. Pues, dice el Profesor Hale
“es una falacia suponer que
cualquier intento del estado por controlar y revisar los resultados económicos
de las negociaciones implique una limitación neta de la libertad individual.
Puede que sí o puede que no. Si la libertad de aquéllos a quienes restringe es
menos vital que la libertad de aquellas personas que se verían restringidas, la
intervención del estado puede significar una ganancia neta en la libertad
individual (…) Se convierte en necesario a veces para el estado político
restringir la libertad de dominación de grupos poderosos.
Poder gubernamental privado
Hace algunos años, la Sra. X solía preparar la sopa para las
comidas familiares en su propia cocina. Después empezó a comprar sopa enlatada
fabricada por una conservera del país. Un observador de menta clara argumentará
que la mujer por alguna razón considera este modo de proveer de sopa a su
familia como preferible al método anterior. El Profesor Hale, no. A sus ojos,
hay coerción. La conservera, al fabricar sopa y venderla a la Sra. X ejercita
un poder gubernamental. Como la conservera es una empresa privada, no
una fábrica propiedad del gobierno y operada por éste como en Rusia, hay algo
altamente inmoral y reprensible en este asunto. Porque es poder gubernamental privado.
Y como todos están de acuerdo en que el poder gubernamental pertenece por
derecho al gobierno, es obvio para el profesor Hale que el gobierno debe
restringir este poder de la conservera “de dominar” a la Sra. X fabricándole
sopa.
La manera en que el Profesor Hale describe cómo opera el
economía de mercado es, como mínimo, asombrosa. Así, declara:
“el cliente puede negar su dinero
al vendedor y amenazándole con negárselo puede coaccionar al vendedor para
proporcionarle los bienes”.
Así que millones de personas de esta manera “amenazan” a los
joyeros de la Quinta Avenida: les “amenazan con negarles su dinero”. Y aún así,
esos “amenazados” no les proporcionan brazaletes y collares. Pero si un
atracador aparece y amenaza al joyero a su manera, blandiendo una pistola, el
resultado es diferente. Parece por tanto que lo que el profesor Hale denomina
amenazas y coerción abarca dos cosas completamente diferentes con
características y consecuencias completamente diferentes. Su fallo al no
distinguir entre estas dos cosas sería deplorable en un libro no técnico. En un
libro presumiblemente jurídico es simplemente catastrófico.
No sería necesario prestar mucha atención al volumen del
Profesor Hale si su modo de argumentar fuera una peculiaridad suya. Pero estas
opiniones están de hecho de moda hoy en día. Por ejemplo, en el Yale Review
de la primavera de 1952, el Profesor Sutherland de la Escuela de Derecho de
Harvard sugería de forma similar una restricción del “gobierno privado”. Aquí
encontramos un nuevo eslogan diseñado para reemplazar las gastadas etiquetas de
los New y Fair Deals. Esperemos que este nuevo eslogan no engañe a nadie.
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Ludwig von Mises es reconocido como el líder de la Escuela
Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de teorías económicas y un
escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises abarcan teoría económica,
historia, epistemología, gobierno y filosofía política. Sus contribuciones a la
teoría económica incluyen importantes aclaraciones a la teoría cuantitativa del
dinero, la teoría del ciclo económico, la integración de la teoría monetaria
con la teoría económica general y la demostración de que el socialismo debe
fracasar porque no puede resolver el problema del cálculo económico. Mises fue
el primer estudioso en reconocer que la economía es parte de una ciencia
superior sobre la acción humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo apareció originalmente en The Freeman,
el 9 de marzo de 1953.