Rodrigo Diaz

Sitio de divulgación de ideas libertarias que orbitan alrededor del Instituto Ludwig von Mises

December 2008 - Posts

La Izquierda, la Derecha y el Estado

Instituto Mises - Artículo diario por Llewellyn H Rockwell, Jr

Publicado el 12/31/2008 12:00:00 AM.

[Esta es la introducción a su libro La izquierda, La derecha y el Estado.]

En la cultura política americana, y también en la cultura política mundial, la preocupación es en qué sentido debe crecer el poder del Estado. La izquierda tiene su lista de sugerencias y la derecha también. Ambas representan una grave amenaza a la única posición política que es verdaderamente beneficiosa para el mundo y sus habitantes: la libertad.

¿Qué es el estado? Es un grupo que, desde dentro de la sociedad, reclama para sí el derecho exclusivo de gobernar a todos, en virtud de un conjunto especial de leyes, que permite hacer a los demás lo que está razonablemente prohibido hacer al resto de la población, a saber, agredir a las gentes y perseguir sus propiedades. ¿Por qué una sociedad permite que una banda de tal tipo disfrute legalmente de este indisputado privilegio? Es aquí donde entra en juego la ideología. La realidad es que se trata de una la máquina de saquear y de matar. Entonces, ¿por qué tanta gente se alegra con su desproporcionado crecimiento? Más aún, ¿por qué toleraramos su existencia?

La idea misma de Estado es tan inverosímil en si misma que el Estado debe esconderse tras un traje ideológico como medio de lograr el apoyo popular. Hemos tenido ancestros estatales que han usado uno o dos de tales trajes: que protegen de los enemigos y/o que fueron instituidos por los dioses. En mayor o menor medida, todos los estados modernos aún emplean estas razones, pero el Estado democrático en el mundo desarrollado es más complejo. Utiliza una amplia gama de razones ideológicas - escogidas entre la Izquierda y la Derecha - que reflejan las prioridades sociales y culturales en los nichos de los grupos, aun cuando muchas de estas razones sean contradictorias. La Izquierda quiere el Estado para distribuir la riqueza, para lograr la igualdad, para controlar estrictamente las empresas, dar impulso a los trabajadores, proveer a los pobres y proteger el medio ambiente. Me ocupo de muchos de estos argumentos en este libro, referenciándolos a determinados temas que aparecen en las noticias.

La Derecha, por otra parte, quiere el Estado para castigar malhechores, apoyar la familia, subvencionar formas de vida honrada, defendernos de enemigos extranjeros, dar coherencia a la cultura, e ir a la guerra para darnos un sentido de identidad nacional. También me ocupo de todas estas razones.

Entonces, ¿cómo se está resolviendo este conflicto de intereses? Intercambian favores legislativos y lo llaman democracia. La Izquierda y la Derecha están de acuerdo al permitir que cada uno siga su camino, siempre y cuando no haga nada que perjudique los intereses de uno u otro. El truco está en mantener el equilibrio. Quién está en el poder depende realmente de la dirección en que se esté legislando. Y he ahí lo que es el Estado moderno en pocas palabras.

Aunque tiene ancestros en regímenes tales como los de Lincoln y de Wilson, la génesis del estado moderno se encuentra en el período entre guerras, cuando la idea de una sociedad laissez-faire cayó en descrédito - como resultado de la errónea opinión de que el mercado libre nos traía la depresión económica. Así que tuvimos el New Deal, que fue un híbrido democrático entre el socialismo y el fascismo. El viejo liberalismo estaba casi extinguido.

Los Estados Unidos lucharon una guerra contra un estado totalitario, aliados con un estado totalitario, y el ganador fue el propio Leviatán. Nuestro Leviatán no siempre tiene un director ejecutivo que se pavonea en traje militar, pero goza de poderes que los antiguos césares habrían envidiado. El estado total de hoy es más suave y pulido de lo que fue en su infancia entre guerras, pero no por eso está menos en oposición a los ideales tratados en estas páginas.

¿Cuánto más habría avanzado el Estado si Mises y Rothbard, y muchos otros, no hubieran dedicado sus vidas al concepto de la libertad? Tenemos que convertirnos en los disidentes intelectuales de nuestro tiempo, y rechazar las solicitudes de estatismo que vienen de Izquierda y Derecha. Y tenemos que patrocinar un programa positivo de libertad, que sea tan radical, fresco, y verdadero, como nunca antes lo ha sido.

Llewellyn H Rockwell, Jr. es presidente del Instituto Ludwig von Mises en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de La Izquierda, la Derecha y el Estado.

 

La Acción Humana, un Tratado de Economía - Fragmento

por Ludwig von Mises - tomado de la versión abreviada, seleccionada y ordenada por Gérard Dréan

Definición de la acción humana

La economía se ocupa de las acciones reales de hombres también reales. Sus teoremas no se refieren a hombres ideales ni perfectos, ni al fantasma del fabuloso hombre económico (homo oeconomicus), ni a la noción estadística del hombre promedio (homme moyen).  El hombre con todas sus debilidades y limitaciones, todo hombre tal como vive y actúa, es el objeto de la cataláctica.  Toda acción humana es tema de la praxeología.  [23,4]

La acción humana es comportamiento con un propósito.  O podemos decir: Actuar es voluntad en acción y transformada en una agencia, que apunta a fines y objetivos, es la respuesta significativa del ego a los estímulos y las condiciones de su entorno, es el ajuste consciente de una persona al estado del universo que determina su vida.  [1,1]

Acción no es simplemente dar preferencia.  El hombre también muestra preferencia en situaciones en las que las cosas y acontecimientos son inevitables o se cree que son así.  Así pues, un hombre puede preferir el sol a la lluvia y tal vez desee que el sol disipe las nubes.  Aquel que sólo desea y espera no interfiere activamente con el curso de los acontecimientos ni con la conformación de su propio destino.  Pero el hombre que actúa decide, determina y trata de llegar a un fin.  De dos cosas, las cuales no puede tener al mismo tiempo, selecciona una y se abstiene de la otra.  La acción, por lo tanto, siempre implica ambas cosas, escoger y renunciar.  [1,1]

Expresar deseos y esperanzas y anunciar acciones previstas pueden ser formas de acción en la medida en que sus objetivos en sí mismos son la realización de un determinado fin.  Pero no debe confundirse con las acciones a que se refieren.  No son idénticas a las acciones de anunciar, recomendar o rechazar.  La acción es algo real.  Lo que cuenta es el comportamiento total del hombre, y no lo que dice acerca de lo que planea hacer, sino de los actos que realiza.  [1,1]

Por otra parte, la acción debe distinguirse claramente de la actividad dirigida a la obra.  Acción significa el empleo de los medios para lograr objetivos.  Como regla número uno de los medios utilizados es el trabajo del hombre de acción.  Pero este no es siempre el caso.  En condiciones especiales una palabra es todo lo que se necesita.  El que da órdenes o prohibe pueden actuar sin ningún tipo de desperdicio de trabajo.  Hablar o no hablar, sonreír o permanecer serio, pueden ser acción.  Consumir y disfrutar de algo no es menos acción que abstenerse de consumir y disfrutar.  [1,1]

La praxeología por consiguiente no distingue entre personas "activas" o enérgicas y "pasivas" o indolentes.  El hombre industrioso y vigoroso que lucha por el mejoramiento de su condición no actúa ni más ni menos que el hombre letárgico y lento que toma las cosas como vienen.  Porque no hacer nada y estar inactivo son también acciones, y también determinan el curso de los acontecimientos.  Siempre que las condiciones de la interferencia humana está presente, el hombre actúa independientemente de que interfiera o se abstenga de interferir.  El que insiste en algo que podría cambiar no actúa menos que el que interfiere con el fin de lograr otro resultado.  El hombre que se abstiene de influir sobre el funcionamiento de factores fisiológicos e instintivos, sobre los que podría influir, también actúa.  Acción no es sólo hacer, pero tampoco es menos, omitir hacer lo que posiblemente podría hacerse.  [1,1]

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Fragmento abreviado de La Acción Humana, un Tratado sobre Economía 

de Ludwig von Mises - Fragmento tomado de la versión abreviada, seleccionada y ordenada por Gérard Dréan - Página 32

TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ

La vida de Carlo Ponzi (Autor del Esquema Ponzi y Precursor del Esquema Madoff)

www.mises.org – Artículo Diario por Adam Young | Publicado el 12/19/2001

Según dice la leyenda, el esquema que haría de Carlo Ponzi un nombre familiar ocurrió cuando Carlo era joven.  Carlo se sentaba en las escalas del frente de su casa en Boston a observar a sus vecinos cuando regresaban a sus hogares después un día de trabajo.  Fue durante una de estas sesiones de soñar despierto cuando de golpe concibió su plan.  Como podría preverse, la primera víctima de lo que se conoce como el Esquema Ponzi, fue Tony, un amigo de Carlo.  Carlo hizo una sugestiva oferta: si Tony le prestaba $20, Carlo le devolvería $30 en noventa días.  "Nos encontraremos en este mismo sitio en 90 días y le pagaré un 50 por ciento adicional sobre su dinero".

Si tan sólo Tony hubiera rehuido la propuesta de Carlo.  Pero no lo hizo.  Y al día siguiente, tampoco lo hizo Giuseppe otro amigo de Carlo.  Así pues, noventa días más tarde, fiel a su palabra, Carlo se reunió con Tony y le entregó sus $30 dólares.  Tal vez como la mayoría de nosotros, Tony con una amplia sonrisa le dijo a Carlo, "!Qué diablos, guarde todo mi dinero y me da otro 50 por ciento de interés en noventa días!".  Y así nació el Esquema Ponzi.  Giuseppe, el codicioso de la segunda generación, subvencionó a Tony de la primera generación.

Antes que el joven Carlo Ponzi fuera pionero de este artilugio financiero, ya había llevado una vida interesante, y con antecedentes penales, para quien se tomase la molestia de comprobarlo.  Carlo que había inmigrado de Italia a la edad de 17 años, pronto encontró una actividad alternativa a lavar vajillas y atender mesas: ayudar a sus compañeros inmigrantes italianos a enviar dinero a su país de origen.  Sin embargo, cuando se descubrió que Carlo se embolsaba una generosa porción de los fondos, fue condenado a tres años de prisión.

Quizás haremos aquí una observación para ilustrar como el gobierno al encarcelar los criminales simplemente los educa más en el crimen, en lugar de que éstos aprendan la lección con su encarcelamiento, Carlo, una vez puesto en libertad, comenzó a desplegar sus capacidades empresariales en el contrabando de inmigrantes italianos a los EE.UU. desde Canadá.  Capturado de nuevo, fue a la cárcel por otros tres años.  Habiendo decidido corregir su rumbo, Carlo se trasladó a Boston y encontró un trabajo como empleado por $16 a la semana.  Poco después conoció y se casó con Rosa Guecco, quien estuvo dispuesta a tomar como cónyuge al dos veces perdedor, ya que Rose tenía fe en que su Carlo pronto tendría un empleo en el rango de los $25 a la semana.

Por aquella época terminaba en Europa la "guerra para poner fin a todas las guerras", y el auge de los rugientes años veinte acaba de empezar.  Los salarios estaban aumentando y las malas inversiones se perfilaban hacia el futuro, conduciendo a una locura colectiva de inversión especulativa.  Carlo sabía que no le gustaba trabajar para ganarse la vida; viendo a sus vecinos ir y venir a casa día tras día de trabajo mientras él permanecía sentado al frente de su casa de Boston cada vez más convencido de que lo que necesitaba era un buen esquema para salir adelante.  Después de pensar y pensar, como bien sabemos, Carlo salió con todo un esquema.

Con el éxito que experimentó con Tony y Giuseppe, Carlo fundó Securities Exchange Co en el número 27 de la Calle School, en Boston, un día después de la Navidad de 1919.  Anunciando un 50 por ciento de retorno por depósitos a un plazo de noventa días, el dinero de inversionistas grandes y pequeños empezó a llover.

Con todo este dinero en la colada, Carlo tuvo que imaginar una explicación plausible sobre cómo podría pagar un 50 por ciento de interés en noventa días cuando no había un negocio en el mundo que pagara tanto.  Pero el ingenio de Carlo para las estafas apareció de nuevo.  Dijo a sus inversionistas que tenía una red de agentes en Europa, que compraban monedas europeas depreciadas, convertía la moneda en cupones postales internacionales, que luego eran canjeadas a valor nominal en los Estados Unidos en dólares americanos.  Carlo alegaba que todos los grandes lo estaban haciendo - los Rockefeller, JP Morgan, Jr, todo el mundo.  Pero San Carlo en lugar de enriquecerse compartía la riqueza y ayudaba a la gente del común (al mismo tiempo, contribuía a sí mismo por supuesto).  Era algo muy parecido a redistribución del dinero.

Cada día, decenas de miles de dólares eran depositados en las arcas de Carlo.  Fuera del edificio, habían colas multitudinarias a la espera de invertir.  Y cada día, Carlo llegaba al trabajo en su limosina con chofer.  La clave del esquema siguió trabajando su magia, ya que la recepción de depósitos era un enjambre de actividad, y la de retiros estaba prácticamente desierta.  Como los depósitos crecían y crecían, Carlo incluso abrió sucursales, un total de treinta y cinco.  También utilizó parte de los depósitos para comprar dos empresas reales, Hanover Trust Co y JP Poole Co. Carlo incluso dedicó algún tiempo de su apretada agenda para comprarle una mansión a Rosa.

No pasó mucho tiempo, sin embargo, para que las señales de Carlo atrajeran la atención de personas equivocadas.  En unos pocos meses, se había transformado de un simple empleado en un verdadero mago financiero, y juntamente con Rosa nadaban en el lujo, y para todo aquel que quería la devolución de su dinero, de inmediato recibía su depósito más los correspondientes intereses - sin hacer preguntas.  El éxito de Carlo invitaba al escrutinio.  Las autoridades postales de los EE.UU. informaron al gobierno federal que la explicación que daba Carlo sobre la forma como la Securities Exchange Co. llevaba a cabo sus "inversiones" no podía dar resultado.

Sin embargo, como el gobierno federal opera bajo su propio concepto de tiempo, no fue sino hasta meses más tarde que los federales llevaron a cabo una auditoría oficial a la operación de Carlo.  Y mientras la noticia de la auditoría salía a la calle, el tufillo de inseguridad comenzó a trabajar su magia, se produjo un pánico entre la clientela de Securities Exchange Co.  Pero parecía como si Carlo tuviese un inagotable suministro de dinero en efectivo: todos los inversionistas que hacían cola para retirar sus depósitos recibían cada uno su dinero en efectivo más el 50 por ciento de interés.

Y mientras avanzaba la auditoría, los auditores quedaban perplejos.  La empresa mantenía un minucioso registro de todos los depósitos y retiros.  Nadie estaba siendo engañado, y no se había transgredido ninguna ley.  La única cosa que no podían encontrar era la forma en que la empresa hacía sus fantásticas utilidades.  Cuando se le preguntaba, Carlo respondía indignado que se trataba de un secreto empresarial.

Los federales respondieron colocando una orden de intervención a la empresa, prohibiendo la aceptación de más depósitos, mientras duraba el procedimiento de investigación.  Carlo, vislumbrando el inminente desastre, contrató al muy respetado William McMaster para que manejara las relaciones públicas hasta que estallara el resultado de la investigación.  La decisión no fue tan buena para nuestro amigo Carlo.  Poco después de ser contratado, McMaster emitió una declaración a la prensa diciendo que la Securities Exchange Co. nunca había - ni siquiera una vez - llevado a cabo una transacción financiera internacional.

Una vez más, los inversores se volcaron con pánico sobre la empresa de Carlo, y una vez más, Carlo parecía capear la tormenta, e incluso se servía café y galletas a los clientes mientras esperaban.  Pero finalmente la investigación y sus resultados tomaron su curso, y más y más inversionistas se presentaron a retirar su dinero, hasta que finalmente este se agotó.  El 9 de agosto de 1920, el banco de Carlo emitió una declaración manifestando que ya no podía honrar los pagarés de la empresa Securities Exchange Co.  Dos días más tarde, el prontuario de Carlo con sus antecedentes penales fue puesto a disposición del público.

Ahora el pánico se apoderó de los inversionistas que se habían contenido de reclamar sus ahorros, y Carlo temió por su vida.  Pidió y recibió protección policial.  Y uno por uno, sus bienes fueron confiscados.  En primer lugar salieron la mansión de Rosa y sus tres automóviles de lujo.  Luego sus empresas Hanover Trust Co. y JP Poole Co.  Mientras la investigación avanzaba, los investigadores descubrieron que Carlo había contado hasta con 40.000 inversionistas, y en total llegó a tener cerca de US $15 millones - y esto en una época en que un “perro caliente” costaba una moneda de níquel de 5 centavos.

El 21 de octubre de 1920, Carlo, ahora sin dinero, fue condenado a cinco años de prisión por malversación de fondos.  Al ser liberado en 1924 enfrentó nuevos cargos, y fue encarcelado de nuevo, esta vez durante nueve años.

Libre de nuevo en 1934, Carlo fue deportado a Italia, donde, como tabla de salvación, rápidamente ofreció sus servicios a Mussolini.  Una vez contratado, Carlo disipó toda confianza al pretender ser algún tipo de mago financiero y pronto fue despedido por Il Duce.  Carlo pasó luego por una compañía aérea italiana y fue enviado a Río de Janeiro.  Pero no tuvo tiempo de asumir sus nuevas funciones, cuando la compañía abruptamente quebró.

Varado en Río, Carlo Ponzi llegaría al final de sus días, sin dinero, casi ciego, y parcialmente paralizado.  Murió en una sala de caridad en Brasil en 1949.

Como todos sabemos, sin embargo, este no sería el final del Esquema Ponzi.  El espíritu de Carlo Ponzi, o tal vez su fantasma, continua viviendo bajo la tutela, no propiamente del mercado, sino del estado.  Ponzi, a pesar de que su gran reputación como un mago financiero quedó hecha girones, otros personas han venido a reclamar su capa.  En lugar de caer en la oscuridad, el esquema criminal de este chico pobre de Italia fue institucionalizado como un sistema de engaño y privilegio y, de algún modo ampliado a un gran fraude, en tamaño y alcance, – mediante ingeniosos y elaborados argumentos, para no hablar de sus décadas de duración - a los cuales Carlo Ponzi seguramente no se hubiera atrevido a imaginar.

La Ley de Seguridad Social fue creada ostensiblemente como un fondo para pagar pensiones, pero se desdobló como un impuesto oculto para financiar un fondo de reserva del Tesoro con el propósito de encubrir el aumento de los recaudos y el mayor gasto público.  Los "contribuyentes" a la Seguridad Social no reciben los beneficios del dinero que ingresó al "fondo" en el pasado.  Por el contrario, al igual que en un Esquema Ponzi, se pagan con cargo a los fondos de los actuales contribuyentes, y estos a su vez se pagarán con cargo a las contribuciones que haga la generación que les sigue.  En otras palabras, su propósito es una redistribución de ingresos, no una inversión tendiente a la producción de nueva riqueza.

Huelga decir que la tentación de consumir hoy lo que se debe recibir mañana es irresistible para los políticos.  El dinero de los impuestos siempre es gastado inmediatamente.  Los engaños esenciales que yacen detrás de la Seguridad Social son, por supuesto, aún más evidentes hoy en día.  Los llamados excedentes presupuestarios de los años 90 de Clinton existen únicamente como un juego de contabilidad en el que los excedentes de ingresos generados por impuestos del Seguro Social se depositaron a nombre del Tesoro de los EE.UU. y se incluyeron como parte del fondo general de ingresos fiscales.  A cambio, se emiten entonces pagarés del Tesoro al terriblemente mal llamado Fondo Fiduciario de Seguridad Social.  Los pagarés no son entonces considerados como pasivos dentro de la deuda federal y tampoco se contabilizan en el presupuesto oficial de los EE.UU.

Un gran observador de FDR fue John T. Flynn, quien describió el diseño truculento de la Seguridad Social.

El plan era hacer el impuesto a los pagos de la nómina lo suficientemente grande como para pagar los beneficios, además, bastante más grande para crear un fondo, llamado de reserva, por $47,000,000,000 en el término de 40 años.  Se le dio el nombre fraudulento de Fondo de Reserva para la Vejez.  La Junta de Seguridad debía recaudar los impuestos cada año, utilizar una pequeña parte en el pago de las pensiones y trasladar el resto al "Fondo".  Es decir, que prestaba los impuestos recaudados a la Tesorería y la Tesorería los podría gastar entonces en cualquier propósito que tuviera en mente.  Al final de un período de 40 años, se le dijo a Roosevelt, este dinero podría utilizarse para pagar la deuda nacional.

Esto ocurrió sesenta y cinco años atrás y, por supuesto, el engaño de la Seguridad Social permitió la acumulación de una deuda cada vez mayor, en lugar de disminuirla, además de la creación de un enorme fondo "fuera de presupuesto" para uso non sancto.

El hecho de que el esquema de Carlo duró menos de un año - y fue expuesto por su propio director de relaciones públicas – mientras que el Esquema Ponzi del Gobierno ha durado a través de tiempos buenos y malos, por más de medio siglo, sólo sugiere que, si bien el brillo de Carlo Ponzi radica en la creación de ingeniosas estafas, tal vez debería haber aplicado su talento como político, donde podría haber desplumado legalmente sus víctimas.

TRADUCIDO POR RODRIGO DÍAZ

Que está ocurriendo en la actualidad con los Metales Monetarios Oro y Plata

Considero importante que los lectores de esta página lean la página web del Profesor Antal E. Fekete "Red Alert: Gold Backwardation" en www.prefessorfekete.com.

Parece ser que se inicia una cadena desastrosa de acontecimientos que reducirá a cenizas el sistema de del "Fiat Money" o la moneda irredimible o sin respaldo.

http://www.professorfekete.com/articles/AEFRedAlert.pdf

Tan pronto tenga una traducción del documento lo publicaré en este sitio.

Rodrigo Diaz

 

Los siete déficits mortales - Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

Cuando el presidente George W. Bush asumió el cargo, el grueso de los descontentos con unas elecciones robadas se consolaron con esta idea: dado nuestro sistema de controles y equilibrios políticos, ¿cuánto dañó puede hacer? Ahora lo sabemos: mucho más de lo que podían imaginar los peores pesimistas. Desde la guerra de Irak hasta el colapso de los mercados crediticios, las pérdidas financieras apenas resultan concebibles. Y detrás esas pérdidas aún hay que contar las oportunidades perdidas, todavía mayores.
Tomados de consuno los dineros despilfarrados en la guerra, los dineros despilfarrados en un esquema inmobiliario piramidal que empobreció a los más y enriqueció a unos pocos y los dineros que se esfumaron con la recesión, el hiato entre lo que podríamos haber producido y lo que realmente produjimos fácilmente rebasará el billón y medio de dólares. Piensen lo que habría podido hacerse con esa suma para proporcionar asistencia sanitaria a quienes carecen de seguro médico, para mejorar nuestro sistema educativo, para desarrollar tecnologías verdes… La lista es infinita.
Y el verdadero coste de las oportunidades perdidas es todavía mayor. Piensen en la guerra. Están, para empezar, los fondos directamente asignados a ella por el gobierno (unos 12 mil millones de dólares mensuales, y eso aceptando las estimaciones confundentes de la administración Bush). Pero es que son mucho mayores todavía, como ha documentado en su libro La guerra de los tres billones de dólares Linda Bilmes, de la Kennedy School, los costes indirectos: las remuneraciones que han dejado de ganar los heridos o los muertos o la actividad económica desplazada (de, pongamos por caso, gastar en hospitales norteamericanos a gastar en empresas nepalesas de seguridad). Esos factores sociales y macroeconómicos podrían llegar a montar más de 2 billones de dólares en el cómputo total de los costes de la guerra.
Pero hay un haz de luz en esos negros nubarrones. Si logramos zafarnos de la pesadumbre, si conseguimos pensar más cuidadosa y menos ideológicamente sobre la manera de robustecer nuestra economía y hacer de la nuestra una sociedad mejor, tal vez podamos adelantar algo en el planteamiento y solución de los enconados problemas que venimos arrastrando.


El déficit de valores.- Uno de los puntos fuertes de Norteamérica es su diversidad, y siempre ha habido una diversidad de puntos de vista incluso respecto de nuestros principios fundamentales (la presunción de inocencia, el mandato de habeas corpus, el imperio de la ley). Pero –o eso creíamos, al menos— quienes discrepaban de esos principios constituían una pequeña franja marginal, fácilmente ignorable. Ahora hemos aprendido que esa franja no es tan minúscula y que, entre sus miembros, se cuentan el actual presidente y los dirigentes de su partido. Y esa división en los valores no podía haber llegado en peor momento. Percatarse de que podríamos tener menos en común de lo que pensábamos puede dificultar la resolución de problemas que tenemos que encarar juntos.


El déficit climático.- Con ayuda de cómplices como ExxonMobil, Bush trató de persuadir a los norteamericanos de que el calentamiento global era una ficción. No lo es, y hasta la administración ha terminado por admitirlo. Pero no hicimos nada durante ocho años, y los EEUU contaminan más que nunca; un retraso que pagaremos carísimo.


El déficit de igualdad.- En el pasado, aun si los que estaban abajo recibían pocos, si alguno, de los beneficios de la expansión económica, la vida se percibía como un sorteo equitativo. Las historias de quienes se hacían a sí mismos eran parte de las señas de identidad norteamericanas. Pero la vieja promesa de Horatio Alger suena hoy falsa. La movilidad ascendente se ha hecho cada vez más difícil. Las crecientes divisiones de ingreso y de riqueza han sido reforzadas por una legislación fiscal que premia a los afortunados en la azarienta lotería de la globalización. Destruida aquella percepción, será todavía más difícil encontrar una causa común.


El déficit de responsabilidad.- Los reyezuelos del mundo financiero estadounidense justificaban sus astronómicas remuneraciones apelando a su pretendido ingenio para generar grandes beneficios, supuestamente derramados sobre el país entero. Ahora, los reyes andan desnudos. No supieron gestionar el riesgo; antes bien, sus acciones exacerbaron el riesgo. El capital no fue correctamente asignado; se malgastaron centenares de miles de millones, un nivel de ineficiencia mucho mayor que el que la gente se ha acostumbrado a atribuir al Estado. Sin embargo, los reyezuelos se largaron con centenares de millones de dólares de los contribuyentes, de los trabajadores, y el conjunto de la economía tuvo que pagar la cuenta.


El déficit comercial.- En el curso de la pasada década, el país ha venido tomando préstamos a gran escala en el extranjero: sólo en 2007, unos 739 mil millones de dólares. No es difícil descubrir por qué: con un gobierno incurriendo en enormes deudas y unos hogares norteamericanos sin apenas capacidad de ahorro, no había otro sitio donde pedir. Los EE.UU. han estado viviendo de dinero y de tiempo prestados, y ha llegado la hora del vencimiento. Acostumbrábamos a dar lecciones de buena política económica a los demás. Ahora los demás se parten de risa a nuestras espaldas, y de cuando en cuando, hasta nos dan lecciones.
Hemos tenido que ir a mendigar a los fondos soberanos de riqueza (la riqueza excedente que otros gobiernos han acumulado y que pueden invertir fuera de sus fronteras). Retrocedemos ante la idea de que nuestro gobierno se haga con un banco, pero parecemos aceptar de grado la idea de que los gobiernos extranjeros puedan convertirse en accionistas de referencia de algunos de nuestros bancos más emblemáticos, instituciones cruciales para nuestra economía. (Tan cruciales, en efecto, que hemos dado un cheque en blanco a nuestro Tesoro para rescatarlas.)


El déficit fiscal.- Gracias, en parte, a un gasto militar desapoderado, en sólo ocho años nuestra deuda nacional se ha incrementado en dos tercios, pasando de 5,7 billones a más de 9,5 billones de dólares. Pero, por espectaculares que resulten, esos números subestiman por mucho las verdaderas dimensiones del problema. Aún tienen que presentarse a cobro muchas facturas de la Guerra de Irak, incluidas las que incorporan los costes de asistencia a los veteranos heridos, y esas facturas podrían representar unos 600 mil millones de dólares. El déficit federal de este año probablemente añadirá otro medio billón a la deuda nacional. Y todo eso, sin contar con los dineros desembolsados por la Seguridad Social y por Medicare para asistir a los baby boomers.


El déficit de inversión.- Las cuentas del Estado son distintas de las cuentas del sector privado. Una empresa que tome dinero prestado para realizar una buena inversión verá su balance contable mejorado, y sus ejecutivos serán aplaudidos. Pero en el sector público no hay balance contable, y por lo mismo, demasiada gente se centra miopemente en el déficit. En realidad, las inversiones públicas sabias proporcionan retornos mucho más elevados que la tasa de interés que el Estado paga por su deuda; a largo plazo, las inversiones ayudan a reducir los déficits. Recortar esas inversiones es proceder al modo del ahorrador de salvado y desperdiciador de harina, como pudo verse con los diques de Nueva Orleáns y con los puentes de Mineápolis.
Más allá de la simple incompetencia, hay dos posible hipótesis para explicar por qué los republicanos prestaron tan poca atención a la creciente debacle presupuestaria. La primera es, sencillamente, que confiaron en la teoría económica del lado de la oferta, en la creencia de que, de uno u otro modo, la economía crecería tanto con unos impuestos bajos, que los déficits serían efímeros. Esa idea se ha revelado como lo que es, una ilusión fantasiosa.
La segunda hipótesis es que, permitiendo un déficit cada vez más hinchado, Bush y sus aliados esperaban forzar una reducción del tamaño del Estado. Lo cierto es que la situación fiscal ha llegado a cobrar unas proporciones tan alarmantes, que muchos demócratas responsables están comenzando ahora a hacerles el juego a los republicanos empecinados en “asfixiar a la bestia pública”, y llaman a un drástico recorte del gasto público. Pero, preocupados como están los demócratas por parecer demasiado tibios en materia de seguridad –y por lo mismo, resueltos a considerar sacrosanto el presupuesto militar—, resulta harto difícil recortar gastos sin cercenar las inversiones más importantes para resolver la crisis.

La tarea más perentoria del nuevo presidente será restaurar el vigor de la economía. Dado el volumen de nuestra deuda nacional, es particularmente importante cumplir esa tarea de manera que se maximicen los resultados de cada dólar gastado, al tiempo que se ataca al menos uno de los déficits capitales. Los recortes fiscales funcionan –si funcionan— incrementando el consumo, pero el problema de Norteamérica es que padece un atracón de consumo; prolongar el atracón no hará sino posponer la solución de los problemas más profundos. A medida que los ingresos se desploman, los estados y los municipios tendrán que hacer frente a restricciones presupuestarias, y a menos que se haga algo, se verán obligados a recortar el gasto, lo que no hará sino ahondar en el declive. A nivel federal, necesitamos gastar más, no menos. Hay que reconfigurar la economía para adaptarse a las nuevas realidades (incluido el calentamiento global). Necesitaremos más trenes de alta velocidad y plantas energéticas más eficientes. Esos gastos estimulan la economía, al tiempo que sientan las bases para un crecimiento sostenible a largo plazo.

Sólo hay dos formas de financiar esas inversiones: aumentar los impuestos o recortar otros gastos. Los norteamericanos de ingresos altos pueden perfectamente permitirse pagar más impuestos, y muchos países europeos han triunfado, no a pesar de tener una fiscalidad elevada, sino precisamente por tenerla: es lo que les ha permitido invertir y competir en un mundo globalizado.
Huelga decir que habrá resistencia al aumento de impuestos, de manera que el foco de atención se moverá hacia los recortes. Pero nuestros gastos sociales son ya tan esqueléticos, que hay poco que ahorrar. En realidad, descollamos entre las naciones industrializadas avanzadas por lo inadecuado de nuestras protecciones sociales. Los problemas, por ejemplo, del sistema de asistencia sanitaria en los EE.UU. saltan a la vista: resolverlos no es sólo cuestión de mayor justicia social, sino también de mayor eficiencia económica. (Unos trabajadores más sanos son unos trabajadores más productivos.) Y eso deja sólo un área económica importante disponible para recortar gastos: la defensa. Nuestros gastos representan la mitad de los gastos militares mundiales, con un 42% de los dólares del contribuyente que se destinan, directa o indirectamente, a defensa. Incluso los gastos militares no bélicos se han disparado. Con tanto dinero gastado en armamento inútil contra enemigos que no existen hay mucho margen para incrementar la seguridad, al tiempo que se recortan los gastos en defensa.

La buena nueva en todo este horizonte de malas noticias económicas es que nos estamos viendo obligados a morigerar nuestro consumo material. Si lo hacemos de forma adecuada, eso ayudará a mitigar el calentamiento global, y acaso contribuirá también a despertar la consciencia de que un mayor nivel de vida también es más ocio, no sólo más bienes materiales.

Las leyes de la naturaleza y las leyes económicas son implacables, y no perdonan. Podemos abusar de nuestro medio ambiente, pero sólo por un tiempo. Podemos gastar por encima de nuestros medios, pero sólo por un tiempo.

Podemos gorronear a cuenta de nuestras inversiones pasadas, pero sólo por un tiempo. Ni siquiera el país más rico del mundo puede ignorar las leyes de la naturaleza y las leyes económicas, si no es en daño propio.