Por David Gordon. (Publicado el 16 de octubre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3756.
[The Keynes
Solution: The Path to Global Economic Prosperity., por Paul Davidson · Palgrave
Macmillan, 2009 · lx + 196 páginas]
No es habitual que se acuse a Paul Samuelson y Paul Krugman
de falta de fidelidad a Kaynes, pero de esto es exactamente de lo que se queja
Paul Davidson. Davidson es un destacado postkeynesiano, que sostiene que casi
todos los economistas, incluso los que se declaran keynesianos no han sido
fieles a la visión radical de La Teoría General. Los pseudokeynesianos
intentan domesticar a Keynes combinando sus teorías con la economía neoclásica:
de hecho las dos aproximaciones son diametralmente opuestas.
Remarca que
“Samuelson se ha calificado a sí
mismo como ‘keynesiano’ e incluso como ‘postkeynesiano’ en varias ediciones de
su famoso libro de texto. Sin embargo, debería ser evidente, por lo que admite
el propio Samuelson, que se convirtió en el principal keynesiano estadounidense
de su tiempo, que no enendió el libro de La Teoría General de Keynes”
(p. 171).
También se pone a Krugman en la balanza y no da la talla:
“En un artículo del 14 de
diciembre de 2007 [sobre la burbuja inmobiliaria] (…) Paul Krugman (…) no
sugiró ningún remedio que el gobierno pudiera tomar para aliviar el problema
causado por el estallido de la burbuja inmobiliaria. Escribió que el mercado
resolvería el problema rebajando los precios de la viviendas hasta que cayeran
aproximadamente un 30% para restaurar una relación normal con los ingresos de
la gente” (pp. 24-25).
La queja de Davidson acerca de Krugman sugiere la naturaleza
de la incomprensión de Keynes que a él le preocupa. En el punto de vista que
opone, el sistema de precios se considera básicamente en orden. El gobierno
necesita a veces suplementar: en particular a causa de los sindicatos y la
“ilusión monetaria”, el gasto del gobierno en una depresión es necesario para
bajar los salarios reales.
Samuelson adopta exactamente esta perspectiva:
“In 1986, 50 años después de que
se publicara La Teoría General de Keynes, Samuelson seguía afirmando que
‘nosostros [los keynesianos] siempre asumimos que el equilibrio del subempleo
flotaba sobre una subestructura de precios administrados y competencia imperfecta’. (…) Sin embargo, si los salarios y precios
fijos causan desempleo no habría nada revolucionario en el análisis keynesiano.
Después de todo, los economistas del siglo XIX ya habían demostrado que si los
salarios fueran rígidos en un modelo teórico clásico walrasiano, habría
desempleo” (p. 171).
La idea de Keynes era completamente diferente, Niega que su
análisis dependa de precios y salarios inflexibles:
“En el Capítulo 19 de su Teoría
General, Keynes afirma específicamente que su teoría del desempleo no se
basa en la suposición de rigideces en salarios o precios. Afirmaba que su
teoría ofrecía una análisis diferente en el que la causa del desempleo estaba
relacionada con la operativa de los mercados financieros y el deseo público de
mantener activos líquidos” (p. 163).
Para entender la teoría de Keynes, debe primero considerarse
el contraste con el marco aceptado hasta hoy por la mayoría de los economistas,
que el propio Keynes rechazaba. En su opinión, todo va bien siempre que los
precios y los salarios sean flexibles. Si los precios pueden ajustarse a los
cambios en las expectativas de negocio, ¿por qué debería haber algún problema
serio? Davidson sostiene que este modo de pensar se basa en una suposición
equivocada. Los defensores del modelo estándar imaginan que existen mercados
exactos, no sólo para las transacciones actuales, sino asimismo para contratos
futuros.
La suposición de mercados futuros exactos a su vez reside en
una hipótesis, que Davidson considera el principio crucial de la economía
neoclásica.
“Como no es posible diseñar una
muestra a partir del futuro, los teóricos de los mercados eficientes suponen
que las probabilidades calculadas a partir de los datos de mercado ya
existentes del pasado y el presente son equivalentes a diseñar una muestra de
los mercados que existirán en el futuro (…) la presunción de que las muestras
de datos del pasado son equivalentes a las muestras de datos del futuro se
llama el axioma ergódico. Quienes invocan esta afirmación ergódica
argumentan que la economía sólo puede ser una ‘ciencia pura’, como la
física o la astronomía si el axioma ergódico es parte del modelo del
economista. (…) La presunción ergódica es la base fundamental de la teoría
clásica del mercado eficiente” (p. 37).
A los lectores no les sorprenderá descubrir que Samuelson,
que evidentemente ocupa un lugar preeminente en la lista de los villanos de
Davidson, apoya ferviente el axioma ergódico.
Keynes vio el error en esta suposición. En realidad el
futuro es radicalmente incierto.
“El axioma ergódico clásico, que
supone que el futuro se conoce y puede calcularse como una sombra estadística
del pasado, fue uno de los postulados clásicos más importantes que rechazó
Keynes (…) Para decisiones que implicaran grandes gastos potenciales o posibles
grandes ingresos que se extiendan un tiempo significativo [Kaynes argumentaba
que] la gente ‘sabe’ que no sabe cuál será el futuro. Sí sabe que para esas decisiones
importantes, cometer un error sobre el futuro puede ser muy costoso (…)” (pp.
46-47).
Keynes, autor de un Tratado sobre probabilidad,
estaba bien preparado para ocuparse de este punto fundamental.
Davidson tiene razón en que aquí Keynes ataca duramente la
economía neoclásica. Pero la incertidumbre ante el futuro difícilmente resulta
suficiente para establecer la validez del sistema keynesiano. Por ejemplo, la
economía austriaca también destaca la incertidumbre del futuro. Mises lo
recuerda constantemente, yendo tan lejos como para afirmar que la incertidumbre
del futuro es una ley praxeológica, deducida del axioma de la acción. Davidson
nunca llega a mencionar a la Escuela Austriaca en este libro. Para él, sólo
cuentan los economistas del mercado eficiente, con su falsa suposición ergódica
y sus rivales keynesianos.
¿En qué se supone que Keynes es superior a Mises? Quizá la
respuesta aparece en la segunda suposición que hizo Keynes. En su opinión, al
menos tal y como la explica Davidson, una economía capitalista reside en la
capacidad de la gente de cumplir con sus contratos. Para hacerlo, deben tener
acceso fácil al dinero.
“En opinión de Keynes, la
santidad de los contratos monetarios es la esencia del sistema empresarial que
llamamos capitalismo. Como el dinero es esa cosa que siempre puede descargar
una obligación contractual bajo la ley civil de los contratos, el dinero es el
más líquido de todos los activos” (p. 51, énfasis omitido).
Si, debido a la incertidumbre acerca del futuro, la gente
teme que le falte liquidez, intentarán aumentar su existencia en moneda. El
gasto y la inversión privada decrecerán por tanto. Al haber una demanda menor,
el empresarios serán aún más reticentes a invertir y la demanda de liquidez se
incrementará aún más. Puede producirse rápidamente una espiral negativa.
“Las empresas sólo empezarán a
reinvertir en plantas y equipamiento después de que la demanda del mercado haya
aumentado lo suficiente para que éstas piensen que las ventas presionarán sobre
la capacidad existente. De la misma forma, en una recesión no podemos esperar
que las empresas aumentan su gasto en inversión” (p. 56).
¿Cuál es la solución? El gobierno debe acudir al rescate a
través de un aumento del gasto. Una vez que las empresas respondan al aumento
de la demanda creado por el gasto gubernamental, la economía revivirá.
“Por tanto, en una recesión, es
justamente el gobierno federal [en Estados Unidos] el que es capaz no sólo de
mantener sino realmente de aumentar gasto en beneficio de la empresa privada,
incluso si las recetas fiscales se deben a los menores ingresos empresariales y
familiares. Por supuesto, para comprar más cuando los ingresos disminuyen, el
gobierno federal debe financiar estas compras pidiendo dinero prestado, es
decir, incrementando el déficit anual y añadiéndolo a la deuda nacional (…)”
(p. 57).
Un aumento en el gasto gubernamental durante una recesión es
precisamente lo opuesto a lo que recomendaría un economista austriaco. Pero
esta diferencia no es una ventaja para Keynes, más bien lo contrario. Davidson
parece ignorar el hecho de que el dinero tiene un poder de compra. Para él, lo
que cuenta es la existencia de un cierto número de unidades monetarias,
principalmente para que la gente pueda atender sus contratos. Si la gente
quiere más de esas unidades para aumentar su liquidez, menos estarán
disponibles para comprar bienes y servicios. El resultado es un colapso
económico. Si hubiera tenido en cuenta el poder de compra, se hubiera dado
cuenta de que si la gente aumenta su demanda de poseer dinero, el poder de
compra de éste aumentará. Mientras los precios sean flexibles, necesariamente
no habrá caída en la demanda de bienes y servicios.
El extraño punto de vista de Davidson sobre el dinero se
hace evidente en lo que dice acerca de la neutralidad del dinero. Niega que un
incremento en el gasto del gobierno sea inflacionario. La visión del contrario
depende de un falso axioma: “Este axioma del dinero neutral afirma que
cualquier incremento en la oferta de dinero en la economía no afectará ni al
volumen de bienes producidos no al nivel de empleo en la economía” (p. 65).
Davidson, al afirmar que el axioma es falso, indica que un
simple incremento en el número de unidades monetarias aumenta la productividad
y consecuentemente un una disminución en el número de unidades monetarias
reduce el volumen de bienes producidos. De nuevo, no presta atención a los
precios: para él, aparentemente, el poder de compra del dinero es una
complicación inútil.
La posición postkeynesiana de Davidson sufre de un problema
adicional. Contra sus enemigos, los defensores de los mercados eficientes,
Davidson se muestra ansioso por asegurarnos que el futuro es incierto. Pero aún
así tiene una visión mecánica de lo que ocurrirá si se produce un gasto
gubernamental tan masivo durante la recesión como el que desea. Así, nos
asegura, los problemas económicos acabarán y todo irá bien. ¿Cómo sabe que la
confianza de empresas y consumidores responderá tan prestamente a la inyección
de dinero gubernamental? Evidentemente, el futuro es incierto, pero, de alguna
manera, este estado de cosas se altera cuando el gobierno entra en escena.
¿Por qué deberíamos creerlo?
¿Por qué asumir que la confianza empresarial está tan rígidamente
determinada? ¿No es más bien el resultado de muchas causas que, si de hecho el
futuro es incierto, no pueden especificarse?
Davidson escribe muy claramente y sus lectores encontrarán
fácil de entender su posición acerca de las contribuciones de Keynes. Pero
fracasa completamente en demostrar que estos supuestos descubrimientos
representan ideas genuinas y parece tener un auténtico don para centrarse en
las peores ideas de Keynes. Un ejemplo será suficiente. Siguiente el
desafortunado artículo “National Self-Sufficiency” [“Autosuficiencia nacional”]
(1933) que incluso la mayoría de los seguidores de Keynes prefieren olvidar;
Davidson da poco crédito al libre comercio. Aún así se ve obligado a admitir:
“Supongamos que los chinos gastan
los 10.000 millones de dólares [en ahorros en ganancias internacionales] en los
productos de las industrias estadounidenses en lugar de usar sus ahorros
internacionales para comprar bonos del Tesoro. El resultado sería (1) más
productos de las fábricas estadounidenses estarían disponibles en China para
mejorar el nivel de vida de los trabajadores chinos y (2) las empresas
estadounidenses y sus trabajadores ganarían más y no tendrían que pedir
prestado a los chinos para financiar sus excesivas importaciones de bienes
chinos” (p. 124).
No nos dice por qué en ese caso las importaciones serían
“excesivas”, pero aquí las ventajas del intercambio internacional no se le
escapan completamente a este eminente postkeynesiano.
David Gordon hace crítica de libros sobre economía,
política, filosofía y leyes para The Mises Review, la revista
cuatrimestral de literatura sobre ciencias sociales, publicada desde 19555 por
el Mises Institute. Es además autor de The Essential Rothbard,
disponible en la tienda de la web del Mises Institute.